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LA ALEGRÍA DE UNIRSE Ellos se han comprometido.

In document La alegría de amar Marcel Clement (página 30-61)

Ante ellos, ahora, está el Amor, que es camino de la Unidad.

El gesto más espontáneo tal vez del amor, ¿no es el de dos brazos que se abrazan? Así, la madre que coge a su hijo; así, los esposos que expresan por este gesto de ternura su compromiso; así, los abrazos al momento de despedirse, están señalando corporalmente que no forman

más que uno.

¡El amor, camino de la unidad!

La unidad es también acuerdo de voluntades:

¿Qué mayor alegría para un padre de familia saber que sus hijos confían en él, que son dóciles a sus consejos y correcciones?

Y si alzamos aún más alto nuestras miradas, hasta Jesucristo, Dios hecho hombre, ¿cuál es el testamento que nos deja? Un testamento de amor y de unidad.

Pero no ruego sólo por éstos, sino por cuantos crean en mí por su palabra, para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has envido. Yo les he dado la gloria que tú me diste, a fin de que sean uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean consumados en la unidad y conozca el mundo que tú me enviaste y amaste a éstos como me amaste a mí (Juan 17,20-23).

¡El amor, camino de la unidad! Mírese de todos lados, siempre se encontrará esta aspiración universal. Incluso después de tantas divisiones, tantas separaciones, tantas rupturas dolorosas, siempre queda la nostalgia de la unidad no alcanzada.

LOS HIJOS, PRINCIPIO DE UNIDAD

Ante esta perspectiva de la ascensión de todos los hombres hacia la cima divina de la Unidad perfecta es cómo hay que considerar al matrimonio.

Demasiado a menudo, se limita uno a enumerar todas las faltas por evitar, y que hieren o matan el amor. Sin embargo, no es así como nosotros debemos orientar nuestra meditación sobre el matrimonio. Hay que considerarlo en una perspectiva mucho más amplia y exigente. Pues ¡todo lo que es verdaderamente bello, verdaderamente grande, es exigente! De otro modo... ¡no se querría!

Examinemos, pues, las cosas objetivamente. Nuestros novios han triunfado de las emboscadas que preceden siempre al matrimonio. Ahí les tenéis unidos de por vida, después de haberse prometido libre y alegremente amarse para el resto de sus días.

¿Adónde conduce el amor?

¿Hacia dónde van ellos a dirigirse ahora? ¿Qué sentido van ellos a dar a su vida en común? ¿Se plantearán siquiera la cuestión? ¿Hablarán de ella juntos?

¡Hay tantos que no lo hacen! Que sufren y buscan en las distracciones artificiales, en evasiones de todas clases, un calmante para el vacío que sienten interiormente...

Miremos las cosas con valentía, porque, en verdad, se precisa valor. Pues bajo la influencia del clima materialista de la sociedad contemporánea, demasiados jóvenes casados viven una vida que es un contrasentido a los fines de matrimonio.

¿Conduce el amor a la felicidad?

Hagan la pregunta a una pareja al azar: — ¿Por qué se casan ustedes?

—Pues... porque nos queremos. Precisemos más nuestra pregunta:

— ¡Naturalmente! Lo creo. Pero, admitiendo que ustedes se aman y que por esa causa quieren casarse, ¿cuál es el fin, el propósito que ustedes persiguen al casarse?

Y para el noventa y cinco veces de ciento, la respuesta será:

—Nuestro propósito... está claro, que ¡ser felices! ¿Qué otra finalidad podríamos desear?

— ¡Evidentemente! Era de esperar. Pero si vuestro propósito es ser felices, pobrecitos de vosotros..., ¡no lo serán jamás!

— ¿Qué está usted tratando de decirnos?...

¿Qué es la felicidad?

—Reflexionemos un poco. Ser felices, ¿qué quiere decir? —Ser felices, es amarse... ¡Eso es todo!

Sigamos el razonamiento.

