COMPENDIO DEL CAPÍTULO
50 I NTERVENCIÓN PSICOSOCIAL
conjunto de pacientes, podemos desperdiciar una oportunidad y unos recursos preciosos para dar una adecua- da respuesta al problema. Si abordamos el problema sólo desde una perspectiva psicosocial, estaremos hacien- do también un flaco servicio a la comunidad ya que habrá aspectos que dejaremos inexplicablemente de lado. Por último, si no contamos con los especialistas y perfiles profesionales adecuados, cometeremos errores de omisión o de comisión (por ejemplo, conducir un programa de intervención en la comunidad en la que el dise- ño de soportes informativos es realizado por personal ajeno al mundo de la comunicación).
En la práctica, no es raro encontrar equipos de trabajo interesados en identificar qué factores están relacio- nados con la aparición, progreso y/o remisión del SIDA y en cómo responden los pacientes ante un tipo de te- rapia u otra, su nivel de cumplimiento terapéutico o su control percibido sobre los resultados. En cambio, si el objetivo de otro equipo es la detección precoz del SIDA, la rehabilitación del paciente en situación crónica, el impacto de la misma en su vida diaria, o su prevención (véanse capítulos 4 y 10) entonces la naturaleza de sus proyectos y sus hipótesis de partida serán muy diferentes y sus programas de intervención también.
La perspectiva psicológica se refiere, por un lado, a las respuestas de las personas ante su situación de sa- lud o de enfermedad y, por otro, a sus conductas de salud (saludables o insalubres). En el primer caso, los pro- blemas pueden plantearse, por ejemplo, respecto al cumplimiento de las prescripciones terapéuticas, al control percibido sobre los resultados, al impacto que la situación tiene sobre el estado emocional de las personas o so- bre su vida social, a la forma de afrontar el problema que supone (si lo supone), a la adaptación a la situación de enfermedad, etc. En el segundo caso, los problemas se plantean fundamentalmente sobre los aspectos psi- cosociales de las conductas preventivas de enfermedad o de conductas promotoras de salud. Pero además, co- mo ya ha quedado claro en el Capítulo 1, a la hora de hablar de intervención psicosocial nos referimos a la intervención ante problemas cuya naturaleza no será, salvo en casos muy específicos, individual, sino social. La práctica totalidad de los capítulos de este manual son un excelente ejemplo.
Es decir, en el campo de la intervención social, los problemas abordados son multifacéticos y complejos y, sólo en parte, psicológicos. La solución, por ejemplo, de problemas de interacción y comunicación ciudadana en un barrio puede ser arquitectónica, pero también puede ocurrir que esa sea una solución insuficiente si no cambian las actitudes de sus moradores. A veces, esos mismos problemas se inscriben dentro de un marco por completo alejado de las dimensiones físico-arquitectónicas. En el Capítulo 7 tendremos ocasión de ver un cla- ro ejemplo. Allí se propone una intervención que intenta reconstruir el tejido social hecho añicos después de un prolongado conflicto bélico recomponiendo las maltrechas relaciones sociales. Intervenimos para cambiar.
La relación que establecemos con los problemas sociales es necesariamente en modo de acción-reacción: para cambiarlos tenemos que conocerlos, y cambiarlos nos ayuda a conocerlos. Podemos partir del conocimiento para actuar, o partir de la acción para acumular conocimiento sobre ella (teoría de la acción social) o sobre la realidad transformada. Y puede ocurrir, por fin, que el proceso de intervención se convierta realmente en una interacción en el sentido más estricto del término: el equipo de intervención y la realidad social pueden cam- biar como resultado de la interacción propiamente dicha, alcanzando tras ella un estado y una relación mutua diferentes a la inicial (Sánchez Vidal, 1991).
Ese es, en parte, el sentido del trabajo de Kurt Lewin, al rechazar la escisión entre ciencia y praxis, urgien- do la integración de ambas en un trabajo continuo en el que los practicantes investigarán cuidadosamente los efectos de sus acciones interventivas y los teóricos buscarán aplicaciones sociales relevantes para sus formula- ciones. Para Lewin la investigación en Psicología social debe partir de una situación social concreta que hay que modificar. Debe inspirarse en las transformaciones y componentes nuevos que aparecen durante y bajo el influjo de la misma investigación y debe prolongarse mientras que sus objetivos no hayan sido plenamente al- canzados. La investigación debe ser una acción social, debe permitir a los investigadores encontrar sobre el te- rreno, con ocasión de una acción social, condiciones óptimas para descubrir las constantes y las variables en juego en el grupo humano (Lewin, 1948).
