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El Abu Ghraib del comisario basilio

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n los sótanos de la policía política venezolana, donde se había inventado un Abu Ghraib a su me- dida, Luis Posada Carriles, alias “Comisario Basilio”, secuestró, torturó, ejecutó y “desapareció” durante más de siete años a decenas de presos. Una fuente que pidió el anonimato asegura que Posada y su personal también eliminaron a opositores lanzándolos al mar.

Posada Carriles fue asesor y directivo de la Digepol, y luego jefe de Operaciones de ese mismo órgano re- presivo convertido en Disip, desde 1967 hasta 1974.

Entrenado en las técnicas de tortura y represión, fue enviado a Venezuela por la Agencia Central de In- teligencia norteamericana como asesor de la Digepol, luego convertida en Disip.

En su libro Los caminos del guerrero, publicado en Miami en 1994, el terrorista pretende hacer creer que

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los pormenores de las actividades de Posada Carriles y su tropa.

El propio Posada confesó sus crímenes al hacer re- ferencia a los abusos y maltratos sufridos por los hués- pedes de su sótano de interrogatorio, en su libro Los caminos del guerrero:

Desde mi posición, combatí sin tregua a los enemigos de la democracia venezolana. (...) La policía, cuya fuerza principal estaba en los delatores, detenía, allanaba e interrogaba uti- lizando los métodos más duros de persuasión. Como dice el dicho: Se estaba jugando al duro y sin careta.

Escribió cínicamente y añadió: “Yo los perseguí fuerte, muy fuerte; mucha, mucha gente resultó ase- sinada”.

“Es muy difícil olvidar su cara”, afirma Jesús Ma- rrero, un economista venezolano quien fue, personal- mente, víctima y testigo de esas atrocidades. Citando nombres en el curso de una conferencia de prensa, Marrero denunció que el terrorista internacional y ex agente de la CIA es “culpable directo” de la muerte de Posada llegó a Venezuela en 1967, según Fabián Es-

calante, ex jefe de la Inteligencia cubana.

El terrorista miamense Nelsy Castro Matos y el abogado venezolano Joaquín Chaffardet figuran en- tonces entre los colaboradores de Posada de aquella época. También compartió sus tareas represivas con el esbirro Hermes Rojas, quien luego estuvo junto a él en El Salvador como asesor del gobierno de José Napo- león Duarte. Estos individuos nunca han tenido que responder de sus actos ante los tribunales.

“El Mono” Morales Navarrete, cómplice de Posada desde la época de la Operación 40 de la CIA e infor- mante del FBI, era jefe de la División 54 de la Disip y pasó a dirigir esa organización cuando la compañía mandó a crear una agencia de detectives que sirvió de pantalla a la Operación Cóndor.

A partir de las oficinas de esa Agencia de Investi- gaciones Industriales y Comerciales, se organizó la vo- ladura del avión de Cubana y el asesinato de Orlando Letelier, ocurridos respectivamente en septiembre y octubre de 1976.

Varios documentos desclasificados indican que tanto la CIA como el FBI conocieron, en aquella época,

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Marrero explicó cómo estuvo secuestrado por Po- sada durante los meses de junio y julio del año 73 en los sótanos de la Disip:

y casi todas las noches nos torturaban con elec- tricidad, nos metían en un tanque metálico y daban golpes para aturdirnos, nos amarraban en una cama metálica sin colchón y nos metían palos por los oídos y casi nos los reventaron.

Pancho Alegría, militante del Partido Revolucionario de Venezuela, y de la desaparición de Noel Rodríguez, miembro de Bandera Roja.

Marrero recordó algunas torturas que sufrió en los sótanos de la Disip, en Caracas, y en una casa de Macaracuay. Relató que fue detenido en 1973 en la ciudad de Valencia, y trasladado a celdas de interro- gatorio de la Disip en el reparto capitalino de Los Chaguaramos.

Allí permaneció dos meses en los “tigritos”, como se llamaban las celdas ubicadas en el sótano, según confirmó la agencia Prensa Latina, que precisa que durante ese tiempo él y otros presos fueron tortu- rados bajo la dirección de Posada casi todas las no- ches en una casa fuera de las instalaciones. Cuenta Marrero:

El jefe de las operaciones de tortura era Posada Carriles. Era él. Él nos interrogó. Es muy difícil de olvidar su cara. No sólo porque es un hom- bre grande y corpulento y sus ojos verdes, que no es común entre nosotros... Me acuerdo cla- ro, muy claro, de su fisonomía.

