Capítulo 1: Elementos conceptuales Una propuesta de lectura de las
1.3 Regulaciones de los cuerpos: masculinización del saber biomédico
1.3.1 La expropiación de la experiencia de la maternidad
Como ha quedado de manifiesto a lo largo del capítulo, los cuerpos de las mujeres, su poder de decisión sobre sí mismas, como sujetos corporales, la relación entre ellas y el mundo, ha sido, y aún es, un campo de luchas políticas. Luchas que han aparecido históricamente oscurecidas por concepciones, mandatos e instituciones que se encargaron de producir y reproducir una visión del mundo que incluye un modo específico de “deber ser mujer”. Este “deber ser” estuvo ligado a la procreación, presentándola no sólo como un “destino” inexorable para las mujeres, sino también regulando de qué modos dicha procreación habría de tener lugar.
Como parte del proceso de expulsión de las mujeres del ámbito del saber médico del que se dio cuenta en el apartado anterior, hay un espacio (el parto) cuya expropiación fue determinante para ellas y que muestra claramente el rol del saber-poder médico masculino en la intervención patriarcal sobre los cuerpos de las mujeres.
No sólo el modo de dar a luz fue intervenido política y médicamente, sino que las concepciones acerca del parto han estado atravesadas por discursos
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que quitan a las mujeres la posibilidad de decidir y ser sujetos activas de sus procesos vitales.
“Para la teología judeocristiana, el dolor que padece la mujer durante el parto es un castigo de Dios. (La noción de parto como castigo se encuentra también en otras culturas). Desde que la maldición recayó sobre Eva en el Génesis, fue tomada al pie de la letra hasta muy avanzado el siglo XIX: la parturienta tiene que sufrir y, lo que es todavía más significativo, hasta hace tres décadas se creía que debía sufrir pasivamente.”34
La pasividad de las mujeres frente al sufrimiento no sólo se esperaba, y en muchos casos aún se espera, en relación al parto, o a cualquier otra experiencia, sino que esa pasividad se fue configurando como una característica “femenina” en muchos otros ámbitos de las vidas cotidianas de las mujeres.
En los hechos, esta pretendida característica inherente a las mujeres, sirvió para afianzar y justificar el poder de los médicos en la sala de partos y en muchas otras situaciones que implican decisiones acerca del cuerpo y de las experiencias corporales.
Durante mucho tiempo y en muchas culturas, fueron las mujeres quienes se encargaron de asistir a sus pares en el alumbramiento. Esto puede tener diversas explicaciones. Sin dudas, la experiencia directa en el proceso y el conocimiento mayor acerca de sus propios cuerpos, son algunas de ellas. Adrienne Rich, nos habla de otra:
“La instauración del cristianismo en Occidente dejó su huella en el parto. (…) En la Edad Media, y posteriormente, se consideró a la obstetricia como una profesión sucia. La misoginia de los Padres de la Iglesia, quienes consideraban a la mujer –sobre todo sus órganos reproductores- como la encarnación del demonio, también sentían lo mismo respecto del parto, de modo que se prohibió a los hombres presenciarlo (…).
En cualquier caso, el médico poseía nociones muy limitadas acerca de los órganos femeninos, pues la Iglesia prohibía también la disección de
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cadáveres, impidiendo y retrasando así el estudio de la anatomía en general. Durante varios siglos, las mujeres acumularon conocimientos sobre el embarazo, el parto, la anatomía de la mujer y los métodos para facilitar el parto.”35
No es si no hasta el siglo XVII, en pleno auge de la Caza de Brujas y una vez comenzado el proceso de profesionalización de la medicina expuesto en apartados anteriores, que los hombres comienzan a atender partos en la corte, asistiendo a las mujeres de clases superiores.36
Poco a poco las mujeres son expulsadas de este ámbito y sus conocimientos son negados, olvidados y devaluados, cuando no apropiados por los varones sin que se reconozca la autoría/ autoridad de las mujeres.
“La vigencia de la partera que durante siglos practicó entre sus hermanas el oficio <degradado>, quedó reducida, disminuida con el auge de una profesión médica minoritaria de la cual las mujeres quedaron marginadas.”37
En contraposición a lo que Rich llama el uso de las “manos de carne”, que durante siglos fueron las encargadas de colaborar en los partos, la masculinización de la obstetricia se caracterizó por el uso de las “manos de hierro”: el fórceps obstétrico como símbolo de una tecnología que, no sólo excluía a las mujeres, sino que se les imponía. Este instrumento fue, además, durante mucho tiempo, un excelente negocio para quienes lo inventaron y hacían uso de él.38
La medicalización del embarazo y el parto que coincidió con la entrada masiva de los varones a la obstetricia, no sólo significó un peligro para la salud de las mujeres, sino también una enorme pérdida en cuanto a su autonomía y a sus posibilidades de autoconocimiento. En el apartado 7 del capítulo “Manos de carne, manos de hierro” del citado libro de Adrienne Rich, la autora da cuenta de
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Íbid., p. 133 36
Rich, Adrienne, Op. Cit. 37
Íbid., p. 140 38
una extendida mortandad de parturientas durante el siglo XVII, coincidente con el incremento de varones en la práctica de la obstetricia. Lo que en ese momento fue llamado “fiebre puerperal” era, en realidad, un tipo de envenenamiento sanguíneo sumamente contagioso y era transmitido por los mismos médicos, dado que las partículas cadavéricas que quedaban en sus manos luego de las disecciones, no se eliminaban con el simple lavado y luego eran trasladadas a las mujeres en situación de parto.
La apropiación del parto por la disciplina médica hegemónica completó el proceso de disciplinamiento del cuerpo de las mujeres comenzado durante la Caza de Brujas.
Como se mencionó antes, este proceso político y médico fue acompañado de concepciones y estereotipos que contribuyeron a fijar a las mujeres en su rol pasivo y dependiente del saber-poder masculino, y, en general, en el rol doméstico asignado por la división sexual del trabajo.
“El patriarcado enseñó a la mujer en trance de parto que su trabajo tenía un propósito que era el propósito de su existencia, pues la nueva vida que ella hacía posible (sobre todo en el caso de parir un varón) era valiosa. O sea que el valor de la mujer dependía de este nacimiento. Como medio de reproducción, sin el cual las ciudades y las colonias no podrían expandirse, sin el cual la familia desaparecería y su prosperidad pasaría a manos de extranjeros, la mujer se vio colocada en el punto de convergencia de una serie de fines que le eran ajenos, pero que a menudo hizo suyos”.39
Se construyó así un “deber ser” femenino, acorde a las necesidades de la división sexual del trabajo del capitalismo patriarcal. Uno de los pilares de este “deber ser” ha sido la maternidad como destino único e inevitable para las mujeres. Una igualación automática que determina: mujer=madre, sexualidad=matrimonio heterosexual/ reproducción de la especie.
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