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III LA ESTÉTICA EN LA DIALÉCTICA DE LA MODERNIDAD

In document Estética y Teoría del Arte l (página 36-38)

Con el fin de bordear desde otros ángulos los contenidos de la Estética, resulta intrigante detenerse en el papel que juega la nueva disciplina en la propia dialéctica de la Ilustración y, posteriormente, de la entera modernidad. Su autonomía disciplinar, en efecto, brota y se nutre de la problemática más amplia de la emancipación del sujeto moderno, de su emergencia y alumbramiento. El hombre se proclama a sí mismo ese sujeto autónomo en la acepción ilustrada, el cual no ha de ser interpretado solamente a la luz de la historia, sino ante todo como una categoría filosófica que bañará al propio comportamiento estético y artístico. Pero, a su vez, a través de lo estético el sujeto no sólo se afirma en su propia autonomía , sino que complementa el proceso inacabado, abierto, de la misma desde el dispositivo de las potencias o facultades humanas. Por este proceder es cómo la Estética protagoniza uno de los episodios más gloriosos y al mismo tiempo más arriesgados de la propia filosofía trascendental. Ciertamente, no es este el momento de

ahondar en ésta, pero sí de llamar la atención sobre las virtualidades que encierra su inserción en el campo incontaminado del sujeto trascendental y sus colisiones con el sujeto empírico.

Contradicciones o antinomias que, precisamente, dejarán una impronta duradera en las vicisitudes de su despliegue en nuestra modernidad estética ,artística o incluso política y social.

Desde esta perspectiva, la problemática estética y su permanente presencia en los debates filosóficos es deudora de lo que suele llamarse la Ilustración insatisfecha. En ocasiones da incluso la impresión de que si bien desde la crisis de la modernidad más ortodoxa a mediados de los años setenta del pasado siglo, a partir de la ruptura epistemológica y estética de lo que es convención admitida denominar la “postmodernidad”, parece apremiarnos la clausura de los postulados de la primera, no estamos en condiciones de sustraernos y renunciar a su herencia y efectos o, por lo menos, ecos y resonancias. En esta dirección, renuente a las prisas de los postmodernos inquietos y nerviosos en extinción que a menudo, sin ser tal vez conscientes de ello, se zambullen en el hipermodernismo de una segunda modernidad auspiciada por las nuevas tecnologías, continuamos debatiéndonos , no sólo especulativa sino vitalmente, en una modernidad inconclusa, insatisfecha, por borrosa que aparezca. Incluso, cuando nos invade la sensación de que se extingue, en este ocaso no se apagan sus últimos resplandores y bien pudiera evocarse aquella añorante y hermosa metáfora de que el sol se ha puesto, pero el cielo de nuestras vidas continúa siendo iluminado y hasta calentado todavía por él. En él, asimismo, parecen revivir la variedad y la vivacidad de algunas de sus vitales alegrías, lo cual no es óbice para que se marchiten muchas de las ilusiones del pensamiento y la tradición ilustrada en sus versiones más optimistas , particularmente las dialécticas y utópicas.

Lo estético y lo artístico se inscriben por tanto en la dialéctica de la Ilustración con un

estatuto ambivalente que no han logrado sacudirse a lo largo de la modernidad ni en la actualidad. En efecto, si por un lado en el mundo moderno aquellos se despliegan acompañando al proceso de diferenciación epistemológica, antropológica e histórica de ciertas capacidades humanas y sus manifestaciones, por otro, las disfuncionalidades que sacan a la luz no han de imputarse a la autoconciencia y la autonomía cuanto a las frustraciones de muchos de los objetivos que se planteaba y de las ilusiones que han venido albergando desde el optimismo de la perfectibilidad , si es que no del progreso, que ha contagiado a las visiones de la Razón práctica, histórica o política y a las previsiones del pensamiento ilustrado, dialéctico y de las vanguardias artísticas.

Como he insinuado, la Estética cuanto conjunto de unos saberes más articulados, brota de la conciencia emancipadora de los sujetos , se instaura como un orden del discurso que equivale a una práctica naciente de este nuevo sujeto universal, pero, precisamente, a esto se debe su estatuto no menos ambivalente. Si es cierto que a veces puede apuntarse ciertos triunfos ilustrados, también se muestra proclive a acoger en su seno las impotencias de un proyecto tan ambicioso como abstracto y alimentarse del carácter contradictorio del sujeto burgués . En particular, del que propician las confrontaciones entre los sujetos trascendentales y los empíricos, entre el deber y el ser, entre la Historia en abstracto y las historias concretas, y así sucesivamente.

En este marco, aunque la Estética y los comportamientos que explora pueden ser asumidos como ingredientes de la apropiación y del dominio del mundo, pronto resultan un tanto incómodos como contramovimientos tendentes a contrariar esas relaciones de apropiación, renuentes a asumir las secuelas más radicales de una admisión tan atrevida de lo estético y del arte en la economía política y psíquica. Desde sus albores hasta el presente, lo decisivo es que delata al mismo tiempo unos compromisos con la emancipación y con sus impotencias, así como que sus horizontes trascendentales incorporan los contenidos empíricos a medida que se despliegan en las realidades concretas. Por ello no es de extrañar que ciertas inquietudes que nos asaltan en la presente coyuntura sintonizan con otras pretéritas y estas sospechas invitan a sopesar si algunas de nuestras perplejidades no han ensombrecido ya otros horizontes. Precisamente, aquellos en los que, como he sugerido en La estética en la cultura moderna (1982) y en otros ensayos1 ,referidos a los debates

A consecuencia de lo anterior , problemáticas tan decisivas en la fundación de la Estética y, todavía más comprometidas en el despliegue histórico del comportamiento estético y del arte, como sean el papel complementario de la gnoseología inferior respecto a la superior o los encontronazos con la lógica, la ciencia positivista o la razón pragmática e instrumental, la universalidad del gusto, el desinterés estético etc., pueden ser leídos desde ángulos bien distintas a las que solemos encontrar en la inocuidad académica o las historias habituales de la Estética. En esta dirección, las tensiones epistemológicas respecto a lo lógico y lo racional en general, se han visto acompañadas y reforzadas por unas tiranteces éticas, deudoras asimismo de sus orígenes emancipadores.

En ambas tensiones no se trata, por supuesto, de retomar los añejos problemas entre el arte y la verdad o entre el arte y la moral en la acepción positiva, preilustrada, sino de percatarse de las secuelas que se desprenden , por ejemplo, de los conflictos que propician los comportamientos estéticos y artísticos con el análisis de las riquezas, como se pusiera de manifiesto desde el empirismo inglés, o con la posterior economía política, como se ha repetido hasta la saciedad después o incluso en nuestros días. No menos consecuencias segregan sus tempranas connivencias con una orientación de lo ético vinculado a la noción de la libertad, cualidad suprasensible del sujeto, Aufgabe o cometido a ser alcanzado a través de la educación individual y colectiva del ser humano. Precisamente, aquí hunden sus raíces las hipótesis sobre la revolución estética, la educación estética, la nueva sensibilidad etc., que en el curso de la modernidad fomentan expectativas varias que pueden culminar tanto en la utopía estética y el Activismo artístico como en la Estetización de lo político. Sea como fuere, estas tensiones y otras derivadas serán asimismo las que se acusen en las disfuncionalidades que jalonan sus constelaciones históricas, las que se interpondrán de continuo entre las ambiciones disciplinares y los desarrollos históricos posteriores.

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