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HI rey Alejandro y los árboles proféticos

Kl encuentro del rey Alejandro con los árboles del Sol y de la Luna, en un remoto santuario de la India, es uno de los singulares y misteriosos episodios de la novela urdida, a cinco o seis siglos de distancia, en torno a la figura del conquistador macedónio.

Kn el año 323 a. C., el joven monarca -q u e aún no ha­ bía cumplido treinta y tres añ o s- vino a morirse, de ma­ nera súbita, en babilonia. Kn pocos años había sometido a su trono un desmesurado imperio, desde Libia y Ktiopía hasta la India, y era adorado com o un dios en Kgipto y en Persia. I labia vencido en batallas resonantes, había atra­ vesado enorm es distancias, adentrándose en el Oriente com o ningún otro caudillo griego, y ningún otro rey po­ día com petir con m i poderío. Su inesperada y brusca muerte - tal vez causada por una infección maligna o por la acción discreta de un veneno fue el trágico colofón de una heroica y gloriosa existencia. No es extraño que en el recuerdo de las gentes su figura dejara una impresión perdurable, y que los relatos inmediatos de sus conquis­ tas resultaran pálidos y poco atractivos frente a la imagi­

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nación popular que vio en Alejandro mucho más que un caudillo victorioso. Algunos historiaron sus campañas y trazaron el perfil biográfico del monarca de acuerdo con la secuencia histórica y el arte de las crónicas del tiempo. Pen) esos relatos cercanos, de carácter histórico, se per­ dieron pronto. Lo que perduró de Alejandro, en la ¡magi- nauón popular, fue una silueta fabulosa, hasta el final de la Kdad Media. Según ésta» Alejandro es el último héroe mítico del mundo helénico.

lin esa memoria popular, donde los datos históricos se sumergen y cristalizan en formas fantasiosas, se sumerge el personaje histórico para resurgir como protagonistade una saga mítica, como un ejemplo eterno del héroe, rodea­ do de una atmósfera transhistórica. Alejandro, recreado por la leyenda, es un explorador de los últimos confines, el invicto guerrero derrotado sólo por la muerte azarosa, el mártir de la condición heroica en su más alto grado, el rey soberbio que, tras alcanzar los máximos triunfos, fue abatido por la muerte en plena juventud; es el héroe que quiso ser dios, como Heracles y Dioniso, pero que encon­ tró en la gloria su destino último y cum plió brillante mente su sino mortal de breve vida. La imagen que el Me­ dievo impone es la de la Kueda de la Fortuna: ascenso y caída definen la peripecia real. Al girar la rueda abisma al gran monarca, y su figura queda como un ejemplo délos límites de la condición humana. Los gestos del personaje cobran un valor sim bólico, y revisten así un valor más hondo y perdurable que el de la anécdota histórica, para una mentalidad com o la medieval, que busca lo arquetí- pico y ejemplar.

La Vida y hazañ as de Alejandro de Macedonia* que se

adjudicó primero a Calístenes y que hoy atribuimos a un ignoto escritor de com ienzos del siglo m d. G. -m ás de

/52 C A H U ttíiA H C ÍA C U A l. quinientos años posterior a Alejandro y a ( )alístenes-, no es una biografía con pretensiones históricas, com o las que conservam os de Plutarco o de Quinto C urdo, o las numerosas que se han escrito en nuestro siglo sobre Ale­ jandro -p . e. la novela en tres tomos de Mary Renault,

del rie/o, I-I m uchacho persa y /liegas/líMcranos-, que se fundan en noticias antiguas y Hables. Montada so­ bre una trama biográfica, la obra del Pseudo Calístenes es, ante todo, una novela fantástica que ve en Alejandro ese personaje m ítico del que hemos hablado. No es extra­ ño que, por ese mismo carácter, que la hizo popular en el crepúsculo del mundo antiguo y en las versiones múlti­ ples medievales, gozara de un enorme prestigio y de una difusión impar -superada tan sólo por los textos bíbli­ cos- hasta el siglo xv.

