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Ilona llega con la lluvia: motivos de lo insular

Ilona llega con la lluvia, aventura delirante relatada por Álvaro Mutis, asume el mundo desde la perspectiva de su protagonista Magroll el Gaviero como una vigilia y difusa geografía que explora no solamente el ritmo secreto de la costa oriental de Panamá (Puerto Cristóbal), sino que lo muestra como el macrocosmos más allá de sí mismo, postulando todo el universo de la realidad caribeña. Una vista preliminar del texto apunta a la presencia de un largo viaje al interior de los sueños condensados en un ambiente de alucinaciones y nostalgias, vértigos y azar que dominan a cada uno de los personajes.

Aunque la novela es relativamente breve, se encuentra dividida en seis capítulos. En cada uno de ellos aparecen elementos que muestran el motivo de la insularidad desde diferentes perspectivas y puntos de vista que oscilan entre la descripción de la naturaleza insular, la presencia de diferentes sentimientos dado a las situaciones específicas en que se ven inmersos cada uno de sus personajes, la presencia de otras culturas en su etapa floreciente, entre otras características vinculadas a la condición insular que aparecen de forma reiterada en el análisis del texto.

En el inicio del primer capítulo aparece la descripción de la naturaleza antillana que se asume desde la perspectiva de Magroll al arribar a las cercanías de Puerto Cristóbal en su relación con el final de la larga y accidentada travesía del Hansa Stern. En ella se percibe cierto sentimiento de añoranza por la separación del individuo del mar hacia una realidad incierta donde las primeras señales que aparecen de esta ruptura no son nada alentadoras:

La embarcación avanzaba por entre una charca gris en la que flotaban restos anónimos de basura y aves muertas que comenzaban a descomponerse. La superficie oleaginosa dejaba paso a la quilla creando

una lenta ola que iba a morir perezosamente. Estábamos lejos del siempre mudable desorden del mar.43

En este primer pasaje descriptivo se anuncia la ruptura de cierta forma de vida a la cual el protagonista ya se había acostumbrado, la amenaza de atracar en tierra era eminente, ello también anunciaba no solo el final de una vieja rutina sino el advenimiento a otra que no ofrece grandes expectativas. Aspecto este que se acentúa con la presencia de otros pasajes descriptivos que aparecen en el capítulo; y en una misma proyección que el anterior no perciben otra finalidad que la de acentuar la presencia de diferentes sentimientos anunciadores de una condición rutinaria y estática:”un sordo agobio crecía dentro de mí a medida que se prolongaba el silencio de esa agua muerta y lodosa (…) se extendía por el cielo una tenue neblina nacarada y traicionera”.44

En otra instancia descriptiva se anuncia en una manera más diáfana la tendencia a lo estático y lo monótono que caracteriza la vida en el Caribe desde una proyección meramente pesimista de lo que significa y simboliza el hecho de vivir en una isla. Esto se manifiesta a través de la descripción en breves sentencias de la noche antillana, de la forma en que se anuncia la llegada de una nueva jornada nocturna sin muchas expectativas ni cambios, la misma fiesta de la noche antillana que se repite una y otra vez. Otro elemento significativo dentro del segmento que sigue a continuación es el sentido paradójico e irónico que lo envuelve, elementos que aparecen como condición primigenia del ser social caribeño frente a un callejón sin salidas que no le deja otra opción que aceptar su realidad sin la mera intensión de cambiarla, terminando finalmente por acostumbrarse a ella: ”la noche había caído por completo. Las luces del

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Op. cit., p. 113.

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Puerto se encendieron con sus avisos chillones de neón. La música de cabarets y cantinas comenzaba la ronca y triste fiesta del trópico antillano”.45

También se destaca en este primer capítulo también la evocación a otras culturas caribeñas que han sido transplantadas de su lugar de origen, como es el caso del jamaicano que viene a entrevistarse con el encargado del Hansa Stern para tomarlo como prenda de garantía por los acreedores del capitán y dueño del barco: “El que parecía ser ahí el jefe, un negro de los que allí llaman jamaiquinos por descender de aquellos que los yanquis importaron de esa isla para ocuparlos en la construcción del Canal”.46

Es importante tener en cuenta que en él se alude a un suceso histórico trascendental para el desarrollo económico y social de la región, la construcción del Canal de Panamá, donde confluyen quasiesclavos de diferentes etnias y geografías, que nutren con su variopinta presencia el universo caribeño:

Magroll es un marinero contrabandista, lleno de ecos contradictorios para quien el sueño es como una especie de guillotina aterciopelada y piadosa que nos deja a la orilla de olvidadas regiones de la infancia o de oscuros rincones de la historia, poblados por figuras que vivimos como fraternas presencias infalibles. Cuando llega un nuevo desastre, una mala racha, busca refugio en la conversación con compañeros de bar, prostitutas o estimados amigos, en el extranjero, con los que mantiene una curiosa correspondencia sobre el destino de las grandes dinastías de Occidente:

Cuando una de esas rachas se ensaña sobre mí, sigo disfrutando de las compañías de mis compañeros de bar, la complicidad de amigas de ocasión, el diálogo con las sabias y reposadas “madames” de las casas

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Ibid., p. 117.

