La metáfora del nuevo milenio funcionó entonces como un lubri- cante conceptual del gigantesco ejercicio desregulatorio y aperturista encaminado a remover obstáculos para la concentración y realización de una gigantesca infraestructura que permitiese la ocupación territo- rial de audiencias internacionales por parte de un nuevo polo multina- cional con asiento en Estados Unidos.
Esa década reconfiguró las relaciones de poder entre el Estado y el mercado, emergiendo el sector audiovisual como nuevo factor de hegemonía. Las privatizaciones transferían poder de decisión y tam- bién la capacidad de representación y de inclusión en los imaginarios sociales, poniendo en reversa los relatos previos que habían idealizado los estados-naciones.
El dispositivo ocupó desde Londres hasta Tokio y desde Miami has- ta Ushuaia, con distribución de señales de televisión, administración de redes de fibra óptica y satélites, la producción de contenidos, plata- formas telefónicas y el monopolio del software informático. Emporios como los de Ruppert Murdoch, la Time-Warner, Bill Gates, AT&T, TCI, Viacom, Bertelsmann o Stet-France Telecom lideraron (y aún están en carrera) el despliegue. Consideraron al planeta como un mercado único y con una considerable influencia sobre más de 3000 millones de televidentes o sobre los 300 millones de usuarios de computadoras personales existentes en el mundo al momento del cambio de siglo.
Alianzas diversas, fusiones y compras agresivas de empresas carac- terizaron en los 90 esta batalla de posicionamiento global, mediante la
convergencia de sistemas de interconexión, estudios de cine, cadenas de televisión, periódicos y revistas, así como centenares de estaciones de radio y alianzas con empresas de informática, distribución satelital o telefonía.
La desregulación global chocó, no obstante, con las desconfianzas y recelos europeos. Se sabe que tanto Estados Unidos como Europa han procurado aplicar al resto del mundo políticas que no aceptarían en su propio territorio. En esa geopolítica de posiciones, el predominio norteamericano en las industrias comunicacionales no dejó de alarmar al poder político europeo que se preguntó qué hacer ante “los medios de comunicación ligados a la nueva revolución tecnológica, en su si- tuación de creciente dominio oligopolístico, ligado a las empresas de telecomunicación que heredan monopolios históricos”47.
La Unión Europea denunció en el año 2000 las pretensiones de control por parte de Estados Unidos, advirtiendo que “el monopolio mantenido por Microsoft en los sistemas para ordenadores personales impone a esta sociedad la obligación de dar acceso a sus interfaces y asegurar la interoperabilidad con los programas de otros fabricantes”. La Comisión Europea de la Competencia acusó a Microsoft de dominar el mercado de los sistemas operativos y violar leyes anti- monopolio de los navegadores de internet. Según Bruselas la cor- poración de Bill Gates abusó de su “posición dominante en los siste- mas operativos de ordenadores personales” con el Windows 2000. Dicha posición dominante es de “importancia capital, ya que los sistemas de explotación para los servidores constituyen un sector estratégico en la mundialización del mercado de la informática y el comercio electrónico”.
Es decir, no se trataba de un mercado más, sino del punto articula- dor de la globalización en la etapa de la desregulación.
La retirada del Estado tenía además impacto directo sobre la cultu- ra. “La política neoliberal que reina poco a poco en el conjunto de los países desarrollados va, evidentemente, en dirección del deterioro de los lugares de producción autónoma. La producción cultural no tiene mercado. Desde el siglo XIX, los bienes culturales tienen poco merca-
do o, directamente, no lo tienen”, advertía en 1998 Pierre Bourdieu en una nota reproducida por diarios argentinos.
“Cuando uno dice menos estado hay que saber que esto también quiere decir menos cultura, cultura libre, cultura creadora. (…) La desaparición del estado es también la desaparición de toda una idea que tenemos de la cultura”48.
El asesor del ex presidente francés Mitterrand, Jacques Attali, adver- tía a Europa sobre la expansión estadounidense en el sector. “Si todo continúa así –en alusión a los proyectos de telefonía mundial satelital Iridium y Teledisc, así como la proximidad de la TV digital– este conti- nente será para siempre una colonia norteamericana. En él se hablará inglés y será el lugar de la expansión cuasi-ilimitada de las empresas y la cultura norteamericana”49.
“El séptimo continente será la locomotora de la economía del siglo XXI. Y el empleo real será creado prioritariamente por las demandas de la economía virtual. Ya se puede calcular que el comercio interior del séptimo continente alcanzará como mínimo 100.000 millones de dólares a comienzos del próximo siglo, monto superior al PBI de más de cincuenta países reales. El ritmo del crecimiento ya ha llegado allí en forma masiva: el 70 por ciento de los intercambios son hoy norteamericanos; las empresas norteamericanas han llevado sus tecnologías, su know-how, su sistema jurídico, cerrando el camino a sus competidores”50.