Nuestro interés al diseñar una intervención nunca se produce en el vacío, sino que nace cuando identifica- mos un problema que necesita ser resuelto. Un problema puede ir desde conductas que, por ejemplo, ponen a
las jóvenes del barrio donostiarra de Alza en riesgo de infectarse de SIDA (véase Capítulo 4), hasta problemas de ajuste psicológico y familiar a los que, por ejemplo, se enfrenta una mujer embarazada seropositiva (Sza- pocznik y Pequegnat, 1995), o a los que se enfrenta una pareja en crisis (véase Capítulo 18). En este manual tendremos ocasión de ver casos específicos como son la intervención con inmigrantes, el apoyo domiciliario o el acogimiento residencial de protección infantil, entre otros. Todos ellos son ejemplos de los distintos ámbitos de intervención psicosocial a los que nos enfrentamos y que podríamos incluir, a título meramente de ejemplo y siendo conscientes del peligro reduccionista que puede entrañar, en una serie de ámbitos susceptibles de ad- mitir varios programas de intervención:
• Salud física y mental: la educación para la salud en la comunidad (véase Capítulo 4), la prevención/in- tervención a través del desarrollo de hábitos de crianza y cuidado, la intervención de crisis con víctimas de catástrofes (véase Capítulo 14), la formación de para-profesionales, voluntarios o mediadores socia- les en tareas sanitarias, educativas o sociales (véase Capítulo 10), la planificación, organización y me- jora de servicios de salud, los programas de habilidades sociales, etc.
• Servicios sociales: la orientación e información, la promoción y cooperación social, la ayuda a domici- lio (véase Capítulo 11), la facilitación de la convivencia, la intervención en familias disfuncionales, la infancia (véase Capítulo 6) y los adolescentes de riesgo (véanse capítulos 4 y 10), los problemas de la mujer y de la vejez, la prevención de la marginación y delincuencia juvenil, los programas de habilida- des sociales, etc.
• Justicia: la ayuda en la rehabilitación de internos carcelarios, la formación y capacitación psicosocial y educativa de internos, las alternativas al internamiento carcelario, los programas de habilidades socia- les, la violencia política (véanse capítulos 7 y 9), etc.
• Trabajo y Organizaciones: las consecuencias del desempleo, la salud laboral, la prevención del estrés laboral, la promoción de la calidad de vida laboral, la inserción social y profesional de desempleados de larga duración, la promoción de la satisfacción laboral, la reinserción social, la prevención de disfun- ciones en la empresa (alcoholismo, absentismo, siniestralidad...), el bienestar humano en la empresa, la prevención de los efectos negativos de la jubilación, los programas de habilidades sociales, etc. • Educativo: escuelas de padres, prevención de las drogodependencias (véase Capítulo 13), promo-
ción de conductas saludables, prevención de la violencia, complementación educativa o extracu- rricular a estudiantes social o culturalmente deprimidos o en desventaja, programas de habilidades sociales, etc.
• Socio-ambiental: la animación socio-cultural, las actividades y talleres dirigidos a la comunidad o gru- pos específicos (véase ejemplos en los capítulos 4, 9, 10 y 14), las actividades recreativas desde centros cívicos con finalidad comunitaria, la dinamización deportiva ligada a la prevención de grupos de riesgo (véase Capítulo 5), etc.
• Cultural, tiempo libre, deporte: el diseño de entornos físicos con un impacto comunitario específico, la participación comunitaria en planes de intervención urbana, la personalización de espacios interiores y abiertos.
Como se puede apreciar, y tal y como se anunciaba en el Capítulo 1 (véase epígrafe 1.5., «Aplicar e interve- nir»), los casos en los que se pueden aplicar los programas de intervención social son casi innumerables y, en este punto, debemos ser conscientes de lo mucho que la Psicología en general, y la Psicología social en par- ticular, pueden aportar al tratamiento de las enfermedades de la sociedad, es decir, a la prevención, mejora y