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El gran descubrimiento de Gregor Mendel

y otras referencias (período 1860-1882)

7. El gran descubrimiento de Gregor Mendel

Johann Mendel (1822-1884) nació en Heizendorf, una pequeña aldea al norte de Moravia. Por diversas circunstancias, y contando tan solo con 21 años, ingresa como fraile en el monasterio agustiniano de Santo Tomás, en Brno (en alemán Brünn), donde vestiría hábito y adop- ta el nombre de fray Gregorio (de allí que se lo recuerde más común- mente con el nombre de Gregor Mendel). Brno era una de las principa- les ciudades industriales del Imperio austro-húngaro y posiblemente el centro religioso de mayor prestigio de Moravia, región que en la actuali- dad forma parte de la República Checa. Cuatro años después, en 1847, sería ordenado sacerdote.

Entre 1856 y 1863 Mendel realizó experimentos con guisantes, cultivando alrededor de 27 000 plantas de 34 variedades distintas en un pequeño jardín de unos 35 metros de largo por 7 metros de ancho. Los resultados demostraban que los caracteres no se transmitían como un todo de una generación a la siguiente, sino separadamente como uni- dades independientes unas de otras. Al cruzarse con otro individuo, las posibilidades de combinación son múltiples, pero no existe fusión o mezcla entre los caracteres, como se creía en la época, sino predominio de un carácter respecto de otro. Por lo tanto, existen en la herencia caracteres «que dominan» y otros que resultan «dominados» (dominan- tes y recesivos), pero ni unos ni otros se mezclan ni se pierden con el

paso de las generaciones. Así, de las experiencias con guisantes llevadas a cabo por Mendel se desprendía claramente que los caracteres «liso» y «amarillo» eran dominantes y los caracteres «rugoso» y «verde» eran recesivos. Mendel se dio cuenta de lo que podría denominarse «una doble segregación independiente» en la transmisión de los caracteres, a saber:

a) Los caracteres que tenían que ver con la forma de la semilla, lisa o

rugosa, se transmitían independientemente entre sí en la herencia. En este caso, si bien es cierto que el carácter dominante, el liso, predominaba sobre el rugoso en una proporción de 3 a 1, el carác- ter recesivo rugoso no se mezclaba ni se perdía. A diferencia del carácter dominante, cuya sola presencia implicaba manifestación, el carácter recesivo se manifestaba únicamente cuando se unía con otro recesivo. Idéntica situación se daba con el color de los gui- santes (verdes o amarillos).

b) En segundo lugar, Mendel se dio cuenta de que los caracteres que

tenían que ver con la forma de la semilla se transmitían indepen- dientemente de los del color, por lo que también pudo constatar casos de guisantes lisos y verdes y de rugosos y amarillos en pro- porciones numéricas definidas.

Mendel presentó el resultado de sus experiencias en dos reuniones de la Sociedad de Naturalistas de Brno llevadas a cabo los días 8 de febrero y 8 de marzo de 1865, redactando para ello un trabajo de 44 páginas que resumía siete años de investigación y miles de experimen- tos. El texto fue publicado en forma de artículo en los Anales de la Sociedad de Historia Natural de Brno al año siguiente, bajo el título de «Experimentos de hibridación en plantas» y, en contra de lo que gene- ralmente se supone, dice Tálice, el trabajo tuvo suficiente difusión para la época (el autor relata que fue enviado a 120 bibliotecas con las cua- les la Sociedad de Historia Natural de Brno mantenía intercambio y cuarenta separatas le fueron entregadas a Mendel para su distribución entre especialistas extranjeros). Refiriéndose a su repercusión, Tálice señala:

[...] no tuvo resonancia alguna ni en Europa ni en los Estados Unidos. Pasó inadvertida para todos aquellos que la leyeron u hojearon. A nadie se le ocu- rrió felicitarlo o criticarlo, o solicitarle ampliaciones, aclaraciones, ni semillas

para controlar las pruebas, según lo sugiriera el propio Mendel durante la lec- tura de su trabajo. Nadie se mostró dispuesto a repetir tales experimentos. Ni un solo autor se permitió citarlo.222

Mendel remite su escrito, con una dedicatoria, a uno de los botáni- cos más reconocidos de la época, el alemán Karl Wilhelm von Nägeli (1817-1891), profesor en la Universidad de Münich y especialista en cuestiones de hibridación entre plantas del género Hieracium. Nägeli, absolutamente convencido de la «herencia mezclada», no solo no le con- cedió mérito alguno a las conclusiones obtenidas por el aficionado Men- del, sino que le recomienda experimentar con el mencionado género. Pero Mendel no logró repetir los resultados obtenidos con los guisantes. Es que él había estado experimentando con variedades de una misma especie, mientras que los botánicos de la época, como Nägeli, estaban fundamentalmente preocupados por la hibridación entre especies distin- tas. Desalentado, o muy ocupado con sus nuevas obligaciones tras ser nombrado abad del monasterio en 1868, lo cierto es que Mendel no con- tinuó con sus experiencias.

Lamentablemente, Darwin no pudo sacar provecho de los resultados logrados por Mendel. A lo sumo, solo vio su nombre citado por el botá- nico alemán H. Hoffmann, en 1869, pero nunca llegó a consultar el artículo original de Mendel. En cambio, en la biblioteca de Mendel se encontraron ejemplares de El origen de las especies por medio de la selección

natural y La variación de animales y plantas bajo la acción de la domestici- dad con detalladas anotaciones.

