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Elección de los doce

In document Vida de Cristo, por Fulton J. Sheen (página 119-130)

El gran mandamiento de nuestro Señor era: «¡Seguidme!» Al llamar a otros hacia sí introdujo la idea de que el hombre había de tener a su cargo a otros hombres. Esto era una prolongación del principio de su encarnación: aquel que es Dios enseñaría, redimiría y santificaría por medio de la naturaleza humana que había tomado de María. Pero obraría también mediante otras naturalezas humanas, empezando por aquellos doce hombres a los que llamó para que fueran sus seguidores. No eran los ángeles quienes habían de servir a los hombres: el gobierno del Padre sería puesto en manos de seres humanos. Tal es el significado que encierra la llamada apostólica de que hizo objeto a los doce.

Uno se queda pronto sorprendido del gigantesco fin que propuso a sus seguidores, la conquista moral del mundo entero; ellos habían de ser la «luz del mundo», la «sal de la tierra» y la «ciudad que no puede esconderse». A unos hombres más bien insignificantes les pedía que adoptaran un punto de vista casi cósmico de su misión, ya que sobre ellos había de edificarse su reino. Aquellas luces escogidas habían de proyectar sus rayos sobre el resto de la humanidad, en todas las naciones.

En su ensayo The Twelve Men, que trata del sistema de jurados inglés, escribe G. K. CHESTERTON lo siguiente: «Cuando nuestra civilización quiere catalogar una biblioteca o descubrir un sistema solar, o alguna otra fruslería de este género, recurre a sus especialistas. Pero cuando desea hacer algo realmente serio reúne a doce de las personas corrientes que encuentra a su alrededor. Esto mismo es lo que hizo, si mal no recuerdo, el fundador del cristianismo».

Es evidente que desde el comienzo nuestro Señor tuvo la intención de prolongar su enseñanza, su reinado y su misma vida «hasta la consumación del mundo»; pero, a fin de realizar esto, tuvo que convocar una corporación de hombres a los que comunicaría ciertos poderes que Él mismo había traído a la tierra. Su cuerpo no sería un cuerpo social tal

como un club, reunido solamente por placer o convivencia; tampoco sería un cuerpo político, unido por comunes intereses materiales; sería más bien un cuerpo verdaderamente espiritual, cuyo cemento sería la caridad y el amor y la posesión de su Espíritu. Si la sociedad o cuerpo místico que iba a fundar nuestro Señor había de tener continuidad, era menester que poseyera una cabeza y unos miembros. Si había una viña, según declaró en una de sus parábolas, precisaría labradores; si había una red, necesitaría pescadores; si había un campo, se requerirían sembradores y segadores; si había un rebaño, harían falta pastores.

Y sucedió que en aquellos días fue a la montaña a orar; y pasó toda la noche orando a Dios. Y cuando fue de día llamó a sus discípulos, y escogió doce, a quienes también dio el nombre de apóstoles; Simón, a quien también llamó Pedro, y Andrés su hermano, Santiago y Juan, Felipe y Bartolomé, Mateo y Tomás, Santiago hijo de Alfeo, y Simón llamado el Celota, y Judas hermano de Santiago, y Judas Iscariote, el cual vino a ser un traidor.

Lc 6, 12 La noche que precedió a su elección el Señor la pasó orando en la montaña para que aquellos que estaban en el corazón del Padre fueran suyos también. Cuando amaneció descendió a donde sus discípulos estaban y, uno tras otro, fue llamando a los que había escogido. Del que más sabemos es de Pedro. Se le menciona 195 veces, al resto de los apóstoles solamente 130 veces. Al que después de Pedro se menciona más a menudo es Juan, del que se hace referencia 29 veces. El nombre originario de Pedro era Simón, pero le fue cambiado por el de Cefas por nuestro Señor. Cuando fue presentado a nuestro Señor,

Jesús le miró y dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; serás llamado Cefas (que se traduce Pedro).

