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Si le he entendido bien, Bunge considera que los avances importantes en el ámbito de la teoría fundamen­

LA MADURACIÓN DE LA CIENCIA

2. Si le he entendido bien, Bunge considera que los avances importantes en el ámbito de la teoría fundamen­

tal supone necesariamente un grado de abstracción más elevado en los conceptos básicos, los principios o los métodos matemáticos. Einstein adoptó este punto de vista, que está ciertamente respaldado por la historia de la física desde, pongamos, 1800. Pero puede que no

and Reality», Dialéctica, 19 (1965), p. 195. Para varios ejemplos de axio­ mática física, véase Voundaúons of Pbysics (Nueva York, Springer Ver- Iag, 1967). Los conceptos de rendimiento de una teoría, de capacidad predictiva y otros emparentados con ellos se examinan detalladamente en Scientific Research (Nueva York, Springer Verlag, 1967), vol. 1, caps. 9 y 10.

S. — BUNGK

sea siempre así. Y o sugeriría que lo que se requiere hoy no es más abstracción, es decir, fundamentos aún más abstractos que los de la teoría de la relatividad gene­ ral y la mecánica cuántica, sino la reinterpretación de las relaciones espaciales y temporales inmediatamente dadas de modelos tridimensionales cambiantes a lo largo del tiempo. Esto supone volver a recorrer los recientes pasos de la abstracción, la vuelta a versiones simples y cercanas a las clásicas de las ideas de espacio y tiempo, así como su reinterpretación en función de algún nuevo modelo de relaciones espaciales cambiantes. Esto, según mi opinión, es perfectamente factible, si bien, natural­ mente, en este momento es sólo una conjetura. Pero si esto es posible en principio, se advierte cuán arries­ gado es construir una filosofía de la ciencia sobre la ex­ periencia de un período histórico particular. La ‘filoso­ fía de la ciencia*, para llegar a ser digna de su pretencio­ sa denominación, ha de ser tan cauta, sutil e imaginativa como la propia ciencia.

K . R. Po p p e r: Profundidad no visible, profundidad y pseudo-profundidad.

Desde luego soy favorable a la profundidad y ma­ durez de la ciencia, y en la medida en que he compren­ dido lo que Bunge ha dicho sobre ello estoy básica­ mente de acuerdo con él. Sólo hay una cuestión en la que no coincido del todo. Bunge está preocupado, igual que yo, por la explosión de publicaciones. En este caso, la profundidad parece sacrificarse al volumen: la insis­ tencia en la profundidad eliminaría la mayor parte de las publicaciones, de modo que la insistencia en la pro­ fundidad podría emplearse como una especie de anti­ conceptivo contra las publicaciones no deseadas. Pero si insistiéramos en la profundidad como una especie de cri­ terio de control, paralizaríamos el crecimiento de la cien-

cía. Porque las teorías profundas a veces tienen un es­ tadio embrionario durante el cual su profundidad dista mucho de ser visible. La manifestación de la profundi­ dad de una teoría es el producto de mucha mayéutica socrática, es decir, de discusión crítica entre científicos. Insistir en la profundidad desde el principio sería fatal para el progreso de la ciencia.

Bunge critica el positivism o porque, al desahuciar la metafísica, desahucia las teorías más profundas de la cien­ cia en beneficio de teorías fenomenológicas menos pro­ fundas. Es interesante observar que el propio positivis­ mo está basado en un intento extemporáneo, realizado por Mach, de introducir una verdadera profundidad en la teoría de la materia. Los positivistas, Philipp Frank, por ejemplo, han dicho a menudo que la metafísica no era otra cosa que ciencia extemporánea; ahora bien, el po­ sitivismo es también ciencia extemporánea. Mach vivió en un tiempo en que la teoría de la materia estaba deba­ tiéndose en lo que el profesor Yourgrau podría llamar ‘paradojas'. Había dificultades realmente serias en la teo­ ría de la materia a causa de la incompatibilidad entre la teoría del continuo y la teoría atómica. Mach hizo una interesantísima propuesta de introducir nueva pro­ fundidad en la teoría física de la materia a base de pres­ cindir de la materia. Se trataba de una propuesta seria y extremadamente audaz. D e modo análogo a como hemos aprendido a prescindir de la sustancia calórica en la teoría del calor, dijo Mach, deberíamos prescindir de la materia en la teoría de la materia, y esta interesantísi­ ma propuesta fue incorporada después, aproximadamen­ te una generación más tarde, a una teoría filosófica, el positivismo. D e modo que el positivismo no es más que una teoría física extemporánea.

