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L OS « PRESAGIOS » DEL FIN

In document Escatología (2a. ed.) (página 89-92)

MOMENTO Y SEÑALES DE LA PARUSÍA

3. L OS « PRESAGIOS » DEL FIN

Hay finalmente lugares en el Nuevo Testamento, especialmente enigmá- ticos, que afirman ciertos eventos o signos como precursores de la parusía108.

Veamos las citas bíblicas primero, y su interpretación después.

a) Referencias bíblicas a acontecimientos finales (i) Difusión del Evangelio y del antievangelio

Un lugar principal sobre los presagios es el discurso escatológico de Je- sús (cfr. Mc 13; Mt 24-25; Lc 21, 5 ss.). Básicamente, aquí se hace referencia a dos tipos de sucesos: (1) por un lado, la difusión universal del Evangelio, fuerza de salvación («Se proclamará esta Buena Nueva del Reino en el mun- do entero, para dar testimonio a todas las naciones. Y entonces vendrá el fin» [Mt 24, 14]); (2) por otro, la oposición que este mensaje y sus portadores sus- citarán en el mundo: persecuciones (cfr. Mc 13, 9-13), falsos profetas (cfr. Mc 13, 21-23), con el riesgo concomitante de infidelidad y desviación (cfr. Mt 24, 12) así como la oportunidad de mostrar la fidelidad (cfr. Mt 24, 13). En defi- nitiva, la fuerza salvadora de Dios se encontrará con una reacción de rebeldía. Otros escritos del Nuevo Testamento desarrollan este cuadro de comba- te. San Pablo, en la segunda carta a los Tesalonicenses, para corregir la idea –posiblemente provocada por su primera carta–, de que la parusía era inmi- nente, afirma que una gran tribulación debe preceder el fin. Ese tiempo de prueba, dice, será protagonizado por un misterioso personaje que conducirá a muchos a la apostasía: «primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el Hombre impío, el Hijo de perdición, el Adversario que se eleva sobre todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios» (2 Ts 2, 3-4).

LA PARUSÍA

108. SANAGUSTÍNofrece en De civitate Dei, XX un elenco de eventos pertenecientes al drama final, aunque no declara su secuencia precisa: el retorno de Elías (cap. 29), la conversión de los judíos (cap. 29), la aparición del Anticristo (caps. 19; 23), la venida del Juez (cap. 30), la resurrección de los muertos (caps. 5; 14; 20), la separación de los buenos y malos (caps. 5; 27), la quema y renovación del mundo (caps. 16; 18). M. SCHMAUS(Teología Dogmática, VII: Los novísimos, Madrid 1961, p. 168) enumera cuatro misterios que presagian el fin: predicación universal del Evangelio, conversión del pueblo elegido, la gran apostasía y el Anticristo, y el estado caótico del mundo. C. POZOpor su parte (Teología del más allá, pp. 116-119) nombra tres: la predicación del evangelio, la conversión de Israel, la aparición y éxito del Anticristo. Por otro lado, el Catecismo Romano (parte I, cap. VIII, 7) cita «tres señales principales»: «la predicación del Evangelio por todo el mundo, la apostasía y el Anticristo».

San Juan, por su parte, se referirá a esta potencia anti-evangélica con otro nombre, Anticristo: «Hijos míos, es la última hora. Habéis oído que iba a venir un Anticristo; pues bien, muchos anticristos han aparecido, por lo cual nos da- mos cuenta que es ya la última hora» (1 Jn 2, 18); «¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ése es el Anticristo, el que niega al Padre y al Hijo» (1 Jn 2, 22; cfr. también 1 Jn 4, 2-3: una nota interesante en estas afir- maciones es la actualidad que el autor asigna a la presencia del Anticristo).

En el libro del Apocalipsis (esp. el cap. 13) la tribulación final es descrita en sucesivos cuadros grandiosos. En ellos, las potencias del mal quedan repre- sentadas por diversas figuras: el Dragón; la Bestia de apariencia terrible, que recibe poderío del Dragón y adoración de «todos los habitantes de la tierra cuyo nombre no está inscrito, desde la creación del mundo, en el libro de la vida del Cordero degollado» (v. 8), y cuya cifra misteriosa es 666 (v. 18); una segunda bestia, que sirve a la primera «haciendo que la tierra y sus habitantes adoren a la primera Bestia» (v. 12).

(ii) La conversión del pueblo judío

Otro elemento del drama final concierne a la salvación del Pueblo Anti- guo. En Mt 23, 39 encontramos un vaticinio en boca de Jesús, quien, llorando a la vista de la ciudad de Jerusalén, declara: «Os digo que ya no me volveréis a ver hasta que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

En Rm 11, San Pablo desarrolla extensamente la idea de la recuperación final del pueblo judío, encuadrando este «misterio» (v. 25) en la perspectiva de la fidelidad divina. Es verdad, dice, que Dios permitió el endurecimiento del pueblo elegido; lo hizo, sin embargo, con designio sabio, como parte de un plan de salvación de alcance universal. El rechazo del pueblo da lugar a la ampliación de la invitación divina a todos los pueblos. Pero no deja a los is- raelitas completamente fuera del proyecto salvífico. La conversión de Israel está prevista en el plan divino: «el endurecimiento parcial que sobrevino a Is- rael durará hasta que entre la totalidad de los gentiles, y así, todo Israel será salvo» (Rm 11, 25-26). Con esta recuperación, se formará finalmente, entre judíos y gentiles, una única y completa comunidad de salvación.

