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I EL CONTEXTO SOCIAL

In document Ser Cristiano Hans Küng (página 44-52)

Lo específico de Jesús es el cristianismo y su programa. Pag 183.

1 ¿Stablishmentent?

Jesús no fue un hombre del stablishment eclesiástico y social. Pag 183.

Cambio radical

Jesús, como los judíos de su tiempo, creía en un Reino universal de Dios, que iba a llegar en un futuro inmediato y llevar el mundo a su consumación final y definitiva. Se sentía impulsado por la intensa expectación del fin. Sin embargo, Jesús, a diferencia de la sombría amenaza del asceta Juan, predica un mensaje alegre sobre la bondad de Dios y su Reino de justicia, gozo y paz. El Reino de Dios no es sustancialmente juicio, sino gracia para todos. Tendrán fin enfermedad, dolor y muerte; acabarán pobreza y opresión. Es, por tanto, un mensaje de liberación para pobres, atribulados y agobiados por la culpa; un mensaje de perdón, justicia, libertad, fraternidad y amor. Pag 187-189.

2 ¿Revolución?

La esperanza del libertador

Para el movimiento revolucionario jugaba un importantísimo papel la expectación popular de un gran libertador, un Mesías rey, enviado definitivo y plenipotenciario de Dios. Expectación mesiánica, que difundían escritos apocalípticos, y en la que creía y manifestaba su entusiasmo el pueblo, aunque la clase dirigente judía y teólogos silenciaban y pasaban por alto. Por tanto, cualquiera que se presentase con pretensiones de liderazgo suscitaba la pregunta de si sería el Mesías o al menos su precursor. La expectación tenía variantes: unos esperaban un Mesías político vástago de David; otros anhelaban un apocalíptico Hijo del hombre, juez universal y redentor del mundo; aun el año 132 de la era cristiana Bar Kochba fue saludado como el Mesías prometido por Aquiba, el más prestigioso rabino de su tiempo.

El mensaje de Jesús tenía cierta sintonía con la ideología revolucionaria de la época. Jesús espera, como los políticos radicales, mutación básica de la situación y pronta instauración del Reino de Dios en lugar del orden humano de gobierno, porque el mundo no está en orden y debe cambiar de raíz; como los políticos critica duramente a círculos dominantes y grandes terratenientes enriquecidos; ataca desequilibrios sociales, abusos legales, codicia y dureza de corazón; habla a favor de pobres, oprimidos, perseguidos, miserables y olvidados; polemiza contra los vestidos elegantemente en cortes de reyes; se permite mordaces e irónicas observaciones sobre tiranos, que se hacen llamar bienhechores del pueblo; califica con un terrible apelativo a Herodes Antipas; no predica un Dios de poderosos y ricos, sino de liberación y redención;

profundiza la Ley y exige de sus discípulos seguimiento incondicional y compromiso sin concesiones.

Los evangelios no presentan a Jesús suave, dulce, romántico, religiosamente comedido, diplomático y equilibrado; presentan a Jesús resuelto, perspicaz, inflexible, batallador y polémico cuando es necesario, siempre impávido. Había venido a encender fuego en la tierra; no temía a quienes matan el cuerpo y después no pueden hacer más; anunciaba el tiempo de espada, extrema necesidad y peligro. Pag 192-193.

No un revolucionario social

Para hacer de Jesús un guerrillero habría que tergiversar y falsear los relatos evangélicos, seleccionar unilateralmente fuentes, interpretar arbitrariamente los dichos de Jesús, sacar de contexto las primeras comunidades cristianas, prescindir en su totalidad del mensaje de Jesús, aparcar el rigor histórico-crítico y aplicar grandes dosis de fantasía novelesca.