Gomo conclusión quisiera decir tan sólo una cosa. La primera vez que oí hablar de Mario Bunge fue hace unos años, cuando yo formaba parte del consejo de redac­ ción del British Journal for the Philosophy of Science

y recibí un manuscrito suyo titulado P olém ica sobre la complementaridad\ Cuando leí este manuscrito di un respiro de alivio al ver que había por fin una persona que se atrevía a decir algo realmente fuerte y directo contra la intromisión del sujeto en la física y contra la complementaridad. Aunque mucha gente considera que se trata de una de las ideas más profundas de la física moderna, Bunge y yo tal vez coincidamos en que es un paradigma de pseudo-profundidad.

E. H . Hu t t e n: Madurez, profundidad y objetividad en la ciencia.

En ciertos aspectos es obvio que no se puede no es­ tar de acuerdo con el profesor Bunge: es sin duda me­ jor una teoría madura que cualquier otra teoría. Pero esto depende también bastante de lo que se entienda por maduro’. Una definición puramente lógica de la ‘madu­ rez’ como la que él desea alcanzar, si lo entiendo bien, me parece completamente imposible e incluso carente de sentido.

Madurez es un término que procede originariamente del vocabulario psicológico. Aquí surge una cuestión im­ portante que conviene destacar, a saber, que el aná­ lisis puramente lógico de una teoría es interesante pero su valor es sólo limitado para entenderla del todo. D e­ bemos poner siempre a contribución las más variadas ar­ gumentaciones psicológicas e históricas si deseamos juz­ gar correctamente nuestras teorías. El principio de co­ rrespondencia en física demuestra que la nueva teoría y la vieja deben corresponderse entre sí mediante la con­ cordancia asintótica de una fórmula básica. E l principio de correspondencia regula el crecimiento histórico de la ciencia {ex post jacto, naturalmente) de dos maneras. D el conjunto de teorías que pueden imaginarse (y que a menudo han sido imaginadas), el principio selecciona

la que se corresponde adecuadamente con las teorías an­ tiguas y ya establecidas. La nueva teoría, además, corrige la vieja restringiendo su ámbito de aplicabilidad. La me­ cánica cuántica y la relativista se corresponden de esta manera con la mecánica newtoniana, como es sabido. E l principio de correspondencia rige el desarrollo de una ciencia y pone de manifiesto el método autocorrector y la apertura que caracteriza el razonamiento científico.

La ciencia es una actividad humana, y como todo lo que hacen los seres humanos ha de ser explicado científi­ camente, mediante una teoría apropiada. La ciencia o el conocimiento es un fenómeno natural y como tal está sujeto al proceso de la evolución como cualquier otra cosa de las que concurren en la vida humana. La ciencia es el producto de la evolución mental, emocional y so­ cial de la humanidad, que es parte del proceso biogené- tico de la evolución. A sí pues, debemos investigar cómo han evolucionado los conceptos básicos de la ciencia si queremos comprenderlos. Esto me lleva al concepto de ‘profundidad’, que es realmente muy importante, como ha señalado Bunge.

Sin embargo, ¿qué queremos decir cuando afirma­ mos, por ejemplo, que la teoría atómica es más profunda que la mecánica? La analogía ingenua que se le ocurre a uno en seguida, según la cual excavamos hacia lo hon­ do, más allá de la superficie, hasta encontrar los áto­ mos, no basta en modo alguno; podríamos también de­ cir, en efecto, que las concepciones de la relatividad general y de la cosmología son más profundas, aunque en ellas nos remontamos por encima de la superficie, hacia el firmamento. Sólo la psicología puede ayudarnos en tales casos a comprender lo que quiere decir ‘pro­ fundidad1. H ay que recordar que todo conocimiento comienza con experiencias simples y corporales, hecho ampliamente evidenciado tanto en el desarrollo del cono­ cimiento individual como en el de la humanidad como un todo. La ciencia comenzó con las especulaciones de

los jonios acerca de las sustancias simples. Gradualmente el conocimiento se extiende y va abarcando una serie cada vez más amplia de fenómenos; y paralelamente, nuestros conceptos tienen que hacerse más ‘abstractos’, es decir, más alejados de las nociones ordinarias y sim­ ples que se usan en la vida cotidiana. La mecánica cuán­ tica y la teoría de la relatividad son más ‘abstractas’ en este sentido. La abstracción es el criterio de la profun­ didad de una teoría; y necesariamente surgen explicacio­ nes psicológicas, aunque acompañadas por el poder ló­ gico creciente de los conceptos que se usan en las teorías más ‘abstractas’. N o obstante, quisiera expresar aquí mi acuerdo con Bunge en la cuestión de que las teorías más profundas se caracterizan por la presencia de conceptos o variables que no son directamente observables.

