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E L PROCESO EN R OMA

In document El Padre Maestro Ignacio (página 130-134)

XI. NACE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

1. E L PROCESO EN R OMA

Cuando la vida del grupo parecía que iba a desarrollarse tranquilamente, surgió una gravísima contrariedad que estuvo a punto de poner en peligro su misma existencia.

Todo empezó en la Cuaresma de aquel año 1538. Los sermones cuaresmales en la iglesia de San Agustín corrieron a cargo de un religioso de esta Orden, el piamontés Agustín Mainardi. Grande fue el concurso de gente. Entre los oyentes estuvieron también Fabro y Laínez, los cuales no tardaron en notar, asombrados, que el célebre predicador enseñaba doctrinas claramente luteranas. No se equivocaban en su diagnóstico. De hecho, dos años más tarde, Mainardi abrazó manifiestamente el protes- tantismo, retirándose a Chiavenna, en la Valtellina, donde fundó una comunidad reformada y murió en 1563. Fabro y Laínez visitaron al predicador y fraternamente le amonestaron para que retractase sus proposiciones erróneas. No tuvieron éxito.

El conflicto se agravó por la intervención de algunos españoles influyentes en la curia romana, favorables a Mainardi. Conocemos sus nombres: Francisco Mudarra, un tal Barrera, Pedro de Castilla y Mateo Pascual. Pero el que avivó el fuego fue Miguel Landívar, de amigo con- vertido en enemigo por haber sido separado del grupo. Empezaron a propalar la idea de que aquellos «curas reformados» en realidad eran unos luteranos disfrazados, que por medio de los Ejercicios embaucaban a sus adeptos. A causa de sus inmoralidades y de sus errores doctrinales habían sido procesados en España, en París y en Venecia, de donde habían huido, refugiándose en Roma.

tardaron en dejarse sentir. Los fieles empezaron a retirarse del trato de aquellos hombres sospechosos.

Uno de los que se dejaron influenciar fue el cardenal Juan Domingo De Cupis, decano del Sacro Colegio. Este era amigo de Quirino Garzoni, y le amonestó para que echase de su casa a Ignacio y a sus compañeros. Garzoni le replicó que los había hecho espiar por su criado y jardinero Antonio Sarzana, y éste los tenía por santos. Les había dejado camas, pero ellos no las usaban, durmiendo en el suelo sobre unas esteras. La comida que recibían la distribuían entre los pobres, y otras cosas más. El cardenal le dijo que no había que fiarse de aquellos lobos con piel de oveja, que lo que pretendían era engañar al pueblo.

Ignacio tuvo entonces una iniciativa muy en línea con su carácter. Se fue a visitar al cardenal en su palacio, situado en la vía de Santa María dell’Anima, y consiguió tener audiencia. Dos horas estuvo con el cardenal, mientras otros esperaban impacientes en la antecámara. El cardenal acabó por rendirse a las razones de Ignacio y se echó a sus pies pidiéndole perdón. En adelante se mostró siempre amigo y bienhechor del grupo.

Dio otro golpe más decisivo. Pidió y obtuvo audiencia con el gobernador de Roma, que era el encargado de la justicia. Se llamaba Benito Conversini. Como prueba en su favor le mostró una carta que le había dirigido Miguel Landívar anteriormente, en la que este antiguo criado de Javier se deshacía en elogios de Ignacio y de los demás compañeros. Con esta carta en la mano era fácil demostrar la contradicción en que había incurrido el navarro y la falta de fundamento de sus acusaciones. El resultado fue que Landívar fue expulsado de Roma como difusor de falsedades.

Terminada esta primera fase, los compañeros pudieron dedicarse más tranquilamente a los ministerios sacerdotales, repartiéndose en varias iglesias de la Urbe. Ignacio predicaba en castellano, en la iglesia nacional de la Corona de Aragón, Santa María de Monserrato. Los otros lo hacían en castellano, lo mejor que sabían y podían: Fabro, en San Lorenzo in Dámaso; Laínez, en San Salvatore in Lauro; layo, en San Luis de los Franceses; Salmerón, en Santa Lucía del Gonfalone; Rodrigues, en Sant’Angelo in Peschería; Bobadilla, en San Celso y Julián. Javier por entonces se vio obligado a guardar la casa, porque su quebrantada salud requería cuidados. Para estar más cerca del campo de sus actividades, ha- cia el mes de junio de aquel año 1538 se trasladaron todos a una casa situada cerca del puente Sixto y de la habitación del doctor Ortiz. Unos

amigos se la alquilaron por cuatro meses.

Entretanto, Mudarra y sus amigos no cesaban en su campaña denigratoria. Ignacio se mantuvo firme, y el 7 de julio presentó formalmente demanda judicial al cardenal Vicente Carafa, a quien Paulo III había dejado como legado suyo en Roma cuando el 20 de mayo partió para Niza con la intención de promover la paz entre el Emperador y el rey de Francia. Lo que le pedía era que se hiciese una encuesta formal sobre el caso, seguida de sentencia judicial.

Ante esta actitud tan resuelta, los adversarios hicieron marcha atrás, retirando sus acusaciones contra los «sacerdotes reformados» y aun cambiándolas en elogios. Algunos, aun entre los mismos compañeros y amigos incondicionales como el doctor Ortiz, pensaron que esto bastaba y que el asunto podía darse por concluido. Ignacio no fue de esta opinión. Pensó que para que su inocencia fuese definitivamente reconocida era necesaria la sanción de una sentencia judicial. De lo contrario, las ac- tividades apostólicas del grupo quedaban comprometidas.