¿Cuál habría sido la reacción de Darwin en caso de acceder a la obra de Mendel? Nos parece particularmente interesante, al respecto, lo apun- tado por Peter Bowler. Dice el autor:

Se ha sostenido que si Darwin hubiese leído los informes de Gregor Mendel en torno a sus experimentos sobre la herencia en los guisantes publicados en 1865, los problemas de la teoría de la selección se habrían superado inmediatamente. Pero semejante afirmación descansa claramente en una visión retrospectiva: sabemos que los experimentos de Mendel han venido a ser la base de la genética moderna, y suponemos que Darwin y sus seguidores hubieran sido capaces de valorar el significado que nosotros

ahora podemos leer en estos resultados. La historia nos dice que nadie de la época era capaz de valorar las consecuencias de lo que Mendel estaba haciendo —incluso ahora parece casi seguro que ni siquiera el propio Men- del pensaba que sus experimentos serían la base de una nueva teoría de la herencia—. De haber conocido los resultados de Mendel, Darwin los habría dejado de lado probablemente como anomalía interesante. Difícil- mente habría abandonado la pangénesis, porque un experimento solo no hubiese tenido más peso que una dedicación de toda la vida a un modelo diferente de pensamiento.223

Es un hecho que, si bien los historiadores de la ciencia estiman que Mendel fue citado una docena de veces antes de 1900, sus conclusiones no tuvieron la debida repercusión hasta treinta y cuatro años después de publicadas. Efectivamente, solo a partir de 1900 el mendelismo adquiriría todo su brillo y habría de ejercer una notable influencia sobre el darwinis- mo. La suma de ambos, en buena parte, daría más tarde origen a la deno- minada teoría sintética de la evolución.

Hacia 1880 la teoría de la evolución había alcanzado un alto grado de aceptación. Sin embargo, después de la muerte de Darwin, se inicia un período de cuarenta o cincuenta años que Julian Huxley caracteriza como de «eclipse del darwinismo».224 El mismo se habría producido, en gran

medida, por el hecho de que los adelantos en biología celular y en genéti- ca sembraron serias dudas acerca de la eficiencia de la selección natural.

Las ideas sustentadas por algunos «neodarwinistas», que flaco favor le hicieron al darwinismo, el auge de las posturas lamarckianas, con su insis- tencia en la herencia de los caracteres adquiridos y el arrollador avance de la genética mendeliana y de las experimentaciones en laboratorio por parte de los mutacionistas, llevaron a que Darwin y la selección natural queda- ran relegados a un segundo plano. Así, la popularidad del darwinismo empezaba a decrecer.

Como señala Peter Bowler:

Los decenios anteriores y posteriores a 1900 fueron fundamentales para el darwinismo, pues en ese momento el lamarckismo florecía todavía, al mismo tiempo que comenzaba a imponerse la nueva alternativa mendeliana- mutacionista. El darwinismo se veía atacado por todos los frentes, y el hecho de que sus oponentes no se pusieran de acuerdo entre sí no era óbice para que existiera un sentimiento general de que había quedado demostrada la insufi- ciencia del viejo enfoque evolucionista.225

224 Huxley (1965), 22. Título del punto 3. Luego, esta expresión sería tomada por Peter Bowler como título de una de sus obras, que citamos en esta misma página.

Recordemos que el punto más débil de la teoría de Darwin lo cons- tituyó el tema de la herencia en general y de las variaciones en particular. No sorprende, por lo tanto, que este sea el tema que concitará la atención de botánicos y zoólogos en la última parte del siglo XIXy primera parte

delXX.

En medio de ese período existe un hecho histórico de profunda importancia no solo en el campo de la herencia, sino en el del conoci- miento científico en general. Al respecto, sugerimos al lector tener presente este acontecimiento a lo largo del capítulo. Se trata del redescubrimiento de los trabajos de Mendel, hecho que tuvo lugar en el año 1900. Ese año, tres botánicos de diferente nacionalidad, el holan- dés Hugo de Vries (1848-1935), el alemán Carl Eric Correns (1864- 1933) y el austríaco Heinrich Tschermack (1871-1962), trabajando independientemente en cruzamiento experimental de vegetales, creen «descubrir» las leyes de la herencia, pero en realidad lo que hacen es «redes- cubrir» las conclusiones alcanzadas por Gregor Mend el treinta y cuatro años antes.

Refiriéndose a las experiencias de Mendel, diría Hugo de Vries en su informe de marzo de 1900:

Este importante trabajo se cita tan raramente, que solo llegué a cono- cerlo cuando ya había terminado la mayor parte de mis investigaciones […].226

Del mismo modo, Correns reconocería que Mendel ya había obteni- do los mismos resultados que de Vries y que él mismo y, finalmente, el 2 de junio de 1900, Tschermack escribiría:

Las recientes investigaciones de Correns sobre cruzamientos de distintas variedades de Pisum sativum, y sus observaciones sobre los mestizos autofe- cundados durante varias generaciones, confirman, al igual que las mías, las doctrinas de Mendel. El simultáneo descubrimiento de Mendel, Correns, De Vries y el mío mismo, me parece particularmente halagüeño. En el segundo año de mis investigaciones también yo creía haber encontrado algo completa- mente nuevo.227

226 Cfr. Tálice (1968), 62 227 Tálice (1968), 62.