• No se han encontrado resultados

INTEGRIDAD VS DESESPERACIÓN

In document Abraza a Tu Niño Interior -242 (página 197-200)

«He llegado por fin a lo que quería ser de mayor: un niño». JOSEPH HELLER

P

reguntas: si me muero hoy, ¿qué lamentaré no haber sido, no haber dicho, no

haber arreglado, y qué puedo hacer con ello ahora? ¿Cómo termino de darle un significado a mi vida y prepararme para la muerte?

Cualidades a desarrollar: esta etapa puede significar el momento en que le

encontramos el significado a los diferentes sucesos de nuestra vida. Aprendemos a entender que todo lo que nos sucede nos permite aprender, superarnos, adquirir recursos y desarrollarnos como personas. Empezamos a ver la vida con perspectiva y nos permite integrar los diferentes aprendizajes. Si somos capaces de conocernos, aceptarnos y amarnos, conectamos con nuestra espiritualidad, lo que nos da serenidad, paz y confianza.

Esta etapa puede ser de las más interesantes de nuestra vida, siempre que lleguemos a ella con una actitud de apertura, flexibilidad, ánimo y receptivos a empezar una nueva etapa. Es la edad de jubilación, y si no nos hemos jubilado antes, nos va a cambiar la vida. Pasamos de sentirnos productivos, de ser importantes por lo que generamos, por el rol o estatus que desempeñamos en nuestro trabajo, a sentir que gran parte de nuestra vida se va. Sobre todo si hemos cimentado nuestra autoestima y nuestra valía personal en el trabajo.

Este es un periodo especialmente difícil para los hombres que muchas veces derivan su sensación de valía del trabajo que desempeñan: allí tienen un lugar donde se sienten considerados, estimados, tenidos en cuenta y valorados. Es probable (no digo que es seguro para no presuponer nada) que hayan pasado más horas en el trabajo que en ningún otro lugar, incluyendo la familia. Es habitual que hayan desempeñado la misma agenda día tras día, con excepción de los fines de semana y vacaciones: levantarse por la mañana, asearse, arreglarse, desayunar, ir al trabajo,

comer, seguir trabajando, dejar el trabajo, llegar a casa, hablar con la familia o ver la tele, cenar, dormir y vuelta a empezar. Pocos habrán tenido pequeñas variaciones con respecto a lo anterior, y así día tras día. Muchas veces los fines de semana se emplean en hacer las cosas de la casa que no se hacen durante la semana, visitar a algunos familiares y/o amigos, hacer alguna actividad agradable, sobre todo si se tienen niños, y poco más, y así día tras día. Y sin embargo ahora tenemos todo el día para hacer ¿qué?

¡Horror! ¿Cómo vamos a llenar nuestro tiempo? Si no hemos desarrollado aficiones o hobbies en que ocuparnos, los días se hacen interminables. Podemos hacer cosas para la casa, la nuestra y la de los hijos (si los hubiera). A lo mejor aprendemos a hacer bricolaje o aprendemos manualidades. Pero si no encontramos algo que nos llene, solo buscaremos maneras de ocupar el tiempo. ¿Tal vez metiéndonos en la vida de los demás? Las mujeres, que normalmente realizamos actividades variadas y nos gusta compartirlas hablando con amistades, habremos desarrollado más relaciones sociales que nuestras parejas. Aunque también hayamos trabajado y nos jubilemos, tendremos más intereses y actividades que nos mantengan ocupadas y entretenidas.

Este cambio en nuestra vida laboral va a afectar de lleno a nuestras relaciones de pareja, hijos, familiares, etc. Es probable que tengamos que mirarnos cara a cara con nuestra pareja, con la que hemos convivido pero con la que nos hemos comunicado poco (solo para las cosas rutinarias y a ratitos, y resulta que no la reconocemos). Nos parece que ha cambiado cuando en realidad los que hemos cambiado somos nosotros, que ahora tenemos más tiempo y menos preocupaciones y podemos estar más pendientes de lo que hacemos. Esto va a causar crisis en la pareja, porque tendremos más tiempo para relacionarnos con él/ella y tal vez nos demos cuenta de que no sabemos cómo hacerlo.

En esta etapa, «y a estas alturas», se puede reactivar el amor por la pareja y es un buen momento para viajar y disfrutar lo que no se ha podido o no se ha sabido hacer antes. Hay muchas personas que están esperando a que llegue la jubilación para hacer todo lo que no han podido hacer con anterioridad, y cuando llega lo disfrutan. Pero también hay muchas otras que cuando se encuentran con la pareja frente a frente, con mucho tiempo por delante, y sin tener ningún hobby o actividad que los una, se ven reflejados en su soledad mutua, y entonces surgen todos los desencuentros, los rencores, los resentimientos que se han ido almacenando a lo largo de los años porque nunca se encontraba el momento idóneo para comunicarse abiertamente y resolver sus diferencias.

Nuestras relaciones con nuestros hijos, si los hubiera, también van a cambiar porque como tenemos más tiempo, tal vez queramos participar más de sus vidas. Puede que queramos influir en ellas y, como están más a mano, o porque como son hijos, no les queda más remedio que aguantarnos. Digo aguantarnos porque si a estas

alturas todavía no nos conocemos y amamos a nosotros mismos, es seguro que estaremos en la queja. Quejándonos continuamente o de lo que nos pasa, o de cómo nos sentimos, o de que lo que queremos y no conseguimos, o de que no nos prestan la atención que necesitamos. No seremos buena compañía, más bien todo lo contrario.