VII

“¡Acaba con esa semilla

antes de que nazca…!”

¡Acaba con esa semilla antes de que nazca…!”, lan- zó el “Comisario Basilio” —Luis Posada Carriles— a uno de sus hombres, que interrogaba a la venezolana Brenda Esquivel, en julio de 1972, en los locales de la Disip de Maracay, Venezuela. Posada acababa de tener conocimiento de que la joven detenida estaba embara- zada de ocho meses.

El patético testimonio de esa valiente mujer, gra- bado en video, es parte del importante del dossier que han constituido, en Venezuela, víctimas de torturas y familiares de personas asesinadas por Posada.

En este testimonio, Brenda Esquivel explica cómo el hecho ocurrió en el curso de un interrogatorio que sufrió después de su dramático arresto, en una casa de La Victoria, a unos 50 kilómetros de Caracas:

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La operación policíaca, dirigida por Luis Posada Carriles, iba a convertirse en masacre.

Recuerdo que llegó la policía uniformada, es- taba el ejército, la PTJ, la Disip, un helicópte- ro del ejército disparando hacia abajo, hacia el patio de la casa. Recuerdo ver cuando cayeron nuestros compañeros... El primero que cayó muerto fue un camarada, un muchacho joven- cito, que nosotros le decíamos Freddy. Luego, el esposo de mi hermana, que también muere allí. Dijeron que iban a hacer una pausa para salvar a los niños. Porque había dos niños de Edmundo, que eran Edmundito y Nené, y mi hermana tenía 20 días de haber dado a luz. Ya eran tres niños. Y yo, que estaba embarazada… Y él hace una voz de alto, para que paren el fue- go, que van a salir dos mujeres y tres niños. En- tonces, de afuera, dijeron que sí y paran… Pero en el momento que nosotros vamos saliendo, nos empiezan a disparar y nos tuvimos que tirar en el suelo. La idea era matarnos a no- sotras también. De repente, se interrumpe el tiroteo y un oficial de la policía grita: “Salgan las mujeres, salgan los niños, no les vamos a hacer nada”.

Yo recuerdo cómo, el día anterior —eso fue el 2 de junio de 1972— mataron en El Paraíso a Botini Marín junto con Ramón Antonio Álva- rez, que para aquel entonces era mi compañe- ro. Hicieron un simulacro de que ellos estaban implicados en el secuestro del industrial Do- mínguez. Los habían hecho prisioneros unos días antes. Entonces, ya torturados y sedados, los llevan hasta ese lugar, hacen el simulacro, y los matan.

Brenda vive entonces en La Victoria en la casa fa- miliar:

Al día siguiente, mi hermana y yo llegamos y salimos a las afueras a comprar la prensa… y vimos mucha movilización de personas extra- ñas… Nosotras entramos a la casa y les deci- mos, mira, hay algo raro por ahí. Yo recuerdo que llegaron unos funcionarios haciéndose pasar por trabajadores de la luz eléctrica. En- tonces nosotros nos dimos cuenta de que eran funcionarios policiales. Llegaron otros más. Tocaron a la puerta y dijeron: ‘¡Abran esta vai- na!’. Inmediatamente, empezaron a disparar por adentro.

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De ahí las dos mujeres y los niños son traslados, en un Jeep, a distintas comisarías de policía hasta ter- minar en las oficinas de la Disip de Maracay: “Ahí fue, como se dice, el vía crucis… Fuimos torturadas, tanto física como mentalmente, psicológicamente… Y vimos cómo torturaban psicológicamente a niños, ofrecién- doles comida si decían dónde estaba la mamá, dónde estaban los otros amigos del papá”.

Brenda recuerda con emoción a su sobrina de 20 días de nacida: “Mi hermana, con el impacto de toda la situación que había pasado, no podía producir leche, la niña entonces estaba ahí… deshidratada por comple- to… y a ellos eso no les importaba”.

