de los jesuitas en el desarrollo de la modernidad
LOS ESPACIOS MISIONEROS: OTRAS PRÁCTICAS CIENTÍFICAS DE OTROS MUNDOS
Más allá de la tensión expresada en los documentos de la institución y sentida, a veces vivamente, por los hombres mismos, entre misión y apostolado intelectual, la empresa mi- sionera compromete, sin embargo, competencias científicas: ya sea que la institución las solicite explícitamente, ya sea que los hombres de la misión las movilicen en el marco de su apostolado. Esta necesidad de ciencia ha sido expresada de un modo particularmente claro
para las tierras de China, que constituyeron una excepción de la política misionera jesuita, en la que la evangelización por la ciencia pudo aparecer como la variante china del modus
nostrum.
En el mundo iberoamericano, como en los espacios europeos, la ciencia emerge en primer lugar en los colegios, alrededor de los cursos de filosofía, en la enseñanza de las ma- temáticas, cursos que no son sistemáticamente llevados en el marco de cátedras especiali- zadas y cuyo registro sistemático queda aún por realizar. Así, la conservación de un curso manuscrito procedente del Colegio de México, y que data sin duda de principios de los años 1580, atestigua la enseñanza de esta disciplina, más allá de un título que no designa sino la parte filosófica del curso, Explanatio commentarium Francisci Toleti in Aristotelis libros
de Physica per RP Antonium Arias, Societatis et philosophiae in celebrum Mexicanorum Acade- miae Professoremrum astronomorum. Su autor, Antonio Arias, es un contemporáneo de
Rubio, a su vez también designado como representante de la provincia ante la quinta Con- gregación General, convocada a Roma en 1599. Como indica el documento, es en cuanto profesor de filosofía que consagra la mitad de su enseñanza a temas de matemáticas. Titu- lada Tractatus de sphera mundi e partim ex veterum astronomorum partim ex recentiores doctrina et
observatione collectus, la segunda parte del manuscrito está en efecto consagrada a la esfera
—menos en su dimensión cosmográfica que geográfica—, a cuestiones de gnomónica y de meteorología. Este manuscrito puede dar cuenta tanto de los intereses de su autor como de la cultura científica movilizada en esta parte del mundo. Si bien se puede identificar esta parte del curso como la versión mexicana de lo que corresponde, por lo demás, al estableci- miento de un curso de matemáticas, no deja de ser cierto que geografía, gnomónica y me- teorología están tan distantes de la matriz establecida por Clavius como México de Roma. Pero con seguridad su enseñanza está más adaptada a las necesidades locales, más cen- tradas en intereses en el ámbito, sobre todo, de la navegación.
Independientemente de este primer testimonio, parece que las disciplinas vinculadas con las matemáticas fueron objeto de una real atención en el espacio mexicano de la Com- pañía de Jesús en este período. Mientras que los casos de libros científicos impresos en Mé- xico en el sigloXVIson muy raros, sí se identifica un opúsculo publicado por el colegio je- suita, Reverendi Do. Francisci Maurolyci, abbatis Messanensi, atque matematici celeberrimini, De
Sphera, liber unus, así como el comentario de Toleto a la Physica de Aristóteles. En los años
siguientes parece que no se continúa con las señales de un primer esfuerzo institucional hacia las disciplinas científicas, perceptibles entre la instalación en Nueva España y fines del sigloXVI. Los elementos de análisis son demasiado escasos para que se puedan extraer conclusiones significativas. Entre los elementos de interpretación pertinentes, conviene no solamente recordar que en estas partes del mundo apenas si comienza la presencia je- suita, sino también que la composición masivamente hispánica de los misioneros se debe vincular con la cultura de los grandes centros de formación intelectual de donde proceden, a saber, Alcalá y Salamanca, dominados ambos por los paradigmas de la segunda escolástica. Sin embargo, los estudios disponibles sobre las bibliotecas de los colegios o universi- dades jesuitas del mundo iberoamericano revelan sistemáticamente la presencia de textos científicos. En Lima se puede contar con una importante biblioteca del colegio, que se atiene sobre todo a su función de centro de distribución de libros llegados de toda Europa, según una política claramente definida, que hace del procurador en España la persona que pone en contacto al colegio con los grandes centros europeos de producción. Parecería que en el establecimiento de esta política se haya consagrado un presupuesto importante a este
tipo de adquisiciones, en varios ejemplares, con miras a la distribución (Cobo 1956 [1639]). Este florecimiento del libro corre parejas con la multiplicación de las bibliotecas perso- nales, a pesar de una lucha permanente de los visitadores, de los provinciales e, incluso, del general sobre esta cuestión. Así, en el momento de la supresión, se cuentan al menos 25 mil libros en la biblioteca común. En cuanto a su composición, téngase presente que, además de numerosos tratados de economía, en particular de agronomía, con obras técnicas, sobre todo de origen francés, estaban disponibles textos de astronomía, entre los cuales estaban Copérnico, Tolomeo, Kepler, Galileo, Newton, las reseñas de la Academia Real de Cien- cias de París, y las de la Academia de Berlín, así como obras técnicas sobre la fabricación de instrumentos de medida y telescopios. Se notará también una sección de «Veteres Mathe- matici», así como contemporáneos, obras de hidráulica, mecánica, óptica, electricidad, bo- tánica. Esta biblioteca muestra claramente, pues, la marca de una cultura de las Luces, con- firmada también por la presencia de filósofos modernos, de Descartes a Leibniz o Locke (véase Martin 1968: 74-96). Ulteriores trabajos permitirán, sin duda, precisar las diferentes etapas de su constitución.
