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La elección y la responsabilidad

En el amor existe una responsabilidad, la cual se deriva del hecho de que una persona se done a sí misma hacia la otra, pasando a ser, en cierta medida, propiedad suya. El amor debe ser lo suficientemente maduro y profundo para no decepcionar la profunda confianza de quien se entrega, de modo que éste, por medio del acto de entrega, encuentre mayor plenitud de su ser. La responsabilidad del amor se reduce a la responsabilidad para con la persona.

Quien sólo es capaz de reaccionar ante los valores sexuales, pero no ante los valores de la persona, siempre confundirá amor con erotismo, perdiéndose del verdadero "sabor" del amor. Este

64 "sabor" es inseparable del sentimiento de responsabilidad por la persona, responsabilidad que comprende la búsqueda de su verdadero bien. Muchas veces, el sentimiento de responsabilidad que uno asume con otra persona no está desprovisto de preocupación, pero nunca es en sí mismo desagradable ni doloroso. Ello porque lo que constituye su sustancia no es una limitación ni un empobrecimiento del ser, sino que, al contrario, significa su enriquecimiento y expansión.

La entrega de una persona a otra es una acto libre. De allí que, en el amor, la elección de la otra persona es fundamental. Ahora bien, a pesar de todos los intentos por encontrar una respuesta general, la elección continúa siendo un misterio de las individualidades humanas. No existen reglas en este terreno.

Se puede constatar, sin embargo, que la elección de la persona del otro sexo, objeto del amor matrimonial y co-creadora del amor, ha de apoyarse hasta cierto punto en los valores sexuales. Ello ya que este amor ha de constituir la base de la vida común de un hombre y una mujer. De ahí que es imposible imaginarlo sin que entren en juego los valores sexuales de ambas partes.

Estos valores sexuales están relacionados con la impresión que produce el cuerpo en cuanto posible objeto de placer. Pero también con la impresión producida por la masculinidad o feminidad de la persona del sexo contrario, en lo cual se apoya la afectividad. Esta segunda impresión —la afectiva— es más importante y, cronológicamente, aparece en primer lugar. Así, a

65 través de los valores sexuales, la juventud sana y no depravada descubre primeramente una persona de sexo contrario, y no un cuerpo en cuanto posible objeto de placer. Cuando ocurre lo contrario, estamos ante un caso de depravación, que hace difícil el amor y, sobre todo, la elección del valor de la persona.

Si los valores sexuales fuesen el motivo único o principal de la elección, no podría hablarse de elección de la persona. Nos encontraríamos, en cambio, ante una elección del sexo contrario, ya sea representado por una persona —afectividad— o, sencillamente, por un cuerpo como posible objeto de goce — sensualidad—. Se ve, pues, que el valor de la persona ha de ser el motivo principal de la elección. Nótese que principal no quiere decir

único.

El hecho de que la elección de la persona amada no esté dictada sólo por los valores sexuales sino sobre todo por los valores de la persona es lo que otorga al amor su estabilidad. Esto ya que, por más que los valores sexuales se transformen, o incluso desaparezcan, el valor esencial de la persona subiste.

La elección de la persona es un acto interiormente maduro y completo cuando considera a la persona en toda su verdad. Se está en presencia de la verdad cuando todos los valores del objeto de elección se hallan subordinados al valor de la persona amada, apreciándola tal como es en verdad. Sólo así los valores sexuales que actúan sobre los sentidos y sentimientos no falsean o distorsionan la

66 consideración total de la persona: no alteran la verdad sobre ella.

La vida pone a prueba el valor de la elección cuando la sensualidad y la afectividad flaquean y los valores sexuales dejan de actuar. Ya no queda entonces más que el valor de la persona, y aparece la verdad interna del amor. Si la entrega y la pertenencia de las personas ha sido verdadera, no sólo se mantendrá, sino que se hará incluso más fuerte y arraigada. Si, por el contrario, no ha sido más que una sincronización de sensualidades y emotividades, perderá su razón de ser, y las personas se encontrarán bruscamente en el vacío. Nunca ha de olvidarse que todo amor humano pasará por una prueba de fuerza, gracias a la cual se revelará toda su grandeza.

La sensualidad y la afectividad demuestran una inestabilidad y una movilidad particulares, lo cual siempre provoca inquietud, aunque sea inconsciente. En cambio, el amor interiormente maduro se libra de ello por la elección de la persona. La afectividad se hace tranquila y segura, pues la verdad puramente subjetiva del sentimiento cede su lugar a la verdad objetiva de la persona objeto de elección y de amor.

Mientras que el amor puramente afectivo se caracteriza por una idealización de su objeto, el amor centrado en el valor de la persona hace que la amemos tal como es verdaderamente. Así, no amamos ya la idea de la persona sino a la persona real. La amamos con sus virtudes y sus defectos y, hasta cierto punto, independientemente de sus virtudes y a pesar de sus defectos.

67 La medida de semejante amor aparece más claramente en el momento en que la persona amada comete una falta: cuando sus flaquezas, incluso sus pecados, son innegables. El ser humano que ama verdaderamente no sólo no le niega su amor, sino que, por el contrario, la ama todavía más. La ama, lo cual no quiere decir que deje de tener conciencia de sus defectos y sus faltas ni las apruebe. Este amor es posible porque, a pesar de sus faltas, la persona misma nunca pierde su valor esencial, en el cual está fundado el verdadero amor.