CAPÍTULO IV. UN PASEO HISTÓRICO POR LAS FRACTURAS SOCIO POLÍTICAS DE ARGENTINA Y ECUADOR DESDE LA INDEPENDENCIA HASTA
4.1 Ecuador y Argentina: de la independencia a
4.1.2.1 La Conformación de la Nación Argentina (1810-1880)
La independencia de Argentina es detonada por el vacío de poder que supone la deposición de Fernando VII en España, así como por la fortaleza devengada de
haber vencido a una potencia como Inglaterra en dos ocasiones, 1806 y 1807225. Ya
224 El conflicto sobrevino debido al desacuerdo entre el límite de la frontera al sur del canal de Beagle
que implicaba la soberanía de las islas y espacio marítimo en aquella zona. Inicialmente se acordó que el gobierno de Gran Bretaña arbitraría la disputa, pero al conceder la soberanía a Chile de la mayoría de las islas, el laudo pronunciado en 1977 sería considerado nulo por el gobierno de la Junta militar argentina. En 1978 la guerra era casi un hecho pero ésta sería evitada por la intervención del Papa Juan Pablo II quién con su mediación condujo a la firma del Tratado de Paz y Amistad en 1984.
225 El primer intento tuvo lugar en el año 1806 cuando un ejercito británico derroto a los españoles
tomando la ciudad. Pasado un tiempo la población se sublevo, encabezando el alzamiento Santiago de Liniers, logrando expulsar a los ingleses y comenzando la formación de milicias de nativos y españoles en defensa del virreinato. En 1807 desembarco un nuevo ejercito que derroto en campo abierto a las milicias, pero que sería derrotado en Buenos Aires. Estas milicias fueron la base de los posteriores ejércitos libertadores, que combatirían contra los realistas. En ambas ocasiones el virrey dejó la ciudad
desde esta defensa del territorio colonial, es de suma importancia destacar las
formación de milicias por todas las “castas”226 de la sociedad, ya que, si bien éstas
se agrupaban de manera discriminada, con ellas comienza un inicio de la democratización del poder y de la noción de representación227. Movilización de las
clases populares tras la que no sería posible volver a instaurar el viejo orden, ya que gauchos, indígenas y peones se resistirían a volver a subordinarse “gratis” (Adamovsky,2012:22). Así, cuando en mayo de 1810 se conocen las noticias que informan sobre la caída de la Junta de Sevilla, los criollos convocaron a una reunión del Cabildo y proclamaron el 25 de mayo de 1810 y bajo el mando del general Manuel Belgrano, el fin del virreinato español sobre las provincias del Río de la Plata. Nacían las Provincias Unidas de Sur América, creando para fines prácticos una Junta de Gobierno presidida por el general Saavedra.
Tras la independencia se daría un continuo estado de guerra civil que paulatinamente iría bajando de intensidad y que tiene íntima relación con la fractura territorial y étnico-cultural vinculada al modelo económico: agro-exportador vs. mercado interno. Es así como, las dos dicotomías político-culturales propias del imaginario nacional argentino: capital-“interior” y civilización-barbarie, se irán consolidando a partir de los acontecimientos históricos que las confirman y reproducen durante este período de conformación de la República.
Durante los primeros 20 años se da la reorganización del virreinato de tal forma que al final del mismo éste se fragmenta en la República de Paraguay (1811), el Alto Perú (Bolivia 1825) y la Banda Oriental (Uruguay 1828). Finalmente y tras superar un sin fin de guerras civiles y desgobierno, las trece provincias que todavía integraban la unión se agruparían en 1832 en la Confederación Argentina. Esta forma de unión duraría hasta 1852 y establecía que sus miembros eran estados para refugiarse en el interior del país, lo cual minó aún más la legitimidad de los poderes coloniales.
226 En esta primera invasión inglesa Liniers preparó la resistencia formando cuerpos de milicias de
acuerdo con el origen de los soldados. El Regimiento de Castas estaba formado por Pardos, Morenos e Indios, el de Patricios por los criollos y españoles (Goldman,1998: 65). No obstante, si bien se formaron cuerpos de indígena, no se utilizaron las fuerzas de los caciques por desconfianza a una posible autonomía.