Jn 1, 42 La palabra Cefas significa «roca»; nosotros no advertimos di- rectamente todo el sentido de este cambio de nombre, porque «Pedro», el nombre propio, no es la misma palabra con que se designa una roca. Las dos palabras eran idénticas en arameo, que era la lengua que hablaba nuestro Señor, tal como lo son en francés, en que el nombre propio Pierre es la misma palabra que pierre, piedra o roca. En la Biblia, cuando Dios cambia el nombre de un hombre es para elevarlo a una dignidad superior y

a un papel más importante dentro de la comunidad a que pertenece. Era como si nuestro Señor hubiera dicho a Pedro: «Eres impulsivo e inconstante y rio puede confiarse en ti, pero vendrá un día en que todo esto será diferente; serás llamado por un nombre que nadie se atrevería a darte: el de Roca». Cuando se le llama «Simón» en los evangelios es para hacer resaltar la naturaleza humana no regenerada y no inspirada; por ejemplo, cuando estaba durmiendo en el huerto, y nuestro Señor le dijo: •

Simón, ¿estás durmiendo?

Mc 14, 37 Pedro poseía por naturaleza grandes cualidades de guía. Por ejemplo, después de la resurrección, cuando dijo: «Voy a pescar», los otros apóstoles le siguieron. Su valor moral lo manifestó cuando abandonó su ocupación y su casa para seguir al Maestro; el mismo valor, expresado de manera impetuosa, fue el que le hizo cortar la oreja de Maleo cuando fueron a prender a nuestro Señor. Era también un hombre jactancioso, puesto que juró que, aunque otros traicionaran al Maestro, él no lo haría. Poseía un profundo sentido del pecado, y pidió al Señor que se apartara de él a causa de su indignidad. Sus mismas faltas le hacen más amable aún. Sentía un profundo afecto hacia su Maestro. Cuando otros discípulos se marcharon, él sostuvo que no había ningún otro a quien pudieran seguir. Tuvo valor, puesto que dejó a su mujer y su oficio para seguir a nuestro Señor. Para halago de todas las suegras, hay que decir que Pedro no manifestó pesar alguno cuando nuestro Señor curó a la suya de la grave enfermedad que padecía. Era impulsivo en grado sumo, guiado más por el sentimiento que por la razón. Quería caminar sobre las aguas, mas, cuando se le hubo dado el poder de hacerlo, se asustó y gritó de miedo... él, que era hombre de mar. Era un hombre exagerado, que gritó, maldijo y protestó cuando el Salvador quería lavarle los pies; aunque nombrado ca- beza de la Iglesia, no poseía nada de la ambición de Santiago y de Juan. Pero, por medio del poder de su divino Maestro, este hombre impetuoso, fluido como el agua, se convirtió en la roca sobre la cual Cristo edificaría su Iglesia. El divino Salvador se unía constantemente mediante las palabras con su Padre celestial; pero al único ser humano al que asoció consigo mismo y habló de sí mismo y de él como de «nosotros», fue Pedro. Desde aquel día, Pedro y sus sucesores han usado siempre el «nos» para indicar la unidad que existe entre la cabeza invisible de la Iglesia y su cabeza visible; Pero este mismo Pedro, que siempre tentaba a nuestro Señor para apartarle de la cruz, demuestra ser una roca de fidelidad, ya

que, más adelante, el tema constante de sus cartas había de ser la cruz de Cristo.

Antes bien, regocijaos en la medida en que sois participantes de los padecimientos de Cristo; para que también, cuando su gloria fuere revelada, os regocijéis con gozo extremado.

