Pedro respondió:
“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.
Y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” 4.
En ese momento, cuando otras per-sonas se centraban en aquello que no podían aceptar, los Apóstoles eligieron centrarse en lo que sí creían y sabían, y como consecuencia de ello, perma-necieron con Cristo.
Posteriormente, en el día de Pentecostés, los Doce recibieron el don del Espíritu Santo; se volvieron valientes en sus testimonios de Cristo y comenzaron a entender más plena-mente las enseñanzas de Jesús.
Hoy en día no es diferente. Para algunas personas, la invitación de Cristo a creer y permanecer sigue sien-do dura o difícil de aceptar. Algunos discípulos tienen dificultad para enten-der una norma o una enseñanza de la Iglesia en particular; a otros les preocu-pan aspectos de nuestra historia o las imperfecciones de algunos miembros y líderes actuales o antiguos; a otros
Por el élder M. Russell Ballard Del Cuórum de los Doce Apóstoles
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ace varios años, mi familia y yo visitamos la Tierra Santa. Uno de los recuerdos vívidos de nuestro viaje fue la visita al aposento alto en Jerusalén donde, según la tradición, ocurrió la Última Cena.Al estar allí, les leí en Juan 17, donde Jesús ruega a Su Padre por Sus discípulos:
“Yo ruego por ellos… para que sean uno, así como nosotros…
“Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos;
“para que todos sean uno, como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que tam-bién ellos sean uno en nosotros” 1.
Me sentí muy conmovido al leer esas palabras y me hallé orando en ese sagrado lugar para que siempre pudie-ra ser uno con mi familia, con mi Padre Celestial y con Su Hijo.
Las valiosas relaciones que tenemos con familiares, amigos, el Señor y Su Iglesia restaurada están entre las cosas que más importan en la vida. Por causa de que esas relaciones son tan impor-tantes, debemos atesorarlas, protegerlas y nutrirlas.
Uno de los relatos más desgarrado-res en las Escrituras tuvo lugar cuando “muchos de los discípulos [del Señor]” pensaron que era difícil aceptar Sus
¿A quién iremos?
Al final, cada quien debe responder a la pregunta del Salvador:
“¿También vosotros queréis iros?”.
que piensen que hayan cometido… o por más distancia que piensen que hayan recorrido lejos del hogar, de la familia y de Dios, testifico que no han viajado más allá del alcance del amor divino. No es posible que se hundan tan profundamente que no los alcance el brillo de la infinita luz de la expiación de Cristo” 4.
Cuánto deseo que cada uno de mis hijos, nietos y cada uno de ustedes, mis hermanos y hermanas, sientan el gozo y la cercanía al Padre Celestial y a nuestro Salvador por arrepentirnos diariamente de nuestros pecados y debilidades. Cada hijo responsable del Padre Celestial necesita el arre-pentimiento. Consideren de qué peca-dos debemos arrepentirnos. ¿Qué nos está deteniendo? ¿De qué maneras debemos mejorar?
Yo sé, como el presidente Packer lo experimentó y testificó, que cuan-do nos arrepentirnos sinceramente de nuestros pecados, en verdad desapa-recen ¡y no queda ningún rastro! Yo misma he sentido el amor, el gozo, el alivio y la confianza ante el Señor al arrepentirme sinceramente.
Para mí, los milagros más grandes de la vida no son partir el Mar Rojo, mover montañas, ni siquiera sanar el cuerpo. El milagro más grande ocurre cuando acudimos con humildad al Padre Celestial y rogamos ferviente-mente en oración ser perdonados, y luego se nos limpia de esos pecados por medio del sacrificio expiatorio del Salvador. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén. ◼
NOTAS 1. Alma 34:31.
2. D. Todd Christofferson, “El divino don del arrepentimiento”, Liahona, noviembre de 2011, pág. 40. 3. Enós 1:4–8.
4. Jeffrey R. Holland, “Los obreros de la viña”, Liahona, mayo de 2012, pág. 33.
les resulta difícil vivir una religión que requiere tanto. Por último, hay quienes se “[cansan] de hacer lo bueno” 5. Por estas y otras razones, algunos miem-bros de la Iglesia vacilan en su fe, y se preguntan si quizás deban seguir a los que se “volvieron atrás y ya no anda-ban” con Jesús.
Si alguno de ustedes está flaqueando en su fe, yo le hago la misma pregunta que hizo Pedro: “¿A quién irá usted?”. Si usted decide inactivarse o irse de la Iglesia restaurada de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, ¿a dónde irá? ¿Qué hará? La decisión de “ya no [andar]” más con los miembros de la Iglesia y con los líderes escogidos por el Señor tendrá un efecto a largo plazo que de momento no siempre se podrá apreciar. Tal vez haya alguna doctrina, alguna norma, un aspecto de la historia que no coincida con su fe, y pueda pensar que la única manera de resolver ese conflicto interior ahora mismo consista en “ya no [andar]” más con los santos. Si llega a vivir tanto como yo, llegará a entender que las cosas tienen una manera de resolverse solas. Un pensamiento ins-pirado o una revelación quizás arrojen nueva luz sobre un problema. Recuerde, la Restauración no es un evento, sino que sigue en pleno desarrollo.
