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La relación como fundamento de la percepción

Una mente atrapada en la discusión objetividad–subjetividad se resiste denodadamente a aceptar que no hay nadie dentro del cerebro, ni tampoco

en el trasfondo del universo. La programación inconsciente que opera en ese

nivel no se lo permite: deberá realizar una serie de pasos intermedios imprescindibles antes de poder soportar tanta complejidad. Si tales pasos no se dan, el aprendizaje es imposible. Con “pasos intermedios”, no debería interpretarse una serie de etapas a recorrer en una secuencia preestablecida. Por eso, es más correcto decir: la realización de suficientes conexiones

neuronales que le permitan saltar sobre lo conocido, o mejor aún, la disolución del suficiente número de membranas separativas (velos) que permitan la realización espontánea de esas conexiones.

Tanto la tendencia tecnológica de la mente como la visionaria ponen muy poco énfasis en las relaciones (conexiones) y menos aún en la interactividad cogeneradora de las entidades que el cerebro percibe. En términos simbólicos, ambas tendencias se presentan como columnas autosostenidas que se niegan a aceptar los zigzags que las complementan. Estos zigzags tienen que ver con el encuentro, con las hibridaciones, con la inteligencia vincular, con aquello que no es fijo y nunca lo fue y, evidentemente, con el amor.

Las dos tendencias (tanto la técnico–objetiva como la visionaria) no dan real importancia al amor: encarnan un solo polo y, en consecuencia, tienen una dificultad insuperable para comprender el vínculo como fundamento. El amor aparece con relativa fuerza en la tendencia visionaria, pero, en general, bajo formas muy sexualizadas (Tantra, Alquimia) o reducido a la devoción hacia una entidad superior o al sentimiento del creador hacia sus creaturas. En última instancia, el amor es comprendido de una manera sentimental, y no es posible concebirlo como una inteligencia de altísima complejidad.

Sin embargo, es necesario insistir en que, pese a su contenido necesariamente devocional, el budismo y el cristianismo encierran claves fundamentales para la maduración de la inteligencia humana, las cuales es muy riesgoso ignorar. Cuando, en el budismo Mahayana, Buda renuncia a entrar en el nirvana hasta que el último de los seres lo haya hecho, está alterando la programación inconsciente fundamental. Por supuesto que esta afirmación adquiere la tonalidad mística y sentimental del sacrificio supremo: esa es la traducción inevitable que surge del condicionamiento. Pero, en realidad, le está diciendo a la mente hindú, que es su verdadera interlocutora, que primero se debe asumir

plenamente la interrelación entre todo lo que existe. Ninguna consciencia

puede saltar a lo absoluto antes de experimentarse amorosamente entrelazada con todo aquello que se le aparece como condicionado. Diferenciación no es subjetividad absoluta sino relación absoluta, es decir,

amor. El encuentro unilateral con el absoluto es la ilusión propia de un cerebro que no se ha abierto a la realidad plena de la relación (en términos budistas, la codependencia). Por el otro lado, la encarnación de dios en el cristianismo, su muerte y el perdón de todas las heridas infligidas y recibidas (redención) implica también un terremoto en el software fundamental. En ambos casos, se han introducido paradojas que tienen el potencial de destruir los condicionamientos generados por los aprendizajes acumulativos del cerebro y pueden ser activadas en el momento oportuno.

El insight profundo dentro de la tendencia visionaria se produce cuando ésta se da cuenta de que el cerebro es el que crea un mundo de objetos, es decir, que los objetos no son una realidad sino una construcción. Construir objetos significa que la mente en ese estado separa cuidadosamente un grupo de

relaciones de otro, con la certeza de que cada conjunto es una entidad

subsistente en sí misma e independiente, sin relación de las demás. No tomemos esta frase como una idea, sino que, al considerarla, debemos darnos cuenta de cómo efectivamente percibimos un universo de objetos separados. Las palabras separan al árbol del suelo y del cielo, a cada rama de las otras, del tronco y de las hojas, de la radiación solar y de los nutrientes químicos y del agua que las raíces absorben, etc. El cerebro condicionado se siente seguro solamente si percibe de esta manera. De hecho, que se borren los límites milenariamente establecidos entre una cosa y la otra remite a un estado de confusión que la actividad del hemisferio izquierdo se encargará inmediatamente de resolver devolviéndonos a la “realidad” de las distinciones nítidas y objetivas.

Por eso, el verdadero camino o aprendizaje es el de liberar a la realidad de la presión a la que la somete el cerebro condicionado. Que el cerebro suelte lo percibido objetivamente da lugar a que aparezcan las relaciones anteriormente excluidas o negadas cuya exclusión permitía dibujar las formas absolutamente nítidas y claramente separadas. El pensamiento no puede hacer esto, por cuanto en ese nivel es inevitable que esta afirmación tome la forma de un sujeto que debe soltar a los objetos. En su treta final, el pensamiento afirma que el pensamiento mismo es el que debe ser controlado (soltado). ¿Por quién?

Es visible que la tendencia técnico–objetiva, si realmente obedece a la dinámica de su aprendizaje, se ve obligada a ir en la dirección de descubrir

que todo es relación. La manera que tiene la tendencia objetiva de la mente de

percatarse de esto es a través de las matemáticas. La matemática es una

relación de relaciones. Es el universo, en tanto juego de proporciones, en el cual todas las diferencias aisladas se desvanecen.

