Es importante situar a John Langshaw Austin (1911-1960) en el contexto previamente descrito. A diferencia de Wittgenstein, que pertenece a la tradición académica de Cambridge, Austin estudia y enseña en Oxford, donde predomina una tradición filosófica diferente, de mayor inspiración aristotélica que platónica. Durante fines del siglo pasado y comienzos del actual, había destacado en Oxford el pensamiento de John Cook Wilson (1849-1915) que insistía en la importancia del lenguaje ordinario, el que contraponía al «lenguaje de la reflexión», que según Cook Wilson estimulaba las falacias. Este también compartía ideas propuestas por G.E. Moore (1873-1958), que se caracterizaban por su defensa del sentido común. Uno de los discípulos más sobresalientes de Cook Wilson había sido H.P. Prichard (1871-1947) el que fue, a su vez, maestro de Austin. De allí que Austin resultara ser no sólo un exponente de las influencias de Wittgenstein, sino también de la particular tradición filosófica que imperaba en Oxford.
Uno de los rasgos de la filosofía de Austin es la importancia que le confiere precisamente al lenguaje ordinario. Señala:
« (...) el lenguaje ordinario no puede pretender ser la última palabra, si es que existe tal cosa. Sin duda, lleva en sí algo mejor que la metafísica de la edad de piedra, a saber, (...) la experiencia y el ingenio heredados a través de muchas generaciones de hombres. Si una distinción sirve para los propósitos prácticos de la vida común (...) entonces podemos estar seguros de que hay algo en ella, de que señala algo; sin embargo, es muy probable que no constituirá la mejor manera de presentar las cosas si nuestros intereses son más amplios o más intelectuales que los ordinarios» 24.
Concluye más adelante Austin:
«En consecuencia, no cabe duda de que el lenguaje ordinario no es la última palabra:... puede ser complementado, mejorado y superado. Pero recuerden: es la primera palabra»
Se le propone, por lo tanto, como el punto de partida de la indagación filosófica.
No es Austin, como buena parte de sus colegas británicos, un entusiasta de los cometidos de la filosofía. Por el contrario, ve a la filosofía empantanada en callejones sin salida y en la repetición mecánica de viejas piruetas conceptuales. De allí que no extrañe su afirmación sobre la posibilidad de que:
«los próximos cien años puedan asistir al nacimiento (...) de una genuina ciencia del lenguaje. Entonces nos liberaremos de otra parte de la filosofía (todavía quedarán muchas) de la única manera en que es posible liberarse de ella: dándole un puntapié hacia arriba»
26.
El gran mérito de la filosofía de Austin consistió, sin embargo, en poner en tela de juicio definitivamente el antiguo supuesto que le confería prioridad a la dimensión asertiva del lenguaje. La presuposición obstinada de que únicamente tienen interés teórico las expresiones que describen algún estado de cosas o un hecho y que monopolizan la «virtud» de ser verdaderas o falsas, fue denominada por Austin «la falacia descriptiva» (asertiva). Siguiendo una argumentación con clara afinidad con los argumentos de Wittgenstein, Austin llamó la atención sobre aquellas expresiones
(utterances) en las que la distinción de verdad o falsedad deja de ser pertinente. Así, por ejemplo, si
alguien dice «prometo que vendré», no está enunciando que está prometiendo, sino que está haciendo una promesa.
Austin llamó a este tipo de expresiones «realizativas» (performatives), en oposición a las expresiones «constatativas» (constatatives), que son aquellas comprometidas en una función asertiva. Con esta distinción se introducía la primera distinción de importancia con respecto a los usos del lenguaje. Se planteaba un primer criterio de ordenamiento sobre los usos posibles en los que el lenguaje aparecía comprometido. Esta célebre distinción efectuada por Austin, será posteriormente corregida por el mismo en su obra Cómo hacer cosas con palabras, publicada postumamente en 1962 y en la que se reúne un conjunto de conferencias ofrecidas en la Universidad de Harvard, en 1955.