227 La milicia urbana confiere a esta región y en particular al Río de la Plata en una zona en la que no
solo los criollos sienten que deben y pueden ser independientes, sino que también lo hacen las clases medias-mestizas y las bajas-indígenas, armados y unificados en torno a un ejército que defendía la soberanía de un territorio que pronto quedaría huérfano. Una novedad importante constituyó la elección de los oficiales por los propios milicianos, quienes si bien en su mayoría pertenecían a la elite militar. también ofreció una oportunidad de progreso a hombres que, sin fortuna y sin formación militar, gozaban de prestigio entre los milicianos. El mantenimiento de los cuerpos y los pagos de salarios representaba entre 1801 y 1805 el 33,25% de los gastos de la Real Caja de Buenos Aires, incrementándose hasta el 60% entre 1806 y 1810. Esto produjo una transferencia de recursos del Estado a la plebe urbana criolla, que en gran número se integró al ejército como medio de subsistencia (Goldman, 1998:30-31). Tras las invasiones inglesas los españoles comenzaron a preocuparse por la proliferación de armas entre las clases bajas, así como por el surgimiento de dirigentes provenientes de estas clases. Ascenso de “hombres oscuros” que había que evitar según el General Belgrano “más por sus vicios que por otra cosa”(Goldman,1998: 67).
soberanos que delegaban su representación exterior y algunos otros poderes en el gobierno de Buenos Aires, ciudad que había sido declarada capital federal en 1826. Políticamente la revolución se enfrentó a dos grandes cuestiones vinculadas a a dirimir la legitimidad y legalidad del gobierno en torno a las fracturas étnico y cultural y territorial, puesto que las bases sociales y políticas del nuevo poder con las que Argentina tratará de formarse desde el inicio como un nación política-moderna tendrán una escasa referencia a lo étnico228 y al pueblo oprimido por la Colonia229;
apareciendo “la nación claramente en asociación a Estado, Congreso, Constitución y forma de gobierno” (Goldman, 1998:41). Y referente a lo territorial, con un gobierno centralizado en Buenos Aires (unitarios) versus al derecho al autogobierno de las demás ciudades (federales) (Goldman,1998, 24). Lucha entre los militares unitarios encabezada por Lavalle y Rivadavia y los federales Dorrego y Rosas, que dominaría la escena hasta 1830 mostrando que
entre el ordenado mundo de las instituciones liberales que aquel proponía (unitarios) y el mundo “anárquico” de las tropas que obedecían al caudillo (Rosas), instaladas en la misma capital, no parecía haber contacto alguno posible. El abismo que se abre entre las elites criollas progresistas, partidarias de una ‘democracia doctrinaria’, y las masas organizadas en torno a un caudillo, será una brecha candente que recorrerá el siglo XIX argentino. Luego de la caída de Rivadavia, encarnación de la ingenuidad ideológica de la elite, el sentimiento “democrático” del grupo sufrirá un rudo golpe con el ascenso de Rosas, quién cristalizará la máxima expresión de la “barbarie”. La elite deberá pues, vivir en el exilio: Montevideo y Santiago constituirán sus foros de lucha (Svampa,2006:46).
Es así como, los miembros de la “generación del 37”230 parten al exilio, dejando vía
228 Esta huida hacia delante de las élites criollas en términos políticos se puede apreciar en la
observación de los hermanos Parish sobre la legislación en materia de representación de la revolución de Mayo: “El gobierno de Buenos Aires, en el deseo de conciliar y atraer a los aborígenes de la región, expidió un decreto por el cual eran admitidos los indios a sentarse en el congreso con los mismos privilegios de los demás representantes. El decreto era de puro efecto, prematuro además, y resulta tan imposible de cumplir en la práctica que, pasados ahora treinta años de esta altisonante distinción conferida a los aborígenes, no se ha dada que un solo indio haya sido elegido legislador. Debemos exceptuar unos pocos aborígenes del Perú, educados en el Cuzco. (…) pero de la gran masa de los nativos, podemos decir con seguridad que son hombres ignorantes, humillados, rebajados. Tendrá que pasar más de un siglo antes de que adquieran valor suficiente para mantener los derechos en presencia de sus amos (Robertson, Juan y Guillermo Parish. Cartas de Sud-América, Emecé, Buenos Aires, 1950. T.II En: Eggers-Brass, 2006: 101).
