EL HOMBRE MÁS OLVIDADIZO DEL MUNDO

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Tras conocer a algunas de las mejores memorias del mundo, decidí que mi siguiente paso sería intentar buscar a las peores. ¿Qué mejor forma de tratar de entender la naturaleza y el sentido de la memoria humana que investigar su ausencia? Volví a recurrir a Google para buscar al equivalente de Ben Pridmore en los registros de falta de memoria y rescaté un artículo de la revista The Journal of

Neuroscience sobre un técnico de laboratorio jubilado de ochenta y cuatro años

llamado EP,1 cuya memoria sólo abarcaba el pensamiento más reciente. Sufría uno

de los casos de amnesia más graves jamás documentado.

Pocas semanas después de volver de Tallahassee, llamé a un neurocientífico e investigador de la memoria llamado Larry Squire de la Universidad de California, San Diego, y el hospital San Diego VA Medical Center. Squire, que llevaba más de una década estudiando a EP, accedió a que lo acompañara en una de sus visitas al luminoso chalé de la zona residencial de San Diego donde EP vive con su esposa. Fuimos hasta allí con Jen Frascino, la coordinadora de investigación del laboratorio de Squire que visita a EP con regularidad para someterlo a pruebas cognitivas. Aunque Frascino ha estado en casa de EP unas doscientas veces, él siempre la saluda como si fuera una completa desconocida.

EP mide casi uno noventa de estatura, luce un cabello cano con la raya perfectamente trazada y tiene unas orejas extraordinariamente largas. Es afable, simpático, cortés. Se ríe mucho. Al principio se parece a un abuelo jovial cualquiera. Frascino, una rubia alta y atlética, se sienta a la mesa de comedor conmigo y con Squire frente a EP y le formula una serie de preguntas que tienen por objeto calibrar sus conocimientos básicos y su sentido común. Le pregunta en qué continente se encuentra Brasil, el número de semanas que tiene el año, la temperatura de ebullición del agua. Quiere demostrar lo que una batería de pruebas cognitivas ya ha puesto de manifiesto: que EP posee conocimientos básicos del mundo. Su CI es 103, y su memoria a corto plazo se halla en perfectas condiciones. Él responde pacientemente a las preguntas —correctamente en todos los casos—, más o menos con la misma sensación de aturdimiento que, me figuro,

tendría yo si un completo desconocido entrara en mi casa y me preguntara en serio si sé cuál es el punto de ebullición del agua.

—¿Qué hay que hacer si uno se encuentra en la calle un sobre cerrado, con señas y con un sello? —inquiere Frascino.

—Pues echarlo al buzón, ¿qué otra cosa se podría hacer? —EP suelta una risita y me mira de reojo, con complicidad, como diciendo: ¿Acaso se creen que soy idiota? Sin embargo, presintiendo que la situación requiere ser educado, se vuelve hacia Frascino y añade—: Sin embargo es una pregunta muy interesante. Mucho. —No sabe que la ha oído muchas veces antes.

—¿Por qué cocinamos la comida? —¿Porque está cruda?

La palabra cruda hace que su voz recorra claramente su registro tonal, el aturdimiento dando paso a la incredulidad.

Le pregunto a EP si sabe el nombre del último presidente. —Me temo que se me ha olvidado. Qué raro.

—¿Le suena el nombre Bill Clinton?

—Desde luego que conozco a Clinton. Es un viejo amigo mío, científico, un buen tipo. Trabajé con él, ¿sabe?

Ve que abro mucho los ojos con incredulidad y se detiene. —A menos, claro está, que se refiera usted a otro Clinton...

—Bueno, es que el último presidente también se llamaba Bill Clinton, ¿sabe? —¿Ah, sí? No me... —Se da una palmada en el muslo y se ríe, pero no parece abochornado.

—¿Cuál es el último presidente que recuerda? EP se para a pensar un momento.

—A ver, estaba Franklin Roosevelt... —¿Ha oído hablar de John F. Kennedy?

—¿Kennedy? Eh... me temo que no lo conozco. Frascino tercia con otra pregunta:

—¿Por qué estudiamos historia?

—Pues estudiamos historia para saber lo que sucedió en el pasado. —Pero ¿por qué queremos saber lo que sucedió en el pasado?

—Porque es interesante, la verdad.

En noviembre de 1992, EP cayó enfermo de lo que parecía un leve caso de gripe. Estuvo en cama cinco días, febril y aletargado, sin saber qué pasaba, mientras en su cabeza un agresivo virus conocido como herpes simple se abría paso en su cerebro, descorazonándolo como si fuese una manzana. Tras el paso del virus, dos pedazos de masa encefálica del tamaño de una nuez de las zonas mediales de los lóbulos temporales de EP habían desaparecido, y con ellos la mayoría de su memoria.