También es posible apoyarse sobre la investigación realizada en el establecimiento de Quito o en la de las misiones de Nueva Granada: como en el caso de Lima, se subrayará aquí la presencia de textos científicos que insertan estos espacios en una modernidad tal como esta puede ser definida por la Europa colonial de esta época. En esta lectura de la cul- tura moderna y de su transferencia desde Europa, y en la línea de las reflexiones que acaban de ser esbozadas en lo que concierne a libros y bibliotecas, habría que conceder todo su lugar a la cultura material de la práctica científica, a saber, los instrumentos.
Pero la necesidad de ciencia emerge también de otras maneras y en diferentes etapas de la empresa misionera; puede también corresponder a otros saberes diferentes de los sa- beres físicos o matemáticos convocados a través de la Ratio Studiorum. La enseñanza no es el único espacio de despliegue de la ciencia en la práctica misionera, sobre todo porque esta última compromete una relación con el espacio, con su conocimiento y su dominio, muy particularmente en el Nuevo Mudo, que moviliza técnicas y saberes diferentes de los pen- sados por la Institución en Roma con la sola finalidad de la formación intelectual. De este modo, el campo abierto a la investigación se amplía singularmente, y está menos en mis in- tenciones recorrerlo extensamente que señalar su importancia: es también por ello que la modernidad científica se enriquece con el aporte de saberes procedentes de la otras matri- ces además de la tradición físico-matemática, generalmente considerada como el corazón de la «revolución científica».
Es necesario, por ejemplo, asignar todo su lugar, en nuestra reflexión, a una disciplina científica que la Compañía no había considerado en sus cursos de formación, pero en la que ha mantenido importantes vínculos: la medicina. A este respecto, se halla por una parte confrontada con el texto de las Constituciones, que precisan: «El studio de Medicina y Leyes, como más remoto de nuestro Instituto, no se tratará en las Universidades de la Compañía, o a lo menos no tomará ella por sí tal assumpto». Por otra parte, la importancia asignada al cuerpo y a la buena salud constituye un objeto de reflexión central para la Orden ignaciana. En el marco de la misión, el tema de la salud se hace apremiante para la conservación de los misioneros —cuestión particularmente importante cuando se trata de establecimientos que se encuentran lejos de los grandes centros urbanos—, como para la de las poblaciones junto a las cuales trabajan. En torno a las «farmacias» y «jardines medici-
nales» se desarrolla una cultura médica que está en el cruce de los saberes importados de Europa y de los saberes indígenas, así como de las observaciones y experiencias in situ.
