Las condiciones ambientales del trópico tienen consecuencias diferentes sobre la salud humana que las de otros climas. Al estar en el trópico muchas colonias europeas, la medicina tropical tenía un interés político y económico muy especial. El tratamiento de la fiebre amarilla (conocida en la época como “vómito negro”) en el Caribe merece un comentario particularizado, por su incidencia en las condiciones sanitarias de la zona, y muy especialmente por su antecedente de haber diezmado las expediciones punitivas contra los esclavos haitianos.
La teoría miasmática era la verdad aceptada, tanto en los ámbitos científicos como populares. Había algo en el aire de las zonas pantanosas que atacaba la salud. Los “malos aires” que causaban la malaria eran también los que provocaban el vómito negro. “Cuando regresamos a Veracruz por la noche, había una opaca neblina amarillenta suspendida sobre el pueblo. Le pregunté al patrón del bote qué era eso. Quitándose el cigarro de la boca, respondió con gran seriedad, señor, es el
vómito"134.
Por una parte, la soberbia de pertenecer a la especie humana dificultó durante mucho tiempo el descubrimiento del mosquito como agente transmisor de la enfermedad135. Es probable que las evidencias hayan estado disponibles durante mucho tiempo para quien fuera capaz de verlas. Por ejemplo, todos los testimonios sobre los sitios en los que la fiebre es endémica aparecen asociados con relatos
sobre las incomodidades provocadas por los mosquitos. Aún más, es sugestivo que digan que la fiebre desaparece en las mismas condiciones climáticas que impiden la proliferación de mosquitos. “Súbitamente estalla la tempestad, y todos en el mismo instante se sienten aliviados, todos, menos los pobres navegantes. El aire se vuelve fresco, nubes de arena invaden las calles, llevándose, si así puede decirse, la atmósfera pestilencial. Entonces no hay fiebre en Veracruz”136.
Otro viajero agrega que “una persona puede sentirse segura de no sufrir el ataque de la fiebre amarilla, porque los nortes destierran con violencia de huracán la masa de aire estancado que revolotea sobre la ciudad, cargada de infección, arrojando una gran cantidad de brisa fresca de mar, que ocupa su lugar y que a su vuelta llega a corromperse también. Además de la suciedad que caracteriza el arreglo interior de las casas más humildes, los diversos charcos de agua estancada que existen en las cercanías del pueblo tienen una fuerte tendencia a producir este efecto, por la clase de vapor que exhalan bajo el ardiente sol del trópico”137. ¿Es que a nadie se le ocurre pensar que esos charcos están llenos de mosquitos, y que ese viento arrastra lejos a los mosquitos? ¿Cuántas veces nos pasa lo mismo, en nuestra propia época, que tenemos las evidencias delante de nuestros ojos y no las sabemos ver?
Pero además, la situación colonial allí donde aún existe, lleva a distorsionar la mirada y a condicionar las conclusiones de las investigaciones. La preocupación central no parece ser el contagio de las personas sino el contagio de los blancos. Lo que ocurra con indios y negros tal vez quede fuera de la preocupación de la medicina. Por eso un médico cubano, a principios del siglo XIX, cita a un autor que "en su obra de las enfermedades de los países calientes", indaga "las causas de la destrucción de los europeos en estos climas"138. A falta de mejor explicación, queda siempre la posibilidad de que la culpa de enfermarse la haya tenido la víctima. Es decir que "el calor ardiente y constante, las exhalaciones húmedas y mephíticas, los recios trabajos, las violentas pasiones, el abuso de licores espiritosos, son las causas que producen esa enfermedad en los Europeos no aclimatados; siendo tanto más expuesto a ella cuanto más frío sea el clima patrio, o el último lugar de su residencia".
Una medicina orientada a curar a algunos y olvidar a otros tiene que dejar afuera los mecanismos sociales de transmisión de las enfermedades. Si los pobres al enfermarse pueden contagiar a los ricos, se hace indispensable mantenerlos en buenas condiciones sanitarias, aunque más no fuera para preservar a los sectores dominantes. Si esas enfermedades no son contagiosas, esa prevención deja de ser importante. Eso hace necesaria una línea de pensamiento que niegue la posibilidad del contagio, aún en enfermedades epidémicas, lo que es claramente una paradoja. Sigamos esta línea de razonamiento y veamos adónde conduce.
"Sobre el contagio del vómito negro -dice- he tocado después de ocho años un solo caso que lo compruebe. Todas las observaciones hechas en los últimos años en los Estados Unidos prueban, que ellas solas han producido las epidemias, que han asolado sus Provincias. Tales han sido la de Filadelfia en 1793, la de Baltimore en 1794, la de Nueva York y Norfolk en 1796 y 97. Devéze prueba con hechos y razones las más convincentes que la citada epidemia de Filadelfia no se propagó
por contagio. El Doctor Mosely, examinando todos sus fundamentos en pro y en contra, se inclinó a decidir que la fiebre amarilla no es contagiosa".
"El célebre Rhus niega expresamente que sea contagiosa, y mucho antes lo había ejecutado Lino en su tratado de las enfermedades de los navegantes. El Doctor Bruce de la Barbuda no hace mención del contagio en su Memoria sobre la fiebre amarilla. Finalmente el C. Gilbert proponiéndose la cuestión si es o no contagiosa la fiebre que exterminó el Ejército del General Leclerc, responde negativamente con muchos de sus colegas. Esta enfermedad, dice, no se comunica del cuerpo viviente que la padece, a los individuos que están en contacto con él, a menos que estén expuestos a las mismas causas; porque entonces serán fácilmente infestados por los miasmas pútridos y gangrenosos".
En otras palabras, que la prevención necesaria es mantener a los blancos lejos de los miasmas pútridos y gangrenosos. No hace falta mejorar las condiciones ambientales de indios y negros, lo cual es una conclusión económicamente muy ventajosa.
El tratamiento de los pacientes es poco convincente: friegas enérgicas con aceite de oliva, con jugo de limón o con compuestos de mercurio y quemaduras localizadas: "imitando la práctica de los médicos árabes aplicaba cinco o seis botones de fuego al occipucio". Recordemos la alta toxicidad del mercurio, a pesar de lo cual fue usado durante mucho tiempo como medicina. Sin duda, había motivos importantes para alejarse de esos miasmas.