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El gobierno invisible de Estados Unidos

In document La Imaginacion y el poder Jorge Volpi (página 100-105)

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más que un invasor o una potencia capaz de someter al país, más que el vencedor de la segunda guerra mundial o una de las dos grandes fuerzas de la guerra fría, un espectro cuya naturaleza se desconoce y cuyos alcances escapan a la imaginación. A pesar de la cercanía y de la innumerable serie de conflictos sostenidos entre los dos países desde sus respectivas independencias, pareciera como si en los sesenta Estados Unidos fuese tan misterioso e impredecible como los países orientales o africanos.

La relación entre Estados Unidos y México está llena de equívocos. En los sesenta, esta ambigüedad adquirió nuevos cauces. Dividido el mundo en dos porciones a través de esa nueva bula que fue la Conferencia de Yalta, a México le tocó el obvio destino de pertenecer al “campo” no socialista, es decir, a la zona de influencia estadounidense. No hubiera podido ser de otro modo por su posición geográfica, pero la reafirmación de formar parte del bando estadounidense afianzó una vez más los ya de por sí acendrados elementos antiyanquis que había en el país.

Al no poseer una salida a semejante posición, al menos México se permitió dejar claras ciertas condiciones de imparcialidad que se expresaron a través de la certera política exterior que desarrolló a lo largo de los sesenta. Aunque económica y políticamente seguía dependiendo de Washington, México se encargó de instrumentar una política internacional que pretendía liberarse de este yugo y que, al mismo tiempo, convertía al país en un líder de las naciones subdesarrolladas. Algunos brillantes secretarios de Relaciones Exteriores —de Genaro Estrada en los treinta a Torres Bodet en los sesenta— construyeron una hábil diplomacia que resultó muy incómoda para Estados Unidos. Por una parte, la política exterior mexicana trataba de afianzar el papel de México como cabeza de América Latina —por su cercanía con Estados Unidos, por su estabilidad—; por otra, coqueteaba con el campo socialista, por medio de su orgullosa amistad con Cuba; y, por último, se acercaba a los movimientos que trataban de romper la bipolaridad mundial, como el de No Alineados. Además, la defensa a ultranza de los principios de “autodeterminación de los pueblos” y de “no intervención” pudo funcionar como una adecuada medida de protección contra el imperialismo estadounidense.

La idea de ser un “satélite” de Estados Unidos causó una reacción violenta en la izquierda mexicana. Sin que los amplios sectores de las clases medias y altas simpatizasen nunca con el comunismo soviético —a fin de cuentas los mexicanos seguían siendo demasiado tradicionales y católicos—, los sentimientos antiyanquis florecían con vigor. No se dudaba de la “amenaza comunista”, pero ello no implicaba una sumisión completa al protector universal de la libertad, sino, por el contrario, el que existiera asimismo una

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sensación de inseguridad ante la “amenaza imperialista”. Mientras en Europa del este existía un miedo constante hacia la Unión Soviética y, en especial, hacia la KGB, en México y América Latina existía un horror no menos difuso hacia las

actividades de la Agencia Central del Inteligencia.

La sensación de estar permanentemente vigilados por la CIA provocaba

una profunda incomodidad entre los habitantes del mundo en los años sesenta. La mayor parte de los intelectuales de izquierda contribuyó, entonces, a denunciar el intervencionismo y los crímenes cometidos por la agencia. No era raro el caso de que a algunos intelectuales mexicanos de izquierda se les negase la visa para entrar a Estados Unidos, lo cual los llevaba a pensar que todo el tiempo eran vigilados por la CIA.

A la ambigua fascinación que Estados Unidos ejercía sobre México se le añadió un nuevo elemento: la idea de que ni siquiera eran los propios estadounidenses quienes decidían el destino del mundo, sino una fuerza oscura insertada en su gobierno, un grupúsculo que, a despecho de sus instituciones democráticas, dirigía todas sus acciones importantes. En los sesenta, a este aparato de espionaje e inteligencia, a esta perversa mezcla de infiltración y de intriga, se le llamó el “gobierno invisible”.

La Cultura en México dedicó la parte principal de su edición del 17 de abril a traducir un largo fragmento de El gobierno invisible, de David Wise y Thomas B. Ross, publicado por la editorial Random House de Nueva York.

Antes de este libro, los autores habían publicado El caso U-2, un largo reportaje sobre el avión estadounidense derribado por la Unión Soviética cuando realizaba una misión de espionaje en Siberia. Ahora se abocaban a estudiar el fenómeno de la “inteligencia” estadounidense encargada de tomar las decisiones cruciales para el mundo sin la intervención de las instituciones democráticas de Estados Unidos.

Según ellos, además del gobierno visible, que es el que estudian los niños en sus libios de texto y sobre el cual se informan los ciudadanos en el periódico, en Estados Unidos existía un gobierno invisible, cuya misión era recoger información sobre las decisiones políticas del país en la guerra fría, así como proyectar y organizar operaciones secretas en todo el mundo.

El gobierno invisible no tiene cuerpo formalmente. Es una amorfa agrupación de individuos y agencias dispersas en muchas partes del gobierno visible. No se confina a la Agencia Central de Inteligencia, aunque la CIA es su corazón. Tampoco se limita a los otros nueve

organismos que se conocen como los centros encargados del espionaje y la información. [...] Porque el gobierno invisible abarca también muchas

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unidades y agencias, así como individuos, que en apariencia son parte del gobierno convencional. Incluye también empresas industriales e institucionales que se dirían privadas.