Por otra parte, en el Nuevo Mundo, y para él, las técnicas de navegación y cartografía desempeñan un papel importante. Esto se traduce, por una parte, en el seno del dispositivo común de formación matemática dispensada en los colegios jesuitas, como el manuscrito mexicano evocado líneas arriba subraya precozmente. La producción geográfica y particu- larmente cartográfica de la Compañía participa de esa vasta empresa de medición del mundo, que constituye la vertiente espacial del proceso de «disciplinamiento», del cual los jesuitas han sido uno de los más poderosos agentes culturales. Estas dos ciencias ‘mixtas’, poco presentes en el establecimiento de la Ratio Studiorum, asumen, con el peso creciente de los efectivos jesuitas fuera de Europa, un florecimiento que no habría sido justificado por una expansión solo en el Viejo Mundo. Tomaré al respecto dos ejemplos que ofrece el mundo iberoamericano. El primero es el florecimiento de los escritos del tipo ‘historia na- tural’; el género implica largos desarrollos sobre la geografía, en el sentido amplio de los es- pacios descritos, como puede dar testimonio, de manera inaugural para la Compañía de Jesús, la obra de José de Acosta, Historia natural de las Indias. A partir de una experiencia vi- vida, se movilizaron también otros testimonios, sobre todo los relatos de los hermanos, o los de las poblaciones autóctonas, y los textos anteriores. En este tipo de análisis intervie- nen también otras disciplinas científicas, las ciencias naturales de la botánica a la zoología, que no pertenecían al bagaje intelectual de partida que poseía el misionero y que indican la movilización de nuevas prácticas científicas. En todos estos ámbitos, los jesuitas han pro- ducido obras, informes, realizado observaciones, enviado plantas, dibujos, desde los pri- meros tiempos de las misiones: el mundo iberoamericano no ha sido únicamente el marco de estas operaciones, las ha suscitado y ha hecho de los misioneros de la Compañía agentes centrales del proyecto de inventario y de dominio del mundo de la época moderna.
La figura de Eusebio Kino ofrece, en el último cuarto del sigloXVII, otro ejemplo. Su presencia en Nueva España está atestiguada, un siglo después de la de Rubio, en el mo- mento en que ninguna actividad científica notable parece caracterizar la provincia donde los jesuitas están instalados desde hace un siglo. Su recorrido revela la gran autonomía de iniciativa de los hombres de su talento, en el empleo que hace de los conocimientos geográ- ficos y del manejo del espacio para la empresa misionera; dicho de otra manera, él encarna, en el interior de la Compañía, una concepción de la actividad científica como correlato directo del apostolado misionero.
Se ve en efecto, a través de su caso, esbozarse la idea de un trabajo científico efectuado por el misionero, sin relación con la función que le ha sido asignada en su permanencia en México. Esto expresa esta parte de la carta del encargado general Charles de Noyelle, que hace alusión a las observaciones astronómicas realizadas por Kino desde México:
Aviso a Vuestra Reverencia que llegó aquel tratado que hizo Vuestra Reverencia sobre el co- meta que se vio, y he enviado al Padre Wolfgango las cartas que, con sello volante me remitió, después de haberlas leído; alegrandome grandemente de saber las cosas que pertenecen a Vuestra Reverencia y a otros, y el fervor con que desean en esa nueva y gloriosa misión; y los ejercicios de votos con que se disponen para ejercitar más fructuosamente el oficio de nuevos apóstoles. Encargo a Vuestra Reverencia muy de veras, que nos vaya avisando de las conver- siones de los indios y de todo lo que fuere de edificación, non sólo para que se consuelen los nuestros, sino también para que se edifiquen los demás, y sepan cuánto trabaja la Compañía a gloria de Dios, en beneficio de las almas, en partes tan remotas.
Esta actividad científica de Kino, que no carece de importancia en el mundo colonial en que se despliega —como testimonia la larga polémica que lo opone, a este respecto, al sabio «nacional» Sigüenza y Góngora—, no suscita más hostilidad que interés de la parte del general, que se contenta, en este caso, con desempeñar el papel de intermediario con la provincia de Germania Superior, donde el misionero ha hecho toda su formación superior, y cuyo provincial, Wolfgang Leinberer, no es otro que su antiguo profesor de filosofía en Ingolstadt.
Pero, correlativamente, se esboza otra relación entre ciencia y misión. Se ve, en efecto, en otra parte de esta correspondencia —se trata de una carta dirigida por el general al pro- vincial—, cómo Kino legitima su empresa cartográfica (él trazó la mayor parte de los mapas de la región, remontándose hacia el norte de la provincia y en particular hacia la Baja California [Burrus 1954]) como el previo y verdadero sostén de una política misionera y de una empresa de evangelización:
Con ocho fervorosos Padres que Vuestra Reverencia envió de nuevo a aquellas partes se habrá adelantado mucho así la buena educación de los que ya tenía el Padre Kino reducidos, como a la conversión de otros. La facilidad que se ofrece, y veo en las cartas del Padre Kino y en las del Padre Juan María Salvatierra de tránsito a las Californias, me obliga a instar de nuevo el que se procure la entrada con todas veras y calor; pues la navegación por la parte de los Pimas es brevísima, y la fertilidad de aquellos parajes en que el Padre Kino se halla muy grande, y que en caso que las Californias no sean tan abundantes, puede darles mucho socorro, dándose las manos y ayudándose unas a otras.