Pero no voy ahora a tratar de describir la obra o su vas­ ta difusión. Quiero sólo insistir en que lo que este relato nos presenta es una imagen novelesca, es decir, fabulosa, ejemplar y exageradamente aventurera, de un héroe que fue rey, que viajó a los más remotos confines de la tierra, en pos del Paraíso Terrenal y de la Puente tie la Vida, que ascendió a los ciclos en un carro tirado por grifos y des­ cendió al fondo del océano en una bola de cristal, que se enfrentó a los prodigios y los m onstruos de la India, y que, al final, m urió en plena gloria y juventud, com o un héroe clásico, en una ciudad misteriosa: babilonia.

Ι-sta Vida tic Alejandro tiende más a lo maravilloso que a lo extraño y, por tanto, difícilmente se ajusta a la et ique ta de un «relato fantástico» en el estricto sentido de la de­ finición de Teodorov. (Que es dudoso que pueda aplicar se a relatos antiguos, com o él mismo sugiere, dando ejemplos sólo del siglo xvm y x ix .) El alejamiento délos testimonios históricos no es sólo debido a la ignorancia y

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la ingenuidad de su autor, con ser ambas muy notables, sino a un claro desdén por lo histórico. Así» p. e., Alejan­ dro no es hijo del rey 1'ilipo de Macedonia, ni tampoco de Amón com o al propio Alejandro le hubiera gustado-, sino de un ex-íaraón y taimado mago, Neclanebo, que se introduce, disfrazado tic dios Anión, serpentino y con cuernos de carnero, en el lecho de la crédula Olimpíade. liste hábil astrólogo escoge el momento propicio, según el horóscopo, para el nacimiento de su hijo (en una de las escenas más pintorescas que hay en la literatura antigua); pero no advierte que será su hijo quien le lleve a la muer­ te, despenado en un precipicio una noche. MI propio Ale­ jandro elimina a su misterioso padre. Como en los mitos de los héroes prototípicos com o estudió O. Rank- , el héroe tiene un padre oscuro, y se halla más próximo a su madre, Olimpíade, un personaje turbio de la historia. Kl héroe es hijo desús hazañas.

En la profecía de los árboles, la muerte de Olimpíade está expuesta tras la muerte de Alejandro, y eso responde a una realidad atestiguada por la historia. Brutalmente asesinada, su cadáver será expuesto en el polvo a los ata­ ques de las aves de rapiña y los perros hambrientos. Sobre el trasfondo histórico la leyenda se alza con los trazos que encuentra significantes para su colorido dramático o pa­ tético. Kn este relato Alejandro está, desde su nacimiento, destinado a lo prodigioso, predestinado a ello; incluso por su apariencia física: cabeza leonina, dientes afilados de serpiente y un o jo de cada color. Dirigida a un público ávido de cuentos de magia y de aventura, es una sarta de episodios sorprendentes, com o los de las aretalogías y los

parádoxa de esa misma época. A mil años de distancia de

la Odisea, este texto, de mal estilo y prosa pobre, es una epopeya fantástica que clausura la tradición heroica y

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mítica. Alejandro, que se decía descendiente de Aquiles, es el último héroe, con un halo fatídico.