El relato del momento donde se le anuncia a Luis Posada Carriles, el “Comisario Basilio”, que una de las dos presas está embarazada da la medida del cinismo del personaje:

Me subieron a un primer piso, y fue entonces cuando oí que le dijeron: ‘Comisario Basilio… ¡está embarazada!’. Y entonces un funcionario que no era él me preguntó: ‘¿Cuántos meses tienes de embarazo?’. Yo le digo: ‘Ocho’. En- tonces él preguntó (a Posada): ‘¿Qué hacemos

Continúa Brenda Esquivel:

Cuando vamos saliendo, uno de los mucha- chos, el más jovencito, un español, a quien le decíamos Fidel, agarra a mi hermana y me aga- rra a mí y nos abraza, en cuestión de salir tam- bién con nosotras y salvar su vida. Pero cuan- do llegamos afuera, lo primero que hicieron fue pararnos contra la pared. Y a él le dieron un tiro en la cabeza… ¡Delante de los niños, delante de nosotras! Un funcionario grita en- tonces a Posada: ‘Comisario, ¿qué hacemos con las mujeres y los niños?’. El esbirro contesta de inmediato: ‘¡Mátenlos también!’. Cuando dice así, toda la gente, la gente que estaba ahí alre- dedor empiezan a gritar: ‘¡Asesinos, no maten a las mujeres, a los niños!’. Si no hubiese sido por esas personas y la comunidad, nosotras es- tuviéramos muertas.

… A Edmundo Hernández lo sacan herido. Te- nía heridas por todas partes del cuerpo, pero era aún vivo. Lo sacan, lo tiran en el piso, y de- lante de sus dos hijos le empiezan a dar pata- das por la cara, le dieron todos.

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El infierno de Brenda Esquivel, torturada con su hijo muerto en el vientre, fue interminable:

Yo no sé, no recuerdo, cuántos días duramos nosotros allí. Yo calculo, aproximadamente como diez, doce días, algo así. Hasta que mi mamá se comunicó con el Comité de los De- rechos Humanos. Quien luego fuera vicepre- sidente del Gobierno Bolivariano de Hugo Chávez, José Vicente Rangel, se consagraba entonces a defender víctimas de violaciones de derechos humanos. Interviene de inmedia- to. Mi mamá tuvo una comunicación con él y una entrevista, y le notificó todo lo que esta- ba pasando. Ellos llegaron allá a la Disip… Mi hermana le dijo a Rangel en qué condición yo estaba… Lo primero que hizo fue dar la orden de que me trasladaran a un puesto policial, y que me hicieran ver a un médico. Igualmente mandó a que viera un médico a mi hermana, porque mi hermana también estaba en malas condiciones.

—¿Tú tenías el niño dentro muerto? —se le pre- gunta a Brenda en el video.

con ella, comisario?’. Posada le dice: ‘¡Acaba con esa semilla antes de que nazca…!’.

… Entonces el funcionario se voltea y me dio una patada en el vientre… Ahí fue donde yo sentí… Esa patada fue la que mató a mi hijo.

La mujer empieza a sangrar abundantemente:

Lo que hacían era reírse, más nada. Yo iba ca- minando, iba sangrando y botando líquido y ellos lo que hacían era reírse… ‘Esa orden la dio el “Comisario Basilio’. Más adelante, con los años, sé que era Posada Carriles. Para mí, era él que dirigía toda la operación.

Pero la tortura continúa:

Después que me dieron la patada, entonces me llevaron a un baño. Tenían una bañade- ra y trataban de introducirme la cabeza pero no lo terminaban de hacer. ‘¿Vas a hablar?’ Y me metían la cabeza ahí y volvían otra vez a levantarme.

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CIA en Venezuela. Tienen también en su poder do- cumentos de los archivos policiales que demuestran la responsabilidad criminal de este protegido de la admi- nistración norteamericana.

— Muerto, sí. Yo estaba con fiebre. Yo no coordina- ba muy bien. Estaba, bueno... y era un olor...

Brenda Esquivel continúa su relato:

En el momento en que a mí me sacan de la Di- sip, José Vicente Rangel da la orden de que no me saquen esposada. Pero en cuanto estaba en el carro, inmediatamente me esposaron. Y me introducen en la Maternidad Concepción Palacios esposada. Recuerdo que me pasaron a un consultorio a examinarme y el doctor me dice ‘acuéstate’. ‘No, no, no, no tengo necesi- dad de examinarte, nada más con el olor ya sé qué te afecta…’. Y entonces, dice: ‘Pásala a quirófano’.

Ese terrible testimonio prosigue con otras des- cripciones de situaciones de una increíble crueldad, ocurridas durante la detención que se extendió du- rante más de cuatro meses. Más torturas, ejecuciones y chantaje.

El grupo de las víctimas de Luis Posada Carriles en Venezuela dispone ya de más de 80 testimonios graba- dos en video que documentan de manera irrefutable las actividades criminales del terrorista y agente de la

VIII

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