Y así encargo a Vuestra Reverencia con todo aprieto que en las diligencias que ahí en Mé- xico fueren necessarias y habrán escrito los Padres Kino y y Salvatierra, se ponga todo el cui- dado posible para que se consiga lo que fuere necesario para aquella empresa.
Además de que pone el acento sobre la necesidad en que se encuentra el misionero de encontrar un apoyo en el general, en una situación en la que se halla manifiestamente en oposición con su provincial en cuanto a sus actividades personales, esta carta hace explícito de manera ejemplar el vínculo que existe entre el conocimiento del territorio y las posibili- dades de expansión misionera, sin relación, en el caso que nos ocupa, con la política colo- nial de la Nueva España. No se trata tanto, a través de la figura de Kino, de poner las com- petencias científicas al servicio de un tercero —en este caso un interlocutor político cuyo poder condiciona la posibilidad de existencia del trabajo de misión— sino que se trata, al contrario, de hacer un uso interno de estos conocimientos, hacer de ellos una herramienta técnica de la empresa, en la medida en que ellos constituyen la condición de posibilidad de la misión: aquí la ciencia produce un conocimiento, que proporciona un argumento a la política misionera. Se ve cómo, a través de la figura de Kino, emerge la idea del misionero como promotor y actor de una política del espacio, y no simplemente como agente, lo cual implica en particular una base cartográfica para su apostolado. Aquí la misión es conside- rada como fuente y fin de una actividad científica local, que aparece como condición de la empresa universal de evangelización. Si esta concepción no es asumida por la institución, sino por algunos de sus miembros, ella toca, más allá de la Compañía de Jesús, uno de los fundamentos de la modernidad occidental: el del pensamiento del dominio del espacio por la ciencia y la técnica como condición insoslayable del proceso de civilización.
Entre la instalación de los jesuitas en el Nuevo Mundo y fines del sigloXVII, entre la fi- gura de Rubio y la de Kino, una misma tensión recorre el compromiso misionero de la
Compañía, que cuestiona su finalidad misma y sus modos de acción. La figura del «misio- nero ilustrado» que nos lega sobre todo esta historia constituye, a mi modo de ver, no tanto el resultado de una política de formación científica, o a fortiori de una «política de la ciencia» propia a los jesuitas, cuanto el producto circunstancial de un equilibrio en perma- nente negociación entre competencias individuales (los «talentos» tan importantes en las categorías de análisis del personal de la Compañía), recursos disponibles de la Compañía, necesidades de la época, que se pueden analizar a través de la doble formulación de una de- manda política de los Estados y de una demanda social de las sociedades en las que se des- pliega la misión. Se notará, así, que el número de «especialistas» de la ciencia presentes en el terreno misional, confundidas todas las áreas geográficas, resulta ínfimo, y que buen nú- mero de los conocimientos acumulados, después trasmitidos a Europa, por los misioneros, no necesariamente se inscriben en un avance o un método científico. Las informaciones contenidas, por ejemplo, en las Relaciones o cartas anuas, o en la correspondencia (puestas en seguida en circulación al exterior de la Orden, sobre todo a través de las Cartas edificantes
y curiosas...), participan en la constitución de un saber necesario para la formación de las
ciencias de la naturaleza y del hombre, pero que no es totalmente legítimo recoger en el marco del apostolado misionero. A la inversa, los nuevos saberes científicos en constitu- ción producen una inflexión e informan las miradas dirigidas a los espacios misionales: desde este punto de vista, un Rubio o un Kino no se encuentran en las mismas posturas intelectuales, susceptible como es el segundo de disponer de un capital de conocimientos acrecentado sobre el espacio mexicano.
La empresa misionera, en el cruce de dinámicas internas y externas, ha participado, pues, en el acrecentamiento del campo de la cultura científica propia del medio jesuita, y la Compañía ha aparecido, más allá de sus propios límites, como particularmente susceptible de contribuir a ese acrecentamiento. En cuanto institución religiosa, ha sido ampliamente movilizada por aquellos que trabajaban en el proceso de laicización de la cultura moderna mediante la ciencia. No hay duda de que ella lo ha sido, más allá de su supresión, como tes- timonian, en el caso del mundo iberoamericano, las figuras de Clavijero o de Gilij.