Esto no significa que la objetividad en la ciencia con­ sista en desterrar al ser humano de su participación en el proceso de medición. Creo que éste es un criterio de objetividad completamente falso que ha tenido vigencia únicamente en virtud de las idealizaciones aceptadas en la física clásica. Difícilmente puedo creer que Bunge desee esta clase de objetividad, aunque parece argumen­ tar en favor suyo, si no lo interpreto mal. E l observador desempeña un papel esencial en la mecánica cuántica — que es una teoría más avanzada y ‘abstracta’ que la mecánica newtoniana— , pero esto no convierte la me­ cánica cuántica en una teoría ‘subjetivista’. A l contrario, es más ‘objetiva’ que la mecánica newtoniana porque in­ cluye todas las variables necesarias para llegar a una des­ cripción completa. Es cierto que los detalles biográficos del observador son irrelevantes: lo relevante es el ex­ perimentador como creador de información. Esto intro­ duce el principio de indeterminación, que, de hecho, pro­ porciona una base más realista y, por ende, más objetiva para nuestra información.

Terminaré, sin embargo, señalando lo mucho que coin­ cido con Bunge cuando condena la nueva escolástica del

culto a los datos y a la simplicidad. Y o incluiría en la condena la importancia exagerada que algunos filósofos atribuyen al análisis lógico de la ciencia o logicismo. Esta escolástica es la razón principal por la que las ciencias de la vida, como la psicología, son objeto de juicios tan desfavorables y de infravaloraciones, incluso por parte de algunos de los que las practican.

Re s p u e s t a s d e M. Bu n g e

Respuesta a W hyte

Estoy completamente de acuerdo con las observacio­ nes hechas por el doctor W hyte de que la física teórica básica se halla actualmente en un callejón y de que para cualquier verdadero progreso en este campo se reque­ rirá un cambio profundo de actitud filosófica. También creo que es deber del filósofo recordar al científico que la mayor parte de sus resultados están llamados a ser provisionales, y que es privilegio del filósofo especular sobre las posibles soluciones a problemas no resueltos satisfactoriamente o ni siquiera advertidos por los cien­ tíficos, en la medida en que el especulador proceda cog­ noscitiva e imaginativamente y se muestre dispuesto a escuchar la crítica científica.

Por otro lado, parece que discrepamos acerca de cómo remediar nuestros actuales achaques. N o creo que baste una sola medicina para sanarlos, porque son muchos y variados, y precisamente por esta razón soy partidario de la especulación libre y audaz, por el momento. En particular, no creo que la salvación venga con el retorno a las relaciones espaciales y temporales inmediatamente dadas y tratando de interpretarlas por vías semejantes a las clásicas, como apunta el doctor W hyte. Las princi­ pales razones de mi incredulidad son las siguientes.

En primer lugar, cada progreso en física ha supuesto

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algún cambio en nuestras ideas sobre el espacio y el tiempo, y cada uno de estos cambios parece haber apar­ tado al hombre cada vez más de sus intuiciones origi­ narias. Además, todos los intentos de basar nuestras ideas elaboradas de las relaciones espacio-temporales so­ bre *lo dado1 — por ejemplo, el método de abstracción de Whitehead— han fracasado precisamente por afe­ rrarse a las apariencias y rechazar el camino tradicional de la ciencia, que supone el atreverse a dar saltos más allá de la intuición. En segundo lugar, hay indicios de que lo que puede fallar más en nuestra imagen actual de la naturaleza es la noción clásica del espacio-tiempo como continuo descriptible mediante variables no al azar, tales como las coordenadas que aparecen en la relativi­ dad y en la mecánica ondulatoria. Según una concepción relacional (no absoluta), el espacio-tiempo no existe por sí mismo sino que es una red de relaciones entre aconte­ cimientos (cambios de estado de entidades físicas). Y si no hay secuencias continuas de acontecimientos en todas partes, el espacio-tiempo no será continuo. En todo caso, la continuidad espacio-temporal admitida hasta hoy qui­ zá deba ser abandonada. Habría que saludar toda con­ jetura audaz relativa a la naturaleza del espacio-tiempo, en la medida en que admita como caso límite el punto de vista hoy preponderante.

Respuesta a Popper

Estoy de acuerdo con Popper en que la profundidad no ha de usarse para evaluar el crecimiento de una cien­ cia. Lo único que digo es que la profundidad es desea­ ble y que por lo tanto debiera ser estimulada. N i siquie­ ra pretendo que el crecimiento actual del conocimiento vaya siempre acompañado por un aumento en profun­ didad. En realidad, después de una teoría profunda pero falsa o estéril, se necesita muchas veces otra superficial

pero más verdadera, como se pone de manifiesto con la actual moda de las relaciones de dispersión y de las con­ sideraciones desde el punto de vista de la teoría de gru­ pos en el campo de las altas energías. (Espero que llegue a formularse alguna teoría más profunda — es de presu­ mir que sea una teoría de campo— , pero mientras tanto los físicos han de adoptar un enfoque fenomenológico, no porque sea el mejor, sino porque no hay nada mejor de momento.) Lo único que pretendo es: a) que la ma­

duración de la ciencia implica el incremento tanto de la profundidad como de la coherencia lógica, y b) que la profundidad es un desiderátum mientras no sea incom­ patible con la contrastabilidad.

