La Esclavitud Psicológica

In document V.M. SAMAEL AUN WEOR (página 93-97)

No cabe la menor duda de que estamos al borde de una ter- cera conflagración mundial y por eso hemos escrito este libro titu- lado «La Revolución de la Dialéctica».

Los tiempos han cambiado y estamos iniciando una nueva Era entre el augusto tronar del pensamiento. Ahora se necesita una Ética revolucionaria basada en una Psicología revolucionaria.

Sin una ética de fondo, las mejores fórmulas sociales y econó- micas quedan reducidas a polvo. Es imposible que el individuo se transforme si no se preocupa por la disolución del yo.

La esclavitud psicológica destruye la convivencia. Depender psicológicamente de alguien es esclavitud. Si nuestra manera de pensar, sentir y obrar, depende de la manera de pensar, sentir y obrar de aquellas personas que conviven con nosotros, entonces estamos esclavizados.

Constantemente recibimos cartas de muchas gentes deseosas de disolver el yo, pero se quejan de la mujer, de los hijos, del her- mano, de la familia, del marido, del patrón, etc. Esas gentes exi- gen condiciones para disolver el yo, quieren comodidades para aniquilar el ego, reclaman magnífica conducta de aquellos que con ellos conviven.

Lo más chistoso de todo esto es que esas pobres gentes bus- can diversas evasivas, quieren huir, abandonar su hogar, su tra- bajo, etc., dizque para realizarse a fondo.

Pobres gentes..., sus adorados tormentos son sus amos, natu- ralmente. Estas gentes no han aprendido a ser libres, su conduc- ta depende de la conducta ajena.

Si queremos seguir la senda de la castidad y aspiramos a que primero la mujer sea casta, entonces estamos fracasados. Si queremos dejar de ser borrachos pero nos apenamos cuando nos ofrecen la copa por aquello del qué dirán, o porque se pue-

dan enojar nuestros amigos, entonces jamás dejaremos de ser borrachos.

Si queremos dejar de ser corajudos, irascibles, iracundos, fu- riosos, pero como primera condición exigimos que aquellos que conviven con nosotros sean dulces y serenos y que no hagan nada que nos moleste, entonces sí estamos bien fracasados por- que ellos no son santos y en cualquier momento acabarán con nuestras buenas intenciones.

Si queremos disolver el yo necesitamos ser libres. Quien de- penda de la conducta ajena no podrá disolver el yo. Nuestra con- ducta debe ser propia y no debe depender de nadie. Nuestros pensamientos, sentimientos y acciones, deben fluir independien- temente desde adentro hacia afuera.

Las peores dificultades nos ofrecen las mejores oportunida- des. En el pasado existieron sabios rodeados de toda clase de comodidades y sin dificultades de ninguna especie. Esos sabios, queriendo aniquilar el yo, tuvieron que crearse a sí mismos situa- ciones difíciles.

En las situaciones difíciles tenemos oportunidades formidables para estudiar nuestros impulsos internos y externos, nuestros pensamientos, sentimientos, acciones, nuestras reacciones, voli- ciones, etc.

La convivencia es un espejo de cuerpo entero donde podemos vernos tal como somos y no como aparentemente somos. Es una maravilla la convivencia, si estamos bien atentos, podemos des- cubrir a cada instante nuestros más secretos defectos, ellos aflo- ran, saltan fuera cuando menos lo esperamos.

Hemos conocido muchas personas que dicen: Yo ya no tengo ira, y a la menor provocación truenan y relampaguean. Otros di- cen: Yo ya no tengo celos, pero basta una sonrisa del cónyuge o la cónyuge a cualquier buen vecino, para que sus rostros estén verdes de celos.

Las gentes protestan por las dificultades que les ofrece la con- vivencia. No quieren darse cuenta de que esas dificultades, pre- cisamente, les están brindando todas las oportunidades necesa- rias para la disolución del yo. La convivencia es una escuela for-

midable, el libro de esa escuela consta de muchos tomos, el libro de esa escuela es el yo.

Necesitamos ser libres de verdad si es que realmente quere- mos disolver el yo. No es libre quien depende de la conducta ajena. Sólo aquél que se hace libre de verdad sabe lo que es el amor. El esclavo no sabe lo que es el verdadero amor. Si somos esclavos de pensar, sentir y hacer de los demás, jamás sabremos lo que es amor.

El amor nace en nosotros cuando acabamos con la esclavitud psicológica. Necesitamos comprender muy profundamente, y en todos los terrenos de la mente, todo ese complicado mecanismo de la esclavitud psicológica.

Existen muchas formas de esclavitud psicológica. Es necesa- rio estudiar todas esas formas si es que realmente queremos di- solver el yo.

Existe esclavitud psicológica no sólo en lo interno, sino tam- bién en lo externo. Existe la esclavitud íntima, la secreta, la ocul- ta, de la que no sospechamos ni siquiera remotamente.

El esclavo cree que ama, cuando en verdad sólo está temien- do. El esclavo no sabe lo que es el verdadero amor.

La mujer que teme a su marido, cree que le adora cuando en verdad sólo le está temiendo. El marido que teme a su mujer, cree que la ama, cuando en realidad lo que sucede es que le teme. Puede temer que se vaya con otro, o que su carácter se torne agrio, o que se le niegue sexualmente, etc.

El trabajador que le teme al patrón, cree que le ama, que le respeta, que vela por sus intereses, etc. Ningún esclavo psicoló- gico sabe lo que es amor, la esclavitud psicológica es incompati- ble con el amor.

Existen dos géneros de conducta: el primero es la que viene de afuera hacia adentro y el segundo es la que va de adentro hacia afuera. La primera es el resultado de la esclavitud psicológica y se produce por reacción: Nos pegan y pegamos, nos insultan y contestamos con groserías. El segundo tipo de conducta es el mejor, el de aquél que ya no es esclavo, el de

aquél que ya nada tiene que ver con el pensar, sentir y hacer de los demás. Ese tipo de conducta es independiente, es conducta recta y justa. Si nos pegan, contestamos bendiciendo; si nos insultan, guardamos silencio; si quieren emborracharnos, no bebemos, aún cuando nuestros amigos se enojen, etc.

Ahora comprenderán nuestros lectores por qué la libertad psi- cológica trae eso que se llama amor.

In document V.M. SAMAEL AUN WEOR (página 93-97)