S EGUNDA P ARTE «NEMO»
IV. LA NOCHE DEL AMOR
En la villa de verano de Barbara Stevens, que estaba rodeada de viejos pinos resinosos, Verónica y Betka habían pasado la totalidad de la «estación rubia», como la llamaban los antiguos, en el efluvio de una ininterrumpida amistad idílica, unidas en carne y hueso al pequeño niño. Las dos amigas, juntas y señaladas por el dedo rosado del destino, observaron cómo el niño, carne de su carne, crecía día a día a través de las jornadas marcadas por las tiernas lunas de junio, las lunas maduras de agosto y las de septiembre, ya duras, lisas y brillantes como la uña. Pues el «vinoso otoño», también así llamado por los antiguos, había aparecido y doraba el campo de Burdeos con su luz melosa. Un anciano marinero bordelés, desgarrado como un joven Baco, podía ser visto por aquellos días cuando transportaba, enrolladas bajo el brazo, las últimas tiendas de baño desde las playas privadas, ya abandonadas presurosamente para adelantarse a los distantes rumores que producía el mar al comenzar a despertar de su largo dormitar.
Hacia finales de la primera quincena de septiembre, Barbara Stevens y su hija, Verónica, se dirigieron una vez más a París acompañadas de la señorita Andrews y dejando a Betka y su hijo en su villa de Arcachon por consejo del médico. Barbara Stevens había apresurado su regreso a causa del anuncio —que ya tenía carácter oficial— del baile del conde de Grandsailles, cuya fecha había sido fijada, a pesar de la llegada repentina de la guerra, para diez días más tarde. Al llegar a París, Verónica, que a cada momento que transcurría hablaba menos y menos con su madre, excepto cuando tenía necesidad de más dinero, y que apenas la hablaba desde que había recibido un talonario de cheques, decidió abandonar el Ritz para irse a vivir al estudio de Betka, en el Quai des Orfévres. Al obrar de este modo, Verónica se limitó a anticiparse a un secreto deseo de su madre, quien solamente expuso una débil protesta contra la «excentricidad» de la hija, puesto que aquella dádiva representada por la independencia de sus vidas respectivas la libertaba de un millar de precauciones y disimulos y abría la puerta de sus habitaciones, en las cuales hasta entonces había desempeñado el papel de madre, a la generosa hospitalidad de los nuevos amores a que tan generosamente se había entregado en el curso de la reciente temporada veraniega. Verónica lo sabía, pero estaba al mismo tiempo convencida de que le entusiasmaba el ambiente del domicilio de Betka, con su humeante café con leche por las mañanas, servido en tazas de gruesa porcelana resquebrajadas y agrietadas, exactamente del mismo color que el cabello de
Madame Maurel. Madame Maurel era la portera de la casa, quien le servía el desayuno, y era una
mujer limpia, pero sólo moderadamente. Y también el ronroneo del gato de su amiga, que no tenía nada de notable en sí y era igual a cualquier otro ronroneo… Y ¿qué más? Pues… un algo indefinible, que ciertamente y con razón semejaba ser «precisamente» el principal atractivo, puesto que le servía para mantener la imaginación, habitualmente tan tranquila, en un estado de constante excitación.
Al cabo de pocos días, como si sus vagas premoniciones se hallasen a punto de materializarse, Verónica encontró en la escalera una extraña aparición que le produjo un indescriptible malestar, del que no pudo librarse durante todo el resto del día. Era un ser sobrenatural, alto y delgado, como ella, con la cabeza enteramente forrada por un casco de piel blanca que tenía solamente una ligera abertura en forma de V, delante del lugar correspondiente a los ojos, y otra abertura, más abajo y más pequeña y recta, ante la boca. Limitando estas aberturas, el casco tenía un triple espesor reforzado por una especie de cornisa, de modo que solamente era posible percibir el brillo de los ojos como si se hallasen tras una visera levantada; la boca era completamente invisible al desaparecer bajo la sombra de la abertura.
Tras aquella brillante máscara debía de ocultarse alguna mutilación o enfermedad horrorosa. El hombre del rostro encubierto bajaba con lentitud las escaleras, paso a paso, dolorosamente, con falta de firmeza, asiéndose violentamente con una mano a una muleta y apoyándose cuidadosamente con la otra en el brazo de Madame Ménard d’Orient, que iba ceremoniosamente vestida con una bata de color pajizo. Cuando ambos hubieron llegado al portal, el chófer de
Madame Ménard d’Orient, que estaba vestido con blanca librea, ayudó lleno de ceremoniosa
solicitud al extraño inválido a subir al automóvil y a instalarse cómodamente en tanto que diversos niños que estaban jugando con el hijo de la portera se detenían para mirar el doloroso espectáculo en silencio, con las bocas abiertas y sin la menor discreción. Después de la hora de la comida, Verónica comenzó a escuchar ininterrumpidamente en espera del regreso de las dos personas; pero no oyó que el automóvil llegase y salió al descansillo demasiado tarde para que pudiera ver a las dos personas; tan sólo vio al inválido durante un segundo, exactamente en el momento en que Madame Ménard d’Orient cerraba la puerta de la habitación.