1 Petr 4, 13 Andrés, el hermano de Pedro, es mencionado ocho veces en el Nuevo Testamento. Después de haber sido llamado para que abandonara sus redes y sus barcas y fuera un «pescador de hombres» junto con su hermano Pedro, vemos a Andrés en ocasión de la multiplicación de los panes y los peces, cuando dijo a nuestro Señor que había un muchacho que tenía cinco panes y dos peces. Hacia el fin del ministerio público de Jesús, encontramos nuevamente a Andrés cuando algunos gentiles, probablemente griegos, fueron a Felipe a preguntarle si podían ver al Señor. Felipe consultó entonces a Andrés y ambos se presentaron a nuestro Señor. En el primer encuentro de Andrés y nuestro Señor, éste le preguntó:

¿Qué quieres de mí?

Jn 1, 38 Andrés había sido amigo de Juan Bautista. Cuando encontró a nuestro Señor, al que Juan había indicado, inmediatamente fue a decir a Pedro que había encontrado al Mesías. Se habla siempre de Andrés como hermano de Simón Pedro. Fue el que «presentó» su hermano Pedro a nuestro Señor; fue también el que presentó a nuestro Señor el muchacho de los panes de cebada y los peces: y finalmente, junto con Felipe, fue quien hizo la presentación de los griegos. Cuando se trata de dispensar algunos beneficios del Señor o de presentar otras personas a éste, se mencionan juntos a Felipe y Andrés. Andrés era de carácter más bien taciturno, eclipsado por su hermano Pedro, pero seguramente jamás se mostró celoso. Había ocasión para la envidia cuando Pedro, Santiago y Juan fueron escogidos en tres ocasiones para estar en mayor intimidad con el Maestro, pero aceptó su humilde puesto con resignación; tenía bastante con la dicha de haber encontrado a Cristo.

Al igual que Pedro y Andrés, también Santiago y Juan eran hermanos y pescadores. Ambos trabajaban juntos para su padre Zebedeo. Al parecer, su madre Salomé era algo ambiciosa, puesto que fue ella la que un día, imaginando que el reino de nuestro Señor había de ser establecido sin cruz alguna, pidió que sus hijos pudieran sentarse a ambos lados de nuestro

Señor en su reino. En su favor hemos de decir, sin embargo, que volvemos a hallarla en el Calvario, al pie de la cruz. Nuestro Señor dio a los hijos de esta mujer el apodo de «Boanerges», o «hijos del trueno». Esto sucedió cuando los samaritanos rehusaron recibir a nuestro Señor porque éste había dirigido su rostro hacia Jerusalén y hacia la muerte que le esperaba. Los dos apóstoles, al darse cuenta de esto, manifestaron a nuestro Señor su intolerancia:

Señor, ¿quiere» que mandemos que descienda fuego del cielo v que los consuma, como hizo Elías?

Lc 9, 54-56 Los dos «hijos del trueno» no dejaron de beber hasta las heces del cáliz del sufrimiento. Juan fue sumergido más adelante dentro de una caldera con aceite hirviente, prueba de la que solamente por milagro pudo sobrevivir. Santiago fue el primero de los apóstoles en sufrir el martirio por Cristo. Juan se designó a sí mismo como «el discípulo a quien Jesús amaba», y a él fue confiada la custodia de la madre de nuestro Señor después de la crucifixión. Juan era conocido del sumo sacerdote probablemente debido a su refinamiento cultural, que justificaba el nombre que llevaba, que en el hebreo original significa «favorecido por Dios». Su evangelio nos lo muestra realmente como un águila que voló a gran altura para entender los misterios del Verbo. Nadie mejor que él comprendió el corazón de Cristo; nadie penetró más hondo en el significado de sus pala- bras. También fue él el único de los apóstoles a quien vemos al pie de la cruz; es el único que nos refiere que «Jesús lloró» y el que en el Nuevo Testamento nos define a Dios como un Dios de amor. Santiago, su hermano, el llamado «el Mayor», junto con Pedro y Juan perteneció a aquella «comisión especial» que presenció la transfiguración, la resurrección de la hija de Jairo y la agonía de Jesús en Getsemaní.

