II. La reordenaciÓn de La Vida en un escenario de incertezas
6. La reordenación de la sociedad y el poder
La disolución de la vida civil en la parte occidental del Imperio implicó que el poder imperial y sus estructuras y agentes en las provincias desaparecieran pau- latinamente, y también que se volvieran nada los poderes locales de los antiguos municipios, de manera que la población dejó de tener la certeza de sujetarse a unos poderes ciertos y definidos. En ese ambiente la iglesia y sus obispos se afirmaron como núcleos de poder, al igual que las gentes bárbaras que, como ocupantes de las antiguas provincias, instalaron lentamente unas nuevas o renovadas formas de poder, y así, en los siglos que corrieron hasta concluir el primer milenio, acabaron por constituirse unas sociedades nuevas en las que el poder aparecía especialmen- te fragmentado: la iglesia, sus obispos y monjes en unos campos ordinariamente temporales y no sólo espirituales; un orden de próceres y magnates de vieja rai- gambre romana y de las nuevas gentes bárbaras, que tendería a fundirse en un solo sector superior; y unos reyes que, en una constante dinámica de relaciones con la iglesia y la nobleza, luchaban por afirmar su posición sobre la población y el territorio de sus reinos.
Las diversas fuentes, desde el siglo V en adelante, daban cuenta de la existencia de una sociedad medieval en la que aparecía, como constante, una gran distin- ción: poderosos y débiles, aunque expresada con una terminología variable, mu- chas veces dependiente del punto de vista desde el que se apreciaba la diferencia:
honestiores y humiliores, potentes y pauperes, o dominos y servi, pero todas ellas
dejaban al descubierto la presencia de una minoría “poderosa”, o porque regía el espacio espiritual o político, o porque regía la vida económica, o todas ellas a la vez, y una masa débil sujeta a esa dirección.
Muchos de los potentes lo eran porque se situaban en el plano superior del orden sacerdotal, praelati et episcopi, y porque desde tal posición no sólo dirigían la vida religiosa de la población, sino, también, porque actuaban junto a los res- tantes poderosos y el rey en el gobierno del reino; otros lo eran por sus orígenes ilustres, ya romanos o bárbaros, reconocidos como proceres, magnates, optima-
tes, primates, y desempeñaban junto al rey y en su palacio diversos oficios y minis-
terios (comes), o cumplían en otros lugares del reino tareas fiscales o bélicas (du-
ces); y otros, en fin, porque poseían las tierras y en cuanto que señores (dominos)
de ellas tenían bajo sí a quienes las habitaban y trabajaban bajo una variedad de formas de dependencia, constituidas, en algunos casos, mediante la donación que, de sus pequeñas propiedades y aún de sí mismos, hacían a algún señor, o de otras formas de “encomendación” personal, ampliamente atestiguadas por cartas de
comendatio y que, en principio, implicaban un vínculo de dependencia que tenía
como contrapartida por parte del débil una prestación de carácter militar o del cultivo de la tierra, o mediante la vinculación de por vida a un patrono fiándole su persona a cambio de protección, que es nota característica de los vínculos del pa-
trocinium y, a través del cual, los débiles conseguían ciertas certezas en un mundo
de inseguridades, pues su señor (dominus) debía asistirles, en juicio por ejemplo, y protegerles en cualquier circunstancia.
Así, una generalidad de la población, habitante de los campos y dedicada a cul- tivar las tierras de sus señores y, en algunos casos, las pequeñas que conservaban, se hallaban sujetas, en lo cotidiano, a los poderes de sus señores, fueran eclesiás- ticos o seculares, muchas veces confundidos, pero también a las potestades que podía ejercer el rey, ordinariamente, a través de sus comites y duces en territorios y ciudades de su reino, sobre todo, en la recaudación de impuestos y en el orden de los juicios y la guerra.