El lector, siempre perspicaz, habrá comprendido ya que este sorprendente personaje, el hombre del casco de piel, no era otro que Baba, cuyo rata había sido recientemente derribado.
Baba había tenido que soportar en el mismo lugar del accidente una horrorosa operación de
trepanación que se realizó sin anestesia. Esta operación le salvó la vida, pero el quebrantamiento de la mayor parte de los huesos de la cabeza le había dejado totalmente desfigurado. Tan pronto como la noticia llegó a sus oídos, Madame Ménard d’Orient hizo que Baba fuese transportado a París en una ambulancia y avisó a los mejores especialistas para que lo atendieran. Se decidió, como audaz aunque último recurso, intentar reparar aquella magullada cabeza teniéndola prietamente comprimida por espacio de varios meses con un aparato ortopédico que hubo de ser creado con tal propósito. Desde entonces, el caso de Baba se convirtió en el tema principal de conversación entre osteópatas, cirujanos y ortopédicos, y el salón de Madame Ménard d’Orient presenció interminables discursos de especialistas sobre aquel problema tan poco conocido, siempre rodeado de capricho y de misterio: la reconformación de los huesos.
Pues ¿qué es un hueso? Esto es lo que todos los especialistas en huesos se preguntaban, sin poder llegar ni siquiera a una solución provisionalmente satisfactoria. Para algunos los huesos eran tristes concreciones, tan insípidas y somnolientas como las que se encuentran en los depósitos formados en la cañería de agua caliza; otros consideraban los huesos como la más atávica personificación de solidificaciones dúctiles llenas de oportunismo y fantasía. Los más modernos teorizantes en osteopatía habían inventado y puesto en práctica recientemente métodos sorprendentes que apresuraban el reajuste de los huesos en ciertos casos de fracturas que hasta entonces habían sido calificados de incurables. Hombres viejos, incapaces de realizar ejercicios físicos, eran forzados a revivir imaginativamente viajes antiguos con el fin de provocar en ellos una fatiga imaginativa que actuase sobre sus huesos. De este modo, si habían conseguido conformar de nuevo los huesos de hombres viejos valiéndose sencillamente del procedimiento de provocar en ellos el pensamiento de unos viajes imaginarios, se demostraba que, después de todo, los huesos no son tan estúpidos…
Soler, el catalán, fue encargado finalmente de construir el nuevo «casco óseo». Soler había sido recomendado a Madame Ménard d’Orient por Solange de Cléda, porque, entre sus diversas habilidades, había sido capaz de inventar un casco, que construyó con sus propias manos, que utilizaba cuando conducía su coche de carreras. Cuando los ortopédicos le encargaron la construcción del casco y le mostraron la radiografía del cráneo de Baba, Soler se estremeció.
—¡Dios mío! Parecen los huesos de los pies, más que los de la cabeza.
Pero Soler, cien por cien catalán y un diablo en cuanto a habilidad, acertó bajo la dirección de un ortopédico italiano, Blanchetti, a construir un aparato sorprendente. Y el casco de Baba se convirtió en un triunfo técnico y hasta artístico. El casco estaba dividido longitudinalmente por una red de líneas geodésicas que señalaban las secciones ajustables que soportaban los huesos frontales y occipitales, del mismo modo que otras secciones, que se unían igualmente en líneas geodésicas y transversales a través de las ligaduras frontales, comprimían los huesos parietales. Cada una de tales divisiones meridianas estaba orillada por agujeros a cuyo través pasaban unas cintas de cuero engrasado, como las de un zapato. Pero, por virtud de cierta cantidad de ajustes metálicos, se podía, apretando o aflojando, graduar con exactitud la presión en cada una de tales secciones que encajaban ingeniosamente unas en otras y que, al mismo tiempo, eran mutuamente ajustables e independientes.
