Pero no hace falta recurrir a instancias tan poco convencionales de la comunicación hum ana para cerciorarnos de los valores intrín secos de la idea de Grice. La verdad es que entre éstos destaca él he cho de que una parte considerable dé nuestras proferencias cae de lleno bajo el alcance de las anteriores definiciones y de que su signi- licatividad se nos garantiza completamente. Así, imaginemos que, deseando tram itar un asunto oficial, rellenamos el impreso de marras y lo presentamos en ja oficina oportuna. Allí, alguien le echa una ojeada y nos lo devuelve diciendo: ‘¡Compre una póliza de veinti cinco pesetas y venga de nuevo!’ El alto grado de convenciónalidad de esta proferencia es indiscutible. Eso la hace, sin duda, especial- 171
mente capaz para dejar ver qué intención guió su ejecución; y tam bién, supuesto que mi interlocutor y yo hablamos la misma lengua y compartimos un cierto sistema de creencias —qué es una póliza, etcétera— , p ara que yo reconozca la intención que la gobernaba. La proferencia pertenece a la especie de las protrépticas, y su significado .. es, como cabría esperar, que he de com prar una póliza de veinticinco pesetas y regresar de nuevo al lugar de partida. En electo, el oiici- 1 nista profirió esas palabras con la intención citad a; pero pretendiendo, además;* que yo reconociese qué quería él que yo hiciera; y, final mente, 'tratando de que, al reconocer yo tal cosa, pensara que él deseaba (o me pedía) que yo comprase una póliza de veinticinco pesetas y que pasase de nuevo por ventanilla. Las exigencias de la definición se cumplen religiosamente, no hay que insistir más en ello, con lo que el análisis nos lleva al lugar deseado.
Pero esto no significa que el comentario de nuestras definiciones finalice aquí. P ara seguir con-esta tarea, será bueno introducir con un míiiimo de sistematicidad tres nociones usualmente empleadas en el dom inio del: análisis del lenguaje: las de indicar, expresar y j- f. significar. Es decir, deseamos distinguir entre lo que las expresiones-
il ejemplar proferidas, indican, lo que expresan y lo que significan. Con este propósito en mente, caigamos en la cuenta de que nuestras dos definiciones tienen en com ún el hecho de atribuir al hablante tres tipos distintos de intenciones: las enunciadas respectivamente en las cláusulas (i), (ii) y (iii) de más arriba. Es posible reagrupar estos tres tipos en dos .clases bien diferenciadas, según los criterios que a continuación se consideran. En primer lugar, cabe hablar de las razones que le.mueven a uno a hacer algo — a proferir, por ejem plo, ‘{Compre una póliza de veinticinco pesetas y venga de nue vo!’— ; o lo que es lo mismo: cabe hablar de las intenciones que uno aduciría.si se le preguntara po r qué, con qué finalidad, hizo tal í o cual cosa. Llamemos a las intenciones de esta clase intenciones pri- f marias. Y sigamos diciendo que las intenciones del tipo de (i) son intenciones primarias. P or otro lado, en nuestras definiciones se apela igualmente a intenciones que no son primarias, a intenciones que le guían a uno, no a hacer algo, sino al hacer algo. Llamemos i a estas otras intenciones secundarias. (En realidad, éstas y aquéllas ^ se distinguen con facilidad, puesto que, si bien puede afirmarse que _ toda intención que le lleva a uno a hacer algo le mueve también al / hacer algo, la inversa no tiene por qué ser inexorablemente válida y, en general, no lo es.) En particular, las intenciones del tipo de (ii) y de (iii) han de estar presentes al proferir tales y cuales pala bras o gestos, pero no hay duda de que no son idénticas a las inten ciones que lleva al hablante a ejecutar sus proferencias. Las inten ciones secundarias son a las que uno se remitiría, si se le preguntara, no po r qué hizo lo que hizo, sino cómo hizo lo que hizo. Y más concretamente, a qué se debe que seleccionase tales y cuales pala- 172
bras, que les diera la entonación que les dio, etc. A hora bien, res ponder a estas preguntas es aducir (parte de las) razones del ha blante que explican no tanto el objetivo global de sus proferencias, sino los rasgos y las propiedades de éstas que facilitan el recono cimiento de la .intención prim aria del hablante; las intenciones secundarias tienen que ver propiam ente más con la modalidad de la proferencia que con su finalidad específica.