Nosotros nos casamos para ser felices. Se es feliz cuando se ama. Luego nos casamos para amarnos. ¡Y seremos felices porque nos amaremos!

¡Y ya está! ¡Es así se simple!

La falta de realismo salta a la vista: en todo esto nadie se pregunta por las dificultades de toda clase que llenan la vida del matrimonio. Siempre es el mismo postulado: «¡Nosotros nos amamos! ¿Qué nos puede pasar?»

En qué consiste el amor en realidad

«¡Se es feliz cuando se ama!»

¿Pero qué es el amor realmente? ¿Realmente se aman? ¿Qué es lo que esto quiere decir realmente?

Hay una gran diferencia entre el amor y el estar enamorado.

El enamoramiento es un sentimiento, una atracción hacia una persona determinada del otro sexo. Y es algo involuntario. Un día, al ver una chica, te enamoraste, y no sabías exactamente por qué. Este sentimiento puede durar un tiempo y puede también desaparecer.

El amor es algo distinto. Es un acto de la voluntad. Yo me decido a amar a una persona. Y amar es buscar el verdadero bien de la otra persona. No es un sentimiento. El enamoramiento es el primer paso, pero no es todavía amor. Este sentimiento, no cabe duda, que me ayuda para decidirme a comprometerme, a amar a la otra persona, a decidirme a formar con ella una familia y compartir el resto nuestras vidas. Pero el sentimiento puede pasar, porque no depende totalmente de mí, mas el amor, no, porque depende totalmente de mí, de ser fiel al compromiso que hice un día de amar a esa persona de la que me enamoré.

¿Qué es entonces el amor? Comprometerse a buscar el bien verdadero de la otra persona. No es un sentimiento.

El enamoramiento es un sentimiento encantador, pero egoísta; se fundamenta en el atractivo físico o visual sobre todo. El verdadero amor es generoso, y no se apoya en lo que vemos, sino en lo que somos o pretendemos ser.

Entonces, ¿adónde conduce el amor en un matrimonio?

Pero seamos realistas. Veamos las cosas como son y como Dios las ha hecho.

El amor entre los esposos conduce a la vida. Es la consecuencia natural del acto sexual.

Y no hay por qué disimular este realismo sano que da todo su sentido al amor esponsal. Está orientado hacia el nacimiento de ese ser humano que se desarrolla en el cuerpo de la mujer, porque Dios la ha moldeado hasta en la forma de sus huesos para ello, como una cuna perfecta.

Es lo que prometen los novios al casarse… dar vida a un ser humano, educarle en la vida cristiana. Es lo que la Iglesia bendice.

¿Entonces?... Si uno se casa para engendrar vida... ¿por qué decir solamente que uno se casa «para ser feliz»... como si esa expresión vaga fuera más bella que la realidad?

¿No será que, más o menos conscientemente, de que ya no desean dar vida, ya no se alegran de poder concebir una vida humana?

¿No será que el mundo nos sugiere que las satisfacciones sensuales son un fin en sí mismas, como si fuese el fin del matrimonio, y que sentimos vergüenza de confesar que las deseamos como tales... y que no deseamos del matrimonio, de hecho, más que por el placer que aporta el acto sexual, y no por las fatigas y las responsabilidades que implica tener un hijo?

¿No será que asumimos —claro está, sin formularlo explícitamente — que el fin de la sexualidad es para satisfacer nuestras ansías de placer, que la mujer es en la práctica y, ante todo, un instrumento de placer?

Pero nos equivocamos totalmente. Buscamos la felicidad en el placer, y allí nunca la podremos encontrar. Porque el placer es algo efímero, que dura tan solo unos segundos o minutos, que tiene su función, pero no es el fin de nuestra vida. La felicidad es algo mucho más profundo y duradero; es el gozo que brota del amar de verdad, de buscar el bien del otro y no de mí mismo.