Había otra razón que los biógrafos no mencionan, pero que seguramente influyó en la conducta de Ignacio. Las esperanzas de realizar la peregrinación a Jerusalén se habían desvanecido, sobre todo desde que el 2 de febrero de aquel año 1338 la república de Venecia había entrado a formar parte de la Liga contra el Turco junto con el papa y el Emperador. Se acercaba, pues, el momento de que Ignacio y los compañeros se presentasen al papa, en virtud del voto de Montmartre, para ponerse a su disposición. La fundación de una nueva orden religiosa no estaba aún formalmente decidida, pero se veía ya en el horizonte. Porque era evidente, como demostraron pronto los hechos, que aquel grupo tan compacto no estaba destinado a disolverse, antes al contrario, debía perpetuarse, recibiendo para ello una organización que garantizase su estabilidad y su desarrollo. Ahora bien, ¿con qué tranquilidad hubiesen podido presentar al papa sus proyectos si su situación no quedaba aclarada? Hoy podemos afirmar que la fundación y aprobación de la Compañía de Jesús dependieron de la solución de aquel conflicto. De ahí la importancia que Ignacio dio a aquel proceso y a la sentencia absolutoria que le puso fin. Lo prueba también la abundancia de datos que poseemos sobre aquel aconte- cimiento, que resulta ser uno de los mejor documentados en la vida de San Ignacio.

En apoyo de su causa, Ignacio y sus compañeros no dejaron piedra por mover. Dirigieron cartas a las autoridades de aquellas ciudades donde

varios de ellos habían trabajado para que enviasen a Roma testimonios escritos acerca de su vida y doctrina. De hecho, de Ferrara, Bolonia y Siena llegaron escritos laudatorios.

Ignacio dio un paso más. Cuando el día 24 de julio el papa regresó a Roma después de su viaje a Niza, hizo todo lo posible por entrevistarse con él. En la segunda quincena de agosto, Paulo III se trasladó a Frascati. Allí le siguió Ignacio, y tuvo tanta fortuna, que el mismo día que llegó fue recibido en audiencia. Lo contó él mismo con abundantes detalles en carta a Isabel Roser: «... yendo para allá [a Frascati], hablé a Su Santidad en su cámara a solas [Polanco añade que habló en latín], bien al pie de una hora; donde, hablándole largamente de nuestros propósitos e intenciones, le narré claramente todas las veces que contra mí habían hecho proceso [...]. Supliqué a Su Santidad, en nombre de todos, mandase remediar, para que nuestra doctrina y costumbres fuesen inquiridos y examinados por cualquier juez ordinario que Su Santidad mandase». El papa accedió a los deseos de Ignacio y dio orden al gobernador de Roma de que se hiciese el proceso. En el texto de la súplica dirigida por Ignacio al papa el 7 de julio hay al final esta nota autógrafa del cardenal Vicente Carafa; que, traducida del latín, dice: «Por orden de nuestro Señor el papa, oiga el gobernador, cite y proceda, como se pide, y haga justicia».

Se dio una circunstancia sumamente favorable, que Ignacio no dudó en calificar de providencial. En aquel verano-otoño de 1538 coincidieron en Roma, por varios motivos, todos aquellos que le habían examinado y juzgado en Alcalá, en París y en Venecia. De Alcalá había llegado Juan Rodríguez de Figueroa; de París, el inquisidor Mateo Ory; de Venecia, el vicario general del legado, Gaspar de’ Dotti. Todos ellos fueron llamados a deponer frente al gobernador. Sus testimonios fueron una espléndida demostración de inocencia. No sólo no se había notado en los acusados ningún error doctrinal o moral, sino que su vida era santa y sana su doctrina. Al testimonio de aquellos antiguos jueces se añadió el de otros personajes del mayor prestigio: el doctor Pedro Ortiz, el embajador de Siena Lactancio Tolomei; el célebre teólogo dominico Ambrosio Caterino. En conclusión, el gobernador, Benito Conversini, dio sentencia absolutoria el 18 de noviembre de 1538. En ella se declaraba que Ignacio y sus compañeros no sólo no habían incurrido en infamia, sino que su inocencia había sido demostrada con claros testimonios, mientras habían resultado falsas las acusaciones de los calumniadores. A petición de Ignacio, en el texto de la sentencia fue silenciado el nombre de éstos. Lo cual no quitó que se les impusiesen severas penas. Ignacio tuvo enorme interés en que

esta sentencia fuese conocida allí donde habían podido llegar los rumores de las falsas acusaciones. Esto explica el gran número de copias auténticas de la sentencia que se conservan en los archivos. Una de ellas fue enviada por Ignacio a sus parientes de Loyola. Estos la guardaron como reliquia.

Con la sentencia absolutoria volvía la paz y la serenidad a los ánimos. Ignacio y sus compañeros podían mirar tranquilamente hacia el futuro, que se presentaba despejado. La tan suspirada peregrinación resultaba imposible. Terminado abundantemente el plazo de espera, no quedaba sino ponerse a disposición del papa, según lo prometido en Montmartre.

El acto de ofrecimiento al papa debió de realizarse entre el 18 de noviembre, fecha de la sentencia de absolución, y el 23 del mismo mes, día en que Fabro, cuyo es el único testimonio que tenemos de este hecho, en carta a Diego de Gouveia, habla del ofrecimiento como de algo ya ocurrido.

Paulo III aceptó gustoso el ofrecimiento que de sus personas le hacían con tanta sinceridad aquellos hombres, que no buscaban más que servir a Dios y a la Iglesia. Con ocasión de una de las disputas teológicas efectuadas en su presencia, les había dicho ya: «¿A qué tanto desear ir a Jerusalén? Buena y verdadera Jerusalén es Italia si deseáis hacer fruto en la Iglesia de Dios». De estas palabras se desprende que la primera intención del papa fue la de retenerlos en Italia.

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