El apóstol Felipe vino de Betsaida y era paisano-de Andrés y de Pedro. Felipe era un curioso investigador; y su curiosidad fue coronada por el gozo que experimentó al encontrar a Cristo.

Felipe halló a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien Moisés escribió en la ley, y los Profetas, a Jesús de Nazaret, hijo de José. Y le dijo Natanael: ¿Acaso de Nazaret puede salir cosa buena? Y le dijo Felipe: Ven, y verás.

Felipe rehusó toda controversia con un hombre tan lleno de prejuicios que creía que un profeta no podía surgir de un pueblo mirado con menosprecio. No volvemos a encontrar a Felipe hasta el momento de la multiplicación de los panes y los peces, y nuevamente investigando:

Doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno tenga un poco.

Jn 6, 7 Felipe efectuará su postrera indagación en la noche de la última cena, cuando pidió a nuestro Señor 'que le mostrara al Padre.

Bartolomé, llamado también Natanael, fue presentado por Felipe a nuestro Señor. Tan pronto como éste le vio, leyó en su alma y lo describió de esta manera:

He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño. Le dice Natanael: ¿De dónde me conoces? Y Jesús le respondió: «Antes que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera.»

Jn 1, 47 s Entonces Natanael le respondió:

¡Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el rey de Israel! Jesús respondió: ¿Porque te dije: Te vi debajo de la higuera, crees tú? Cosas mayores que éstas verás. Y le dice: En verdad, en verdad os digo que en adelante veréis abierto el cielo, y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre.

Jn 1, 49-51 Cuando nuestro Señor le dijo que le había visto debajo de una higuera, Bartolomé estuvo en seguida dispuesto a declarar que Cristo era el Hijo de Dios. Su primer contacto con nuestro Señor le aseguró al punto que todavía le estaban reservadas experiencias más asombrosas, en particular, la gran visión que había tenido Jacob sería comprobada en Él.

Nuestro Señor dijo que Natanael era un verdadero israelita. Israel era el nombre que se había dado a Jacob. Éste, sin embargo, era muy astuto y lleno de dolo. Natanael es designado como un verdadero israelita, o uno que era libre de dolo. Se produce una transición brusca del singular al plural cuando nuestro Señor dice: «Veréis abierto el cielo»; Jacob había visto los cielos abiertos y a los ángeles ascender y descender por la escalera, trayendo las cosas del hombre a Dios y llevando las cosas de Dios a los hombres. Jesús decía ahora a Natanael que vería cosas incluso

mayores. Él quería decir que Cristo sería en adelante el Mediador entre el cielo y la tierra; entre Dios y el hombre; en Él, todo el tráfico entre el tiem- po y la eternidad se encontraría como en una encrucijada.

Esta profecía que nuestro Señor hizo a Bartolomé muestra que la encarnación del Hijo de Dios sería la base de la comunión entre el hombre y Dios. Natanael le había llamado «Hijo de Dios»; nuestro Señor se llamaba a sí mismo «Hijo del hombre». «Hijo de Dios» porque Él es eternamente divino; «Hijo del hombre» porque humildemente se relacionaba con toda la humanidad. Este título, usado en relación con otro que había sido dado a nuestro Señor, el de «Rey de Israel», llevaba todavía un significado mesiánico; pero de los estrechos límites de un pueblo y una raza trascendía a la esfera de la humanidad universal.