Las batallas por la diversidad cultural –término que alude al conflicto con la hegemonía audiovisual norteamericana– dominaron los 90 y protagonizaron no pocos cortocircuitos en las rondas gubernamentales de la Organización Mundial de Comercio –a partir de Seattle 1993– a fin de que se consagrara la regla de la “excepción cultural” a los acuer- dos de libre comercio.
48 Bourdieu, Pierre, Diario Clarín, 17 de mayo de 1998.
49 Attali, Jacques, “Internet: a la conquista del séptimo continente”, Diario Clarín,
Sección Tribuna abierta, 21de agosto de 1997.
Para ese entonces, algunas producciones de Hollywood podían su- perar la capacidad económica de algunos países. Si la saga de Duro de
matar había facturado 729 millones de dólares al cabo de cuatro pelí-
culas, las utilidades de una sola megaproducción como Titanic (1997), que recaudó 1800 millones de dólares, superaban el Producto Bruto de países como Nicaragua. Otra megaproducción futurista (Avatar) del mismo director (James Cameron) superaría años después (2009/2010) su propio récord.
La fusión de emporios como Disney-ABC (1995, 19.000 millones de dólares) había creado un gigante de la industria multimedios con unas 3400 estaciones radiales y varias discográficas, además de pro- ductoras cinematográficas, canales y distribuidoras de cable, parques de entretenimientos y editoriales. Se la consideró como una “oportunidad única en la vida para crear una compañía excepcional de espectáculos y comunicación”51. Poco antes el fabricante electrónico Westinghouse
había pagado 5.400 millones por la adquisición de otra cadena de televisión (CBS). Sin embargo, el nuevo emporio cambiaría pronto de manos. En 1999 la cadena CBS se fusionó con Viacom (MTV, Estu- dios Paramount, etc.) operación que se presentó como la creación del mayor emporio multimediático de la época. El grupo pasó a controlar cadenas de televisión abierta, estudios cinematográficos e intereses en el mercado radiofónico de Estados Unidos mediante la red Infinity.
Pero la línea de sinergias empresariales entre cadenas de televisión y productoras de contenidos también encontró variantes por el lado de asociaciones entre telefonía y cable, o entre informática y TV satelital. La lista incluye articulaciones entre gigantes de la telefonía –como AT&T– y nuevos operadores del cable –TCI– o de la informática –Bill Gates– y la televisión digital por satélite –Sky, de Rupert Murdoch–, asociados de diversas maneras con consorcios regionales asiáticos, europeos y lati- noamericanos –Televisa de México, Cisneros de Venezuela, O Globo de Brasil, CEI-Telefónica, Clarín o Murdoch-Telecom, en Argentina–.
No se trata solo de la plataforma, sino también de sus relatos. Como bien lo analiza García Canclini, el relato de la globalización sería el de las fusiones y alianzas empresarias.
51 Eisner, Michael, presidente ejecutivo de Disney. Diario El País (España)
“El relato más reiterado sobre la globalización es el que narra la ex- pansión del capitalismo postindustrial y de las comunicaciones masi- vas como un proceso de unificación y/o articulación de las empresas productivas, sistemas financieros, regímenes de información y entre- tenimiento...”52
Hacia mediados de 1998 el conjunto de programas producidos por los estudios de Hollywood y vendidos a televisiones extranjeras des- de Estados Unidos representaban una facturación anual superior a los 3000 millones de dólares, más que la venta de películas en el exterior. El titular de Universal Television Group reconocía el rol de los merca- dos internacionales en la ecuación económica de las producciones con base en Estados Unidos: “nuestro negocio no puede existir sin los mer- cados extranjeros”53. El principal mercado para series norteamericanas
era Europa occidental y especialmente Alemania.
En 2001, los estudios norteamericanos de televisión facturaron US$ 25.000 millones, sostenidos en un 90 por ciento en la distribución inter- na dentro de Estados Unidos. Sin embargo, las ventas al exterior –por US$ 2500 millones– significaron la diferencia entre perder o ganar54.
Así como en el pasado el proyecto Eureka se había desplegado como la respuesta europea al desafío norteamericano de la “Guerra de las galaxias” de Reagan en materia de desarrollo científico-tecnológi- co, también la Directiva Europea de Televisión sin Fronteras (1989) se había convertido en la barrera diseñada para regular el expansionismo audiovisual de los Estados Unidos. La Directiva establecía cuotas míni- mas de producción europea.