Lo que podría llamarse el aspecto horroroso y metafísico del casco estaba constituido por su peculiar adaptación al rostro. Aquí, aparte del inquietante y perturbador elemento inherente de las máscaras de todas clases, un detalle horrible hacía que la vista de él fuese no sólo alucinante, sino hasta extremadamente repulsiva. Este detalle era una abertura triangular en la piel, en el espacio de la nariz, que estaba recubierta de una fina membrana de cabritilla blanca extendida tan tirantemente y al mismo nivel que la de las mejillas, que no producía sugestión alguna de nariz. Por otra parte, aquella membrana estaba perforada por dos horribles agujeros redondos y orillados con latón con el fin de dar entrada al aire, de modo que al respirar la membrana se agitaba continuamente; y estos rítmicos movimientos, semejantes a monstruosas pulsaciones, producían en el espectador el mismo terror biológico irresistible que se experimenta cuando se toca con un dedo la parte blanda de la imperfecta sutura craneana de la parte alta de la cabeza de una criatura recién nacida. Pero esto no completaba la metamorfosis de Baba, pues era aún más
paralizadora la extraña fijeza que la abertura profunda de los ojos, en forma de V, del casco, concedía a la mirada de Baba, habitualmente dura e impenetrable. Y cuando esta mirada brillaba apenas en la profundidad de la sombra, no obstante, parecía agudizarse, por decirlo así, por efecto del dolor físico y moral, se hacía doblemente enigmática y semejante en todos sus aspectos a la fanática y ardiente mirada de un guerrero de las Cruzadas. La boca de Baba, cerrada por el cinturón de castidad del silencio, se había convertido en la misma vehemencia; y sus enmascarados ojos, en dardos resplandecientes.
Querido ángel —escribió Verónica a Betka—: te asombrarás al saber que el número 37 del Quai des Orfévres, además del de tu esclarecida Verónica, es hoy el domicilio del fantástico personaje que la adjunta fotografía representa. Es un aviador horriblemente herido en el rostro en España, quien, después de haber pasado un año en el hospital, es el actual protegido de Madame Ménard d’Orient, la que le atiende y cuida como a las mismas niñas de sus ojos. Este personaje podría haber salido de las páginas más sobrecogedoras de una novela de terror; pero a pesar del temor que inspira en los primeros momentos, cuando se adquiere la costumbre de verlo no es posible dejar de admirar la nobleza de sus menores gestos; y la máscara parece incrementar la belleza de su mirada.
Verónica incluía en la carta unas fotografías recortadas de un artículo recientemente aparecido en la revista Lu. En tales fotografías, tomadas por el propio Soler, se veía a Baba de frente, de perfil y de espaldas. Las fotografías iban acompañadas de textos sensacionales en los cuales Baba era presentado al mismo tiempo como héroe, como hombre de Marte y como encamación de uno de los inminentes milagros de la osteopatía y de la cirugía estética en general; pues, según palabras del doctor Blanchetti, que fue el ortopedista interrogado, el rostro de Baba terminaría por no poseer más desfiguración que la que prestasen unas ligeras e insignificantes cicatrices.
Cuando Betka recibió la carta de Verónica, sufrió unos terribles dolores de celos que la privaron de dormir por espacio de varias noches. Betka conoció entonces las causas de la ansiedad que la había torturado desde la partida de Verónica. Aun cuando sabía que Baba se hallaba en España, ¡había previsto que sucedería aquello! Le agradaba repetirse a sí misma que lo que puede suceder no sucede jamás ¡Bien; se engañaba! ¡En aquella ocasión, había sucedido! Pues, en medio de todo, nada es imposible. Y el corazón le dijo que ni la máscara ni ninguna repulsión podrían evitar que Verónica se enamorase de Baba. La superficial alusión de Verónica a los ojos de Baba le quemaba como una gota de aceite hirviente derramada en la herida abierta de sus celos. Pero Betka no escribió nada acerca del encuentro que Verónica le anunciaba, sino que reprimió todos sus sentimientos y relegó el dolor al fondo de su corazón. En aquel momento, destacándose ante el fondo amarillento del otoño, vio la blanca figura de Baba totalmente cubierta de blancos vendajes, como la atormentada figura de san Lázaro, recientemente resucitada para interponerse entre ella y su breve felicidad. Ya fuese por él o por otra persona, Betka sabía que algún día le sería arrebatada Verónica, también, por la pasión. Sentada con el niño entre los brazos, Betka observó cómo fluía lentamente la resina de un pino. «Están hechos de la misma manera», dijo a su niño, como si éste pudiera comprenderla. Y cogió la mano del niño y le besó las uñas, una tras otra; y fue como el arpegio de la luna de su pasada felicidad.
No cesó de llover por espacio de tres días. Grandsailles llegó con un cuarto de hora de anticipación a su cita en la Porte Dauphine, y Solange de Cléda con cinco minutos de retraso.
—Está usted encantadora —dijo el conde a Solange mientras pasaba ligeramente la mano sobre sus pieles.
Solange vestía de pies a cabeza de piel de zorro azul; es decir: no solamente era de esta piel el abrigo, sino que también lo era su turbante; y sus zapatos estaban cubiertos de botines de la misma piel, que estaban salpicados de gotas de agua.