Tal como se observa de lo señalado, la distinción original separaba las expresiones que eran «decires» (sayings), tales como enunciados, juicios, descripciones, aseveraciones, proposiciones, etcétera, de aquellas que eran «haceres» (doings) de algún tipo, como las promesas, las apuestas, las advertencias, etcétera. Ello suponía que se trataba de una distinción entre las expresiones que son actos (las expresiones realizativas) y aquellas que no lo son (las expresiones constatativas).
En su última obra, sin embargo, Austin advierte que las expresiones constatativas son también actos de habla (speech acts) y, por tanto, no son menos acciones que las expresiones realizativas. Emitir un juicio o hacer una descripción es ejecutar un acto de habla tal como lo es hacer una promesa o dar una orden. En consecuencia, lo que originalmente se presentaba como un caso especial dentro del conjunto de las expresiones, las realizativas, ahora aparece absorber a los casos generales, las expresiones constatativas, convirtiéndolas en una clase particular, entre otras, dentro del conjunto de los actos de habla (las expresiones realizativas).
No se trata de una simple inversión entre un caso general y otro particular. La distinción original se caracteriza por estar planteada al interior de la matriz del dualismo, particularmente en su variante kantiana que separaba teoría y práctica, el conocer y el hacer. Las expresiones constatativas se
24 J.L. Austin, «A Plea for Excuses», en Philosophical Papers, Oxford University Press, Oxford, 1979, pág. 185.
25 Ibid.
26 J.L. Austin, Ifs and Cans, en op.cit, pág. 232.
situaban del lado de la teoría, del conocer, mientras que las expresiones realizativas se relacionaban con la práctica, con el hacer. Se trata de dos tipos diferentes de experiencias de un sujeto: por un lado, aquella de un sujeto que conoce y, por otro, la de un sujeto que actúa. La importancia del giro realizado por Austin se traduce precisamente en que elude el dualismo como matriz primaria al
concebir la capacidad de dar cuenta de lo real como un tipo, entre otros, de acción posible.
Al interior de su concepción posterior, Austin hace una nueva distinción entre los actos de habla completos. Cuando alguien dice algo es necesario distinguir entre 1) el acto de decirlo, que Austin llama el acto locucionario, 2) el acto que ejecutamos al decir algo y que denomina el acto ilocucionario (prometer, afirmar, advertir, etcétera) y, por último, 3) el acto que realizamos porque decimos algo y que llama el acto perlocucionario (persuadir, asustar, entretener, asombrar, etcétera).
Mientras que la conexión entre la dimensión locucionaria (lo que decimos en cuanto acto de decirlo) y la dimensión perlocucionaria (las consecuencias que contingentemente sobrevienen porque lo hemos dicho), es una conexión causal, la relación entre la dimensión locucionaria y la dimensión ilocucionaria (lo que hacemos al decir algo) es, según Austin, una relación convencional. Así, mientras que el significado de las expresiones es parte del acto locucionario, la fuerza de ellas está incluida totalmente en el acto ilocucionario.
Es interesante destacar la gran novedad introducida por Austin al reconocer que todo hablar es un actuar. Esta afirmación tenía pocos antecedentes en la historia del pensamiento. Sin embargo, el mismo Austin sostiene que existe un campo, normalmente poco considerado en el desarrollo de este tipo de preocupaciones, en el que este reconocimiento, de una u otra forma, estaba presente. Se trata del derecho. Para el abogado, como para el jurista, no representa algo demasiado novedoso señalar el carácter constituyente de una declaración; la ley no es otra cosa. Tampoco motiva a asombro destacar la importancia práctica de un juramento, de los compromisos contraídos en un contrato, de los fenómenos de protocolización, de invocar atribuciones que no se poseen o de atribuirle a las cosas propiedades que ellas no tienen.