Lo que hiere el amor es el deseo de amar incompletamente

Porque no es el deseo de amar, y de amar completamente, lo que no se atreve uno a confesar; es el deseo de amar incompletamente. No es el deseo de perseguir los dos fines del matrimonio —unitivo y procreativo—, del que uno se avergüenza; es el fingir que se persigue esos fines, cuando en realidad no se quieren, por lo menos uno de ellos.

Ahí es donde reside el verdadero problema de muchos jóvenes, muchachos y muchachas. A ellos les avergüenza confesarlo abiertamente, pero de alguna se avergüenzan del egoísmo que significa un amor estéril, un amor sin fecundidad. Situación que no puede dar felicidad, donde el alma se asfixia, donde la vida moral desfallece miserablemente.

¿Qué hacer para salir de ahí? No existe más que una salida, y es la salida hacia la libertad interior, hacia la luz y, al mismo tiempo, hacia la verdadera libertad.

¿Qué hacer para amar?

Hay que querer amar, no por la satisfacción que nos proporciona, sino para responder al plan universal de Dios. El plan universal de Dios, es la gloria de Dios.

A nuestros primeros padres, Dios les dio esta orden: «Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla» (Génesis 1,28).

Porque la gloria de Dios —que es el Amor— reclama adoradores, adoradores en espíritu y en verdad. La gloria de Dios-Amor pide almas de amor.

Los fines del matrimonio

Los fines esenciales o principales del matrimonio son:

- la procreación y educación de los hijos (fin procreativo), y - unir a los esposos en el amor (fin unitivo)

Los dos fines son esenciales.

Si el fin fuese sólo el amor (y éste reducido a pura sensibilidad o afectividad), podría justificarse en ese caso, por ejemplo:

- el adulterio o el divorcio, siempre que un hombre sea infiel a su propia esposa por amor a otra;

- el concubinato, siempre que sea por amor;

Si sólo prima el amor, pierde el matrimonio aquello que lo constituye y distingue singularmente de todo otro tipo de sociedad.

Si sólo prima el amor, y no la procreación y educación de los hijos, se despoja el matrimonio del carácter privilegiado que tiene como anterior y superior a toda otra sociedad, incluso el Estado, tal como lo reconoce la misma ley natural.

Si sólo prima el amor, ¿en qué se diferencia el matrimonio de la simple sociedad amical, o de las sociedades filantrópicas?

Si sólo prima el amor entre los esposos, ¿por qué tendrían tanto que afanarse tanto por la educación de los hijos, y no liberarse de algo tan engorroso?

Los dos fines principales del matrimonio no se excluyen sino que son complementarios. Y ésta es una realidad tan inscrita en la naturaleza misma del matrimonio y explícita en la Ley de Dios, que Santo Tomás de Aquino enseña:

"No se ha de tener por pecado leve procurar la emisión seminal sin debido fin de generación y de crianza. Después del pecado de homicidio, que destruye la naturaleza humana ya formada, tal género de pecado parece seguirle por impedir la generación de ella" (Santo Tomás de Aquino, Suma Contra Gentiles, III, 122, BAC, t. II, p. 468).

Tampoco se puede considerar a la procreación como el único fin esencial del matrimonio, pues se seguirían las siguientes deplorables consecuencias:

- podrían disolverse los matrimonios que no pudieran tener hijos;

- podrían separarse los matrimonios con hijos mayores, cuando, por la edad, ya no pudieran tener más;

- podría justificarse la inseminación artificial: " tanto entre casados, no casados, como entre una mujer casada y un varón que no sea su marido.

- podría aceptarse la fecundación in vitro, que daría los llamados "hijos de probeta";

- y se aceptaría como una bendición la proliferación de los bancos de semen, donde se registran las características del donante (color de ojos,

cabello, estatura, grupo sanguíneo, etc.), para que el esperma sea elegido en función del aspecto físico del marido y de la mujer por inseminar, asegurándosele, por otra parte, al donante, que su anonimato será escrupulosamente respetado.