La biografía novelesca del Pseudo Calístenes se convir- tió en un texto de amplia difusión, como ya hemos apun­ tado. Pero hay en la tradición del mismo algo peculiar; las numerosas variantes de los m anuscritos, variantes que no son meros errores de transcripción, sino voluntarias m odificaciones de algunos copistas que añadieron, m o­ dificaron o restaron episodios de la trama. Ksta «tradi­ ción abierta» -fren te a la tradición cerrada en la transmi­ sión de los textos clásicos, donde los copistas quieren ante todo ser escrupulosam ente fieles al original copia­ do es algo peculiar de nuestro texto, un «clásico popu­ lar», si vale tal expresión. Para lo que aquí nos interesa, anotaré que las versiones fundamentales son las denomi­ nadas A y B (ésta es algo posterior a la A, y fue la que tra­ duje en 1977, por razones que indiqué entonces), pero que hemos de tener en cuenta también una versión latina, la de Epistula Alexandri Macedonia a d A ristotelem m agis­

trum suum de iiinere et de situ lndiaet que es la versión

amplificada de una carta sobre las maravillas de la India, recogida de forma diversa en las dos versiones A y 11, cuyo original griego se ha perdido, has distintas recensiones de A y B y la Epistula presentan el episodio del coloquio de Alejandro y los árboles parlantes con matices diferen­ tes. Kl texto latino da una versión más elaborada, y el rela­ to novelesco parece resumirla. La fundamental diferencia entre la recensión A y la B es que ésta da el relato en terce­ ra persona, mientras que en A y en la carta es el protago­ nista quien refiere la aventura, com o es de rigor en los relatos fantásticos. La primera persona es frecuente en tales relatos, lín la tradición griega el prototipo es la na­ rración que Ulises hace de sus aventuras m arinas, en ios

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cantos VIH a XII de la Odisea. Pero ya en el relato de Si- nulié en Egipto (s. xix a. C.) se encuentra el procedimiento. Reaparece en los Relatos Verídicos de Luciano de Samósa- ta, en las M etamorfosis de Lucio de Patras y en el Asm* de

Oro de Apuleyo, y más tarde en las aventuras de Sindbad

el Marino, o en los viajes de Cyrano de Bergerac, Cíulliver y el Barón de Mtinchhausen. K1 relato en primera persona conlleva un margen de subjetividad y de ironía, que es ca­ racterístico de esas aventuras que rozan lo increíble. Aquí la carta sirve para introducirla.

Resulta, por tanto, claro que el autor de la recensión B es quien ha modificado el carácter primitivo de la narra­ ción, al introducirla en el cap. 17 del libro 111 de la Vida, prescindiendo de su forma epistolar. Creo que es muy in­ teresante contrastar las versiones del episodio, pero aho­ ra no vamos a demorarnos en ello. (El lector interesado puede contrastar la versión 15 y la de la lipistula, traducida como apéndice, en la traducción ya citada, donde he apuntado algún detalle sobre la variación.) Creo que la narración en primera persona ofrece unas ventajas que el autor de la versión latina de la carta ha desarrollado: pin­ ta las reacciones del protagonista narradas de un modo mucho más vivo y da así a todo el episodio un especial re­ lieve. Alejandro aparece ilusionado ante el anuncio del prodigio, receloso, inquieto, deprimido, angustiado y fi­ nalmente resignado y decidido ante lo inevitable, y todas esas sucesivas reacciones expresan bien su perfil psicoló­ gico, en esta versión algo más retórica y estilizada que la narración B, que esboza mucho peor, más rápidamente y desde afuera, tales estados de ánimo.

El uso de la narración en primera persona para expre­ sar esos matices es importante, cuando el narradores há­ bil para servirse de ello. Con qué habilidad el viejo I io-

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mero sabía perfilar el carácter de Ulises, protagonista y narrador, en sus aventuras: curioso y heroico ante ei ogro Polifemo, receloso ante Circe, sereno ante los fantasmas surgidos del Hades. Y, por poner un ejemplo contrario, cóm o en los Relatos Verídicos de Luciano falta el tono emot ivo, cuando el protagonista nos refiere sus desafora­ das aventuras celestes o submarinas con un mismo énfa­ sis, com o espectador irónico de espectáculos estrafala­ rios. Ksa falta de emotividad subraya, en esa sarta de aventuras fantásticas, su falsedad, e indica que la ironía de Luciano no busca atraer la credulidad ni conmover a los oyentes o lectores, sino tan sólo la parodia y la diver­ sión intelectual más fría y distante.