Al margen de las opciones filosóficas predominantes, el derecho, e incluso el sentido común en su operar social, reconocían en la práctica las implicancias prácticas de la palabra. La invocación al derecho no es la primera vez que se produce al interior de nuestro desarrollo. No sólo emerge cuando el énfasis se coloca en la acción, como lo ha hecho Austin; aparecía también en la tradición hermenéutica, como importante contribución a las prácticas de la interpretación.
Si el planteamiento de Wittgenstein había producido toda una reformulación sobre la referencia y su inserción en la acción, a partir del planteamiento de Austin se produce una discusión sobre el sentido.
El primero que interviene en este debate es H.P. Grice con un artículo titulado «Meaning», publicado en 1957 en The Philosophical Review, Grice examina el sentido (meaning) como la intención de producir un efecto en un oyente, mediante el reconocimiento de la intención de producir tal efecto.
P.F. Strawson interviene también, examinando hasta qué grado los actos ilocucionarios (completos) son asuntos de convención e intención respectivamente, a la luz del planteamiento de Austin de que los actos ilocucionarios son esencialmente convencionales. Según Strawson, algunos actos ilocucionarios son efectivamente convencionales en el sentido de que ellos requieren de
convenciones extralingüísticas para su ejecución. Considérese, por ejemplo, la declaración de
expulsión que realiza un árbitro en un juego de fútbol, o las declaraciones que se efectúan en un juego de bridge, o las palabras del oficial civil en una ceremonia matrimonial. Sin embargo, sostiene Strawson, el grueso de los actos ilocucionarios fundamentales (enunciados, preguntas, peticiones, etcétera) no son convencionales, sino en el sentido trivial de que son ejecutados con dispositivos convencionales y que poseen nombres convencionales.
El contraste entre ambos casos se manifiesta al comprobarse que los actos no convencionales se ejecutan con éxito si la «intención manifiesta compleja» del orador es reconocida por el oyente: esto es, si él comprende. Así y todo, el efecto que el acto de habla intentaba manifiestamente alcanzar puede no lograrse sin que ello implique pasar a llevar regla o convención alguna. Con los actos convencionales, por otro lado, cualquier fracaso del orador para alcanzar su intención manifiesta, debe atribuirse a una violación de una regla o convención.
En el caso convencional, la forma ejecutoria explícita resulta ser el nombre del propio acto ejecutado (expulsión, por ejemplo) al ejecutársele, si la intención del orador es efectiva. En el caso no convencional puede no ser el nombre de tal acto. En torno a este debate surge el planteamiento de Searle.
JOHNR. SEARLE
Discípulo de Austin y Strawson, John R. Searle publica su primera obra de importancia, Actos de
habla en 1969. Searle sostiene que tanto Strawson como Grice equivocan su comprensión sobre la
distinción de Austin entre la captación ilocucionaria y el efecto perlocucionario. Strawson y Grice supondrían, según Searle, que la intención manifiesta del orador en el caso no-convencional es provocar alguna respuesta o efecto en el oyente del tipo de hacerlo creer algo (intención manifiesta de las aserciones) o que haga algo (intención manifiesta de una petición).
Searle sostiene que ello no es así. El efecto intencionado del significado (meaning) de algo es que el oyente conozca 1) la fuerza ilocucional y 2) el contenido proposicional de la expresión
(utterance) y no que responda o se comporte de tal o cual manera. Por lo tanto, Searle sostiene que
el efecto intencionado del significado (meaning) es la comprensión, la cual es un efecto ilocucionario y no perlocucionario. El efecto perlocucionario, en consecuencia, es posterior al ilocucionario.
Se trata de introducir una nueva distinción y de hacer una aclaración importante. Según Searle, el mismo contenido proposicional puede efectuarse con fuerzas ilocucionales distintas. Es el caso, por ejemplo, entre una pregunta educada y una orden, como en el caso de « ¿podrías cerrar la puerta?» y « ¡cierra la puerta!».