De Mateo o Leví, el publicano, tenemos un relato escrito acerca de su vocación y de cómo respondió a ella. La grande e imperecedera gloria de Mateo es su evangelio. Mateo era un publicano bajo el gobierno de Herodes, un vasallo de Roma. Un publicano era uno que vendía a su propio pueblo y recaudaba impuestos para el invasor, guardando para sí un elevado tanto por ciento. Se comprende muy bien que, siendo un publicano una especie de Quisling, fuera despreciado por sus compatriotas; sin embargo, sabía al mismo tiempo que tras sí tenía para respaldarle el poder y la autoridad legal del gobierno romano. El lugar preciso en que encontramos por primera vez a Mateo es a la orilla del lago, cerca de Cafarnaúm, donde se hallaba recaudando impuestos. Su vocación de recaudador o publicano requería que tuviera la cualidad de ser un buen registrador de las cuentas. Su sumisión al Salvador fue inmediata. El evangelio le refiere así:

Jesús vio, al pasar, a un hombre sentado al banco de los tributos. Se llamaba Mateo. Y le dijo: ¡Sígueme! Y se levantó y le siguió.

Mt 9, 9 Aquel que había sido rico, ahora no tenía otra perspectiva sino la pobreza y la persecución; y, con todo, aceptó esta condición en seguida. «Ven», dice el Salvador a un hombre menospreciado, y éste le sigue inmediatamente. Su respuesta fue tanto más notable cuanto que aquel hombre se hallaba inmerso en una actividad que atraía generalmente a las personas menos escrupulosas y más inmorales. Ya era bastante malo para un romano tener que recaudar el tributo impuesto a los judíos, pero el que el recaudador fuera él mismo judío, hacía de éste el más despreciado de los

hombres. Y, sin embargo, este Quisling que había ahogado en su pecho todo amor hacia su pueblo, que había sofocado por afán de lucro toda virtud de patriotismo, terminó convirtiéndose en el hombre más patriota de su pueblo. El evangelio que escribió puede designarse como del patriotismo. Un centenar de veces, en su evangelio, retrocede a la historia del pasado, citando de Isaías, Jeremías, Miqueas, David, Daniel y todos los profetas; después de amontonar un argumento sobre otro, viene a decir a su pueblo: «Ésta es la gloría de Israel, ésta es nuestra esperanza, hemos engendrado al Hijo del Dios vivo; hemos dado al mundo el Mesías». Su país, que aún ayer nada significaba para este hombre, se convirtió en su evangelio en algo de la máxima importancia. Se estaba designando a sí mismo como un hijo de Israel dispuesto a cantar sus alabanzas. De la misma manera que los hombres aman a Dios, amarán también a su patria.

Tomás era el apóstol pesimista, y probablemente su pesimismo tenía algo que ver con su escepticismo. Cuando nuestro Señor intentaba consolar a sus apóstoles, durante la noche de su última cena, asegurándoles que iría a prepararles el camino para el cielo, Tomás respondió diciendo que él deseaba creer, pero no podía. Más adelante, cuando vinieron a traer a nuestro Señor la nueva de que Lázaro había muerto.

Tomás, llamado Dídimo, dijo a los demás discípulos: Vamos también nosotros y muramos con Él.

Jn n, 16 Tomás era llamado Dídimo, que es simplemente la transcripción griega de un hombre hebreo y significa «gemelo»; Tomás era un gemelo o mellizo en cierto sentido porque en él convivían los gemelos de la incredulidad y la fe, luchando cada cual por enseñorearse de su espíritu. Había fe en él, por cuanto creía que era mejor morir con el Señor que abandonarle y olvidarle; había incredulidad, puesto que no podía evitar creer que la muerte sería el resultado final de cualquier clase de obra que el Señor intentara.

San Juan Crisóstomo dice de él que, mientras apenas se habría atrevido a ir con Jesús hasta la cercana ciudad de Betania, Tomás emprendería sin Él, después de Pentecostés, un viaje hasta la lejana India para implantar la fe en aquel país; hasta este momento los fieles de la India se designan a sí mismos como «cristianos de santo Tomás».

Dos de los apóstoles eran parientes de nuestro Señor: Santiago y Judas. En la Biblia se les llama hermanos del Señor, pero en las lenguas aramaica y hebrea esta palabra a menudo designa a primos o parientes

lejanos. Sabemos que María no tuvo más hijos que Jesús. La expresión

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