Este es un momento de crisis importante porque nos vuelve a conectar con la vulnerabilidad y el sentimiento de inutilidad, pues la jubilación nos hace vernos viejos e inservibles. Con mucho tiempo por delante, tendremos ocasiones para volver a repetir antiguos patrones y pasar por todos los ciclos de nuestra niñez. Volvemos a nuestra más tierna infancia, pero con muchos más años; queramos o no, la vida nos ha vuelto a colocar al principio para que, de una vez por todas, nos enteremos de que tenemos que hacer el trabajo de nuestro niño interior, sí o sí. Puede que nos sigamos queriendo resistir, y hagamos todo lo posible para no darnos cuenta, pero la vida es muy sabia y si hemos tenido hijos es probable que tengamos nietos, así que: ¿quién nos va a hacer de espejo? Los nietos, si los tenemos, y si no también nos los podemos buscar. Podemos cuidar los niños de alguien aunque solo sea para observarlos, ver cómo están llenos de vida, de alegría, de ilusión, de curiosidad, de espontaneidad, de ganas de vivir. Sí, observando a los niños podemos conectar con nuestro niño interior y sentir esa mezcla de emociones agridulces: el dolor que todavía tenemos que liberar para poder sanarnos y los sentimientos que están directamente asociados al corazón, como el amor, la compasión, la comprensión o la consideración, que nos conectan de nuevo con nuestro auténtico ser.

Para ello tenemos que hacer balance. Mirando nuestra vida con perspectiva tal vez seamos capaces de ver que cada problema, cada crisis, fue un momento de oportunidad para cambiar y crecer. Si nos vamos fijando en cada crisis y en cómo la resolvimos, podremos encontrar patrones que se repiten una y otra vez. Puede que parezca que son completamente diferentes, pero en realidad lo que pasa es que funcionamos como los péndulos. En una crisis estamos en un extremo del péndulo y cuando tenemos otra parecida lo intentamos en el otro lado, que en realidad es la misma energía pero en polos opuestos. Esto ocurre con las parejas con las que nos relacionamos: una puede ser muy extrovertida, simpática, que necesita ser el centro, y la siguiente normalmente será más introvertida, menos simpática, y nos dedique toda su atención.

También nos daremos cuenta de que solo hemos cambiado nuestros patrones o formas de hacer las cosas a raíz de las crisis que hemos tenido en nuestra vida, sobre todo cuanto más intensas eran. Así pues, con perspectiva nos daremos cuenta de que las crisis fueron oportunidades para que pudiéramos desarrollar nuevos recursos y nuevas formas de afrontar la vida. Nos daremos cuenta de que hemos tenido pérdidas afectivas, que en su momento pensamos que nunca íbamos a superar, y que al final sí superamos. Superamos nuestras crisis cuando quisimos superarlas: ni un minuto

antes, ni un minuto después.

En estas reflexiones veremos que a lo largo de la vida van cambiando nuestros valores; empezamos valorando tener una pareja con quien compartir, con quien sentirnos importantes, con quien vernos queridos. Luego, o simultáneamente, ponemos nuestra atención en adquirir cosas materiales que nos hagan sentirnos importantes y valiosos. Más tarde, si tenemos hijos, queremos que ellos sean nuestro reflejo, que sean únicos, especiales, todo lo que nosotros no pudimos ser, para sentirnos especiales. Hacemos todo lo posible para sentirnos competentes en lo que hacemos y cómo lo hacemos, pero nos damos cuenta de que no podemos hacer las cosas solos, que necesitamos el apoyo de nuestros amigos y familia. Cuando llegamos a la crisis de la mediana edad nos cuestionamos definitivamente todos nuestros valores; muchas veces ponemos nuestras vidas al revés, cambiamos de carrera, de trabajo, de pareja, de cabeza. Puede que incluso perdamos la cabeza, pero finalmente ojalá podamos reflexionar sobre todo lo anterior y le demos un nuevo giro a la última parte de nuestra existencia. Este es el momento de saborear, disfrutar, explorar una nueva forma de ver la vida, una nueva forma de pensar, una nueva forma de ser nosotros mismos, una nueva forma de entender la vida.

Porque si nos damos cuenta, la vida nos ha vuelto a colocar al principio de nuestra etapa evolutiva, solo que con muchos años más. Nos pide que volvamos a reflexionar sobre las etapas y las cualidades que se supone tendríamos que haber adquirido a lo largo de las etapas del desarrollo, para que podamos integrar sus enseñanzas. Nos hace reflexionar sobre si nos hemos encontrado con nosotros mismos, con nuestro auténtico ser, con nuestro ser interior, con nuestra sabiduría interna.

Si ahora estás en la etapa de adolescencia, enhorabuena, espero que te lleguen las reflexiones que hago aquí y que puedas ser consciente antes de que lo hemos sido los demás, y que así puedas cambiar las creencias de que «la vida es sufrimiento», «un valle de lágrimas», «un purgatorio», por «nunca es tarde para tener una infancia feliz», y te pongas en marcha para hacer de tu adultez y madurez un paseo maravilloso, en el que disfrutes de lo que vas descubriendo y de cómo vas aprendiendo cosas nuevas, de cómo vas cambiando y mejorando cada vez.

Si estás leyendo el libro en la etapa de intimidad frente a independencia, fantástico, puedes volver a decidir qué quieres para ti, según las experiencias que has tenido, y tal vez elijas aprender a llevarte estupendamente bien en pareja, descubriendo a través de libros, en cursos y en terapias cómo mejorar las relaciones con los demás; quizá así consigas tener una relación en que te sientas amado, aceptado, apreciado y estimulantemente acompañado el resto del camino que te queda.

Si estás leyendo el libro en la etapa de entrega frente autoabsorción , todavía estás a tiempo de cambiar tu vida, aprendiendo a reflexionar y cambiar la forma en

In document Abraza a Tu Niño Interior -242 (página 197-200)