Este excursus sobre las intenciones primarias y las intenciones secundarias de las proferencias de ios hablantes tiene la virtud de permitirnos sistematizar cierta terminología muy al uso en el aná lisis semántico y en el análisis pragmático, de la que se hace un empleo excesivamente laxo. P ara empezar, y siguiendo una línea que se remonta al filósofo clásico J. Locke, podemos decir que las palabras, señales, gestos, etc., proferidos en un acto del estilo de los que nos ocupan son un índice de, o que indican, las intenciones primarias de los hablantes. Y esta manera de introducir el térm ino Indicar’ supone que estamos ante una relación (diàdica) que se da entre las palabras (señales, etc.) resultantes de los actos de profe rencia y las intenciones primarias de los hablantes. Además de la relación de indicar (o de ser un índice de), puede uno decir también que las palabras (señales, etc.) resultantes de una proferencia ex presan algo. De acuerdo .con 'nuestra aproximativa clasificación
entre proferencias exhibitivás y proferencias protrépticas, dos son fundamentalmente las clases de cosas que se pueden expresar. En primer término, mediante las palabras (señales, etc.) proferidas, el hablante expresa sus propias-creencias (opiniones, ideas, etc.). Y, en segundo lugar, mediante las palabras (señales, etc.) proferidas el hablante expresa sus deseos y pretensiones. Expresar es, así pues, una relación (diàdica también) entre las palabras (o señales, etc.) resultantes de las proferencias de los hablantes, p o r un lado, y las creencias y los deseos de éste, p o r otro. (En rigor, deberíamos hablar de dos variantes de esta relación, como se desprende de lo que aca bam os de decir.)
Ahora bien, a diferencia de lo que ocurre con la relación de in dicar, la cual involucra intenciones primarias, para determinar, lo que se expresa en una proferencia hay que recurrir también al exa men de las intenciones secundarias. Com o hemos podido ver, éstas tienen un doble objeto: el reconocimiento, po r parte del oyente, de la intención del hablante, así como el que dicho reconocimiento le proporcione a su autor una buena razón p ara llevar a cabo la res puesta esperada por el primero. Y en este punto interviene un factor de gran interés: que el oyente considere al hablante una persona veraz, incapaz de mentirle o engañarle, al menos en; la situación del habla que haga al caso. Porque, si esto es asi, al reconocer la intención de éste, no habrá ningún obstáculo para aceptar aquello que se le dice o para adoptar la actitud que se le desea inculcar. Las
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/intenciones: secundarias, convenientemente articuladas con el re- ' quisito de veracidad, nos permiten determinar qué cosa expresan las palabras,i sonidos o gestos proferidos. Sin dicho requisito, somos libres de pensar que unas u otros indican algo —p o r más que sea mos incapaces de especificar qué es. Sin embargo, no hay ninguna duda de que no podem os determ inar qué es lo que expresan.
U na vez en posesión de las precedentes precisiones de los con ceptos de-indicar y de expresar, el análisis griceano del concepto pragmático de significado se puede parafrasear en términos consi derablemente más simples que los manejados hasta el momento. Una proferencia es significativa, digamos pues, siempre que el re conocimiento de lo que expresan las palabras proferidas por el hablante perm ite a su(s) interlocutor(es) identificar la intención pri maria de aquél (es decir, lo que sus palabras indican). P a r a 'profe rencias no verbales, el análisis sería similar. Esta nueva fórmula tiene otros méritos, además del de su sencillez. Deja entrever tam bién lo que podem os pensar que es uno de ios rasgos más notables de la conducta verbal hum ana: la racionalidad que, en medida no desdeñable^ la preside. Con esto quiero decir tan sólo que el citado análisis muestra hasta qué.punto esta variedad del comportamiento hum ano está orientada a la consecución de. fines, así como a la adopción de los medios pertinentes para el logro de dichos fines. De entre éstos, los que nos interesa no perder de vista son justamente los objetos de las intenciones primarias de las proferencias de los hablantes; es decir, justam ente lo qué indican los ejemplares de esas mismas proferencias. P or lo tanto, buscar las razones a las que obedecen éstas es buscar lo que indican los productos de tales ac ciones. D e este modo, vemos que la pregunta por los fines de las proferencias y la pregunta po r lo que indican los ejemplares profe ridos se hallan muy estrechamente vinculadas: tanto es asi que apuntam os a lo mismo con una y con otra, pero lo hacemos desde perspectivas diferentes.