En ese escenario social se produjo, durante los cinco primeros siglos del medie- vo, la instalación de la figura del rey y la consiguiente noción del reino, pues aquel fue otro de los poderes, aunque en niveles dispares y tenues, a que se halló some- tida la población. Un rey y un reino que avanzarían, a lo largo de estas centurias, desde unas concepciones originaria y exclusivamente ligadas a poderes sobre las personas cimentados en la fidelidad personal, y que es lo que da pie para hablar de “reinos sobre gentes”, hacia unas realidades, en las que, sin que se perdiera la preponderancia de la fidelidad, el asentamiento sobre un cierto suelo ya definitivo las movió a asumir unas determinadas formas de dominación y señorío sobre el territorio.
De entre los caracteres de los reyes y los reinos de estos siglos iniciales del me- dievo, interesa aquí destacar algunas notas: a) la difusión de una imagen cristiana del rey, junto a un discurso legitimador y a unos dispositivos políticos coherentes con él; b) la estrecha dependencia y vinculación entre el rey y el sector dirigente o “noble” de su reino; y c) la especial posición que, como consecuencia de las notas anteriores, asumió el rey de cara al derecho en su reino.
La visión cristiana que, desde tiempos apostólicos, había afirmado la existen- cia del poder temporal, situó a los reyes dentro del orden natural de las cosas de este mundo, a quienes la providencia había llamado a regir a sus pueblos, como lo reclamaba Guntram entre los merovingios en el siglo VI o Carlo Magno dos siglos más tarde, o Recaredo entre los godos cuando, al convertirse al cristianismo romano en el 589, se dirigía a los obispos para decirles que Dios le había “dado la carga del reino en favor y provecho de los pueblos”, y como, a comienzos del siglo VII, lo defendía en sus escritos Isidoro de Sevilla. Esta concepción se expresaría, compendiosamente, en la frase Dei gratia, para indicar que el rey lo era “por gra- cia de Dios”, locución ésta que se difundió con singular fortuna desde el siglo VIII en adelante, aunque ya dos siglos antes aparecía entre los francos, y si no se la lee en fuentes godas, sí se la recibirá durante el siglo X en una carta leonesa del 909 (Froila gratia Dei rex confirmat) y en Navarra desde tiempos de Sancho el Mayor. En el contexto de ese discurso e imaginario cristiano, el rey y el orden episcopal de sus reinos actuaron en una estrecha colaboración de afirmación recíproca:
los reyes reunieron concilios y sínodos y prestaron la aprobación a sus cánones, desde el temprano ejemplo franco de Clodoveo en el 511 a los posteriores de los godos, longobardos y anglosajones; se desplegó la idea de un rey que desempe- ñaba un ministerio, que se equiparaba al sacerdotal, como lo hacía Isidoro en un clásico pasaje de sus Etymologiae: “Los reyes son llamados así de reinar, pues así como el sacerdote lo es por sacrificar, así el rey lo es por reinar”; o se fortaleció o pretendió afirmar la posición del rey mediante un renovado juramento cristiano de fidelidad o a través de la unción real, o de fulminar anatema contra quienes se levantaran en su contra, como hicieron diversos y reiterados cánones de los concilios toledanos.
Los reyes durante los primeros siglos del medievo, sin perjuicio de su inserción en el orden cristiano de las cosas de este mundo, se movieron sobre dos puntos de legitimación de cara a sus pueblos: de un lado, la pertenencia a una cierta familia dominante y, de otro, una determinada relación de consenso con el orden de los nobles de sus reinos, que actuaba directamente en su elección o asentía a la aso- ciación al reino o a la designación de un sucesor y, además, operaba en el ejercicio del poder en palacio o fuera de él.