El virus golpeó con una precisión caprichosa. Las regiones mediales de los lóbulos temporales —hay uno a cada lado del cerebro— engloban el hipocampo y varias regiones adyacentes que conjuntamente realizan la mágica proeza de convertir nuestras percepciones en recuerdos a largo plazo. Los recuerdos no se almacenan en el hipocampo —residen en otra parte, en las capas exteriores surcadas del cerebro, el neocórtex—, pero la zona del hipocampo los graba. El hipocampo de EP quedó destruido, y sin él EP es como una cámara de vídeo con la cinta estropeada: ve, pero no registra.

EP tiene dos tipos de amnesia: anterógrada, que significa que no puede crear recuerdos nuevos, y retrógrada, que significa que tampoco puede rescatar recuerdos antiguos, al menos no desde aproximadamente 1950. Su infancia, su paso por la marina mercante, la segunda guerra mundial: todo ello pervive de forma vívida. Pero, por lo que a él respecta, la gasolina cuesta un cuarto de dólar por galón y el hombre nunca dio ese pequeño paso en la Luna.

Aunque EP lleva amnésico una década y media y su enfermedad ni ha empeorado ni mejorado, aún es mucho lo que Squire y su equipo esperan aprender de él. Un caso como el suyo, en el que la naturaleza lleva a cabo un experimento cruel, pero perfecto, supone, por decirlo burdamente, una grandísima ayuda para la ciencia. En un campo en el que todavía hay tantas preguntas básicas sin responder, existe un número ilimitado de pruebas que se pueden efectuar a un cerebro como el de EP. De hecho, sólo hay un puñado de individuos en el mundo en los que tanto el hipocampo como las estructuras adyacentes clave hayan sido horadados de manera tan precisa en un cerebro por lo demás intacto. Otro caso grave de amnesia es Clive Wearing, antiguo productor musical de la BBC al que un herpes causó una encefalitis en 1985. Al igual que EP, su cerebro se ha convertido en un colador. Cada vez que saluda a su esposa lo hace como si no la hubiera visto en veinte años. Le deja angustiosos mensajes telefónicos en los que le suplica que lo saque de la institución en la que vive. Asimismo lleva un diario exhaustivo que se ha convertido en un documento tangible de su angustia cotidiana. Pero le cuesta

fiarse incluso del diario, ya que —como cualquier otro objeto en su vida— es completamente ajeno. Cada vez que lo abre debe de tener la sensación de que se enfrenta a una vida pasada. Está lleno de anotaciones como ésta:

8.31: Ahora estoy realmente, completamente despierto.

9.06: Ahora estoy perfectamente, abrumadoramente despierto. 9.34: Ahora estoy excepcionalmente, verdaderamente despierto.

Esas anotaciones tachadas sugieren una conciencia de su enfermedad de la que EP, tal vez felizmente, carece. Desde el otro lado de la mesa Squire le pregunta a EP qué tal anda últimamente de memoria.

—Normal. Es difícil decir si bien o mal.

EP lleva un brazalete metálico de alerta médica en la muñeca izquierda. Aunque el motivo es obvio, le pregunto de todas formas. Él vuelve la muñeca y lo lee como si tal cosa.

—Eh... Dice pérdida de memoria.

EP ni siquiera recuerda que tiene un problema de memoria. Eso es algo que descubre de nuevo a cada momento. Y dado que olvida que siempre olvida, cada pensamiento perdido parece únicamente un descuido casual —una molestia y nada más—, como se lo parecería a usted o a mí.

«A su juicio no le pasa nada, lo cual es una suerte —me dice más tarde Beverly, su esposa, mientras EP está en el sofá y no nos puede oír—. Supongo que ha de saber que algo va mal, pero no se refleja en la conversación ni en su modo de vida. Sin embargo en el fondo debe de saberlo, por fuerza.»

Al escuchar esas palabras caigo en la cuenta de que lo que se ha perdido es mucho más que sólo recuerdos. Ni siquiera su propia esposa puede acceder ya a las emociones y pensamientos más básicos de EP, lo que no quiere decir que éste no tenga emociones o pensamientos. Sin duda los tiene, de instante en instante. Cada vez que se le informaba del cumpleaños de sus nietos, los ojos se le humedecían... y acto seguido olvidaba su existencia. Pero, al no ser capaz de comparar los sentimientos de hoy con los de ayer, no puede ofrecer ningún relato coherente sobre su persona ni sobre los que lo rodean, lo cual hace que le sea imposible proporcionar ni siquiera el apoyo psicológico más básico a su familia y amigos. Después de todo, EP sólo puede mostrar verdadero interés por alguien o algo el tiempo que es capaz de fijar su atención. Cualquier pensamiento aislado

que lo distrae pone fin a la conversación. Una relación seria entre dos personas no puede mantenerse únicamente en el presente.