229 En este punto es notoria la tendencia racista y elitista de una buena parte de la clase dirigente como
muestra la primera lista confeccionada por el Cabildo en base a una relación de personas denominadas clase sana y principal. Esta discriminación fue discutida y combatida por los miembros de la Junta pero finalmente el poder del Primer Triunvirato estaría totalmente centralizado en un pequeño círculo de personajes de Buenos Aires. Es decir, una representación centralista y racista que sería depuesta el 8 de octubre de 1812 por los militares de la Logia Lautaro (liberales y masones como San Martín, y Alvear) que demandaron en la hoy Plaza de Mayo la elección de un gobierno de “personas más dignas del sufragio público” y que daría paso a un Segundo Triunvirato (Goldman,1998, 24).
230 Se denomina generación del 37 a los escritores, políticos e intelectuales nacidos en los años
inmediatamente anteriores y posteriores a la revolución de Mayo de 1810. De índole romántica, el eje de sus elaboraciones y reflexiones girará entorno a una “nación” que al igual que las demás reniega del pasado español, pero que a diferencia de otras no se funda en el pasado indígena. De ella son miembros destacados personajes como Sarmiento, Alberdi y Mitre.
libre a Rosas231 y a la oligarquía terrateniente para imponer en Argentina el modelo
económico agro-exportador latifundista en torno a las estancias232, que la incluiría en
forma dependiente en las relaciones capitalistas internacionales, y para el que se necesitaba controlar la vasta región de la Pampa y la Patagonia perteneciente a indígenas y gauchos. De este modo, desde los primeros años independientes se iniciaron las campañas armadas para desalojar a los indígenas de sus tierras; las cuales tendrían éxito, no solo por lo militar sino porque a pesar de que Buenos Aires y su comercio portuario eran la cara visible de Argentina, los caudillos terratenientes eran más y contaban con mayor apoyo de la población que dependía de ellos (Eggers-Brass, 2006:269).
De esta forma, y si bien los indígenas habían estado permanentemente en contacto con los criollos durante la Colonia, colaboraron en la defensa del país, firmaron numerosos tratados en los que se reconocían los gobiernos de ambas sociedades y se fijaban los límites en la posesión de la tierra, para los nuevos gobiernos “nacionales” la relación con los indígenas fue desde el inicio enfocada como “el problema indio” (Eggers-Brass: 2006, 229-231). Se puede decir que hasta 1815 había un status quo que permitía vivir a los indígenas y gauchos a su modo, acuerdo que sería roto por los criollos tras la independencia y el nacimiento de la idea de que ellos tenían legítimamente derechos a ocupar, explotar y gobernar sobre la totalidad de los territorios del virreinato. Y que en términos legales se establecería con la promulgación del Bando del 30 de agosto de 1815 por el intendente de la provincia de Buenos Aires, Manuel de Oliden, por el que los habitantes de los distritos rurales, que no fueran propietarios, estaban obligados a conchabarse con un patrón y llevar una papeleta que los atestiguara. En caso contrario serán considerados vagos, detenidos y destinados al servicio de las armas por cinco años (Quebracho,2011:125).
Socialmente la polarización era absoluta, existía una clase alta formada por los terratenientes y sus asociados (empresarios británicos en su mayoría) y una baja que englobaba a todo lo demás (artesanos, peones, trabajadores de las haciendas).
231 Rosas más que federalista eran antidemócrata y antiliberal, amante del orden, dividía a la sociedad
entre los que mandan y obedecen. Gobernaba de forma unitaria, centralizando el poder en Buenos Aires, ya que lo que aborrecía de los unitarios era su carácter de intelectuales y humanistas (Bethell,2000:282).
