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L A TOMA DE LA GRAN CIUDAD

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Período neobabilónico

3. L A TOMA DE LA GRAN CIUDAD

Después del largo reinado de Nabucodonosor, y como tantas veces sucede en la historia, el imperio entra rápidamente en crisis, o, por me- jor decir, es entonces cuando eclosiona la crisis incubada durante los úl- timos años de aquel reinado. El nuevo rey, hijo del anterior, llamado Awel-Marduk (561-560 a.C.), resulta incapaz de controlar la situación y es suplantado por su cuñado Nergal-shar-usur, general del ejército, a quien en poco tiempo sucede su propio hijo, el niño Labashi-Marduk, que es asesinado. Es preciso buscar un hombre preparado que pueda sal- var el imperio, y así es como en la corte se elige al príncipe de origen arameo Nabunaid (Nabónido), que era hijo de un alto dignatario real.

Nabunaid (556-539 a.C.) fue un curioso rey, lo suficientemente terco como para mantener el imperio durante casi treinta años, pero, a la vez, lo suficientemente incapaz como para presenciar su ruina defini-

tiva con sus propios ojos. Tuvo la peregrina idea, sugerida por su madre, de hacer una reforma religiosa en circunstancias tan inseguras y peligro- sas. Consistía en suplantar la hegemonía del dios Marduk, señor de Ba- bilonia, por el dios Sin, señor de la ciudad de Ur, divinidad masculina de carácter lunar, que era venerada también en otras ciudades, entre ellas la de Haran en el valle del Balih. Ello conllevó el descontento y la ene- mistad de una buena parte de la población, en especial entre las clases dirigentes, lo que originó una campaña interna de desprestigio, favore- cida por la presión de las potencias externas que acechaban el momen- to oportuno para lanzarse sobre los despojos del imperio herido de muerte.

Nabunaid, en su inconsciencia mística, desapareció de la corte du- rante ocho años, dedicado a reconstruir santuarios para su dios en el de- sierto de Arabia. Incluso se dijo que había caído en un estado de pro- funda neurosis, de lo que se hacen eco algunas narraciones tardías de la Biblia (Dn 4). El gobierno quedó en manos de su hijo Bel-shar-usur (Belsazar).

Mientras tanto, la nueva amenaza exterior tenía ya un nombre cla- ro: Ciro, rey de los persas, que había logrado no solo formar una gran potencia militar, aunando reinos más allá de las fronteras del imperio, sino minando en el interior el prestigio de la dinastía caldea. La situa- ción era ya insostenible. Nabunaid volvió a Babilonia desde su destierro voluntario y empezó a preparar la defensa, encargando el mando de las tropas a su hijo, que por cierto era un militar bastante experto. La bata- lla tuvo lugar en Opis, junto al Tigris, y en ella murió Bel-shar-usur. El fantástico ejército persa se dirigió a Babilonia. A su paso, la ciudad de Sippar sobre el Éufrates se rindió. Por fin se apoderó de Babilonia, sin destruirla. Era el 12 de octubre del año 539 a.C.

En la Biblia salen: Awel-Marduk, a quien se llama Evil Merodac, y que es quien libera al rey Joaquín de su prisión (2 Re 25,27); y Bel-shar- usur, que recibe el nombre de Baltasar, a quien se anuncia en un ban- quete la inminente entrada en Babilonia de las tropas persas (Dn 5); igualmente se hace referencia a él en otras visiones (Dn 7,1; 8,1).

No existe paralelo entre la caída de Nínive y la de Babilonia. En realidad, Ciro fue recibido en la gran ciudad como un libertador, no so- lo por los pueblos oprimidos, sino por los propios babilonios que vie-

ron en él un restaurador del viejo culto a Marduk. Los profetas de Judá hablan de la caída de la ciudad, señalando que se trata de un castigo di- vino, a causa de la corrupción, la idolatría y el orgullo de Babilonia y de su rey. A este le dice un texto atribuido a Isaías: «¡Cómo ha acabado el tirano, cómo ha acabado su arrogancia! Ha quebrado Yahveh el cetro de los malvados, la vara de los dominadores, al que golpeaba furioso a los pueblos con golpes incesantes y oprimía iracundo a las naciones con opresión implacable. La tierra entera descansa tranquila, gritando de jú- bilo. Hasta los cipreses se alegran de tu suerte, y los cedros de Líbano... ¡Cómo has caído del cielo, lucero de la aurora, y estás derrumbado por tierra, agresor de naciones! Tú que decías en tu corazón: Escalaré los cie- los y por encima de los astros divinos levantaré mi trono... Los que no te ven se te quedan mirando, meditan tu suerte: ¿Es este el que hacía temblar la tierra y estremecerse los reinos, que dejaba el orbe desierto, arrasaba sus ciudades y no soltaba a sus prisioneros?» (Is 14,5-17). Y en otro texto del Deuteroisaías se dice: «Baja, siéntate en el polvo, joven Babilonia, siéntate en tierra sin trono, capital de los caldeos, que ya no te volverán a llamar blanda y refinada... Siéntate y calla, entra en las ti- nieblas, capital de los caldeos, que ya no te llamarán señora de los rei- nos» (Is 47,1-5). Y el profeta Jeremías dice con júbilo: «Anunciadlo a las naciones, pregonadlo, alzad la bandera, pregonad, no lo calléis, decid: Babilonia ha sido conquistada, Bel está confuso, Marduk consternado, sus ídolos derrotados, sus imágenes consternadas» (Jr 50,2).

Sin embargo, algunos textos en su desbordada imaginación poética van más allá de la realidad, como cuando aluden a una destrucción que no tuvo lugar: «Quedará Babilonia, la perla de los reinos, joya y orgullo de los caldeos, como Sodoma y Gomorra en la catástrofe de Dios. Jamás la habitarán ni la poblarán de generación en generación. El beduino no acampará allí, ni apriscarán los pastores. Apriscarán allí las fieras, los bú- hos llenarán sus casas, anidará allí el avestruz y los chivos brincarán; au- llarán las hienas en las mansiones y los chacales en los palacios de pla- cer» (Is 13,19-22).

En realidad, la caída de Babilonia para la Biblia no es tanto la con- sumación de una venganza, cuanto una noticia de liberación. Cuando cayó Nínive, Judá y el mundo entero se alegraron, aunque ya nada te- nían que temer de un tirano distante y herido de muerte. Pero Israel no

volvió del destierro, ni se reinstauró un nuevo reino en la montaña de Efraím. La caída de Babilonia supone, en cambio, el fin de una amena- za, el desplome de una tentación idolátrica que presionaba a Judá, y, so- bre todo, es la trompeta que anuncia la liberación del pueblo, que in- mediatamente se pondrá en marcha hacia la Tierra Prometida. Es el triunfo de Yahveh sobre los ídolos de las naciones y una confirmación de que la historia del pueblo abatido sigue siendo conducida por la ma- no firme y paternal de Dios. Por eso, se trata de la gran noticia: «Mirad: llega gente montada, un par de jinetes, y anuncian: Ha caído, ha caído Babilonia; las estatuas de sus dioses yacen destrozadas por tierra. Pueblo mío, trillado en la era, lo que he escuchado de Yahveh Sebaoth, Dios de Israel, yo te lo anuncio» (Is 21,9-10).

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