COMPENDIO DEL CAPÍTULO
52 I NTERVENCIÓN PSICOSOCIAL
resolución de problemas sociales; pero también de sus limitaciones. Como es de sobra conocido, algunos tipos de acontecimientos sociales son definidos como un problema social y se espera que la Psicología social sea ca- paz de mejorar la situación. La suposición parece ser la de que si la Psicología Social funciona, entonces será capaz de resolver todos los problemas sociales. Sin embargo, tal y como se ha tratado detalladamente en el pri- mer capítulo de este libro, la realidad está muy alejada de la simpleza de esta suposición.
Desgraciadamente, los problemas sociales rara vez se definen sobre la base de criterios estrictamente científicos. Más bien se definen y se seleccionan en términos de juicios de valor, políticos e ideológicos. Por ejemplo, en el ámbito de la salud, eso significa no sólo que los pacientes discutan frecuentemente que ellos estén o no enfermos, sino también que la enfermedad, sea la que fuere, no es sólo una cuestión bioló- gica y psicosocial, sino que siempre tiene ingredientes políticos (véase capítulos 7, 9 y 14), económicos (véase Capítulo 6), o culturales (véase a este respecto el epígrafe «La diversidad humana» en el Capítulo 8). Y eso no quiere decir que la Psicología social no pueda resolver problemas importantes, sino que hay que ser cons- cientes de los límites dentro de los que se mueve y del tipo de contribución que realmente puede hacer. Y al mismo tiempo deberíamos aceptar que la Psicología Social Aplicada es, más que una disciplina ideo-
lógica, una ingeniería social que puede servir a intereses ideológicos muy diversos.
A pesar de que podemos reconocer la necesidad de una ingeniería psicosocial para contribuir a resolver los problemas que aquejan a un grupo en un momento histórico-social determinado, nuestro pasado y presente es- tán repletos de ejemplos en los que las mejores intenciones y la inversión de recursos entroncan con una inadecuada planificación de la intervención y tienen como resultado el fracaso, el desencanto y la desesperan- za de una sociedad. Así pues, parece absolutamente necesario contar con una adecuada y rigurosa hoja de ruta que nos permita obtener los beneficios que la Psicología social puede aportar a la mejora de la calidad de vida y el bienestar. En los siguientes apartados vamos a describir las fases que se deben tener en cuenta para que le calidad de vida y el bienestar puedan ser una realidad.
2. FASES EN EL DISEÑO DE UN PROGRAMA DE INTERVENCIÓN
Ahora que ya hemos resaltado la importancia de la intervención psicosocial y la necesidad de la planificación de la misma, vamos a abordar las fases más importantes del diseño de una intervención. En Cuadro 2.1 quedan recogidos los que entendemos como pasos necesarios, cuando no imprescindibles, para llevarlo a cabo de ma- nera exitosa.
En este punto no podemos perder de vista que hay ciertos pasos a seguir que todo proyecto debe considerar para asegurar que se desarrollen e implementen estrategias de intervención eficaces que conduzcan a mejoras reales. Además, otra cuestión importante se refiere a la continuidad del proceso de planificación. Aunque exis- te cierto orden en cuanto a los pasos iniciales para encarar un proyecto, éstos son evolutivos por naturaleza, y a lo largo de su desarrollo entrarán en juego diferentes aspectos de cada fase y se implementarán distintas es- trategias de intervención y evaluación. Cabe destacar, por último, que alguna de las fases será tratada en mayor profundidad en otros capítulos de este manual, por lo que en este momento las trataremos más sucintamente.
2.1. Identificación del problema o necesidad
El primer paso en el diseño de un programa de intervención dirigido a resolver un problema que se ha detecta- do es la identificación y definición del mismo, así como de la población en la que se produce, que desde este momento denominaremos población diana del programa. La intervención puede plantearse como consecuencia
de un deseo de resolver un problema actual o de prevenir problemas futuros. Si el problema no se define co- rrectamente, apenas tendremos oportunidades de diseñar una buena intervención.
Para diseñar la intervención es esencial establecer un enunciado descriptivo del problema en términos que nos permitan comprender y compartir con el resto del equipo de intervención su problema y sus manifesta- ciones. El enunciado del problema está muy ligado a su fundamentación teórica porque la manera en que es conceptualizado está íntimamente relacionada con la teoría mediante la cual es visto, y es bueno considerar varias aproximaciones antes de tomar cualquier decisión. Por ejemplo, podemos decidir que la naturaleza del problema de un adolescente que consume una gran cantidad de cigarrillos está en sus actitudes (una teoría cognitiva interpersonal) o, alternativamente, que el problema puede basarse en las normas sociales por las que ese grupo de adolescentes se rige (una teoría contextual). De manera semejante, para entender el pro- blema referido a las adolescentes que no han usado un método anticonceptivo para evitar un embarazo no de- seado, podemos plantear que está primordialmente relacionado con sus propias creencias acerca de las causas del embarazo o, alternativamente, podemos relacionarlo con circunstancias contextuales que impiden que las jóvenes pongan en práctica sus conocimientos sobre anticoncepción. Algunas de estas consideraciones las encontramos en los capítulos 4 y 10. Por ello, con independencia de la estrategia elegida en la intervención, el primer paso consiste en identificar y definir el problema sobre la base de unos criterios que deben ser cla- ros y específicos.
Para trabajar sobre el problema o necesidad que precisa análisis e intervención, tenemos que definirlo en términos de conductas problema, establecer indicadores para evaluarlo y analizar la pertinencia de esos indica- dores. Es decir, debemos establecer si están justificados en términos sociales, si responden al problema o ne- cesidad intervenida, si permiten determinar las consecuencias de poner o no en marcha el programa, si permiten determinar razones que aconsejen interrumpir el programa, si permiten evaluar y decidir si modificar, parar o continuar, y si se corresponden con las metas a corto, medio y largo plazo establecidas. Véase a este respecto el Cuadro 2.2.
Cuando podamos responder afirmativamente a estas preguntas, estaremos en disposición de decir que hemos identificado adecuadamente los indicadores relacionados con el problema sobre el que vamos a trabajar.
Una vez claramente identificado el problema y adecuadamente definido, deberemos traducir esa definición de forma operativa. Definir operativamente el problema es concretarlo de manera que sea manejable, es decir, que se puedan establecer y cuantificar cada uno de sus elementos. En otras palabras, definir operativamente el problema es describirlo en términos de las variables relevantes que lo componen, que nos permitan su medida, manejo y/o su tratamiento.