De acuerdo con estos autores, el gobierno invisible nació cuando el país se vio convertido en una potencia mundial como una forma de hacer frente al desafío soviético; sin embargo, sus redes se han extendido a muchas otras actividades. Hacia 1967, los servicios de inteligencia eran tan importantes que empleaban a doscientos mil hombres y consumían un presupuesto de varios miles de millones de dólares al año. Según los autores, a pesar de que el público poco conoce del gobierno invisible, ha podido saberse que su verdadera cabeza es el director de la CIA, y que el presidente de Estados Unidos muchas veces no

se entera o se entera tarde de las decisiones tomadas por un “Grupo Especial” que es el verdadero estado mayor de este gobierno paralelo.

La misión de El gobierno invisible, a decir de Wise y Ross, es utilizar el derecho a la información del pueblo estadounidense para ponerlo al tanto de la naturaleza y los métodos de acción del gobierno invisible.

El relato de sus acciones comienza con la fallida invasión estadounidense a Bahía de Cochinos en 1961. El plan de la CIA, aprobado por Kennedy, consistía

en que el 15 de abril de 1961 aviones estadounidenses, camuflados como si pertenecieran a la fuerza aérea cubana, bombardeasen la ciudad de La Habana. Estos aviones estaban piloteados por exiliados cubanos previamente adiestrados por la inteligencia estadounidense. Serían los propios cubanos de Miami, auxiliados posteriormente por los habitantes de la isla, quienes vencerían al régimen de Fidel Castro. Pero las previsiones de Kennedy y de la

CIA fallaron desde el principio: cuatro de los bombarderos tuvieron que

aterrizar de emergencia en distintos lugares antes de haber cumplido su misión. Informadas por el gobierno estadounidense, varias agencias de prensa mundiales anunciaron que los aviones pertenecían a la fuerza aérea cubana (FAR) y que pilotos rebeldes a Castro habían bombardeado la isla antes de

desertar hacia Estados Unidos. Sin embargo, el New York Times desmintió la noticia y entró de inmediato en conflicto con el “gobierno invisible”.

Ya antes de este ataque, el gobierno de Eisenhower también había preparado una intervención en Cuba por medio de una base de adiestramiento militar para los exiliados cubanos localizada en Guatemala y la organización de una guerrilla subversiva. Cuando Kennedy asumió la presidencia en 1960, no dudó en continuar con el plan de su predecesor e incluso se atrevió a intentar una invasión directa que salvase a las Américas del comunismo. A última hora, Kennedy prefirió declarar que la desastrosa invasión a Bahía de Cochinos era

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obra únicamente de los patriotas cubanos, a pesar de que tres ciudadanos estadounidenses —todos ellos pilotos— fallecieron en los enfrentamientos.

Pese a que éstas fueron sus primeras acciones importantes, Wise y Ross sitúan el verdadero origen del gobierno invisible en 1941, tras el bombardeo japonés a Pearl Harbor. No obstante, en realidad fue en la proyectada invasión a Cuba —1 400 hombres pertrechados, aviones y barcos, todos ellos financiados por la CIA— cuando alcanzó su madurez y demostró los alcances que podría

llegar a tener.

Fundada en 1947, y técnicamente creada como un organismo consultor, la

CIA creció poco a poco hasta tener la fuerza —los conocimientos y las

infiltraciones necesarias— para detentar el auténtico poder en Estados Unidos. Correspondió a los hermanos John y Allen Foster Dulles dar vida a este proyecto político y llevarlo a sus últimas consecuencias. Bajo su comando, la

CIA se encargó de realizar acciones secretas —en algunos casos incluso

desconocidas para los embajadores estadounidenses en los países en cuestión— en casi toda América Latina, en el Medio Oriente y en especial en Asia, donde tuvieron injerencia en Corea, Vietnam, Birmania, Taiwan, Indonesia, Camboya y Filipinas.

Acaso lo más interesante de las revelaciones sobre el gobierno invisible fuese la importancia que los intelectuales le concedían entonces al espionaje estadounidense. El espectro de un poder secreto y antidemocrático enquistado en el gobierno supuestamente legítimo de Estados Unidos parecía entonces una de las mejores razones para temerle a aquel país. No sólo poseía un afán neocolonialista, sino que era un monstruo oscuro y tenebroso capaz de infiltrarse en todas partes. Un gran ojo, un gran espía, una quinta columna permanente. Por ello no era extraño que el gobierno mexicano rivalizase con el propio PCM a la hora de acusar a sus enemigos de ser agentes de la CIA.

Rodeada de esta aura mítica, la inteligencia estadounidense acrecentaba su poder con el solo hecho de que tanta gente estuviese segura de que todas las decisiones importantes que se tomaban en el país, o bien que todos los actos de desestabilización que se cometían, tenían a la Agencia como su principal operador. Nada mejor que un enemigo invisible —en este caso, un Estados Unidos invisible— en cada esquina para justificar el miedo, el recelo y la traición. En el imaginario latinoamericano de la época, la CIA era un actor

imprescindible contra el cual no había antídoto posible, como si se tratase de una fuerza extraterrestre que fuese capaz de dominar al planeta. (La proliferación en aquellos años de películas y programas de televisión sobre espionaje internacional sólo se veía acotada por el éxito de los seriales sobre invasiones alienígenas.)

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Para colmo, el poder de la CIA, como su nombre lo indicaba, estaba en la

“inteligencia”, en el conocimiento que era capaz de adquirir en todas partes; omnisciente por naturaleza, pronto devino omnipotente. Poder y saber se reunían, alcanzando su máxima expresión en un solo organismo cuyos brazos se esparcían por doquier. Como nunca antes, el gobierno invisible adquirió en los sesenta proporciones aterradoras: la CIA era el verdadero poder en

numerosas naciones, tal como la KGB lo era en los países comunistas.

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