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de citas y compartiendo con algunos entendidos y muy estimados amigos, dispersos del planeta, la especulación sobre el destino de las grandes dinastías de Occidente(…) En Puerto Rico , por ejemplo, sigo meditando con un muy querido y más que eminente historiador, sobre las consecuencias del matrimonio de María de Borgoña con Maximiliano de Austria.47

En el segundo capítulo de la novela las marcas de la insularidad aparecen vinculadas estrechamente a la descripción del paisaje insular y a la realidad social y situaciones particulares que enfrenta Magroll en Panamá. En la medida que se prolonga la estancia del protagonista en ese país se acentúa cada vez más su condición de miseria que lo obliga a vestir harapientos ropajes y a hundirlo en los efectos del vodka; provocando su degradación y decadencia espiritual. El individuo comienza a experimentar un desánimo y una soledad incontenible que logra desestimar por instantes aunque con la leve sensación de quien penetra en un abismo. La descripción del paisaje insular, incluida la visión que tiene el protagonista del mar, guarda estrecha relación con su estado anímico:

Unas gaviotas despistadas giraban sobre el agua lodosa y casi inmóvil, idéntica a la que había visto en Cristóbal. Ese mar mancillado infundía en el ánimo un sabor de fracaso y mezquindad que no era precisamente lo que hacía falta para levantarme la moral.48

Magroll, en su refugio contra el asalto del mar de lo inconsciente, deambula por las calles para combatir el insomnio mascullando el silencio que se torna pétreo como las mismas murallas que defienden pasados gloriosos. Es en estos momentos cuando el viajero se encuentra al borde del abismo pascaliano frente a la oscura inmensidad de la desesperanza: “Un vodka a tiempo y una amiga ocasional, que no volvería a encontrar

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Ibid., p. 124.

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jamás, eran bastantes para salvar ese momento en que pensamos que hemos tocado el fondo del pozo.”49

Aparecen en el texto paisajes del trópico, de la lluvia y el aire que queman la piel inmersos en un anhelo por recuperar la memoria perdida, aunque el mundo exótico no aparece como fin narrativo en sí mismo. En este segundo capítulo llegan los aguaceros como bendición de esa tierra desértica que comienza de nuevo a resucitar aunque para el protagonista el clima de la cuidad no le despertaba mucho los ánimos: “Iba a tener para muchos meses en ese istmo de aguaceros interminables y pausadas olas de temperatura de baño turco”.50

Otro elemento importante que aparece para enriquecer la descripción de la naturaleza en este capítulo es la aparición de los grillos. Los insectos se perciben rodeados de una aureola de pesimismo que anuncia el advenimiento de la noche insular que nada tiene de especial respecto a las noches de otros lugares de la tierra. Para Magroll el Gaviero, hombre de mar y tierra que ha viajado tanto por el mundo, ni la naturaleza de la isla ni sus noches representan algo fuera de lo común: “Los grillos iniciaban su orquestada gritería y las luces de neón se encendían con la vulgar estridencia de colores que uniforman todas las noches de todas las ciudades de la tierra.”51

Un recurso importante que aparece en el capítulo en estrecha relación con la condición insular del individuo es el constante ejercicio de la memoria. A través de una retrospectiva en los recuerdos del Gaviero, el narrador se detiene en los escollos pasados que evocan sus duros días de trabajo en el hospital de Salinas transportando enfermos purulentos a recibir la brisa marina; también aquellos en que operaba como

49 Ibid., p. 129. 50 Ibid. 51 Ibid., p. 130.

fogonero en un buque que transportaba pieles desde Alaska hasta San Francisco. El individuo mediante la resurrección de situaciones más difíciles que su condición actual trata de evadir la realidad sobre la base de la comparación y la conformidad de su destino. Él mismo expresa durante ese viaje al pasado: “pensé que habían terminado en verdad mis días de vino y rosas, si es que alguna vez los tuve”.52

El aroma agridulce de la lluvia sobre esa tierra agradecida invade los pulmones “es dicho aroma, de somnolencia y frescura el que satura sus mejores textos, con sus grandes olas de calor, de piel, de dicha, de río y mar nutricios, y es él, agua que cura y limpia, fiebre que expande el deseo”.53 Así también es en “Ilona, el agua primigenia” que llega para que la vida florezca. Es con la lluvia que llega esta enigmática mujer a Magroll, llena de proyectos para palear la soledad y angustia de viajeros como el que buscan paraísos que andan perdidos.

