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4. Capítulo III:

4.2 Experiencia, conocimiento y mundo

Hasta aquí nos ocupamos de exponer la noción de certeza en relación al núcleo de la propuesta de Strawson, el naturalismo social. En esta segunda parte es necesario analizar ciertos conceptos clave dentro del marco teórico strawsoniano, a efectos de profundizar en los intereses propios de este trabajo de investigación: las nociones de experiencia, conocimiento y mundo.

Para Strawson, la tarea principal de la filosofía es elucidar de manera clara cómo el esquema conceptual que poseemos se relaciona de manera íntima con nuestras formas de vida. La expresión metodológica de esta tarea la denomina “análisis conectivo” (Chica Pérez, 2009; Skidelsky, 2003; Strawson, 1997). El autor trabaja una noción de experiencia en virtud de un mundo objetivo, es decir, pretende descubrir cómo la experiencia, en tanto somos sujetos conceptuales, da lugar a juicios verdaderos sobre el mundo. Esto implica, a grandes rasgos, la forma más general de percepción sensible: “tenemos la noción de un usuario de conceptos con una experiencia que se extiende en el tiempo desde un cierto punto de vista espacial de una experiencia tanto en como de un mundo espacio-temporalmente objetivo” (Strawson, 1997, p. 110). Al hablar de objetividad, Strawson se refiere a pensar el mundo como siendo lo que es, independientemente de los juicios particulares que podamos realizar sobre él. A su vez, la verdad de un juicio está supeditada a la conformidad con la que suceden las cosas en el mundo. Por lo tanto, existe una relación de dependencia y regularidad entre la percepción sensible y cómo son las cosas objetivamente:

“Ésta es la noción de una experiencia que depende causalmente de los rasgos objetivos en cuestión (...) estamos hablando de sujetos que emplean conceptos para formar juicios sobre el mundo, juicios que resultan de la experiencia tenida en la percepción sensible” (Ibid. 1997, pp. 111–112).

Si bien este modo tradicional de vincular la sensibilidad con el entendimiento es algo necesario para entender cómo operamos en el mundo, no es condición suficiente para explicar de qué modo Strawson está pensando dicha relación. Es menester pensar este vínculo entre percepción sensible y mundo objetivo de manera más estrecha: Por un lado, los conceptos obtienen su sentido a partir de la experiencia perceptiva y, al mismo tiempo, la experiencia

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adquiere su carácter de los conceptos que utilizamos en nuestros juicios perceptivos. La experiencia misma se encuentra “impregnada” de aquellos conceptos: “Lo importante es que los conceptos que se necesitan para describir la experiencia son precisamente los que se necesitan para describir el mundo” (Ibid. 1997, p. 113).

Una vez que determina la relación entre los elementos básicos de la estructura, Strawson explica de qué modo se comporta la dinámica de la misma. No está hablando de un armazón inalterable, como mencionamos al principio del capítulo, sino que está sujeta a perpetuas modificaciones. Vale la pena aclarar que esas alteraciones siempre ocurren dentro de los márgenes que se establecen como condición de posibilidad de la experiencia, por la evolución que es producto del conocimiento de las cosas:

No me refiero únicamente a que ganamos en conocimiento del mundo —aunque no hay duda de que ello es así—. Me refiero, más bien, a que la concepción que tenemos de la estructura básica de las ideas en que se produce tal ganancia de conocimiento puede refinarse como resultado de esa ganancia (Strawson, 1997, p. 115).

Con esto no se pretende caer en una imagen atomista y dispersa del mundo, producto de las construcciones subjetivas de cada individuo. No olvidemos que Strawson apela a una estructura trascendental intrínseca a la naturaleza humana: todos los objetos en tanto ‘entidades materiales’ y sus relaciones constituyen ese mínimo marco espacio-temporal que proyecta, en última instancia, un mundo. Este proceso estructural se refleja de modo explícito en el hecho de que poseemos un lenguaje: “Estos individuos que ocupan espacio y que conservan su identidad, los objetos materiales y (entre ellos se incluyen) las personas, son los referentes por antonomasia de nuestros nombres y frases nominales” (Ibid. 1997, p. 120) A partir de esta base dinámica, es necesario determinar un tipo de noción de empirismo que sea consecuente con este entramado conceptual, para poder entender el resto de la estructura ordinaria de nuestro pensamiento. Strawson describe un tipo de empirismo que podemos definir como reductivo subjetivo, donde las construcciones lógicas de nuestro pensamiento se constituyen a partir de elementos básicos y sus relaciones intrínsecas: estos elementos básicos son los estados subjetivos (Ibid. 1997, pp. 124–125). A partir de ellos, podemos hablar de la existencia de otros tipos de entidades (cuerpos, espacio intersubjetivo, otros sujetos de experiencia). Ahora bien, aquí Strawson considera hacer una salvedad más con respecto a esta reducción. No hay que tomar los estados subjetivos como la justificación

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de la estructura general de ideas, sino viceversa: “lo básico es precisamente la estructura general de ideas, el marco general de nuestro pensamiento, el fundamento de nuestra economía intelectual. Toda justificación racional de la teoría de la realidad presupone y descansa en esta estructura general” (Strawson, 1997, p. 126). Las acciones intencionales son una combinatoria de creencia y actitud. Esto quiere decir que nuestro aprendizaje no consiste en una sucesión temporal donde primero aprendemos que hay objetos y que tenemos una relación espacio-temporal respecto de ellos y después, en segundo lugar, aprendemos las posibilidades de modificar esas circunstancias de relación conforme a nuestras actitudes favorables o desfavorables (OC§35, §310). Son dos procesos inseparables: “Al aprender la naturaleza de las cosas, aprendemos las posibilidades de acción; al aprender las posibilidades de acción, aprendemos la naturaleza de las cosas” (Ibid. 1997, p. 131). La creencia, el deseo y la acción intencional pueden diferenciarse entre sí pero solamente logramos comprender apropiadamente cada uno de ellos en relación a los demás. En definitiva, a ello se reduce la esencia del naturalismo social: “Si nuestro sujeto es un hombre que forma parte de su mundo, parece necesario admitir que este mundo es esencialmente un mundo social” (Ibid. 1997, p. 134). Dentro de ese mundo social en el que se demanda un ejercicio racional (justificaciones, críticas, conclusiones), el cuerpo de creencias y conocimientos preexistentes proporcionan el trasfondo indispensable para este tipo de operaciones reflexivas. Y solo en contraste con un trasfondo heredado, las proposiciones empíricas ejercen su función de comprobación.