La adquisición de tierras se hizo a costa de desalojar a sus explotadores (los indígenas los utilizaban para cazar, los gauchos para tener su rancho) y se le dio legalidad a través de un injusto y arbitrario sistema llamado “enfitéutico” creado por el entonces ministro Bernardino Rivadavia. Por este sistema las tierras “públicas” se arrendaban por un ínfimo precio durante veinte años a particulares (criollos) y corporaciones. Con este sistema concentró las tierras vía la creación del latifundio y comenzó a hacer a las mismas productivas. Sus dueños eran en su mayoría familias adineradas de Buenos Aires con apellidos como Anchorena, Santa Coloma, Alzaga, Sáenz Valiente (Bethell, 2000:265).
Dentro de los propietarios había una gran diferencia entre los más adinerados, generalmente de Buenos Aires, con estudios y pretensiones de una vida cómoda y de lujo, y otra de propietarios más pequeños frecuentemente hijos de moradores o militares que culturalmente eran analfabetos y no ambicionaban grandes comodidades materiales (Bethell,2000: 274-275). Estos últimos, si bien eran similares a los gauchos en usos y costumbres, guardaban diferencias en aspectos fundamentales del nuevo orden al dar valor a la propiedad privada, así como profesar respeto por las instituciones y sus leyes, características que para el gaucho eran opuestas a su modo de vida. Un ejemplo de estos propietarios “gauchescos” sería Rosas, “no era un gaucho, pero se lo hizo sentir así al pueblo, compartiendo sus costumbres, respetando sus creencias, siendo diestro jinete y hábil en las faenas campestres” (Eggers-Brass,2006:223).
Es así como, a través de los caudillos, pudo obtenerse lo que no habían podido alcanzar los gobiernos centralistas porteños. Ya que mientras éstos trataron de introducir el capitalismo en el país importando mercaderías producidas en los países capitalistas europeos, remedando sus costumbres e ideas, tratando de subyugar a los gauchos desde las ciudades con tropas de línea y bandos draconianos. Los caudillos lo hicieron desde las campañas, logrando “una influencia grande sobre esa gente” a la vez que los incorporaban poco a poco al único ramo de producción al cual el capitalismo internacional concedió importancia entre nosotros: la ganadería (Quebracho,2011:140).
Los moradores de “tierra adentro”
Tierra adentro era como se denominaba por parte de los “criollos” a la región de la Pampa y la Patagonia habitada por los indígenas y los gauchos, y en la que podían desarrollar su modo de vida sin interferencias. Entre ambas zonas estaba la frontera, territorio donde el contacto entre ambas sociedades era fluido y estaba en constante estado de guerra. Era el paraíso de los marginados de la sociedad criolla en busca de libertad y/o comercio libre de impuestos (Eggers-Brass: 2006, 227). Una frontera entre la civilización y la barbarie, en la que la cualidad bárbara residía en la característica del territorio, el desierto233, el “vacío”, ya que en ese espacio se daba
Lo considerado “desierto” en el siglo XIX muestra claramente la construcción histórica y simbólica de la comunidad nacional que persiste hasta nuestros días, en la que las fronteras internas son expresión del colonialismo interno que prolonga el dominio metropolitano más allá de las independencias hispanoamericanas. Es así como, “la sede de los poderes políticos era considerada el ‘corazón de la patria’, mientras que vastos territorios alejados de los centros de poder fueron tratados como ‘desiertos’ humanos, negando los derechos de las poblaciones originarias”. Así, la alteridad no se fundamenta en los rasgos atribuidos a los miembros de otro Estado-nación, sino que se define respecto a habitantes del mismo Estado territorial, recluidos en la condición de bárbaros. Particularmente los considerados habitantes del territorio “no civilizado” denominado desierto. “Es el ‘desierto de las almas,
la “‘encarnación’ de la ‘comunión’ entre el humano, lo animal y el paisaje” (Svampa,2006:59).
