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Jesús “expulsa” a los mercaderes del Templo

Este episodio en la vida de Jesús de Nazareth resulta ser interesante y controvertido. De la lectura directa de los evangelios podría suponerse que nos encontramos en presencia de un Jesús violento, con manifestaciones de violencia o al menos con un episodio pasajero de descontrol manifestado con cierta actitud violenta. Jesús, por entonces ya muy comprometido públicamente con su proyecto y conocido por muchos, y esto significa también muchos enemigos, toma una actitud encontrada con los mercaderes del templo de Jerusalén.

Mercaderes, que por otro lado siempre estuvieron allí y Jesús los conocía desde que tenía memoria. Sin embargo algo sucedió aquel día que los evangelios describen en escasas pero intensas y llamativas palabras. No cabe duda que cualquiera hubiera sido el tenor de los hechos, se trata de un episodio estresor. ¿Pero que sucedió realmente? ¿Cuál fue la magnitud y extensión de los hechos? ¿Cuánto tiempo duró? ¿Agredió Jesús a los mercaderes con un látigo? ¿Se generó una revuelta donde distintos grupos participaron de vandalismo?

Probablemente nunca lo sepamos con precisión, pero como en otras oportunidades sólo nos queda aplicar el criterio para llegar a alguna conclusión.

El Templo

Para analizar los hechos relatados como la “expulsión” de los mercaderes debemos imaginar las condiciones ambientales, esto significa ubicarnos en tiempo y espacio.

Es conveniente imaginarnos a Jesús de Nazareth dentro del Templo de Jerusalén, en época de la Pascua Judía en medio de mercaderes que traficaban con la fe y necesidad de la gente.

Es decir debemos imaginar nada más y nada menos que el Templo de Jerusalén, una de las obras arquitectónicas más monumentales de la historia de la humanidad y de contenido espiritual más relevante.

Veamos entonces cómo era ese majestuoso Templo y cuál su actividad en Pascua.

Varias descripciones del templo de Salomón pueden encontrarse en los escritos bíblicos, cuyos detalles luego fueron comprobados por excavaciones arqueológicas. El templo se encuentra descrito en el libro I de los Reyes, el libro II de las Crónicas y en el de las Profecías de Ezequiel. Flavio Josefo también aporta muchos datos arquitectónicos de interés en su obra Antigüedades Judías.

El templo de Jerusalén en época de Jesús tenía características colosales. Era verdaderamente impresionante en sus dimensiones, su perfección arquitectónica y sus lujosos detalles en metales preciosos.

Ubicado en el sector oriental de la ciudad, hoy conocido como monte Moria, resultaba dominante en ese sector (ver figura Nº 11). Al oeste del templo, dentro de los límites de las murallas de la ciudad, puede verse el palacio de Herodes, los jardines reales, el palacio de Caifás (sumo sacerdote) y el palacio de los asmoneos (Herodes Antipas). La fortaleza de Antonia se encontraba en el ángulo que une el muro norte con el muro oeste (el más largo). Puede apreciarse en el plano que el sector correspondiente al Calvario, lugar destinado a las crucifixiones que se encuentra fuera de los límites de los muros de la ciudad al oeste y el monte de los Olivos, el Getsemaní, al este, también fuera de los muros de Jerusalén. La planta del templo de Salomón era un trapecio del cual los lados más largos los del este y el oeste miden 462 y 491 metros respectivamente y los lados norte y sur 310 y 281 metros. Esto implica que su perímetro era de aproximadamente 1500 metros, es decir unas 15 cuadras, verdaderamente monumental. Puede comprenderse el dolor de los judíos cuando en el año 70 los romanos lo destruyeron.

Figura Nº 11

Plano del Templo y ciudad

Los muros exteriores del templo estaban constituidos por piezas monolíticas de mármol descrito como “blanquísimo” con techos decorados con madera de cedro. Los pórticos de acceso eran dobles y sus columnas llegaban hasta los 11 metros y el ancho era de 13 metros. Al acceder a través de estos pórticos cubiertos de oro y plata se ingresaba a un inmenso patio que era el llamado “atrio de los gentiles”, que rodeaba por completo el santuario. Un nuevo muro separaba este patio del segundo, al que se accedía por una escalinata de catorce escalones. Este segundo espacio estaba prohibido para los extranjeros (los no judíos). Aquí existían pórticos y sectores reservados para las mujeres, que no tenían acceso más allá de ese punto. El Santuario estaba ubicado en el centro. Para pasar más allá del patio de los gentiles había que atravesar pórticos custodiados por levitas104. En esos pórticos podían leerse en griego y latín leyendas que advertían que

ningún extranjero podía traspasar esos muros y penetrar en lugar santo. Del patio de las mujeres o atrio de las mujeres (ver plano) se pasaba al atrio de los israelitas a través de la denominada puerta de Nicanor.

Esta, excepcionalmente, no estaba cubierta de oro, sino que era de bronce de Corinto, que relucía aún más que el oro y según Flavio Josefo superaba en valor a todas las demás. Más allá del patio de los israelitas se encontraba el patio de los sacerdotes y luego el santuario propiamente dicho. En él, y sólo accesible a los sacerdotes, se encontraban tres obras de arte descritas por Flavio Josefo como maravillosas y célebres: un candelabro (de siete brazos), una mesa y un altar de incienso. La última parte del templo estaba separada por una cortina y en su interior no había absolutamente nada y su entrada prohibida a todos. Era el llamado Santo de los Santos.

Para los judíos este era el lugar donde se encontraba Dios. Dios (Yavé), tan grande e inmenso que no se lo puede representar por imagen alguna, mucho menos encerrarlo, circunscribirlo, ni siquiera en el centro o corazón del templo, en el Santo de los Santos. Pero si en algún lugar se encuentra, es precisamente en ese. Aquí solo entra el sumo sacerdote una vez al año para pedir perdón por todos los judíos. Era en la fiesta de las “expiaciones” o Yom Kippur. En ella el Sumo Sacerdote ingresaba al Santo de los Santos, lugar donde antiguamente se encontraba “ El arca de la alianza” y depositaba un recipiente con incienso y derramaba sobre el piso de piedra sangre de un carnero ofrecido en sacrificio. El Santo de los Santos era el corazón del colosal templo de Jerusalén (fig. Nº 12).

Ahora pasemos a imaginar los hechos descritos como “la expulsión de los mercaderes” en ese magnífico templo en época de Pascua.

Figura Nº 12

Reconstrucción del templo de Herodes que estaba ubicado en la colina de Jerusalén