Jesús no fue hombre del sistema, ni revolucionario socio-político. No anuncia, como los revolucionarios de su tiempo, una teocracia para cuya instauración sean necesarias violencia y acción militar o cuasi militar. Se puede seguir a Jesús sin expresos compromisos políticos o sociopolíticos, no se dan toques de alarma contra estructuras represivas, ni se proponen caídas de gobiernos. Sin embargo, Jesús espera la subversión por parte de Dios y anuncia la inmediata soberanía de Dios mismo sobre el mundo, cuya realización sin restricciones hay que esperar sin violencia. No es una revolución activada desde abajo, sino decretada desde arriba, ante la que hay que tomar actitud decidida interpretando los signos del tiempo. Se ha de buscar primero que reine la justicia y, de cuanto se preocupan los hombres, se dará por añadidura.

Jesús no polemiza contra las fuerzas romanas de ocupación, no fomenta sentimientos antiromanos, ni instiga a la rebelión; es más, recusa la violencia, Lc 13, 1-5. No es casualidad que los evangelios, en la intensa vida pública de Jesús, no aludan ni una vez a Tiberíades, residencia de Herodes, ni a la helenista Séforis. Evita los títulos de Mesías e Hijo de David por su interpretación tendenciosa. En su mensaje del Reino de Dios se echan de menos nacionalismos o resentimientos contra incrédulos. En ningún texto se aprecia la restauración del poder del reino de David u objetivos para alcanzar el poder secular. No se aprecian en Jesús ambiciones políticas, tácticas revolucionarias, utilización de su popularidad, ni colaboraciones con otros grupos. Por el contrario, sí se aprecian en Jesús renuncia al poder, moderación, misericordia, paz: lo cual supone liberación de esa espiral diabólica de violencia y contraviolencia, culpa y retribución.

En las tentaciones, Jesús resiste la tentación de un mesianismo político y en su vida pública se mantiene firme, no dejándose monopolizar por uno u otro frente, que pretenden hacerle rey o cabeza. En ningún caso quiere anticipar o precipitar violentamente el Reino de Dios. Jesús fue condenado por revolucionario, aunque no lo fue; se entregó a sus enemigos sin resistencia. En ningún lugar aparece Jesús como cabeza de conjuraciones políticas, no habla de aniquilar a los enemigos de Israel, ni del dominio universal del pueblo israelita. En los evangelios aparece, más bien, como inerme predicador itinerante; como médico carismático que cura heridas; alivia la miseria sin perseguir fines políticos; proclama a todos y para todos la gracia y misericordia

de Dios. Incluso la crítica social de Jesús, evocadora de los profetas, no surge de un programa político-social, sino como consecuencia de la nueva concepción de Dios y hombre. Pag 193-195.

Revolución de la no violencia

La entrada triunfal en Jerusalén sobre un borrico, cabalgadura de pobres y débiles, y no sobre un caballo blanco, símbolo de vencedor y dominación, caracteriza perfectamente la actuación de Jesús. Como significativa es la purificación del templo, que los sinópticos narran a continuación, que no tuvo carácter de tumulto, porque hubiera sido detenido Jesús; fue, más bien, una acción individual, simbólica, profética y deliberada para condenar la actividad comercial y a quienes se lucraban de la misma y salvar la sacralidad del lugar. Jesús no fue un hombre del stablishment, ya que no fue conformista, apologeta del orden establecido, ni defensor de calma y orden; no trajo la paz, sino la

espada: disensión hasta en la familia; cuestionó en sus fundamentos el sistema

religioso-social judío, el orden vigente de Ley y templo, por lo que su mensaje tuvo consecuencias políticas.

Por otra parte, para Jesús la alternativa al sistema del orden vigente no era la revolución político-social; no aprobó métodos y fines del radicalismo revolucionario zelota; no predicó ninguna revolución de derechas o izquierdas:

- Ninguna instigación a negarse al pago de impuestos, Mc 12, 13-17.

Ninguna proclamación de guerra de liberación nacional, se dejó invitar por los peores colaboracionistas, poniendo como ejemplo a los odiados samaritanos. - Ninguna propagación de lucha de clases; no dividió a los hombres como los militantes de su tiempo, según el esquema amigo-enemigo, en hijos de la luz e hijos de las tinieblas.

- Ninguna renuncia socio-revolucionaria al consumo, celebrando banquetes de fiestas en época de esclavitud política y miseria social.

