e historiografía superior a los partidos
VI. La necesidad del conocimiento histórico para la acción
Para darse clara cuenta de la necesidad de un lazo entre la acción y el conocimiento histórico, hay que buscarlo primero en la historia de la filosofía y de la ciencia, en la formación de las nuevas doctrinas que amplían y enriquecen la mente.
Esto no ocurre ciertamente cuando se ha roto y soltado el hilo del pensamiento precedente, de las precedentes investigaciones y conocimientos. En efecto, la crítica de las nuevas doctrinas que se proponen se ejerce al buscar y determinar dónde había llegado hasta entonces la investigación y examinar si la nueva doctrina propuesta ha realizado avances y cuáles sean éstos. Ley inexorable que en vano se ingenian y se esfuerzan por eludir y rechazar los
cándidos e inexpertos que creen posible romper la cadena de la historia y, saltando por encima de ella, abrazarse de golpe con la hermosa verdad, que estaría esperando a tales elegidos o predestinados; o, mejor, a los fatuos que, sobre el amor de lo verdadero, dan dominio en su ánimo a la vanagloria del hablar, del escribir y del aparentar. Pero la crítica, manteniendo firme la ley, los obliga a pasar bajo el yugo y a alejarse de los campos de la ciencia en busca de otros más fáciles para ellos. El culto y la ostentación de la originalidad, fundada o asegurada en la ignorancia histórica, ofreció argumento a un conocido epigrama de Goethe, que, traduciendo en términos exactos la profesión de fe de uno de estos que blasonan de pureza, le aconsejaba llamarse, más sencillamente, ein Dumm auf eigener Hand, “un necio por cuenta propia”.
Hay temas de producción literaria, o, si se quiere, libresca, que parecen condenados a la inferioridad y a desarrollarse en una especie de demi-monde científico, precisamente por la falta de ligazón con las investigaciones y hallazgos anteriores en la materia de que tratan; caso típico, la llamada “sociología”. Otros, por la calidad y atractivo de su materia, buscan preferentemente el amor de los dilettanti, que desconocen la historia de las doctrinas, como es el caso de la estética, que, por tratar de la belleza, parece que invita a poner boca en ella a los mismos que se mostrarían llenos de timidez si tuviesen que disertar, por ejemplo, de lógica, aunque, imagínense lo que quieran, la estética no se les pueda mostrar más fácil. Salvo en círculos especiales de cultura, como en Alemania entre los siglos XVIII y XIX, y en Italia entre el XVI y el XVII, los tratados de estética no forman cadena viva y progresiva, y se amontonan unos sobre otros, sin que nadie, excepto tal vez el que gastó su tiempo en forjarlos, hallara placer en ellos. Deplorable es, sobre todo, en este sentido, la estética francesa, abundante en obras cada una de las cuales da comienzo a su tarea por el principio, en un terreno que la ignorancia dejó despejado y que, por lo mismo, creen virgen y tratan como si lo fuera.
Verdad es que en ocasiones se oye decir que el desconocimiento de los precedentes históricos ha sido una buena ventura, una felix culpa, porque ha dado ocasión a que se mire al objeto con ojos limpios y se descubran aspectos no observados antes. “A menudo —escribió Leibniz alguna vez— el iletrado descubre algo nuevo. Entra por una puerta y un camino desconocidos para los otros, presentando un aspecto distinto de las cosas. Todo le parece nuevo y profundiza sobre lo que escapaba a los demás como si les hubiese estado oculto.” Pero aquí, si bien se advierte, lo que se aprueba y admira no es ya la ignorancia, sino la despreocupación y libertad mental, que no está en relación ninguna de dependencia con la ignorancia, y puede y debe unirse y va unida al conocimiento histórico de los precedentes; y, por otra parte, no es de creer que el desconocedor del arte, el ignorante en una materia, capaz de descubrir cosas verdaderamente nuevas, sea tan ignorante como él se estima y aparenta, porque son muchos los caminos y maneras por donde un entendimiento fino y agudo, un ingenio bien dotado, puede aprender lo importante de la situación histórica de las cosas, y orientarse, como suele decirse.
Otras veces se opone, como un hecho efectivo, que una evidente diversidad de actitudes y obras separa a los historiadores de la ciencia de los pensadores originales; y en este caso hay que poner atención, no sea que por historias de la ciencia se entiendan crónicas o exposiciones materiales de las doctrinas y aun tratados cuidadosos e inteligentes pero más o
menos pasivos y poco apretados y conclusivos, y, por otra parte, que no se tome por ausencia o deficiencia de carácter histórico el modo a veces no explícito, sino implícito, con que un pensador se liga con sus predecesores. Ciertamente, un pensador original no podría responder a las exigencias efectivas de la vida de la ciencia, de la ciencia en su momento histórico, si no conociese y entendiese el carácter y, por lo tanto, la génesis de ellas; ningún pensador original se muestra extravagante o desentonado. La verdad que afirma es siempre a la vez afirmación de una situación histórica.[11]
Así, como para la vida de la ciencia, la cultura histórica es necesaria para la vida moral y política, en que a su ausencia o deficiencia sigue un empobrecimiento, una tendencia a la inacción, un dejarse aplastar por la imaginación de lo trascendente, conforme a lo que se observa en algunos pueblos orientales, que por eso, proverbialmente y simplificando, se los suele considerar, en este respecto, la antítesis de Occidente.[12]
De este modo el reformador y el apóstol de la vida moral, tanto como el hombre de estado, conocen y comprenden su tiempo, la madurez de los tiempos, y su acción nace de esta comprensión íntima. Y ni siquiera es necesario para ellos que el conocimiento del tiempo entre en su mente en forma de proceso crítico adecuado de docta y metódica información; les basta que, en cuanto forman la clase directiva del pueblo a que pertenecen, hayan recogido en él las conclusiones necesarias para preparar su obra. Y en este caso también es ilusoria la creencia de que sea posible llevar a cabo con los ojos cerrados altas y admirables cosas, a quien, con ignorancia de la realidad que tiene delante, puede obrar con mayor atrevimiento y menor piedad, cambiando y destruyendo furiosamente. Y es ilusorio el temor de que la conciencia de lo pasado quite ánimo para lo nuevo, porque cuanto más enérgicamente se conoce un pasado, tanto más enérgico se levanta el ímpetu de ir más allá, progresando. El conocimiento es vida, y la vida es invocación a la vida.
La cultura histórica tiene por fin conservar viva la conciencia que la sociedad humana tiene del propio pasado, es decir, de su presente, es decir, de sí misma; de suministrarle lo que necesite para el camino que ha de escoger; de tener dispuesto cuanto, por esta parte, pueda servirle en lo porvenir. En este alto valor moral y político de la cultura histórica se funda el celo de promoverla y acrecentarla, el cuidado de preservarla libre de contaminación, y juntamente, el vituperio que se inflige con severidad a quien la deprime, desvía o corrompe.