Con la reaparición de esta antigua amiga en la vida de Magroll se opera un cambio significativo en relación con el motivo insular en consonancia con los estados de ánimo del protagonista. La descripción del paisaje, la noche, la lluvia y la vida aparecen con nuevos significados alegóricos y sentimientos análogos llenos de esperanzas y sueños que pueden realizarse. En este tercer capítulo se anuncia la resurrección de días gloriosos. La perspectiva de la naturaleza aparece como símbolo del renacimiento de la vida y de las esperanzas de un futuro más próspero: “La noche llegó de repente y los grillos iniciaron sus señales nocturnas, su cántico pautado de silencios irregulares que recordaban el ritmo de alguna respiración secreta y generosa del mundo vegetal.”54

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Ibid., p. 140.

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Juan Gustavo Cabo Borda: Álvaro Mutis, Protocultura, Bogotá, 1989, p.22.

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También se destaca en el texto cómo el final de la estación de las lluvias y la llegada del verano anuncian nuevos sueños, expectativas, proyectos que se realizarán condicionados por la fe en el azar y en lo inesperado. Una vez más la conducta y manera de obrar en los oscuros e inciertos senderos de la vida están motivadas por las condiciones climáticas y medioambientales exclusivas del Caribe: “Las lluvias se fueron espaciando y entramos de lleno al verano soberbio del istmo que tiene para mi secretas y muy eficaces virtudes de exaltación.”55

La llegada de Ilona en la novela implica una amplificación de los espacios novelares por la condición itinerante del personaje. Nacida en Trieste, de ascendencia macedónica, muestra en su apellido los avatares y mutaciones de distintas circunstancias (Grabowska o Rubistein). Magroll puede encontrarla en Alicante, Estambul, o Panamá para viajar por ríos, páramos, selvas y mares. Tanto Magroll como Ilona padecen un sentimiento de desapego y no pertenencia. Para ellos no importa el más allá. Tiempo y espacio importan en la medida que se amolden al aquí y al ahora. Viven el carpe Diem horaciano porque saben que tanto el pasado como el futuro son infinitos y como infinitos, imposibles. Lo que importa es el momento que eternizan con su pasión reverberante. En eso consiste su felicidad; en no apegarse a nada, ni al mismo amor que los subyuga pero que saben compartir. Ilona es la matriarca, la hembra seductora que se acepta compartida antes que perdida porque ella es un macro que postula la totalidad:

La vida con Ilona se cumplía indefectiblemente en dos niveles (…) había un estar siempre con los pies en la tierra, en una vigilancia inteligente pero nunca obsesiva de lo que nos va proponiendo cada día como solución al rutinario interrogante de ir viviendo (…) una imaginación, una desbocada fantasía que instauraba (…) escenarios, horizontes siempre

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orientados hacia una radical sedición contra toda norma escrita y establecida.56

Toda la verdad que encierra la conducta de Magroll vaga en un territorio en que los conceptos de ficción y realidad adquieren perfiles confusos, Mutis le da la vuelta a un esteriotipado exotismo saturado de realismos maravillosos y los sitúa como retórica y puro artificio de una particular concepción del mundo. El novelista no se limita a ejercer una mera crónica de un continente maravilloso o mágico, sino que convierte a América en el recipiente de ese exotismo, al ser desde este continente donde surjan diversas especulaciones sobre el pasado de Europa, contemplándolo como exageración, exceso, como juego desde la ironía y el cansancio.

En ocasiones, imágenes de la miseria se convierten en elementos míticos y llegan a adquirir cierto carácter simbólico por evocar momentos regocijantes y gloriosos, muestra de cierto interés por no desapegarse del todo del pasado:

Recogí un par de camisas, unos zapatos tenis intransitables y unos pantalones de mezclilla, informes y manchados de aceite, que guardaba, más por agüero y cariño que con intención de usarlos. Era de mis días de New Orleans y de Hansa Stern y no quería salir de ellos. Hay prendas que adquieren el valor de amuletos. Suponemos que nos protegen contra el desastre y por eso jamás me desprendo de ellas y sus hipotéticos poderes propicios nunca probados.57

Desde el momento en que se lleva a cabo el reencuentro, Magroll deja en claro, porque es él quien narra la historia, que esta mujer que llega con las lluvias de este trópico panameño es alguien entrañable, una amiga para el goce del espíritu y de la materia, con quien ha estrechado un vínculo solidario pero sin compromisos, asumido por ambos con total libertad.