- Ninguna abolición de la Ley en aras de la revolución; ayudó, curó, salvó, no siguiendo el esquema de hacer feliz al pueblo por fuerza según la voluntad de algunas personas. Primero el Reino de Dios, lo demás por añadidura, Lc 12, 31.

En Jesús van parejas la acerba crítica a los poderosos e invitación al servicio, y no a la muerte del tirano, Mc 10, 42-45; su mensaje no culmina en llamar a conseguir por la fuerza un futuro mejor, Mt 26, 52; sino en llamar a la no violencia y no resistirse al mal, Mt 5, 39; a hacer el bien a quienes nos odian, bendecir a quienes nos maldicen y rezar por quienes nos persiguen, Mt 5, 44; Lc 6, 27. A la luz del Reino de Dios, que llega y debe aplicarse ya, quedan relativizadas todas las realidades, órdenes, instituciones, estructuras y diferencias existentes.

La revolución de Jesús fue radical en sentido estricto, en permanente transformación del mundo, sigue en nuestros días y seguirá. Jesús fue más revolucionario que los revolucionarios, su revolución trasciende la alternativa

orden establecido-revolución-socio-política, conformismo-no conformismo … : - ¡En lugar de aniquilación de enemigos, amor a los enemigos!

- ¡En lugar de venganza, perdón incondicional!

- ¡En lugar del uso de la fuerza, apertura al sufrimiento!

Jesús puso en marcha la revolución de la no violencia desde lo más íntimo y escondido, desde el corazón de la persona, sobre la sociedad; que el hombre cambie de mentalidad, se convierta, se aparte de sus egoísmos y camine a Dios y a sus prójimos. El hombre debe ser liberado de las fuerzas del mal: odio, injusticia, discordia, violencia, falsedad, egoísmos humanos y con ellos dolor, enfermedad y muerte. Para lo cual se requiere cambio de conciencia, nuevo pensar y escala de valores distinta. La superación del mal reside en sistemas, estructuras y sobre todo en el hombre. Se necesita libertad interior, que lleve a la liberación de los poderes externos: transformación de la sociedad a través de la transformación del individuo. Pag 195-198.

3 ¿Emigración?

En el radicalismo de fe cabían dos alternativas: el radicalismo de los zelotas, radicalismo político de fe, que postulaba el sometimiento total del mundo mediante el empleo de la fuerza si fuera necesario, la plena realización del Reino de Dios sobre el mundo mediante la intervención del hombre; el radicalismo negativo, no rebelándose, sino distanciándose y repudiando el mundo enemigo de Dios, no superando la historia, sino apeándose de la historia. Pag 199.

El radicalismo apolítico

La tradición de anacoretas y monjes en la historia de la cristiandad, organizados o no, es de aislamiento, éxodo, retirada del mundo, emigración de individuo y grupo en el orden interno y espiritual. La comunidades de vida en común en sus diversas formas suponen distanciamiento crítico y retiro del mundo.

Jesús, con un tipo de vida desacostumbrado, fue lo contrario de un tipo burgués. No fue un integrado social; carpintero e hijo de carpintero, no ejercía ninguna profesión; llevó una vida itinerante, sin asiento; predicó y actuó en plazas públicas; comió, bebió, rezó y durmió al aire libre; dejó su tierra y familia; sus parientes cercanos no le siguieron, incluso quisieron llevárselo porque le creían loco; su comportamiento externo no parecía normal; no hizo nada por ganarse la vida, que corría a cargo de un grupo de seguidores; no tenía familia por la que preocuparse, no estuvo casado; el celibato de un hombre adulto en el pueblo judío era desacostumbrado y provocativo. Sin embargo, Jesús no fue monje asceta, que se retirase del mundo en busca de perfección. Pag 199-200.

El monacato

En tiempos de Jesús existía un monacato judío bien organizado, formado por unos cuatro mil sesenios, que vivían en comunidades estables aisladas en pueblos, cuyo centro estaba en Qumrán, junto al Mar Muerto, de cuyas fuentes probablemente Pacomio, Basilio el Grande y Casiano se nutrieron y Agustín y Benito de Nursia codificaron para el mundo occidental:

- Comunidad de lugar para habitación, trabajo y plegaria. - Uniformidad en vestido, alimentación y conducta ascética.