En estas tierras, en las que la autoridad colonial apenas tenía presencia, se esparció el ganado cimarrón y con esta forma de subsistencia una sociedad de la que las:
Hernandarias234 y los primeros colonizadores ya hablaban de los “mozos perdidos”, criollos o mestizos, quienes, ganando las campañas o acercándose a los indios, cuando estos los toleraban, alcanzaban una completa libertad, únicamente condicionada al ambiente, sin necesidad de someterse, sino en forma ocasional, a duras faenas y privaciones. Además, tal evasión de los escasos centros poblados, era la salida más cómoda para quienes se veían perjudicados o despojados en los primeros repartos de tierras o en la concesión de las autorizaciones legales de vaquear. En esa salvaje libertad, “sin Dios, sin Rey y sin Ley”, no conservaban del medio de origen sino el idioma y algunas características de su indumentaria y armamento. Y la seguridad que les daba el disponer de los medios de subsistencia (…) sin permiso de las autoridades que no tenían forma de impedirlo. […] Así surgió como figura histórica del ámbito del Río de la Plata el gaucho, quien, a diferencia del colonizador hispano y del indio, carecía de familia, constituyéndose en una vagabundo individual de las campañas. […] Eran hijos naturales, desheredados, nacidos en el seno del latifundio que creó el desastroso reparto de tierras (Extracto de la obra De la dominación española a la Guerra Grande, recogido en Quebracho,2011:39-40).
No obstante, el gaucho era útil para el sistema en términos productivos. Lo estancieros los requerían por sus inmejorables dotes para contener el malón235 y realizar las tareas de vaquería más peligrosas. Estas faenas rurales eran estacionales, por lo que era sumamente útil contar con una población altamente capacitada que no necesitaba ser ocupada constantemente (Quebracho,2011:45). Pero cuando la exportación de cueros valorizó el producto y comenzó la apropiación de ganado, el gaucho comenzó a ser perseguido debido a su resistencia a la autoridad, puesto que “la masa de los gauchos, no aspiraba a crear una nueva organización de la sociedad, sino únicamente luchar contra el establecimiento de un orden de cualquier naturaleza que fuera” (Quebracho,2011:75).
Este cambio de posición dependiendo de los intereses del poder, también le sucedió al indígena, quien primeramente fue proclamado hermano del cristiano y merecedor de ser atraído para luchar contra los españoles, para paulatinamente pasar a ser un estorbo para el desarrollo del país. En consecuencia, aquellos gauchos o indígenas decía Vasconcelos en los primeros años del siglo XX cuando tuvo que recorrer el norte de México, porque en él sentía la extranjeridad del lugar como si estuviera no sólo en otro país, sino en un no- lugar. A diferencia de los desiertos, el centro de la nación aparece como sede incuestionable de la civilización. Su clima, su vegetación, su fauna y la influencia que ejercen sobre los temperamentos de sus habitantes lo confirman” (Rajchenberg y Heau-Lambret, 2008).
234 Con este apelativo se conoce las tropas dirigidas por Hernando Arias de Saavedra que en 1561
ocuparon y dominaron la región de Cuyo y posteriormente de San Juan de la Frontera.
235 Forma de ataque ofensiva de los pueblos indígenas de la zona, que consistía en un golpe rápido y
que no accedieron a ser peones de las haciendas como las de Juan Manuel de Rosas en Buenos Aires y alrededores, Juan Facundo de Quiroga en la Rioja, o Justo José de Urquiza en Entrerríos, serían prácticamente exterminados.
Al final del gobierno de Rosas se puede decir que en cierto sentido el gaucho había desaparecido, no así los indígenas, con los que finalmente éste también había dejado de negociar para pasar a un estado de continua beligerancia. Es decir, a mediados del siglo XIX ya solo quedaba deshacerse de un grupo de bárbaros, los indígenas, empeño en el que los sucesivos gobiernos no cejarían.
La hegemonía de los terratenientes, la degradación de los gauchos, la dependencia de los peones: todo esto constituyó la herencia de Rosas. Durante varias generaciones, Argentina arrastró el estigma de una estratificación social extrema. La sociedad se formó de un rígido