Cuando se hubieron sentado, el conde de Grandsailles inició la conversación en voz baja. —Desde hace cierto tiempo —dijo— experimento una ansiedad creciente y peligrosa por explotar los dominios prohibidos de la experiencia… Compréndalo: la idea de que ahora vamos a decidir fríamente respecto a lo que hemos de hacer… en tanto que me veo obligado a bajar la voz para hablar a usted… —Grandsailles se interrumpió como para recobrar la respiración y continuó en tanto que hacía un esfuerzo por contener la emoción que había en su voz—: ¡El pensamiento de este encuentro me ha enloquecido! Es increíble; pero… ¡estoy temblando como una hoja! ¡Mire!
Y tomó una mano de Solange. Estaba temblando, ciertamente, y sus dientes castañeteaban de un modo imperceptible.
—Chéri! —exclamó Solange al mismo tiempo que empalidecía.
cumplir las leyes de mi perversión hasta su último detalle —continuó de modo tan dulce como tiránico.
Solange inclinó la cabeza de modo un poco afirmativo y desventurado.
—El principio será una cosa sencilla y sin importancia para usted —concluyó el conde. Nuevamente se había convertido en el hombre que sólo tenía dulzura.
Solange volvió a inclinar la cabeza de manera un poco afirmativa y dolorosa, e intentó dirigirle una sonrisa. Grandsailles permaneció silencioso durante mucho tiempo con el fin de soldar por medio de aquel silencio la aparente aquiescencia que había obtenido por el segundo asentimiento de Solange.
—Pero ¿qué? ¿Qué debo hacer?
Grandsailles había escrito con calma la dirección de su casa del Bois de Boulogne en una de las páginas de su cuadernito de citas, página que arrancó y entregó con mano firme a Solange. Fue la delgada y enguantada mano de Solange la que tembló al tomar el trozo de papel, como si estuviera agitada por un nerviosismo sutil, continuo y casi eléctrico. Grandsailles le dio a continuación instrucciones con frases aceradas, instrucciones que ilustró con dibujos que trazó a lápiz sobre el mantel, entrando en detalles, rectificando… ante la mirada de Solange. Las mejillas de ella se habían convertido en dos ascuas al rojo vivo, en tanto que tenía los labios y la frente tan fríos como el hielo.
—Aquí —dijo el conde— está la entrada a la pequeña arboleda de castaños. Estará abierta. Allí deberá apearse. No pueden entrar los automóviles. La casa está al final del sendero. Llame usted. La puerta estará abierta, mas no verá usted a nadie y nadie estará allí para indicarle el camino. Suba al segundo piso. La primera puerta que halle a la izquierda en el pasillo… ésa sera la de su tocador. La habitación tendrá encendida la luz. Allí se detendrá usted.
—¿Allí? —preguntó Solange.
—Sí —respondió el conde—. Luego, entrará usted en mi dormitorio y se tumbará en el lecho. —¿Cómo sabré cuál es su habitación? —volvió a preguntar Solange.
—Comunica con su tocador a través de la única puerta que hay, aparte de la del vestíbulo — contestó Grandsailles mientras acariciaba con el lápiz el plano de la estancia que acababa de dibujar—. Yo estaré en mi habitación esperándola —continuó con más rapidez que anteriormente —. Cuando abra la puerta de mi habitación, todo se oscurecerá automáticamente. Permanecerá usted inmóvil, en la habitación y en mi lecho, por espacio de quince minutos. Cuando el reloj dé las dos, se irá usted. Durante todo ese tiempo, nada sucederá entre nosotros…, ni un contacto, ni una sola palabra. Y después, los dos habremos de considerar que no tenemos ni siquiera el menor derecho a hacer ni la más remota alusión a ese episodio.
—¿Cómo podré llegar hasta el lecho en la oscuridad? —preguntó Solange con voz infantil y preocupada, como si estuviera atormentada por la posibilidad de cometer un error.
Grandsailles reprimió severamente una sonrisa que podría haber creado el riesgo de debilitar la marcha ascendente y triunfal de su tiranía, y contestó con la mayor frialdad:
—Lo he previsto. Mi lecho estará inmediatamente detrás de la puerta. Usted sólo tendrá que dar un paso para llegar hasta él. En el otro extremo de su tocador habrá una lamparita muy débil, cuya luz le permitirá ver el camino cuando salga de mi habitación.
—Mon Dieu! —suspiró, más que dijo, Solange—. Y eso ¿cuándo sucederá? —Esta noche —dijo Grandsailles.
—¿A qué hora debo ir? —preguntó Solange mientras se ponía en pie y se volvía la parte superior del guante con el fin de dejar al descubierto una zona de la muñeca para que Grandsailles la besase.
—Vaya a la una y media. —Luego, el conde, como si fuera incapaz de resistirse a un último