Sin embargo, para que nuestra panorámica de toda esta materia sea suficientemente com pleta, hay que tener igualmente en cuenta las intenciones secundarias de nuestras proferencias. Pues entre los factores determinantes de la racionalidad (práctica) de las acciones humanas, no sólo hay que contar con sus fines respectivos, sino también con la disposición relativa que esos mismos fines guardan con sus medios correspondientes. N o hay que insistir demasiado en que, muy a m enudo, la consecución de un fin pasa obligatoria mente po r la elaboración de los medios pertinentes para el logro de dicho fin. Y en que dicha elaboración puede convertirse, por si mis ma, en otro fin. Pues bien, las intenciones secundarias de nuestras proferencias — que se resumen en el reconocimiento, por parte del oyente, de lo que expresan las expresiones-ejemplar proferidas por el hablante— lo son de los fines intermedios del caso en cuestión.
O de otro modo: al diseccionar una proferencia significativa pa rece justo concluir que el reconocimiento de lo que expresan las palabras del hablante está calculado (por éste) para que .sirva de medio jal logro del objetivo que guió la ejecución de aquellá pri mera. Porque si el .. hablante es veraz, dicho reconocimiento le i| proporciona al oyente pistas suficientes para com prender qué se i ie quería decir. Consiguientemente, si la propuesta de G rice re- ■ sultasc adecuada, iluminaría algo que, por : otro lado, era casi de / presumir: la racionalidad de gran parte de nuestra conducta v e r - / y bal. Y digo que la ilum inaría porque pondría al descubierto el I mecanismo en que sé basa tal modalidad del com portamiento ra
cional. ■Va . v.> §
De momento, nos resta únicamente introducir el térm ino ‘sig- u niíicado' con vistas a aplicarlo a expresiones (a frases u oraciones, r por ejemplo) de una lengua dada. Y para empezar, con vistas a apli carlo a expresiones-ejemplar, a lo proferido p o r el hablante. D ada la plataforma que. hemos venido afianzando, una estrategia que re sulta natural, a primera vista, seria la de definir esta acepción del concepto de significado a partir de la puram ente pragm ática; es decir, la de precisar qué se dice cuando afirmamos que tal o cual expresión-ejemplar significa tal y cual cosa, en términos de lo que 1 el hablante da a entender al proferir esa misma expresión en una determ inada ocasión de su conducta verbal. Semejante form a de * proceder no parece descabellada, si nos circunscribimos a • casos como el siguiente. Un invitado, carente de todo tacto, se dirige a su aníUriona y dice: ‘A esta sopa le falta sal.’ Si todo lo que pretende es dejar constancia de ese lamentable hecho, no hay ninguna duda de que lo que sus palabras expresan es que él opina que a la sopa le falta sal. Y el objeto de su opinión es que a la sopa le falta'sal. Bien, ¿qué más natural que decir que la oración-ejemplar por él p ro fe rid a. significa que a la .sopa le falta sal? Pues bien, aceptar esto es com prometerse con la verdad de la siguiente tesis: de que,-para las pro- ícrcncias exhibitivas, el significado de la correspondiente expresión- ejemplar es precisamente lo que el hablante cree u ópiná; 'es decir, el objeto de su creencia o de su opinión. Y, por lo tanto, aquello que sus palabras expresan. (En caso contrario, fijémonos; no po dríamos decir que ‘a esta sopa le falta sal’ significa que a esta sopa lo falta sal.) Por su parte, para el caso representado'" p o r'la s prolcrencias protrépticas, vale algo paralelo. A hora lo que el ha blante profiere expresa una determinada actitud propia: a saber, que el ¡oyente ha de (tiene que) llevar a cabo tal y cual cosa. Si nues tro poco sutil invitado dijera, por ejemplo, ‘¡Páseme el-salero!’, afirmaríamos que sus palabras expresan su pretensión..dé que la anfilriona ha de pasarle el salero. Y, de m odo similar al anterior, que ‘¡Páseme el salero!’ significa que ella (la anfitriona) ha de pasarle el salero.
Si el:modo en.que hemos caracterizado las nociones de indicar, expresar'y significar no es descabellado, entonces podemos propug nar.'la; validez de la siguiente hipótesis: conocer la interpretación —el significado— de las proferencias de los hablantes permite espe cificar ,(a) lo que sus palabras indican, (b) lo que expresan y (c) lo q u e' significan. Lo primero, apelando a . las intenciones primarías de los'hablantes. Lo segundo, recurriendo a: sus intenciones secun darias. Cunto al. supuesto de j a veracidad de los agentes de dichas intenciones); Lo tercero, investigando los objetos de Jas actitudes expresadas * por las palabras por él proferidas.