Las evidencias reunidas en las páginas precedentes sugieren que el desarrollo desigual fue tanto un resultado de la diversificación, de la innovación y de la competencia (en ocasiones de tipo monopolista) entre modelos de gobierno nacionales, regionales y en algunas instancias incluso municipales, como una imposición por parte de alguna potencia hegemónica externa como Estados Unidos. Un análisis más desgranado indica que existe un amplio abanico de factores que afectan al grado de neoliberalización alcanzado en cada caso concreto. Los análisis más convencionales de las fuerzas en juego se concentran en cierta combinación formada por el poder de las ideas neoliberales (se considera particularmente fuerte en los casos de Gran Bretaña Chile), por la necesidad de responder a crisis financieras de varios tipos (como en México y Corea del Sur) y por un enfoque más pragmático de la reforma del aparato estatal (como en Francia y en China) para mejorar la posición competitiva en el mercado global. Aunque todos estos elementos han sido de cierta relevancia, la ausencia de todo análisis de las fuerzas de clase que podrían estar operando en este proceso, es bastante inquietante. La posibilidad, por ejemplo, de que las ideas dominantes pudieran ser las de cierta clase dominante ni siquiera es considerada, a pesar de que hay evidencias abrumadoras de que se han producido potentes intervenciones por parte de las elites empresariales y de los intereses financieros en la producción de ideas y de ideología a través de la inversión en t/azhk-tanks, en la formación de tecnócratas y en el dominio de los medios de comunicación. La posibilidad de que las crisis financieras pudieran estar causadas por una huelga de capital, una fuga de capitales o la especulación financiera, o de que sean urdidas deliberadamente para facilitar la acumulación por desposesión, es descartada como demasiado conspirativa, incluso ante innumerables indicios que hacen sospechar la existencia de ataques especulativos coordinados sobre una moneda u otra. Parece que necesitamos un marco algo más amplio para interpretar los complicados y geográficamente desiguales caminos de la neoliberalización.
Asimismo, debemos prestar cierta atención a las condiciones contextuales y a los pactos institucionales existentes en cada país, dado que estos varían enormemente de Singapur a México, Mozambique, Suecia o Gran Bretaña, así como a la facilidad de la conversión al neoliberalismo que ha variado correspondientemente. El caso sudafricano es particularmente alarmante. Tras su emergencia en medio de todas las esperanzas generadas por la caída del apartheid, este país ansioso por reintegrarse en la economía
global fue en parte persuadido y en parte forzado por el FMI y por el BM a abrazar la linea neoliberal, con el predecible resultado de que el apartheid económico actual, ratifica en líneas generales el apartheid racial que le precedió147. El cambiante equilibrio interno de fuerzas de clase en el seno de un Estado concreto a lo largo del tiempo también ha sido un determinante decisivo. La neoliberalización ha afrontado barreras férreas y en algunos casos inexpugnables, hasta el extremo de que la fuerza de trabajo organizada ha conseguido mantener o adquirir (en el caso de Corea del Sur) una potente presencia. Debilitar (como en Gran Bretaña y Estados Unidos), sortear (como en
Suecia) o aplastar de manera violenta (como en Chile) el poder de la fuerza de trabajo organizada es una precondición necesaria de la neoliberalización. Del
mismo modo, la neoliberalización ha dependido con frecuencia de una progresiva acumulación de poder, de autonomía y de cohesión por parte de las empresas y de las corporaciones así como de su capacidad, en tanto que clase, de ejercer presión sobre el poder estatal (como en Estados Unidos y Suecia). El modo más fácil de ejercer estar capacidad es, de manera directa, por medio de instituciones financieras, estrategias de mercado, huelga o fuga de capitales, y, de manera indirecta, mediante mecanismos para influir en las elecciones, la constitución de grupos de presión, el soborno y otras formas de corrupción o, de manera más sutil, a través del control del poder de las ideas económicas. La intensidad con la que el neoliberalismo se ha convertido en algo integrado en el sentido común del pueblo en general ha variado en grado sumo en función de la fuerza de la creencia en el poder de los vínculos de solidaridad social y en la importancia de las tradiciones de la provisión social y de la responsabilidad social colectivas. Por lo tanto, las tradiciones culturales y políticas que apuntalan el sentido común popular, han desempeñado un papel en la diferenciación del grado de aceptación política de los ideales de la libertad individual, y de las determinaciones del mercado libre frente a otras formas de socialización.
Pero, quizá, el aspecto más interesante de la neoliberalización surge de la compleja interacción existente entre las dinámicas internas y las fuerzas externas. Aunque en ciertas circunstancias pueda razonablemente interpretarse que las segundas constituyen el factor dominante, en la mayoría de los casos las relaciones son mucho más intrincadas. En Chile, después de todo, fueron las clases altas las que solicitaron ayuda a Estados Unidos para montar el golpe de Estado, y fueron ellas las que aceptaron la reestructuración neoliberal como el camino que debía seguirse, si bien a partir de las recomendaciones de un grupo de tecnócratas formados en Estados Unidos. En Suecia, sin embargo, fue la patronal la que buscó la integración europea como un medio para dejar bien atada la agenda neoliberal doméstica que se hallaba pendiendo de un hilo. Ni siquiera los programas de reestructuración más draconianos del FMI tienen muchas posibilidades de ser implantados en ningún país si no existe un mínimo de apoyó interno por parte de algún actor implicado. En ocasiones, parece como si el FMI asumiera meramente la responsabilidad de hacer lo que algunas fuerzas de clase internas quieren hacer de todos modos. Y hay suficientes casos de rechazo con éxito de 147P Bond, Elite Transition. From Apartheid to Neoliberalism in South Africa, Londres, Pluto Press, 2000; Against Global
las recomendaciones del FMI, como para sugerir que el complejo formado por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, Wall Street y el FMI no es tan todopoderoso como en ocasiones se afirma. Es, únicamente, cuando la estructura de poder interna se ha reducido a un caparazón vacío y cuando los pactos institucionales internos se encuentran sumidos en un caos absoluto -bien por su derrumbe definitivo (como en el caso de la ex Unión Soviética y de Europa central), bien a causa de guerras civiles (como en Mozambique, Senegal, o Nicaragua) o bien debido a un debilidad degenerativa (como en Filipinas)-, cuando vemos a poderes externos orquestar libremente las reestructuraciones neoliberales. Y en estos casos, el índice de éxito tiende precisamente a ser precario porque el neoliberalismo no pude funcionar sin un Estado fuerte y sin un mercado y unas instituciones jurídicas fuertes.