El amor no «toma», sino «da»

El matrimonio, instituido por Dios en el orden natural, elevado por Cristo a la dignidad de sacramento, tiene como uno de sus fines esenciales la procreación, la conservación y la educación de esos pequeños, «cuyos ángeles, ven de continuo en el cielo la faz de mi Padre» (Mat. 18,10).

¿No pide y manda el Señor a los esposos de todos los siglos: «¡Dejad que los niños vengan a mí!»? (Mat. 19,14).

¡Dejadles nacer!... ¡Dejadles conocerme!... ¡Enseñadles a amarme! ¡Qué verdadero resulta todo, entonces, en el amor humano! ¡Y qué lejos estamos de ese «sexo seguro», que despreciando la voluntad de Dios, se aparta de su vocación: dar hijos al mundo para El!...

Así, es la naturaleza misma, según el orden querido por el Creador, la que inclina al matrimonio.

Y para «dar», hay que renunciar a lo que se da

Si queremos dar la vida, hijos al mundo, cuidarlos y educarlos, es preciso, en cierto modo, renunciar a la nuestra. Para conseguirlo, si queremos vivir de acuerdo con nuestra dignidad de personas y, más aún, de cristianos, es indispensable que en nosotros la concupiscencia –la inclinación desordenada que tenemos por el placer— sea mortificada.

Esta mortificación es indispensable para poder amar de verdad en el matrimonio (en esto consiste la castidad, amar de verdad), y hacer que todas las inclinaciones instintivas permanezcan siempre sometidas a nuestra voluntad, a nuestra razón.

Y ¿dónde encontraremos la energía espiritual para dominar nuestra concupiscencia, sino en la práctica confiada de la oración y de los sacramentos? ¿No ha sido instituida la Eucaristía para darnos la fortaleza sobrenatural que procede de la vida íntima de Dios? ¿No ha sido creada la absolución para devolver la salud a nuestra alma?

Aquí hay una armonía perfecta: una verdadera filosofía del amor, un uso razonable del matrimonio y una auténtica vida cristiana.

Los hijos, principio de unidad del matrimonio.

Nuestra naturaleza misma nos inclina hacia el matrimonio. Casarse y dar la vida, es todo uno: ¡es la alegría indecible que sienten los padres al saber que Dios les ha concedido un hijo!

¡Qué ciegos son los esposos que reducen su amor a amarse a sí mismos! ¡No piensan en esa otra alegría tan profunda, tan dulce, que pro- porciona la llegada de un nuevo hijo!

Mirad a esa joven mamá con el bebé en sus brazos. ¡Con qué dulzura lo abraza! ¡Y su esposo a su lado no comprende nada! Está un poco avergonzado de su emoción. ¡Creía que sabía todo en la vida, que había previsto todo! ¡No! No sabía aún lo que eso significaba ser padre. Cuando, al nacer, una enfermera vino a depositar el niño en sus brazos, ¡entró él en un mundo nuevo, desconocido!

¡Ya está! Son dos en una sola carne. Un pequeño bebé los une.

Unión indisoluble de los esposos, es este niño, que será pronto bautizado, nacido como ellos para la vida eterna, para el Amor,

¡Qué pequeño es! ¡Con sus pequeños piececitos... con sus manitas... con sus deditos, con su linda carita!

— ¡Esto que ves, es de nosotros!

Ese nuevo pequeño ser que nosotros hemos soñado juntos y que acaba de nacer hace que nosotros, siendo tres, no seamos más que UNO.

«…Que sean uno, como nosotros somos uno; ellos y tú en mí, a fin de que su unidad sea perfecta.»

La misma vida divina fluye en estas tres vidas humanas. La misma vida del Hijo de Dios une más íntimamente que la naturaleza misma a esta familia de bautizados.

¿Y ahora?

Confiados, hacia el porvenir

Han de venir cuidados, preocupaciones, dificultades... ¡No va a ser cómodo!

¡Pero qué importa eso!