Razones geopolíticas, económicas y culturales explicaron la reac- ción europea en defensa de sus productos. Le Monde decía que “los europeos están decepcionados por lo que se les ofrece y se han pues- to a producir”. Las nuevas cadenas, que consumían masivamente las series yanquis vuelven a ocuparse de la producción local, motivando
52 García Canclini, Néstor, op. cit., p. 179. 53 Diario Clarín, Junio de 1998.
54 Kapner, Suzanne, “Las series de televisión norteamericanas ya no tienen el éxi-
to asegurado en todo el mundo”, The New York Times, reproducido por Clarín 28/01/2003.
que las compañías norteamericanas busquen cómo invertir en produc- ciones europeas.
El tironeo de los intereses comerciales de la televisión y la defensa de las industrias culturales europeas puso en el centro de la tormenta a las series norteamericanas CSI, Dallas, Twin Peaks o Sex and the
City a la hora de programar los canales franceses. “La pérdida de au-
diencia –en Francia– coincide, curiosamente, con el rechazo generali- zado a la política externa de EE.UU., que fastidia a amigos y enemigos por igual, al punto que muchos europeos agradecen que, por lo menos en la tele, lo estadounidense esté perdiendo influencia”, escribió una analista en el New York Times55.
Particularmente reveladora resulta la intervención del presidente de Francia, Jacques Chirac (2000), en un encuentro convocado por el Comité de Vigilancia para la Diversidad Cultural, como expresión del conflicto económico y cultural que surgía a partir de la disputa de las autopistas del audiovisual entre Estados Unidos y Europa. Chirac pro- clamaba que la cultura no podía rendirse al mercado:
“De no tomar recaudos, todo convergería (…) hacia el reino del más fuerte, hacia el triunfo de aquello que es formateado para el público más amplio, hacia el aumento de las desigualdades, hacia el enfrenta- miento entre un modelo dominante y el resto del mundo”.
El mandatario galo distinguía entre comercio y cultura:
“En este universo en el que reinan la competencia y la carrera hacia la ganancia, el rol de los Estados, la función del derecho y la vocación de las instituciones de arbitraje, nacionales o internacionales, es el de fijar las reglas de juego, velar por su respeto, corregir los desequili- brios en un espíritu de equidad y solidaridad. Esto vale singularmente para la cultura y la creación, actividades irreductibles a las leyes del mercado. (...) Es la cultura que nos dará las armas para responder a este nuevo desafío de la aventura humana que es la globalización. La cultura no debe plegarse ante el comercio”56.
55 Kapner, Suzanne, op. cit.
56 Chirac, Jacques, Segundos encuentros internacionales de organizaciones
profesionales de la Cultura, 2 de febrero de 2003, Comité de Vigilancia para la
El núcleo de los reclamos franceses –acompañados por otros países europeos, Australia y Canadá– rechazaba los argumentos desregulado- res y librecambistas que Estados Unidos pretendían aplicar en el mun- do a través de la liberación de los bienes culturales como mercancía en el marco de la OMC.
Los argumentos de la delegación norteamericana en las negociacio- nes para el AGCS (Acuerdo General sobre Comercio de Servicios) en el marco de la Organización Mundial de Comercio (OMC) respecto del asunto del sector audiovisual son reveladores de la entidad que asume el conflicto entre la “exclusión” (posición francesa, seguida por Canadá y Australia) y la “apertura” indiscriminada de la cuestión cultural en el intercambio comercial mundial.
La dureza de la confrontación –y una primera victoria francesa al poner entre paréntesis la cuestión cultural en el seno de la OMC– hizo que la batalla pasara a dirimirse en todos los terrenos. La burbuja tec- nológica de los 90 y la explosión de las punto com llevó a la convicción de que Internet debía convertirse en el atajo que saltara sin conflicto las fronteras nacionales. Washington se lanzó al reclamo de una platafor- ma mundial sin barreras para la distribución global de sus contenidos.
Según la proclama del vicepresidente de EE.UU., Al Gore (Bue- nos Aires, 1994), el desafío inmediato pasaba por la construcción de las “autopistas de la información” como nuevo factor de articulación, intercambio y circulación de la producción informativa y cultural del mundo. El tren de esa revolución marchó a un ritmo más lento que el ansiado por sus promotores, aunque la Cumbre Mundial de la Socie- dad de la Información de fines de 2003 en Ginebra buscó ser su punto de relanzamiento, en medio de crecientes demandas de la sociedad civil por la neutralidad tecnológica y la igualdad de acceso.