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Iniciación de la Acción

In document Psico Gestalt III (página 79-85)

Introducción a las técnicas de la terapia gestáltica

II. Debeísmo

1. Iniciación de la Acción

La terapia gestáltica considera como fóbica gran parte de la conducta actual: organizada de tal forma que toda ella pueda parecer fluida, y sin embargo, se evita el verdadero contacto, se suprime la verdadera expresión. Más allá de las casi universales evitaciones del dolor, de la profundidad en el contacto y de la expresión, algunas de nuestras fobias son individuales y se relacionan con el desheredar ciertas funciones específicas que son parte de nuestro potencial.

La idea de iniciar la acción o la expresión tiene, por consiguiente, dos formas de aplicación técnica en la terapia gestáltica: una universal y otra individual. Una técnica universal es maximizar la iniciativa, correr riesgos y

manifestar la expresión en palabras o acciones. Una de aplicación individual es una “prescripción” basada en un diagnóstico individual de algo en cuyo hacer la persona se verá forzada a superar su evitación.

A. Maximización de la expresión. En terapia gestáltica, este principio se aplica

en varias formas. Una de ellas, de relevancia indirecta, ya la hemos discutido: la minimización de la acción no-expresiva.

Un vez que los clichés y la verborrea han sido suprimidos, todo lo que queda es la opción entre el vacío y la expresión.

Una segunda técnica conducente a la maximización de la expresión, es el

suministro de situaciones no estructuradas. En la medida en que una situación no

sea estructurada, el individuo se verá confrontado con sus propias opciones. En la medida en que no se establezcan reglas de interacción o no se esperen conductas de él, él deberá determinar sus propias reglas, ser responsable de sus acciones. La falta de estructura requiere que el individuo sea creativo en lugar de un buen jugador de un juego predeterminado.

La ausencia de estructura es, como lo son muchos otros aspectos de la terapia gestáltica, un componente en su ejercicio básico: la práctica del continuum de la atención. Más aún, creo que el terapeuta puede estar en una posición de responderle efectivamente al paciente sólo a través de la apreciación de este aspecto del ejercicio.

A cada vuelta del continuum de la atención, el paciente está siguiendo o no los dictámenes de sus deseos, impulsos, inclinaciones del momento. Sea lo que sea que haga, él lo hace. Está optando, y una de las funciones del terapeuta es hacer que se percate de sus decisiones, ayudarlo a darse cuenta de que él está optando —es decir, que él es responsable.

P.: Tengo la mandíbula muy apretada. También siento que estoy apretando los puños... y me gustaría patear el piso.

T.: Y no estás haciendo eso.

P.: Sí, me estoy refrenando de patear el piso.

En la medida en que la persona no esté integrada, el confrontarse con sus propias opciones, inevitablemente, expondrá sus divisiones internas en forma de conflictos:

P.: ¡siento ganas de pararme y rugirle a todos ustedes! T.: Veo que no estás haciendo eso.

P.: Temo que eso sería ridículo. T.: ¿Eso?’

P.: Yo me sentiría ridículo haciendo tal cosa.

T.: Así que aquí estás en un conflicto: rugir o temer la opinión del grupo. Trabajemos un poco en esto... etc.

Los conflictos más frecuentemente manifestados durante la práctica del continuum de la atención están, por una parte, entre las necesidades organísmicas y los roles sociales de conducta y consideración ante las reacciones de otras personas. Esto se podría resumir en el siguiente dilema:

“ya sea eructar y soportar la vergüenza, o ahogar el eructo y soportar el dolor”.

Creo que vale la pena indicar cuán importante es la falta de estructura al tratar con tales conflictos. En esta situación, donde la regla es “no tener reglas”, el paciente no puede sino reconocer el conflicto como suyo propio. En otras palabras, la interpretación del conflicto como uno entre el sí mismo y el mundo externo (o reglas sociales) sólo sería aquí un desheredar de responsabilidad. Al ser la regla “sé tú mismo”, él debe encarar el desafío de su libertad. Esto no necesariamente significa que en otra ocasión de su vida él no vaya a encontrar un conflicto que provenga del ambiente, o que él debiera, en todas las situaciones, actuar basándose en sus deseos. Eso será asunto de su opción madura. Lo único que produce la falta de estructura es suministrar un vacío que él llenará con su expresión o, en alternativa, con su propio darse cuenta de su incapacidad de hacerlo, un percatarse de sus conflictos y su naturaleza.