¿O somos unos jóvenes cristianos auténticos o somos unos replegados egoístas encubiertos, aprisionados en la cárcel del bienestar, de las pequeñas comodidades, de los pequeños placeres?

¿Seremos como esos tremendos egoístas que prefieren sus buenas comidas, sus bailes, su cine, sus fiestas, unas buenas vacaciones, antes que dar la vida a un hijo?

¿Seremos esos crasos egoístas que prefieren el auto, las joyas, el lujo, la vida cómoda, a dar la vida a un hijo?

¿Qué es «dar la vida»?

La vida, pensémoslo bien, es la causa de nuestra existencia. Si nuestros padres no hubiesen tenido la generosidad de desearnos, no existiríamos.

Dar algo a alguien... dar un regalo a la mujer o un juguete a un niño, ¡ya es algo!

Dar pan a un hambriento, dar un vestido a un andrajoso, un albergue a un vagabundo, ¡es aún mucho más!

Pero, ¡dar la vida! Dejar a Dios crear a través nuestro: he ahí lo que depende a veces de nuestra sola voluntad de esposos.

¿Hemos pensado bien en ello? ¿Es verdaderamente ese poder increíble, este amor de donación tan excelso lo que algunos intentan desviar de su fin? ¿Es posible tal inconsciencia? ¿Puede semejante egoísmo asentar en dos jóvenes, cuya misma pasión instintiva refleja la orden explícita del Creador: Multiplicaos?

¿Nuestros muchachos y muchachas dirán aún que no se casan más que «para ser felices»?

¿Llamarán aún felicidad a la búsqueda egoísta del placer?

¿Es tal felicidad la que constituye verdaderamente la unidad de su matrimonio? No. La unidad de su matrimonio es haberse escogido, irrevocablemente, para amarse, a fin de que su amor produzca sus frutos naturales: los hijos, los cuales, sin el deseo de los esposos no habrían sido llamados a la vida.

Si ellos tienen ese claro objetivo, ¡qué fácil les será ser felices! Nadie ni nada les podrá quitar su alegría.

Las dificultades vendrán, ¡lo hemos dicho una y otra vez!... Pero se pondrán de acuerdo para vencerlas, para superarlas, con la ayuda de Dios.

Es fácil. Basta con convertirse, renovarse interiormente, con estar dispuestos a morir a sí mismos, a la renuncia de sí mismos para llegar a la resurrección.

En vez de casarnos para «nuestra» felicidad, lo que inmediatamente falsea el sentido mismo del matrimonio, vamos, desde lo más profundo de nuestra intención, a decidir casarnos para realizar, en su plenitud, el plan divino.

He ahí la raíz espiritual de nuestro matrimonio, el principio de nuestra unidad conyugal, el fin primario de nuestro amor.

Tal es el pensamiento de Dios. No reduce nada, no destruye nada. ¡Al contrario! Ensancha todo. Cumple todo.

Una vez más, nuestro matrimonio no transcurrirá en una morada bien cerrada con llave, resguardada de los vientos, sustraída a la tempestad, ¡un pequeño matrimonio de dos cuerpos sin alma, voluntariamente estéril y disolvente!

En el fondo todo consiste en renovarse «no según la mentalidad de

este mundo, sino según Dios. No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rm 12, 2). Renunciar a uno mismo, para vivir según Dios. La

conversión es un proceso de vida, que requiere una continua aceptación libre del cristiano.

Compañeros de eternidad...

Nuestro matrimonio será una carrera hacia Dios arrostrando tempestades... pero con el corazón desbordante de una alegría increíble: la alegría de recibir de Dios su vida íntima, la alegría de amarnos en su amor, ¡la alegría de transmitir la vida a unos hijos, de hacerles hijos de Dios por el bautismo, de ayudarles a crecer en naturaleza, en sabiduría y en gracia!

Arrostrando la tempestad, pues haciendo la voluntad del Padre, nosotros tenemos las promesas del Hijo. Promesas tan alentadoras como

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