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Ibid., p. 147.

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Ilona no solo llega a la vida de Magroll para atenuar la soledad de su errancia, sino como portadora de una fórmula que podría salvarlo de la penuria económica: montar un burdel con el dinero que ella tiene ahorrado. Villa Rosa se llamará ese sitio que Ilona ha concebido para ser atendido por prostitutas disfrazadas de aeromozas de reconocidas aerolíneas. Antes de concertar tales planes, la relación amorosa y sexual de ambos transcurría indistintamente de la siguiente manera:

Hacíamos el amor por las tardes, con la lenta y minuciosa paciencia de quien levanta castillos de naipes. Después del torrencial y libertador derrumbe de cartas, nos lanzábamos a evocaciones de comunes amigos, de lugares compartidos y disfrutados en otras épocas, de platos inolvidables saboreados en rincones solo por nosotros conocidos y de tempestuosas borracheras que habían terminado indefectiblemente, en las estaciones de policía o en las capitanías de los puertos.58

La memoria de Magroll aparece llena de agujeros donde figuran personajes, ciudades, aromas, odios, cartas; a través de los cuales se produce la reconstrucción de su mundo interior. Realiza un cúmulo de especulaciones extravagantes e inútiles tratando de destruir la historia y evocar futuros días de gloria, mecanismo caracterizador de una psicología insular.

Aparece también en el texto el invocado azar que guarda estrecha relación con la condición propia del sujeto caribeño. En este caso pondrá a Magroll al frente de un próspero burdel, regentado junto a su antigua y recién aparecida amiga y amante Ilona:

Lo malo de la crisis como la que acabas de sufrir es que minan esa confianza en el azar, esa fe en lo inesperado que son condiciones esenciales para encontrar la salida. Deja que pasen las cosas, ellas traen escondidas la clave. Si se busca, se pierde la facultad de descubrirla.59 Debe destacarse el énfasis del individuo que se encuentra preso dentro de la realidad caribeña por establecer siempre una comparación con lo que está fuera de ella. Aunque

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Ibid., p. 149.

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ya el protagonista ha reiterado en varias ocasiones su inconformidad con su presente en Panamá, es interesante destacar cómo lo abruma ese sentimiento de lontananza una y otra vez. Esta es una constante que le agobia por el hecho de presenciar en el pasado otros lugares que le ofrecieron más expectativas y posibilidades que por más que trata de buscar no puede encontrar dentro de la prisión en la cual se encuentra: “Los bares no tenían la barroca densidad de posibilidades que espera quien ha frecuentado los puertos del Mediterráneo.”60

En el cuarto capítulo aparece una tesis que preocupa tenebrosamente tanto a Magroll como a Ilona y es el hecho o la posibilidad de quedar varados en Panamá indefinidamente. El método económico alternativo del burdel no tiene objetivo de prolongar su estancia en dicho lugar, sino de acortarla. Magroll entra en pánico ante el peligro de no poder salir jamás de esta “isla”, que no tiene nada que ver consigo mismo, ni con sus expectativas: “Me aterra (…) pensar que vamos a estar en Panamá por tiempo indefinido, en caso de que esto prospere (…) ya estoy un poco saturado del ambiente. Aquí no pasa nada. Es decir, pasa todo, pero no lo que me interesa.61

Otra categoría importante que aparece en este capitulo es la insularidad ligada a la utopía, la indefinible posibilidad de sueños que condicionan al individuo en el Caribe. El lugar, quizás por la exuberancia de la naturaleza, por encontrarse rodeado por el mar, por estar condicionado por el azar y lleno de tantas sorpresas, que incluso pueden llegar a satisfacer las expectativas de quienes lo habitan; ofrece las posibilidades idóneas para soñar incluso con lo que puede pretender ser inalcanzable e insólito. La persecución y preocupación por realizar los sueños es una constante en la vida de todo aquel que se encuentre en condiciones insulares análogas a Magroll e Ilona: “porque

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Ibid., p. 151.

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Abdul nunca saldría, al igual que nosotros, de saltar de un expediente a otro, sin jamás cumplir sus sueños. Sueños que nosotros hacía mucho tiempo prescindimos de forjar”.62

En otra instancia narrativa aparece en el capítulo la intención de resaltar la exuberancia de la naturaleza insular. Esta vez no encontramos los elementos de la flora en su estado natural, sino que han sido corrompidos por el hombre para alcanzar una perfección absoluta. Además que la une a los presupuestos estéticos europeos pero

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