Kn fin, vengamos ya al episodio que queríamos co ­ mentar.

En resumen, el episodio es el siguiente: tras la victoria sobre el rey Poro, todos los súbditos de éste han aclamado a Alejandro com o soberano. Vuelve ya Alejandro hacia Grecia, cuando se le anuncia la maravilla. Kn una región un tanto apartada existen dos árboles parlantes. Con un reducido séquito Alejandro hace unas ásperas jornadas de camino para Jlegara un extraño santuario. Para entrar en él deben todos abandonar sus armas y sus vest icios. Un viejo y extraño sacerdote, revestido tan sólo de pieles, les introduce hasta los dos árboles, uno macho y consagrado al Sol» el otro hembra y dedicado a la Luna, que hablan en ciertos m om entos del día, al ponerse y surgir de los as­ tros. Un árbol habla en indio y el otro en griego. Kl rey y sus compañeros quedan pasmados y sobrecogidos.

Surge, en el crepúsculo, la primera voz arbórea, que proclama: «Alejandro, serás el másgranderey del mundo, pero vas a m orir pronto, a manos de los tuyos». El rey, asombrado, aguarda y, al aparecer la Luna, habla el otro

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árbol: «Rey Alejandro, no volverás a ver ni lu patria ni a tu madre. Morirás en Babilonia». Pero el rey quiere saber aún más. Al alba, cuando los primeros rayos rozan la cima del árbol solar, éste clama: «Ya están cumplidos los años de tu vida. Vas a m orir y también tu madre y tu esposa morirán brutalmente a manos de los tuyos. No inquieras más, porque no oirás más. El destino es inmutable».

Kl rey queda angustiado por las profecías del oráculo. Sin embargo, disimula su em oción ante sus gentes y da orden de regresar.

Tal es, en lo esencial y prescindiendo del colorido exó­ tico de los textos, el encuentro. (Según unas versiones su­ cede en Prasfaca, cerca del ( »anges, una región adonde el histórico Alejandro no llegó nunca, puesto que sus tropas se negaron a ir más allá del H ífasis. Kn otra, sucede en un país fantástico, en un monte de cristal y oro. Los detalles sobre el santuario varían, pero lo esencial es que en su ru­ deza se muestra un tipo muy primitivo de culto, y en ese recinto no se admiten ni arm as, ni metales, ni vestidos, es decir, productos de la civilización.) (Kn la traducción ya citada, el párrafo 17 del libro III de la Vida está en pági­ nas 186-191, y el texto en la C arta latina en págs. 242-245. Domo puede verse, algunos detalles varían entre una y otra versión. Más tarde daré la traducción de un poema persa, un fragmento de Kirdusi, que me parece más cerca­ no de la recensión B que de otras variantes.)

Los árboles agoreros son unos seres fantásticos que es­ tán situados al final del itinerario oriental de Alejandro. Antes han surgido a su paso una serie de monstruos fero­ ces: hipopótamos devoradores de hombres, escorpiones gigantes, serpientes de variadas especies, con crestas y alas incluso, cangrejos enormes, pulgas del tamaño de las ranas, ranas como zorros chupadores de sangre, murcié­

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lagos m ordedores, fieras varias, y hasta el fabuloso «odontotirano» (algo parecido al «Triceratops»), que pueblan de horror algunas noches de la marcha. Y tam­ bién humanoides sorprendentes, como los Ictiófagos, to­ talmente cubiertos ce pelo (algo así com o ciertas imáge­ nes del «salvaje hombre de las nieves»), o los Melófagos caníbales (a uno de estos le acercan una mujer desnuda y el Melófago la devora a mordiscos, sin ningún reparo), o los O ditas, altísimos y delgadísimos, sin un pelo, com o gigantescos espárragos humanos, com o sus vecinos los Hitos («Vegetales»), de hasta veinte metros de alto, o unos innominados seres de figura esférica y rostros leoninos, o los más corrientes Cinocéfalos (los «cabeza de perro»), o los Him antópodos, de pies de correa, o los Ksciápodos, que utilizan su enorme y único pie com o sombrilla, o los Arimaspos, que no tienen cabeza y llevan la cara en el pe cho. En fin, en este texto están ya toda una serie de seres que ilustran luego los Bestiarios medievales, despojos de una fauna errática y ambigua.