No parece que Jesús tuviera relación con los esenios, ya que ni los evangelios hacen mención a los sesenios, ni en los documentos de Qumrán se hace mención de Jesús o de los cristianos. Pag 201-202.

No un monje

Aunque es necesario reconocer méritos de comunidades religiosas en orden a misión, predicación, teología, colonización, civilización, cultura, escuela, asistencia sanitaria, pastoral … entre Jesús y los monjes media un mundo. La comunidad de discípulos de Jesús no tuvo carácter eremítico o monástico.

1. Ninguna segregación del mundo: los esenios practicaban la emigración hacia

dentro, se segregaban del resto de la humanidad para mantenerse lejos de toda impureza, querían ser la comunidad pura de Israel. Lejos del mundo y bajo la dirección de un Maestro de justicia intentaban ser piadosos, guardando los mandamientos del Señor y preparando sus caminos. Una comunidad de santos y elegidos en el camino de la perfección, pueblo de sacerdotes, que vive continuamente en el templo.

Jesús no exige emigración, ni escaparse del mundo; la salvación no viene por derribo del yo y sus ataduras con el mundo; las doctrinas del anonadamiento interior son ajenas a Jesús; actúa en público en pueblos y ciudades en medio de los hombres; mantiene contacto con gentes de mala reputación social, impuros y rechazados por la Ley; no tiene miedo al escándalo; la pureza del corazón es más importante que todas las normas de pureza; no se sustrae a las fuerzas del mal, acepta la batalla; no huye de sus adversarios; busca el diálogo.

2. Ninguna dicotomía de la realidad al estilo de Qumrán con la contraposición

de dos espíritus, más de origen persa que veterotestamentaria, para la que existen dos principios eternos: uno bueno y otro malo.

Jesús no reconoce tal dualismo, ni siquiera en el Evangelio de Juan con la antítesis luz -tinieblas. A priori, no hay hombres buenos y malos; cada hombre puede y debe convertirse. La penitencia, que Jesús predica, sólo parte de la gracia de Dios; no predica juicio de venganza sobre pecadores e impíos; la misericordia de Dios no conoce límites; a todos se les ofrece el perdón, razón por la que no se debe odiar, sino amar a los enemigos.

3. Ningún celo por la Ley.

Los evangelios muestran que Jesús fue ajeno al celo por la Ley; en cambio, manifiestan su asombrosa libertad frente a la Ley.

4. Ningún ascetismo. Los esenios renunciaban al matrimonio para no

contaminarse de impureza por el contacto con una mujer.

Jesús no fue un asceta; nunca exigió sacrificio por sacrificio, abnegación por abnegación; no establece instancias adicionales, ni solicita prácticas especiales; en la medida de lo posible busca una mayor felicidad; defiende a sus discípulos, que no ayunan; la piedad exagerada le repugna, rechaza la teatralidad piadosa; no fue un alma sacrificada, ni exigió martirio; compartió la vida de la gente común, comió, bebió y se dejó invitar a banquetes; comparado con Juan Bautista, tuvo que oír el reproche de comilón y borracho; el

matrimonio no fue para Jesús impuro, sino voluntad del creador, que merece todo respeto; a nadie impuso el celibato; la renuncia al matrimonio era voluntaria, excepción individual y no regla para todos; la renuncia a bienes materiales no era requisito indispensable para seguirle; el mensaje de Jesús aparece como anuncio alegre y liberador bajo múltiples aspectos.

5. Ningún orden jerárquico.

Jesús no tuvo necesidad de catálogos de sanciones; no llama a sus discípulos para fundar una institución; quiere obediencia a la voluntad de Dios, con lo que obedecer libera de los demás lazos; condena la aspiración a ocupar los mejores puestos; invierte el orden jerárquico tradicional: los primeros serán los últimos y servidores y los últimos serán los primeros y superiores; sumisión recíproca, los unos al servicio de los otros.