En el encuadre grupal, la falta de estructura cobra una dimensión adicional, y la regla de “no tener reglas” tal vez merezca ser indicada explícitamente.

Generalmente hago una afirmación en el sentido de que la naturaleza de nuestras sesiones (o sesión) será de una exploración en la verdad —nuestra verdad—, y podemos beneficiamos más corriendo el riesgo no sólo de la exposición verbal de nuestros sentimientos, sino de la expresión de nosotros mismos en acciones no-verbales. Lo qué decimos o hacemos puede resultar ser una verdad muy relativa o llevar una mezcla de auto-engaño, aun cuando sólo podamos descubrir eso compartiendo y actuando sobre la porción de verdad con la cual estamos en contacto en el momento. La regla también tiene excepciones

que variarán según el terapeuta. Una, por ejemplo, es aquella de las técnicas supresivas, delineada en la sección anterior. Otra, a veces, es la petición de no interrumpir el trabajo del terapeuta en un individuo determinado. Mi propia fórmula es restringir las interrupciones a expresiones, verbales u otras, de sentimientos intensos (nada de imperativos o comentarios), y cuando no haya nadie en la “silla caliente”, maximizar la espontaneidad.

El otro componente fundamental en la maximización de la expresión, es una instigación directa a expresar, en palabras o acciones. Nuevamente, esta instigación va implícita en la descripción del ejercicio básico, dado que al paciente se le urge a que exprese minuto a minuto lo que vivencia. Más aún, la expresión verbal muchas veces es requerida por el terapeuta cuando el paciente no lo hace:

T.: ¿Qué vivencias ahora?

P.: Siento ira ante la observación de Joe.

T.: Aparentemente dejaste de expresar tus vivencias al punto de sentirte enojado.

P.: Sí, también estaba sintiendo miedo.

En el encuadre grupal, la expresión verbal se puede estimular de varias maneras. Fritz Perls solía decir: “Siempre tienes la alternativa de interrumpir a otra persona o interrumpirte a ti mismo. Quiero que interrumpas a otros más que a ti mismo”. Un procedimiento útil es darse el tiempo, más de una vez en cada sesión, para pedirle a cada miembro del grupo una breve descripción de su experiencia en el momento. Esto sirve como un despertador de sentimientos o reacciones que de otra manera podrían haber sido soslayados, indica algo o alguien que merece atención y contribuye a mantener abiertos los canales de comunicación.

Una técnica donde se reúnen la falta de estructura y el mandato a expresar, es la de relacionarse con los miembros del grupo uno tras otro —lo cual frecuentemente se llama “hacer las rondas”. Esto se puede hacer verbalmente o de otra manera, y es más efectivo, al igual que una regla, como un acto unidireccional de expresión, sin la expectativa de una reacción o la obligación de producir un intercambio. Una instrucción conducente a esto podría ser: “Dile algo a cada persona del grupo”, “Dile a cada uno lo que quieres decirle”, “Dile a cada persona aquí qué es lo que sientes con respecto a ella”, etc. O enfatizar la expresión no-verbal: “Haznos algo a cada uno de nosotros” o “Hazle a cada uno lo que sientes deseos de hacer, actuando de acuerdo a tu impulso del momento”.

Estos procedimientos, como la mayoría de los otros en terapia gestáltica, no deberían convertirse en formas estereotipadas donde a cada participante del grupo se le pide que se comprometa, sino que son más útiles cuando se emplean como parte de un desarrollo orgánico y según las necesidades del individuo en el momento. Su función es fundamentalmente la de superar las inhibiciones del individuo a la expresión o la falta de expresión en el dominio interpersonal. El efecto catalítico de los demás, se utiliza aquí como un estímulo para suscitar lo que el continuum de la atención no muestra espontáneamente.

La forma activa es valiosa en el caso de los evitadores de riesgos, aquellos que tienen una marcada división entre las respuestas verbales-intelectuales y su conducta emocional-impulsiva. En tales casos, la prescripción de hacer algo podrá conducir al individuo a un impasse o revelar un aspecto de él totalmente inaccesible mediante las formas verbales.