b) Significado teológico de los «presagios»

Los textos que hemos citado arriba han sido objeto de variados intentos de exégesis a lo largo de la historia. Algunos intérpretes han pretendido deri- var de los pasajes una información precisa sobre la identidad del Anticristo, o la fecha exacta del fin, etc.: es decir, llegar desde los textos bíblicos a una cri- teriología. La insistencia de Jesús, sin embargo, en la ignorancia humana so- bre el momento –cfr. los textos de incertidumbre, supra–, junto con el lengua- je enigmático empleado, sugieren una actitud de gran prudencia a la hora de acercarse a los textos. Parecen ser éstas las lecciones esenciales que pretenden enseñar:

ESCATOLOGÍA CONSUMADA

(i) La libertad humana frente a la aproximación de Dios

En primer lugar, los textos llaman la atención sobre el papel fundamental de la libertad humana: Dios se aproxima, pero las criaturas pueden acogerle o rechazarle. Este diálogo divino-humano se despliega a lo largo de la historia, intensificándose en la medida en que Dios se acerca más y más. Así, la semi-

lla del Evangelio se difunde continuamente con la labor misionera de la Igle-

sia, interpelando a la humanidad y suscitando en los corazones, según los ca-

sos, la conversión o la rebelión.

(ii) El combate entre el poder de Dios y las fuerzas del mal

Frente al proyecto salvador divino, cabe la posibilidad de rebelarse. La difusión del Evangelio cuenta, de hecho, con esta oposición, la no-aceptación del señorío universal que Dios y su Cristo pretenden instaurar. Aunque el triunfo divino ya ha sido sustancialmente obrado en la Pascua, el combate to- davía se prolonga en la historia (agravándose en la medida en que se acerca el momento de consumación del proyecto de Dios).

La oposición antidivina se encarna de infinitas maneras: en personas, grupos, instituciones o ideas; en terreno político, económico, religioso o ideo- lógico. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, «[La] impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo» (n. 676). Bajo múltiples formas, el Anticristo incita a los hombres en la historia a adorar falsas deidades: poder y dominio, posesiones y conocimientos mundanos, éxito y renombre; por su atracción, muchos cae- rán en la apostasía. Hasta el momento final de la historia parecerá incluso pre- valecer el Enemigo; pero esto justamente servirá para que Cristo glorioso ponga de manifiesto el engaño de toda idolatría. Al mostrarse en todo su es- plendor y atracción, derribará, como bambalinas de teatro, las pompas del diablo y del «mundo».

(iii) Un aspecto particular de la historia salutis: los judíos

La historia del pueblo judío es una faceta especial del misterio de salva- ción. El proyecto divino, que tiene dimensión universal, no olvida a los judíos ni siquiera cuando rechazan al Mesías. Gracias a la fidelidad de Dios, el pue- blo antiguo sigue incluido en la economía salvífica, hasta el punto de que San Pablo pueda presentar su recuperación final como el colofón del proyecto sal- vífico. Como comenta el Catecismo de la Iglesia Católica, «la entrada de “la plenitud de los judíos” (Rm 11, 12) en la salvación mesiánica, a continuación de “la plenitud de los gentiles” (Rm 11, 25; cfr. Lc 21, 24), hará al Pueblo de Dios “llegar a la plenitud de Cristo” (Ef 4, 13) en la cual “Dios será todo en nosotros” (1 Co 15, 28)» (n. 674). El mensaje esencial es que el balance de salvación será positivo: la redención tendrá –en la medida en que las criaturas

correspondan– alcance universal, afectando a toda la humanidad, tanto judíos como gentiles. La perfección de la obra divina exige –y conseguirá– la recu- peración del género humano como unidad orgánica.

* * *

Los llamados «presagios» de la parusía constituyen una alusión enig- mática a aspectos del drama de salvación, que se hallan presentes en toda la etapa histórica anterior a la segunda venida, aunque seguramente se mani- festarán de forma más acusada antes del fin. No deben por tanto pensarse tales «señales» como reservadas exclusivamente para los últimos momen- tos, sino como acompasando el desarrollo de la entera historia, desde la pri- mera venida del Salvador hasta su retorno109. Su estrecha vinculación con el

misterio del Reino les hace participar del carácter anticipado de éste («el entrelazado del ahora y el luego», como dice J. Ratzinger110). De alguna ma-

nera las «señales» se materializan ante la mirada de cada generación cristia- na, a la vez que resulta imposible afirmar su completa realización en un de- terminado momento histórico. Ya, y todavía no.

Con esta nota, de «permanente presencia», los signos son «signos de los últimos tiempos». Contribuyen a mantener en tensión de vigilia a cada gene- ración cristiana. Simultáneamente, su carácter enigmático impide que sean utilizados indebidamente como criterios para conocer el momento preciso del fin. Más que simple objeto de curiosidad, aparecen como recordatorios salu- dables, puestos permanentemente ante los ojos de peregrinantes.

4. COMPLEMENTARIEDAD DE LOS TRES TIPOS DE PRONUNCIAMIENTOS

In document Escatología (2a. ed.) (página 89-92)

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