6. Ninguna regla monástica.

En Jesús no hay noviciado, juramentos, votos; ninguna práctica piadosa regular, ninguna prescripción litúrgica, ni prolijas plegarias; nada de comidas o abluciones rituales, ni vestimentas discriminatorias; en cambio, flexibilidad, naturalidad, espontaneidad y libertad; no confeccionó reglas, ni estatutos; en lugar de reglas para el dominio del hombre sobre el hombre, ofrece parábolas sobre la soberanía de Dios; pide oración continua e incansable, presentando sin cesar a Dios los problemas, como actitud de quien todo lo espera del Señor; la oración no debe derrochar palabrería, como si Dios no supiera de qué se trata, ni convertirse en demostración de piedad ante los demás, ni en trabajo fatigoso ante Dios. Pag 202-207.

Para todos, no para una élite

Jesús es distinto: no fue un hombre del sistema, ni revolucionario político, ni practicó la emigración de asceta monástico. Se hizo famoso por su mensaje, no por su estilo de vida piadosa; predicó lo contrario de la elite de los hijos de la

luz de su tiempo; sólo Dios, que lee en los corazones, puede verificar la ruptura

con Él; no anuncia un juicio de venganza sobre los hijos de la tiniebla, ni un

reino reservado a los perfectos; anuncia un Reino de bondad ilimitada y gracia

sin condiciones para perdidos y miserables; su mensaje es de alegría y gozo

para pobres, oprimidos …

Por tanto, las comunidades cristianas deberán iluminarse con el espíritu de Jesús. Los esenios de Qumrán tal vez prepararon el camino a Jesús, pero ellos no lo encontraron; siguieron viviendo en el desierto hasta morir cuarenta años después por la confluencia de dos radicalismos: el político de los zelotas y el apolítico de los anacoretas, porque nunca mejor dicho en radicalismos

contrapuestos los extremos se tocan. Los monjes tomaron parte en la guerra

de los revolucionarios y perecieron todos.

Visto lo visto, no queda más salida que el compromiso. Pag 207-209.

4 ¿Compromiso?

Jesús, aunque en apariencia cercano a los fariseos, estuvo infinitamente lejos de ellos. Por un lado recrudeció la Ley, como prueban las antítesis del Sermón de la Montaña: la simple ira ya es asesinato; el simple deseo adúltero, adulterio. Por otro, fue de una laxitud extraordinaria: el hijo pródigo, perdido y disoluto, será tratado mejor que el que permaneció en casa, Lc 15, 11-32; el deshonesto publicano saldrá mejor parado ante Dios que el piadoso fariseo, que no es ladrón, ni adúltero como los demás hombres, Lc 18, 10-14; las parábolas de la moneda perdida, Lc 15, 4-6 y 8-9, y de la oveja extraviada, son subversivas.

Jesús, al igual que los fariseos, mantuvo una actitud de distancia frente al

stablishment sacerdotal de Jerusalén; quiso ser piadoso en el mundo, viviendo,

actuando y discutiendo en medio del pueblo y en sinagogas; fue una especie de rabbí hospedado varias veces en casa de un fariseo; fue advertido por fariseos de las asechanzas de Herodes; se atuvo a la Ley, manifestando que no había venido a derogarla, sin a darle cumplimiento, Mt 5, 17.

Sin embargo, Jesús y los fariseos mantuvieron una progresiva hostilidad, que es importante conocer bajo qué presupuestos, en qué contexto, con qué radicalidad y consecuencias se produjo, porque no es mera casualidad que sólo el judío Jesús haya hecho historia y cambiado de raíz el curso de la historia y la posición del judaísmo.

Jesús no fue un moralista piadoso, fiel a la Ley, porque sin abolirla se situó de hecho sobre la Ley:

‐  Ninguna  tabuización  ritual: Nada, que entra de fuera, puede manchar al hombre; lo que sale de dentro es lo que mancha, Mc 7, 15; Mt 15, 11. Con esta frase, Jesús quita todo valor a las prescripciones de purificación y pone fuera

In document Ser Cristiano Hans Küng (página 44-52)