Pero mucho más importante que la aclaración anterior ha resultado la propuesta de Searle de una taxonomía (clasificación) de los actos ilocucionarios. Originalmente Austin había efectuado también una proposición equivalente. Sin embargo, aquella que propusiera Searle representa una adecuada corrección de la anterior. Según Searle, todos los actos de habla, sean estos actos ilocucionarios o actos perlocucionarios en su fase ilocucional, son expresiones de lo que llama cinco puntos ilocucionarios (illocucionary points) posibles. Ellos, sin embargo, para Searle, no se definen necesariamente por el carácter de los respectivos verbos ejecutores como en «yo prometo...», «yo declaro...», o «yo pido...». También es una promesa, por ejemplo, el expresar «estaré allí».
Las cinco categorías de actos de habla o expresiones completas son las siguientes:
1.Las representativas que comprenden las aserciones y en las que el orador se compromete en
diversos grados a que algo es del caso, vale decir, a la verdad de la proposición expresada.
2.Las directivas, en las que el orador procura, en diversos grados, que el oyente haga algo. Estas
incluyen tanto preguntas, que procuran que el oyente haga un acto de habla representativo, y órdenes, que procuran que el oyente lleve a cabo un acto lingüístico o no lingüístico.
3.Las comisivas, que comprometen al orador, en diversos grados, a algún curso de acción futura.
4. Las expresivas, que manifiestan un determinado esta do psicológico sobre una determinada
situación. Entre ellas se incluyen, por ejemplo, actos de habla como el disculparse o la alabanza.
5. Las declarativas, que establecen una correspondencia entre el contenido proposicional del
acto de habla y la realidad. Estas poseen en modo manifiesto el rasgo de constituir la realidad como sucede, por ejemplo, cuan do el oficial civil expresa «os declaro marido y mujer», o cuando el arbitro expresa «doy por terminado el partido», o el juez señala «el veredicto es 'inocente'», etcétera.
Searle distingue dos direcciones fundamentales de correspondencia (directions of f it) entre las palabras y el mundo. Por un lado, lo que llama, la dirección «from word to world» (de palabra a mundo), donde las expresiones deben corresponder con el mundo, como en el caso de las expresiones representativas. Por otro lado, la dirección «from world to word», en las que existe una petición o promesa de modificar el mundo de acuerdo a lo expresado, como por ejemplo, en las expresiones comisivas o directivas.
Reconociendo que cada lenguaje particular puede representar formas propias de expresar los diferentes tipos de actos de habla (como resulta de las diferencias culturales), lo importante de la taxonomía propuesta por Searle es el hecho de que sostiene que, más allá de estas diferencias, existe una estructura de base universal, válida para toda forma de existencia humana en el lenguaje. En consecuencia, más allá de cualquier diferenciación cultural (las diferencias lingüísticas incluidas), los hombres realizan necesariamente determinados tipos de actos de habla y se ven involucrados en un número restringido de acciones lingüísticas posibles.
Lo anterior permite a Searle poner en duda la afirmación de Wittgenstein en el sentido de que existe un número infinito de juegos lingüísticos o de usos del lenguaje. Adoptando la perspectiva utilizada en su análisis sobre los puntos ilocucionarios, se descubre que con el lenguaje sólo es posible hacer un número limitado de cosas: le decimos a otros cómo son las cosas, procuramos que hagan cosas, nos comprometemos a hacer cosas, expresamos nuestros sentimientos y actitudes y acometemos cambios mediante nuestras expresiones.
A partir de lo anterior, Searle busca establecer lo que define como la estructura formal de condiciones de adecuación de sus categorías de actos de habla. Siendo las expresiones lingüísticas formas determinadas de acción de los hombres, cabe plantearse si determinadas formas de expresarse (y, por lo tanto, de actuar a través del lenguaje) representan un actuar adecuado.
