3.3 Principales acontecimientos de la Crisis en Siria
3.3.4 La guerra subsidiaria o proxy.
En enero del 2013, la Marina de guerra rusa, compuesta de cuatro flotas y una flotilla, llevó a cabo los ejercicios navales más grandes desde la caída de la Unión Soviética cerca a las costas de Siria. Algunos medios de prensa decían que era una preparación para evacuar a los sirios de la capital, mientras que otros indicaban que este era un mensaje al mundo de que la marina rusa había regresado a aguas internacionales (Trenin, 2013). De la misma forma, el presidente Obama, en su segundo periodo, buscaba darle un rol más importante a Estados
70 Unidos en la búsqueda de una solución al conflicto en Siria. En febrero de 2013, los rebeldes sirios empezaron a recibir por primera vez armas anti tanques M-79 y ametralladoras M60 de fuentes desconocidas, que probablemente estaban ligadas al Gobierno norteamericano debido a la fabricación estadounidense de las armas (Parker, 2015). Asimismo, los medios de prensa anunciaban sobre la implementación de bases secretas en Jordania que entrenaban a grupos de la oposición bajo la instrucción de Occidente (Borger & Hopkins, 2013).
En marzo del 2013, las fuerzas rebeldes de oposición tomaron la ciudad de Raqqa, en el valle del Éufrates. La respuesta del Gobierno fue bombardear inmediatamente la ciudad. Al ser la primera capital de una provincia que caía en manos de la oposición, se hacía más aparente que las fuerzas del Gobierno estaban presionando menos en las provincias del este. En el mismo mes, el portavoz de la Coalición Nacional, Moaz al-Khatib, renunciaba debido a ciertas diferencias con las potencias regionales que apoyaban a distintas facciones, haciendo difícil la unidad, según sus palabras. Su renuncia fue una pérdida para la credibilidad de los rebeldes (McHugo, 2015). Sin embargo, dos meses más tarde, a fines de mayo, la Unión Europea aprobó levantar el embargo a las armas enviadas a los rebeldes. Tras la fuerte presión de Reino Unido y Francia, países con mayor acercamiento a Estados Unidos, la Unión Europea decidió mantener la unidad entre sus miembros y ceder ante los pedidos de estos países. De esta forma, una gran cantidad de armas provenientes de Occidente comenzaría a llegar a manos de las fuerzas de oposición en Siria (Traynor, 2013).
El 13 de junio del 2013, la Casa Blanca anunciaba que la administración había concluido que el Gobierno de al-Assad había utilizado múltiples veces armas químicas en contra de su propio pueblo. El Gobierno estadounidense se refería especialmente a las alegaciones de 25 personas muertas en Aleppo que mostraban signos de haber sido asesinados con químicos. De esta manera, Estados Unidos justificaba el suministro de armas y el apoyo militar directo a los rebeldes sirios a través de las fronteras de Turquía y Jordania. Sin embargo, ya se tenía conocimiento que los rebeldes estaban siendo armados y preparados por los estadounidenses mucho antes que se confirmara la utilización de las armas químicas (De Young, 2013). Las noticias del embargo de armas de la Unión Europea y la declaración oficial de los Estados Unidos sobre brindar armas directamente a los rebeldes solo podían legitimar aún más el apoyo militar que Rusia brindaba a Siria. Entre los meses de mayo y junio, el suministro de armas rusas al Gobierno sirio incrementó bastante (Parker, 2015). Tanto Occidente como Rusia ayudaron directamente a que la guerra civil se volviera aún más violenta y sangrienta
71 de lo que ya era. No obstante, el apoyo ruso no era el único que respaldaba al Gobierno de al- Assad. A mediados de junio, el Gobierno sirio pudo retomar la ciudad de al-Quseir, cerca de la frontera con Líbano. Esta ciudad era clave para el Gobierno sirio ya que servía de suministro para las fuerzas rebeldes en Homs. La victoria se debía en gran parte a la ayuda que recibió el Gobierno de las fuerzas de Hezbollah, las cuales están centradas en Líbano y reciben financiamiento de parte de Irán (McHugo, 2015).