Los árboles parlantes, en voz y sexo humanizados, son menos extraños que los árboles caminantes de otras mi tologías, pero también menos humanos que esos árboles de los relatos de Tolkien, dispuestos a socorrer a los héroes. No pertenecen a los prodigios del mundo helénico, sino a ese maravilloso repertorio de monstruos de la India, país fabuloso por excelencia. Ya Ctesias, en el siglo v a. C., alu­ de a ellos, y mucho después aún Marco Polo en su largo viaje a China los recuerda, de manera precisa. Aquí el au­

tor del relato los ha empleado con brevedad y eficacia. Lo que otorga a este sencillo episodio su es^>ecial signi­ ficado es que, colocado al final de una serie de encuentros prodigiosos, pone una nota trágica con su profecía escue­ ta, que le resulta familiar al conocedor de la literatura

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griega. Alejandro frente a los árboles proféticos reitera un motivo m ítico: el del joven rey frente al viejo adivino, el héroe abocado a la acción sangrienta frente al sabio, lento en sus movimientos, imposibilitado para la acción -que suele ser ciego y viejo, com o Tiresias— pero que tiene un

conocimiento del pasado, presente y futuro. El conquis­

tador es un paradigma del héroe inquieto, del aventurero desarraigado, que contrasta con los altos e inmóviles troncos, con sus follajes perennes y sonoros. Id árbol, «que es apenas sensitivo» sólo en apariencia, en su sere­ nidad guarda un infinito saber del mundo. Desnudo y re­ ducido a su humana ansiedad, el rey es una criatura efí­ mera frente a los árboles, casi divinos. Esos árboles, que no admiten ofrendas ni plegarias, se yerguen ante un trasfondo oscuro. Más allá de ellos no hay nada. No tie­ nen relación con los dioses helénicos, tan sólo con el Sol y la I.una, divinidades más antigua y universales, y con el Destino. Alejandro se ha encontrado ya con Diógenesel Cínico, y con los gim nosofistas, variantes orientales de los cínicos, y ante ellos el rey ha tenido que reconocer los límites de su poder. Al preguntarles a los ascéticos gim­ nosofistas qué regalo querían, los santones hindúes res­ pondieron: «Si te empeñas en hacernos un don, danos la inmortalidad». Pero nada puede Alejandro ante la muer­ te. Una vez más tiene que admitirlo. Domina el inunco, ha emulado a los grandes héroes, pero también él es mor­ tal. Va tras las huellas de I lerades y de I )ioniso, pero la in­ mortalidad queda más allá de sus esfuerzos.

Como en otros relatos míticos, el previo conocimiento del destino 110 sirve para evitar su fatalidad. El rey que ac­ cedió al encuentro alegre y confiado sale abatido. HI rey, que se hizo proclamar hijo del dios Anión, topa con loslí- mitcs de la condición humana. También Aquiles murió

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joven, y Belerofonte no pudo, en todo su empuje» escalar el cielo, con su caballo alado. Sobre Alejandro cae una fa­ tídica sentencia, que pronto ha de cumplirse.

Como hemos intentado señalar, el significado de este episodio resuena especialmente porque coincide con un motivo mítico: el de la muerte del héroe joven, una muer­ te fatídica y aceptada con valor. Encajaba bien en la histo­ ria de Alejandro, y el que el profeta fuera esta vez un árbol