Las condiciones de adecuación de los actos de habla se recogen en lo que se llama su forma canónica. De esta manera, por ejemplo, pueden establecerse los elementos que aseguran que una promesa esté bien hecha, para que cumpla, desde el punto de vista de la acción, con lo que se propone. Aquello que se propone es, antes que nada, de acuerdo a lo señalado previamente, que sea adecuadamente comprendida como una promesa y que, como tal, ella incluya todos los elementos necesarios para realizar adecuadamente una promesa. En el caso particular de una promesa, por ejemplo, es necesario que lo que se exprese identifique sin ambigüedad quién se compromete, ante quién lo hace, cuál es la acción futura que compromete, cuáles son las condiciones que especifican el hecho de que la acción sea satisfactoria y en qué tiempo se debe cumplir el compromiso.
Es importante destacar la importancia del desplazan miento que se ha producido en la tradición filosófica analítica. Al moverse del campo que enfatizaba la relación de la lógica con el lenguaje, a un campo en el que lo que más importa es la relación del lenguaje con la acción, se ha provocado un desplazamiento simultáneo que sustituye el énfasis colocado en la «forma lógica» por aquel puesto en la «forma canónica». Con ello, se ha provocado un importante giro desde la prioridad conferida a la dimensión asertiva de las proposiciones, a la prioridad otorgada a la dimensión efectiva del actuar de los hombres a través del lenguaje. El interés es precisamente el de la competencia de los hombres en la acción por medio del lenguaje.
CAPITULO XIX
LA TEORÍA DE SISTEMAS
Uno de los rasgos predominantes del pensamiento moderno ha sido su orientación analítica, el fundar el conocimiento en operaciones de desagregación progresivas hasta descomponer el objeto estudiado en sus unidades más simples. Esta opción, como fuera examinada en su oportunidad, remite a Descartes cuyo método recomendaba «dividir cada una de las dificultades en tantas partes como fuese posible». A través del conocimiento de las partes se lograba el conocimiento del objeto de estudio. Esta orientación analítica había predominado no sólo en el desarrollo de las principales corrientes filosóficas, sino, por sobre todo, había sido la orientación predominante en el desarrollo de la ciencia.
La física, disciplina que desde muy temprano servía de paradigma del conocimiento científico, había seguido con éxito este camino. El mundo físico demostraba responder a relaciones causales directas entre un número reducido de entidades simples. Los fenómenos aparentemente más complejos lograban explicarse mediante su reducción analítica, su descomposición en las partes que lo integran. El análisis exhibía tal fuerza, que muchas veces se identificaba, como si fuesen sinónimos, el conocer y el analizar.
La dialéctica, comprometida en un interés declarado por comprender los fenómenos históricos, había intentado poner en tela de juicio este enfoque. Había insistido en que él representaba una visión reduccionista que terminaba por sacrificar, a través del procedimiento de la desagregación, el objeto de estudio. Su propuesta había sido la contraria. La dialéctica afirmaba que era necesario, no la reducción del objeto en sus partes componentes, sino el establecer su relación con los demás objetos, con todo lo que el objeto no es. Por lo tanto, mientras la orientación analítica privilegiaba su capacidad de acceder a las partes, la dialéctica enfatizaba la referencia a la totalidad. Para la dialéctica, el conocimiento implicaba un proceso de progresivas síntesis parciales hasta alcanzar el todo; la verdad se identificaba con la totalidad.
En sus variantes tanto idealista como materialista, la dialéctica se verá atrapada, sin embargo, en sus propias contradicciones. Demostrará haber acometido una inadecuada resolución de los problemas asociados al dualismo filosófico y se verá comprometida en un discutible intento de superación de las restricciones de la lógica tradicional.
Frente a las deficiencias de la dialéctica, el pensamiento analítico saldrá reforzado. La influencia de la filosofía analítica será manifiesta. Las orientaciones filosóficas que invocan una perspectiva de