El 17 de junio del 2013, en una reunión del G8 en Lough Erne, Irlanda del Norte, el presidente Vladimir Putin y su par, Barack Obama, discutieron la posibilidad de prevenir el uso de las armas químicas. Para Moscú, apostar por la defensa de sus intereses en Siria y su relación con el Gobierno de al-Assad le había devuelto el protagonismo que tenía dentro del escenario internacional. A pesar de que varios Gobiernos de Occidente se encontraban en una posición incómoda al tener que lidiar con el Kremlin, el liderazgo de Rusia en el tema de Siria era insoslayable (Parker, 2015). Sin embargo, las relaciones entre Estados Unidos y Rusia empeorarían tras el asilo temporal que brindó Moscú al informante de la CIA, Edward Snowden, quien había revelado información clasificada sobre espionaje de parte del Gobierno norteamericano, causando un gran escándalo mundial. Consecuentemente, Obama canceló los planes que tenía de asistir a la reunión bilateral programada con Putin a principios de setiembre en Moscú, en donde se trataría de llegar a un plan para solucionar la guerra en Siria (Gearan & Rucker, 2013)
El 21 de agosto del 2013, activistas de la oposición siria denunciaban a los medios de prensa que un ataque con armas químicas había ocurrido en la región de Guta, en los suburbios de Damasco. Según diversas fuentes, murieron desde cientos hasta miles de personas, lo cual era difícil de comprobar debido a la situación de guerra. Tras el pedido de Naciones Unidas de investigar el caso, el Gobierno de Siria accedió en un principio pero la investigación tuvo que ser abandonada debido a la falta de seguridad del personal de Naciones Unidas (McHugo, 2015). Aparentemente, el Gobierno de Bashar al-Assad había cruzado la línea roja que marcó el presidente Obama en cuanto al uso de armas químicas.
El 27 de agosto, mientras que el presidente Obama se reunía con los representantes de los países bálticos, Letonia, Lituania y Estonia, cuatro destructores estadounidenses llegaron a las costas de Siria armados con misiles de crucero tomahawk. Moscú respondió indirectamente publicando el mismo día un artículo en donde se sugería que en el caso de un ataque de los Estados Unidos en contra de Siria, Rusia podría eventualmente invadir a los
72 Estados del Báltico. El 31 de agosto, el presidente Obama anunciaba su intención de buscar apoyo de parte del Congreso estadounidense para llevar a cabo una operación militar en contra del Gobierno en Siria (Valenta & Friedman, 2016). Si bien Rusia no tardaría en enviar navíos rusos con dirección a la base de Tartus, Moscú no quería llegar al punto de tener que usarlos para defender a Damasco, por lo que el presidente Putin intentó frenar diplomáticamente cualquier intento de intervención norteamericana (Heritage, 2013).
El 9 de setiembre del 2013, el Kremlin anunció que el Gobierno de al-Assad iba a ceder su arsenal de armas químicas para que fueran dispuestas bajo control internacional y sean desmanteladas. Al día siguiente, el ministro de Relaciones Exteriores de Siria, Walid al- Moallem, anunciaba que Damasco aceptaría el plan ruso para ceder sus armas químicas (Gearan, De Young & Englund, 2013). El 11 de setiembre, Vladimir Putin (2013) presentó una carta dirigida al pueblo norteamericano en la editorial del diario The New York Times. En esta señalaba el peligro que acontecería a una intervención en el Medio Oriente y pedía que consideren al plan ruso como la opción más satisfactoria para todas las partes interesadas. El mismo día, el Gobierno de al-Assad envió una carta a la Secretaría General de las Naciones Unidas en donde notificaba la firma de un decreto que permitía el acceso a Siria a la Convención de Armas Químicas, poniéndose así a disposición de las exigencias internacionales sobre su arsenal (Al Jazeera, 2013). Tres días después, el secretario de Estado de los Estados Unidos, John Kerry, y su par ruso, Sergei Lavrov, llegaron a un acuerdo para contabilizar, inspeccionar, controlar y eliminar las armas químicas de Siria (Gordon, 2013). De esta manera, Rusia había prevenido la intervención directa de los Estados Unidos, utilizando la negociación, la diplomacia y la presión que tenía sobre el Gobierno de al-Assad. En contraste, el Gobierno de Obama fue visto en Medio Oriente como incapaz de cumplir con sus palabras y amenazas, al no haber empleado la fuerza militar sobre Damasco tras haber sobrepasado la misma línea roja que él trazó.