Igualmente, es innegable que la carga que tienen todos los Estados de crear «un clima óptimo para los negocios» con el fin de atraer y retener un capital geográficamente móvil ha influido de manera apreciable, particularmente en los países capitalistas avanzados (como Francia). Pero el aspecto más sorprendente, es la forma en que la neoliberalización y la creación de un buen clima para los negocios, han sido tratados de manera tan frecuente como cosas equivalentes, tal y como ocurre en el Development Report del Banco Mundial de 2OO4148. Si podemos decir que la neoliberalización produce malestar social e inestabilidad política del tipo que hemos constatado en Indonesia o en Argentina en los últimos años, o que produce depresión y restricciones en el crecimiento de los mercados internos, entonces, con la misma facilidad podría decirse que repele la inversión en lugar de estimularl149. Aunque se hayan implantado sólidamente algunos aspectos de la política neoliberal, por ejemplo, respecto a la flexibilización de los mercados laborales o a la liberalización financiera, no está claro que esto sea en sí mismo suficiente para cautivar al capital en busca de inversión. Y, además, nos encontramos con el problema aún más grave de qué tipo de capital va a ser atraído. El capital de cartera se siente tan fácilmente atraído por un boom especulativo que por la existencia de unos sólidos pactos institucionales o de unas buenas infraestructuras susceptibles ambas de atraer industrias de alto valor añadido. Atraer «capital buitre» difícilmente parece una empresa que merezca la pena, pero en efecto esto es lo que la neoliberalización ha conseguido con demasiada frecuencia (tal y como algunos críticos, como Stiglitz, han reconocido francamente).
Asimismo, eventuales consideraciones geopolíticas también han desempeñado un papel importante. La posición de Corea del Sur como un Estado situado en la línea caliente de la Guerra Fria le brindó una inicial protección de su plan de desarrollo por parte de Estados Unidos. La posición de Mozambique como un Estado fronterizo con Sudáfrica provocó el estallido de una guerra civil alimentada por este país para socavar el intento del FRELIMO150 de erigir un sistema socialista. Debido a las enormes deudas contraídas durante la guerra, Mozambique era una presa fácil para la inclinación del FMI a 148
Banco Mundial, World Development Report 2005.
149J. Stiglitz, Globalization and its Discontents, cit., incide con frecuencia sobre este punto.
150 FRELIMO: (Frente de Liberación de Mozambique) es un partido político de Mozambique cuya base de poder se
imponer una reestructuración neoliberal151. Los gobiernos contrarrevolucionarios respaldados por Estados Unidos en América Central, en Chile así como en otros lugares, a menudo han deparado resultados similares. Igualmente una mera posición geográfica, como la proximidad de México a Estados Unidos y su peculiar vulnerabilidad a las presiones de este país, ha podido ser un factor influyente. Y el hecho de que Estados Unidos ya no necesite defenderse de la amenaza del comunismo, también significa que ya no tiene que sentirse mayormente preocupado por si las reestructuraciones de capital desencadenan un desempleo masivo o disparan el malestar social en un lugar o en otro. Por más que le pese a la fiel Tailandia, que había apoyado a Estados Unidos durante todo el transcurso de la Guerra de Vietnam, este país no hizo nada para rescatarla de sus apuros. De hecho, Estados Unidos así como otras instituciones financieras desempeña- ron el papel de «capital buitre» con bastante entusiasmo.
Pero un hecho persistente dentro de esta compleja historia de neoliberalización desigual ha sido la tendencia universal a incrementar la desigualdad social y a dejar expuestos a los segmentos menos afortunados de cada sociedad -ya sea en Indonesia, en México, o en Gran Bretaña- a los fríos vientos de la austeridad y al desapacible destino de una progresiva marginalización. Aunque esta tendencia se haya visto paliada acá o allá gracias al desarrollo de políticas sociales, los efectos en el otro extremo del espectro social han sido bastante espectaculares. Las increíbles concentraciones de poder y de riqueza, actualmente existentes en los peldaños más altos del capitalismo, no se habían visto desde la década de 1920. El flujo de tributo hacia los mayores centros financieros del mundo, ha sido apabullante. Sin embargo, todavía más apabullante es la costumbre de tratar todo ésto como meros, y en ocasiones, hasta desafortunados subproductos de la neoliberalización. La idea misma de que ésto pudiera ser –sólo que pudiera ser– el núcleo fundamental de aquello en lo que ha consistido de manera invariable la neolibe- ralización, parece impensable. Una parte de la genialidad de la teoría neoliberal, ha sido proporcionar una máscara benévola sembrada de deleitosas palabras como libertad, capacidad de elección o derechos, para ocultar la terrible realidad de la restauración o la reconstitución de un desnudo poder de clase, tanto a escala local como transnacional, pero más particularmente en los principales centros del capitalismo global.
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