Desde que enfermó, para EP el espacio sólo existe en la medida en que lo ve. Su universo social se limita a las personas que se encuentran en la habitación. Vive bajo un haz de luz reducido, rodeado de oscuridad. En una mañana típica, EP se despierta, desayuna y se vuelve a la cama para escuchar la radio. Pero, de nuevo en la cama, no siempre tiene claro si ha desayunado o se acaba de despertar. A menudo desayuna otra vez y se vuelve a la cama para escuchar un poco más la radio. Algunas mañanas desayuna una tercera vez. Ve la televisión, que puede ser muy emocionante de segundo en segundo, aunque programas con un principio, nudo y desenlace claros pueden suponer un problema. Prefiere el Canal de Historia o cualquier cosa sobre la segunda guerra mundial. Sale a pasear por el barrio, por regla general varias veces antes de almorzar, y en ocasiones durante tres cuartos de hora. Se sienta en el jardín. Lee el periódico, que debe de ser como salir de una máquina del tiempo. ¿Irak? ¿Internet? Cuando llega al final de un titular, EP normalmente ya ha olvidado cómo empezaba. Casi siempre, después de leer el tiempo garabatea el periódico, dibujando bigotes en las fotografías o recorriéndolo con la cucharilla. Cuando ve el precio de las casas en la sección de inmobiliaria, siempre se muestra escandalizado.

Sin memoria EP se sitúa por completo fuera del tiempo. No tiene monólogos interiores, tan sólo pensamientos puntuales que se esfuman en el acto. Si le quitaran el reloj de la muñeca —o, siendo más crueles, le cambiaran la hora—, estaría completamente perdido. Atrapado en ese limbo de un presente eterno, entre un pasado que es incapaz de recordar y un futuro que es incapaz de contemplar, vive una vida sedentaria, absolutamente libre de preocupaciones. «Siempre está feliz. Muy feliz. Supongo que es porque en su vida no tiene cabida el estrés», afirma su hija Carol, que vive no muy lejos. Con su olvido crónico, EP ha alcanzado una especie de iluminación patológica, una visión distorsionada del ideal budista de vivir el presente en todo momento.

—¿Cuántos años tiene? —le pregunta Squire.

—Veamos, cincuenta y nueve o sesenta, me ha pillado —responde él al tiempo que enarca una ceja con aire pensativo, como si estuviese efectuando cálculos y no adivinando—. Mi memoria no es perfecta. Es bastante buena, pero a veces la gente me hace preguntas que no entiendo. Estoy seguro de que a usted también le pasa a veces.

—Desde luego —replica amablemente Squire, aunque EP se ha comido casi un cuarto de siglo.

Sin tiempo no sería necesaria la memoria. Pero sin memoria, ¿existiría el tiempo? No me refiero al tiempo en el sentido en que hablan de él los físicos: la cuarta dimensión, la variable independiente, la magnitud que se contrae cuando uno se aproxima a la velocidad de la luz. Me refiero al tiempo psicológico, el ritmo con el que experimentamos el paso de la vida. El tiempo como constructo mental. Al ver el esfuerzo que hizo EP para decir su edad, recordé una de las historias que me contó Ed Cooke sobre su investigación en la Universidad de París cuando nos conocimos en el Campeonato de Memoria de Estados Unidos.

—Estoy trabajando en la expansión del tiempo subjetivo para tener la sensación de que vivo más —me susurró Ed en la acera, fuera de la sede de la Con Edison, de la boca colgando un cigarrillo—. La idea es evitar esa sensación que se tiene cuando termina el año de ¿dónde demonios se ha ido?

—Y ¿cómo piensas hacerlo? —quise saber.

—Recordando más. Aportando a mi vida más hitos cronológicos. Siendo más consciente del paso del tiempo.

Respondí que su plan me recordaba a Dunbar, el piloto de Trampa 22, de Joseph Heller, que razona que dado que el tiempo vuela cuando uno se divierte, la mejor forma de ralentizar el paso del tiempo es haciendo que la vida sea lo más aburrida posible.

Ed se encogió de hombros.

—Más bien al revés. Cuanto más llenamos nuestra vida de recuerdos, más lento parece que pasa el tiempo.

Nuestra experiencia subjetiva del tiempo es sumamente variable. Todos sabemos que los días pueden parecer semanas y los meses años, y lo mismo puede suceder a la inversa: un mes o un año pueden pasar en lo que parece nada.