Nunca abandone las grandes ver-dades que fueron reveladas por medio del profeta José Smith. Nunca deje de leer, meditar y poner en práctica la doctrina de Cristo que se halla en el Libro de Mormón.
Nunca deje de concederle al Señor la misma oportunidad, haciendo verda-deros esfuerzos por entender lo que el Señor ha revelado. Como dijo en cierta ocasión mi querido amigo y antiguo compañero, el élder Neal A. Maxwell: “No debiéramos suponer… que solo porque no sepamos explicar algo, ese algo sea inexplicable” 6.
Por tanto, antes de que tome esa decisión espiritualmente peligrosa de marcharse, le animo a que se detenga y piense cuidadosamente antes de renunciar a lo que lo llevó en primer lugar hasta su testimonio de la Iglesia restaurada de Jesucristo. Deténgase y piense en lo que ha sentido aquí, y por qué lo sintió; piense en las veces que el Espíritu Santo le ha testificado de la verdad eterna.
¿Adónde irá para encontrar a otras personas que compartan la creencia que usted tiene en Padres Celestiales amorosos y personales, que nos enseñan cómo regresar a la presencia eterna de Ellos?
¿Adónde irá para que le enseñen acerca de un Salvador que es su mejor amigo, que no solo sufrió por sus pecados, sino que también sufrió “dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases… para que sus entrañas sean llenas de misericordia, según la carne, a fin de que según la carne sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las debilidades de ellos” 7, lo cual abarca, creo yo, la debilidad de la pérdida de la fe?
¿Adónde irá para aprender más acerca del plan del Padre Celestial para nuestra felicidad y paz eternas; un plan lleno de maravillosas posibilidades, enseñanzas y guía para nuestra vida terrenal y eterna? Recuerde que el Plan
de Salvación le otorga sentido, propó-sito y dirección a la vida terrenal.
¿Adónde irá a encontrar una detalla-da e inspiradetalla-da estructura organizativa de la Iglesia mediante la cual recibe enseñanzas y apoyo de hombres y mujeres que están profundamente com-prometidos a servir al Señor mediante el servicio que le presten a usted y a su familia?
¿Adónde irá a encontrar profetas y apóstoles vivientes, llamados por Dios para ofrecerle otra fuente de consejo, entendimiento, consuelo e inspiración para los desafíos de nuestros días?
¿Adónde irá a encontrar un pueblo que vive conforme a un conjunto de valores y normas prescritas que usted comparte y desea transmitir a sus hijos y nietos?
¿Y adónde irá para experimentar el gozo que proviene de las ordenan-zas de salvación y los convenios del templo?
Hermanos y hermanas, aceptar y vivir el evangelio de Cristo puede ser difícil; siempre ha sido y lo será. La vida puede ser semejante a unos esca-ladores que ascienden por un sendero escarpado y difícil; es normal y natural que de vez en cuando hagamos una pausa en el camino para recuperar el aliento, volver a orientarnos y replan-tearnos el ritmo de marcha. No todas las personas necesitan hacer una pausa
en el camino, pero no hay nada de malo en hacerlo cuando lo requieran las circunstancias. De hecho, puede tornarse en algo positivo para quienes aprovechan plenamente la oportunidad para refrescarse con las aguas vivas del evangelio de Cristo.
El peligro se presenta cuando una persona escoge desviarse de la senda que conduce al árbol de la vida 8. Hay tiempos en los que debemos apren-der, estudiar y saber; y tiempos en los que debemos creer, confiar y tener esperanza.
Al final, cada quien debe responder a la pregunta del Salvador: “¿También vosotros queréis iros?” 9. Todos debe-mos buscar nuestra propia respuesta a esa pregunta; para algunos, la respues-ta es sencilla; para otros, es difícil. No pretendo conocer la razón por la cual la fe para creer llega más fácilmente a unos que a otros; solo estoy muy agradecido de saber que las respuestas siempre están ahí, y que si las procura-mos —si las buscaprocura-mos realmente, con verdadera intención e íntegro propósito de un corazón suplicante— al final hallaremos las respuestas a nuestras preguntas, en tanto que continuemos en la senda del Evangelio. Durante mi ministerio, he conocido a quienes se han apartado y han regresado después de su prueba de fe.
Espero sinceramente que invite-mos a un número cada vez mayor de hijos de Dios a encontrar la senda del
Evangelio y a permanecer en ella, para que también ellos “[participen] de aquel fruto que [es] preferible a todos los demás” 10.
Mi ruego sincero es que alentemos, aceptemos, comprendamos y amemos a quienes tienen dudas con respecto a su fe. No debemos descuidar a ningu-no de nuestros hermaningu-nos y hermanas. Todos nos encontramos en diferentes lugares del sendero, y debemos minis-trarnos los unos a los otros.
Así como debemos recibir con los brazos abiertos a los nuevos conversos, así también debemos abrazar y apoyar a quienes tienen preguntas y flaquean en su fe.