Admito que el intento de Mach de prescindir del concepto de materia era audaz, pero no creo que fuera profundo. El intento de dar cuenta de la realidad en base a las sensaciones es tan viejo como el animismo, y es superficial porque acepta la sensación, que es un pro­ ceso extremadamente complejo, como elemento constitu­ tivo sin analizar del universo. Si Mach hubiera propues­ to que explicásemos la materia mediante campos u otras entidades físicas, habría sido un revolucionario. Pero Mach apenas mencionó la física de los campos y sus con­ cepciones — como ha mostrado el mismo Popper— fueron en gran medida un retorno a Berkeley. Sin embargo, esto es sólo un detalle: concuerdo con la tesis central de Popper de que el positivismo es ciencia obsoleta, es decir, algo convertido en obsoleto por el ‘descubrimien­ to’ (o corroboración de hipótesis) de entidades inobser­ vables tales como los campos y los átomos. Y supongo que Popper estaría de acuerdo conmigo en que es ur­ gente averiguar de qué manera ha sido posible que una ciencia antipositivista se haya empapado de filosofía po­ sitivista.

Por últim o, suscribo totalmente las observaciones de Popper acerca de la pseudo-profundídad del ‘principio’ de complementaridad, que no hay que confundir con

las relaciones de incertidumbre de Heisenberg, de las que se pretende que no son sino una ilustración del ‘prin­ cipio’. Es muy sorprendente que algunos científicos ha­ yan adoptado la actitud del más nebuloso de los filósofos, tomando por profundo lo que no pasa de ser oscuro. Porque la complementarídad, como la dialéctica, es una excusa para la falta de claridad. Hasta tal punto es así que se dice que Bohr, al preguntársele qué es lo com­ plementario a la verdad, contestó: ‘la claridad’. (D e lo

que se sigue que la complementaridad es o bien ver­ dadera pero oscura, o bien clara pero falsa, y en ambos casos inútil.) N o hay ninguna llave maestra para todos los problemas: sólo hay claves heurísticas y principios unificadores; pero la complementaridad no es ninguna de las dos cosas. En efecto, no tiene valor heurístico: no ha sugerido nada nuevo, a no ser tácticas para ocultar sus inconsistencias y acallar las críticas. Y tampoco es ningún principio unificador, ya que se limita a consa­ grar y generalizar la llamada dualidad partícula-campo, dualidad que es — según puede mostrarse— un apéndice de la física clásica.

Respuesta a Hutten

Coincido con el doctor H utten en que una cabal com­ prensión de la ciencia no es sólo cuestión de lógica, sino también de historia, sociología y psicología, hasta tanto esta última no se mezcle con la pseudo-ciencia del psi­ coanálisis. Sin embargo, parece innegable que las cien­ cias de la ciencia son innecesarias para comprender un sector particular del conocimiento científico. Por fortu­ na, la formación individual no es una sinopsis de la his­ toria del conocimiento; para aprender biología molecular no es preciso empezar por Tales. Dado que la mayor par­ te de los intentos que han llevado hasta el conocimiento actual han sido fracasos, haría falta una interminable in­ vestigación psicohistórica para comprender la psicogéne­

sis y la sociogénesis de cualquier episodio importante de la ciencia. Por añadidura, la psicología de la ciencia no existe prácticamente como ciencia, y la historia de la ciencia ha sido desfigurada demasiadas veces por los pre­ juicios filosóficos, como lo ilustra el hecho de que la re­ latividad y la teoría de los quanta hayan sido explicadas como hijas del positivismo. La historia y la psicología de la ciencia son valiosas por sí mismas y como medios para evaluar los resultados, las deficiencias y las tenden­ cias actuales, pero no pueden sustituir la comprensión de un cuerpo de conocimiento científico.

N o estoy de acuerdo con H utten en que ‘madurez’ y ‘profundidad’ sean términos recogidos de la psicología y que no tenga sentido extrapolarlos a partir de ella: al fin y al cabo, hubo frutos maduros antes de existir la psicología y aguas profundas antes de las aguas encena­ gadas de Freud. N o hay nada psicológico en la suposición de que la teoría sintética de la evolución es más pro­ funda que la de Darwin, ni en la idea de que una expli­ cación dinámica (o más bien dependiente de la teoría de campo) de las vicisitudes de las ‘partículas elementales’ sería más profunda que la actual explicación puramente estructural, taxonómica y cinemática. Estos ejemplos caen sin duda bajo la caracterización de profundidad propues­ ta en mi anterior exposición. Reclamo el derecho a pro­ poner elucidaciones de los sentidos metacientíficos — y no