Nuestra vida está estructurada por nuestros recuerdos de acontecimientos. El acontecimiento X sucedió justo antes de las supervacaciones en París. Hacía Y el verano siguiente a que me sacara el carné de conducir. Z ocurrió el fin de semana después de que consiguiera mi primer empleo. Recordamos los acontecimientos situándolos en el tiempo en relación con otros acontecimientos. Igual que acumulamos recuerdos de datos integrándolos en una red, acumulamos experiencias vitales integrándolas en un entramado de recuerdos cronológicos adicionales. Cuanto más densa es la red, más densa es la experiencia temporal.

Se trata de una cuestión que demuestra bien el francés Michel Siffre, un cronobiólogo (estudia la relación entre el tiempo y los organismos vivos) que llevó

a cabo uno de los experimentos personales más extraordinarios de la historia de la ciencia. En 1962, Siffre pasó dos meses viviendo en aislamiento absoluto en una cueva subterránea, sin reloj, calendario ni sol. Dormía y comía cuando su cuerpo se lo pedía, y pretendía descubrir cómo se verían afectados los ritmos naturales de la vida humana si se vivía «al margen del tiempo».

La memoria de Siffre no tardó en deteriorarse. En la monótona oscuridad, sus días se solapaban, tornándose un borrón continuo, indiferenciable. Dado que no había nadie con quien hablar ni gran cosa que hacer, no había nada nuevo que grabar en su memoria. No había ninguna referencia cronológica que le sirviera para medir el paso del tiempo. Llegado un punto, dejó de ser capaz de recordar lo que había ocurrido incluso el día anterior. Su experiencia en aislamiento lo convirtió en EP. Cuando el tiempo empezó a desdibujarse, él se volvió amnésico. Sus patrones de sueño no tardaron en desintegrarse. Algunos días permanecía despierto treinta y seis horas seguidas; otros, ocho, sin poder ver la diferencia. Cuando el equipo de apoyo en la superficie finalmente fue en su busca el 14 de septiembre, el día que estaba previsto que finalizara el experimento, en su diario sólo era el 20 de agosto. Siffre pensaba que sólo había pasado un mes. Su experiencia del paso del tiempo se había visto reducida a la mitad.

La monotonía hace que el tiempo desaparezca; la novedad lo despliega. Uno puede hacer ejercicio a diario y comer de manera saludable y vivir una vida larga y tener la sensación de que ha sido corta. Si uno se pasa la vida sentado en un cubículo enterrado en papeles, por fuerza un día se funde sin pena ni gloria con el siguiente... y desaparece. Por eso es importante cambiar la rutina con regularidad e ir de vacaciones a lugares exóticos y acumular tantas experiencias nuevas como sea posible que puedan servir para afianzar nuestros recuerdos. Crear recuerdos nuevos estira el tiempo psicológico y alarga nuestra percepción de la vida.

William James escribió por vez primera acerca de la curiosa deformación y acortamiento del tiempo psicológico en su obra Principios de psicología, en 1890: «Cuando somos jóvenes es posible que tengamos una experiencia absolutamente nueva, subjetiva u objetiva, cada hora del día. La percepción es viva, la retentiva poderosa, y nuestros recuerdos de esa época, como los de un periodo de tiempo vivido haciendo viajes rápidos e interesantes, son de algo intrincado, numeroso e interminable —decía—. Sin embargo, a medida que cada año que pasa convierte parte de esta experiencia en una rutina automática en la que apenas reparamos, los días y las semanas se disipan en el recuerdo, convertidos en unidades insatisfactorias, y los años se tornan vacíos y caen en picado.» La vida parece ir más deprisa a medida que envejecemos porque se torna menos memorable a medida que envejecemos. «Si recordar es ser humano, recordar más implica ser más humano», apuntó Ed.

Tal vez haya un poco de Peter Pan en la búsqueda de Ed para hacer que su vida sea lo más memorable posible, pero de todas las cosas con las que uno podría obsesionarse, coleccionar recuerdos de la propia vida no parece la menos razonable. Hay algo incluso extrañamente racional en ello. Existe un antiguo enigma psicológico que suele circular en cursos de introducción a la filosofía: en el siglo XIX, los médicos empezaron a preguntarse si la anestesia general que habían estado empleando dormía a los pacientes o, más bien, les congelaba los músculos y borraba sus recuerdos de la intervención. De ser ése el caso, ¿podía decirse que los médicos habían hecho algo mal? Al igual que el proverbial árbol que cae sin que nadie lo oiga, ¿se puede decir de verdad que una experiencia que no se recuerda ha sucedido? Sócrates pensaba que no valía la pena vivir una vida sin análisis. ¿Cuánto más cierto es esto en el caso de una vida que no se recuerda?

Gran parte de lo que la ciencia sabe de la memoria se debe a un cerebro dañado muy similar al de EP. Pertenecía a otro amnésico llamado Henry Molaison, al que se conocía por las iniciales HM y que pasó la mayor parte de su vida en una institución de Connecticut, hasta su muerte, en 2008. (En la literatura médica a los

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