Valiéndome de otra metáfora cono-cida, ruego que cualquier persona que esté pensando en abandonar el “Barco Seguro de Sión”, donde Dios y Cristo están a la cabeza, se detenga y recapa-cite cuidadosamente antes de hacerlo.
Tengan en cuenta que, aunque el viento y las olas de grandes tormentas azoten el Barco Seguro, el Salvador está a bordo y tiene poder para repren-der la tempestad con Su mandato: “¡Calla, enmudece!”. Hasta entonces, no debemos temer sino tener una fe inquebrantable y saber “que aun el viento y el mar le obedecen” 11.
Hermanos y hermanas, les prometo en el nombre del Señor que Él nunca abandonará Su Iglesia y que nunca abandonará a ninguno de nosotros. Recuerden la respuesta de Pedro a la
pregunta y a las palabras del Salvador: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.
“Y nosotros hemos creído y sabe-mos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” 12.
Testifico que “no se dará otro nombre, ni otra senda ni medio, por el cual la salvación llegue a los hijos de los hombres, sino en el nombre de Cristo… y por medio de ese nombre” 13.
También testifico que el Señor ha llamado a apóstoles y profetas en nuestros días y ha restaurado Su Iglesia con enseñanzas y mandamientos como “un refugio contra la tempestad y con-tra la ira” que seguramente vendrán, a menos que las personas del mundo se arrepientan y se vuelvan a Él 14.
Testifico, además, que el Señor “invita a todos ellos a que vengan a él y participen de su bondad; y a nadie de los que a él vienen desecha, sean negros o blancos, esclavos o libres, varones o mujeres… y todos son iguales ante Dios” 15.
Jesús es nuestro Salvador y Redentor, y Su evangelio restaurado nos conducirá con seguridad de regre-so a la presencia de nuestros Padres Celestiales, si permanecemos en el sendero del Evangelio y seguimos Sus pasos. De ello testifico, en el nombre de Jesucristo. Amén. ◼
NOTES
1. Juan 17:9, 11, 20–21. 2. Juan 6:66; cursiva agregada. 3. Juan 6:67.
4. Juan 6:68–69; cursiva agregada. 5. Doctrina y Convenios 64:33.
6. Neal A. Maxwell, Not My Will, But Thine, 1988, pág. 124. 7. Alma 7:11–12. 8. Véase 1 Nefi 8:20–30. 9. Juan 6:67. 10. 1 Nefi 8:15. 11. Véase Marcos 4:35–41. 12. Juan 6:68–69. 13. Mosíah 3:17. 14. Doctrina y Convenios 115:6. 15. 2 Nefi 26:33.
tierra, y que he sido muerto por los pecados delmundo…
“Y cuando todos hubieron ido y comprobado por sí mismos, exclama-ron a una voz, diciendo:
“¡Hosanna! ¡Bendito sea el nombre del Más Alto Dios!” 4.
Después, por segunda vez, “cayeron a los pies de Jesús”; pero esta vez con un propósito, porque vemos que “lo adoraron” 5.
La época actual
A principios de este año, se me asignó visitar una estaca en el oeste de los Estados Unidos. Era un domingo normal, una reunión normal con miem-bros normales de la Iglesia. Observé a las personas entrar en la capilla y aco-modarse con reverencia en los asientos disponibles. Por todo el salón se oía el eco de apresuradas conversaciones en susurros. Madres y padres, a veces en vano, trataban de controlar a sus inquietos hijos. Lo normal.
Sin embargo, antes de iniciar la reu-nión, acudieron a mi mente palabras inspiradas por el Espíritu.
Esos miembros no habían ido solo a cumplir un deber o a escuchar a los discursantes;
habían ido con un motivo más profundo y mucho más significativo:
habían ido a adorar.
Conforme la reunión avanzó, observé a varios miembros de la con-gregación; tenían una expresión casi celestial, con una actitud de reveren-cia y paz; había algo en ellos que me conmovió el corazón. La experiencia que estaban teniendo ese domingo era sumamente extraordinaria.
Estaban adorando; estaban sintiendo el cielo. Lo podía ver en su semblante. Me regocijé y adoré con ellos, y al hacerlo, el Espíritu le habló a mi Cuando el Salvador descendió del
cielo, el pueblo cayó dos veces a Sus pies. La primera vez ocurrió después de que Él pronunció con autoridad divina:
“He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo.
“Y he aquí, soy la luz y la vida del mundo” 3.
Luego invitó a los presentes y dijo: “Levantaos y venid a mí, para que metáis vuestras manos en mi costado, y para que también palpéis las mar-cas de los clavos en mis manos y en mis pies, a fin de que sepáis que soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la
Por el obispo Dean M. Davies
Primer Consejero del Obispado Presidente
Su visita
Una de las experiencias más extraordinarias y tiernas registradas en las Santas Escrituras es el relato de la visita del Salvador al pueblo del continente americano después de Su muerte y resurrección. El pueblo había sufrido una destrucción tan grande que causó que “[quedara] desfigura-da la superficie de todesfigura-da la tierra” 1. El registro de esos acontecimientos narra que tras la catástrofe hubo llantos continuamente entre todo el pueblo2, y que en medio de su profundo dolor, el pueblo tuvo hambre de sanación, paz y liberación.