Aparte de los requerimientos de decir o hacer algo, ya sea a otros miembros del grupo o no, hay una forma de expresión que merece ser individualizada debido al grado en que reúne lo no estructurado y la iniciativa: la vocalización no estructurada o jerigonza. La jerigonza es una de las pocas acciones que no se pueden programar o ensayar. Una disposición a “hablar” en jerigonza puede ser considerada como una disposición a decir lo desconocido, lo impensado. Sin embargo, la naturaleza de la tarea no sólo no tiene una pauta, sino que es expresiva. Cualquiera que haya experimentado con la jerigonza, o galimatías, sabrá cómo refleja, para cada uno de nosotros, algo de nuestro estilo individual y sentimientos del momento. En la falta de estructura de la jerigonza hay algo predeterminado: se moldea obedientemente a nuestra realidad interna, como una obra de arte.

La técnica de solicitar expresión en galimatías puede ser valiosa, como lo son las acciones azarosas, para estimular la iniciativa y el arriesgarse en general, pero también tiene un uso más específico. La jerigonza tiene la peculiaridad —por lo menos para algunos individuos— de permitir una espontaneidad de expresión que sus palabras u otras acciones no permitirían. De esta forma, el mensaje transmitido a través de estas sílabas supuestamente insignificantes, puede servir tanto de clave como de semilla para el auto-percatarse. A veces la persona puede censurar toda la ira de sus afirmaciones, su voz y su darse cuenta, y no obstante, producir galimatías que él reconoce, sin lugar a dudas, como de ira. O su voz y postura habituales se refrenarán más mientras su jerigonza será más suplicante, y esto podrá inspirar trabajo adicional en su ser necesitado que había sido suprimido. Sea lo que sea que el paciente haya dicho en galimatías, lo puede

experimentar al decir palabras posteriormente, y lo más probable es que esto conduzca a un darse cuenta expandido.

B. Prescripciones Individuales. Cualquiera sea la base para la intuición o percepción del terapeuta, es un hecho que él a veces puede ver los “vacíos” en la personalidad del individuo.

... cada uno de nosotros tiene vacíos en su personalidad. Wilson Van Dusen descubrió esto primeramente en los esquizofrénicos, pero yo pienso que todos tenemos vacíos en nuestra personalidad. Ahí donde debiera haber algo, no hay nada. Mucha gente no tiene alma. Otros no tienen genitales. Algunos no tienen corazón; toda su energía se va en computar, pensar. Otros no tienen piernas en que sostenerse. Muchas personas no tienen ojos. Proyectan los ojos, y éstos, en gran medida, están en el mundo externo y siempre viven como si estuvieran siendo observados... La mayoría de nosotros no tenemos oídos. La gente espera que los oídos estén afuera y hablan y esperan que alguien escuche. ¿Pero quién escucha? Si la gente escuchara, tendríamos paz.

El puede que desarrolle una noción acerca de lo que el paciente está evitando en su vida y conducta, lo que está dejando de reconocer, permitir o expresar, y que sin embargo, es parte de sí mismo.

Al ayudarlo a expresar los precisos aspectos de sí mismo que él está suprimiendo, lo está ayudando a conocerse, hacerse responsable por lo que es y, por lo tanto, tornarse entero, Es muy probable que el terapeuta gestáltico ponga el tipo de intuición o percepción al que se ha hecho referencia arriba —el cual, en sicoterapia ordinaria, originaría interpretaciones o comentarios— más bien en la boca del paciente que en su oído. La fórmula de Peris, “¿Podría alimentarte con una frase?”, se ha convertido en una técnica estándar, mediante la cual el paciente experimenta con la verdad posible que el terapeuta ha visto, haciéndola su propia afirmación de sí mismo. Más frecuentemente, esta acción suscitará un sentido ya sea de verdad o falsedad, u otra reacción más significativa que el acuerdo intelectual o falta de ello.

Por lo general, la invitación del terapeuta al paciente a hacer algo evitado, es más efectiva cuando esto involucra acciones en lugar de afirmaciones, o si éstas son palabras, palabras que tienen el mismo valor de las acciones.

T.: Veo que evitas mirarla. P.: Sí.

T.: Experimenta con lo opuesto: mírala directamente. P.: No me siento relajado cuando lo hago. Siento que no quiero comunicarme

con ella. T.: Díselo.

P.: No me siento atraído, hacia ti. Me gustaría estar lejos de ti. Preferiría no

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