Por ese camino, el primitivo universo de objetos consistentes llegó a convertirse en el mundo inimaginable de la mecánica cuántica o el de las supercuerdas. Un entretejido de vibraciones en el cual las partículas (entidades separadas que la mente creadora de objetos necesita desesperadamente sostener) se disuelven inevitablemente en trazas, campos y funciones de onda. En esta misma línea, la cibernética conduce a la mente hacia un mundo no lineal de feedbacks, bucles recursivos, fractales y órdenes caóticos.

Es evidente que la tendencia técnico–objetiva aún no ha podido dar el salto que significaría percibirse a sí misma en aquello que percibe, es decir, poder ver la relación sujeto–objeto como una interrelación codependiente. Por ahora, alcanza a ver un universo externo de relaciones en el que todo objeto o partícula se disuelve progresivamente en un mar de ecuaciones matemáticas (relaciones de relaciones) absolutamente inimaginables para la mente concreta. O alcanza a postular un principio de indeterminación en el que la percepción altera irrevocablemente a lo percibido. Pero no se dispone aún a indagar hasta las últimas consecuencias en la dinámica de la relación entre aquello que observa y aquello que se le aparece como observado (con la excepción de David Bohm).

Bohm, David. «Discernimiento, conocimiento, ciencia y valores humanos». En Jayakar, Bohm, Weber y otros, Dentro de la Mente. Jayakar, Bohm, Weber y otros. Kier, 1993.

Bateson, Gregory. Mind & Nature: a Necessary Unity. Bantam Books, 1980. Bateson, Gregory. Pasos hacia una ecología de la mente: colección de

ensayos en antropología, psiquiatría, evolución y epistemología. Lohlé–

Lumen, 1998.

En el interior de la Mente Meditación

Meditación

A lo largo de la historia, distintas tradiciones exploraron diferentes caminos en la búsqueda del despertar de nuevos niveles de sensibilidad e inteligencia en el ser humano. La tendencia visionaria de la mente es la que ha acumulado la mayor experiencia en esta dirección. Su clara comprensión de la relación entre las excitaciones corporales y los estados de consciencia la ha llevado a indagar profundamente en los llamados “estados meditativos y contemplativos del cerebro”. No es posible avanzar en la indagación de las potencialidades del sistema nervioso y en la confluencia de las tendencias objetivas y subjetivas de la mente sin considerar con extrema seriedad el estado de meditación.

Vamos a llamar “meditación” al estado que se manifiesta en el cerebro cuando

entra en plena sintonía con el movimiento profundo de lo que es. Este

movimiento no es el de las cosas tomadas aisladamente: no tiene divisiones, membranas o velos que lo separen en compartimientos estancos y den lugar a procesos de acción y reacción. Es movimiento porque es creación, resonancia, conexión, flujo, explosión, pero no lo es en el sentido de que no va de aquí para allá en una dirección determinada: todas las direcciones posibles son sus direcciones, simultáneamente. David Bohm lo llama “holomovimiento”, un movimiento total e indiviso, con múltiples niveles y dimensiones internas, que aparece direccionado yendo de aquí para allá y de allí para acá, sólo desde el punto de vista de una consciencia focalizada, o que en algún modo se separa de ese movimiento global del cual esencialmente forma parte.

Indagar en el verdadero significado del estado de meditación implica comprender muy a fondo la relación entre las divisiones propias de la actividad interna del cerebro y las que éste percibe en el mundo externo.

¿Qué es lo que genera la apariencia objetiva de la realidad? Objetiva significa ‘radicalmente separada del organismo que la percibe’. A su vez, ‘nítidamente dividida en un conjunto de entidades claramente distinguibles entre sí’. Para que aparezca un objeto ante la consciencia, debe haber una actividad

inteligente (un sujeto) que se perciba a sí misma radicalmente separada de él. Al mismo tiempo, “objeto” implica un contorno claramente delimitado, algo

definidamente separado y separable del entorno conformado por una colección de otros objetos.

Desde la perspectiva en la que están escritos todos estos artículos, es el cerebro en su funcionamiento evolutivamente condicionado el que genera las divisiones que percibe: sujeto y objeto, diferentes objetos separados entre sí,

diferentes sujetos independientes los unos de los otros, pasado y futuro, etc. Para que se manifieste el verdadero estado de meditación, el cerebro debe entrar en una dinámica global que carezca internamente de toda reacción divisiva, de modo tal que en lo externo tampoco aparezca su división equivalente.

No puede ser, entonces, la persona o el sujeto quien medita. La persona o el

sujeto son solamente un aspecto de la actividad cerebral. Meditar significa que

es el organismo humano en su totalidad (la vida misma en evolución) quien entra en sintonía con el estado indiviso, sin reacción divisiva alguna en lo

interno ni con lo externo. Esa, y no otra, es la actividad del estado de meditación. De allí que no exista meditador alguno, por lo menos en los términos en que los humanos concebimos al sujeto que realiza una acción.

El movimiento indiviso sólo puede aparecer en un cerebro cuyo movimiento interno sea indiviso. Es decir, que en tal cerebro haya florecido

neurológicamente un estado de resonancia global en el que la totalidad de las células del sistema nervioso, organizadas evolutivamente en distintos subsistemas, participen sin reaccionar y sin aislarse unas de otras.