Los reyes de los pueblos germanos hacia el siglo V aparecían como caudillos militares pertenecientes, por regla general, a la estirpe que a lo largo de las mi- graciones se había situado como la dominante (stirps regia). Esta vinculación a una cierta familia real fue una constante en el discurso de la legitimación real, y así, por ejemplo, cuando en el 577 Guntram adoptaba a su nieto como sucesor destacaba que era el único que quedaba de su estirpe (de stirpe mea remansit nisi
tu tantum), y cuando en el 890 se elegía a Ludovico como rey de los francos se
remarcaba que procedía del linaje imperial (ex prosapia imperiali prodiens). Pero también, desde sus primeros tiempos, los reyes aparecían especialmente ligados a la nobleza de sus reinos, reunida en sus orígenes en una asamblea de hombres en armas y luego ya sin ellas, y era ésta la que, o elegía directamente al rey en mo- mentos de crisis, o asentía a la designación de un sucesor hecha por quien reinaba o a su asociación al trono, casos estos muy habituales entre godos y francos. No resulta extraño, entonces, que en la Historia de Isidoro sea frecuentísima la expre- sión “fue elegido rey” o “fue creado rey”, como el temprano ejemplo de Sigerico (post Ataulphum Gothis Sigericus princeps electus est) y que tras la conversión al cristianismo romano en el 589, los concilios toledanos renovaran la vieja asam- blea de nobles con la incorporación a ella de los prelados del reino y que le atri- buyeran la elección del rey, como lo declaraba el canon LXXV del IV concilio de Toledo en el 633: “Muerto pacíficamente el rey, la nobleza de todo el pueblo, en unión de los obispos designarán de común acuerdo al sucesor”, principios que se recibieron en diversas leyes del título De electione principum que acompañaba a algunas ediciones del Liber Iudiciorum en el siglo VII. También el consentimiento de la nobleza se buscaba entre los francos, y así, por ejemplo, el propio Carlo
Magno en su lecho de muerte en el 814 reunía a una asamblea de nobles para designar a sus sucesores en sus reinos. Pero, también los nobles asumían un papel determinante durante el reinado, pues actuaban junto al rey, generalmente, para testimoniar su asentimiento a decisiones políticas, e intervenían en dos campos de singular interés: la creación de las leyes reales y el juzgamiento de los pleitos.
A los reyes y a los nobles de su reino no se les vería de un modo apropiado en estos siglos medievales si se les apreciara como dos realidades vinculadas sólo por las operaciones del poder en sus reinos, pues entre aquel y estos y entre los nobles entre sí mediaban múltiples y diversas relaciones que tenían en su base a la fidelidad como elemento estructural y que condicionaban los dispositivos a través de los cua- les se ejercían los poderes en el reino. Esas relaciones de fidelidad estuvieron, desde temprano, vinculadas a beneficios económicos, de modo que no resulta excesivo significarlas si se dice que las donaciones de los reyes a sus magnates seculares y eclesiásticos, o de estos entre sí, se constituyeron en un negocio cardinal de fidelida- des recíprocas, superando los jurídicos y angostos límites que había tenido la dona-
tio romana. Así, si se toma como ejemplo el reino de los godos, se puede apreciar en
los fragmentos del Codex Euricianus, de mediados del siglo V, en las leyes reunidas en el Liber Iudiciorum, del año 654, y en los cánones de más de algún concilio to- ledano, la centralidad que tenían las donaciones hechas por los reyes y la disciplina que se daba a los bienes obtenidos de munificentia regis, al igual que las donaciones dentro del orden de los eclesiásticos, y las realizadas a los bucelarios y a los saiones en el ámbito de las donaciones a los clientes y patrocinados.
En ese contexto, en los últimos decenios del siglo X comenzaron a advertirse ciertos hechos, usos y costumbres novedosas en algunas regiones de la cristiandad occidental, que empezaban a redefinir las relaciones personales entre los reyes y los nobles y, como consecuencia de ello, a modificar la situación de la masa de la población de los reinos. Aparecen los castillos, que se convertirán en centros de un señorío que comenzará a asumir poderes económicos, judiciales y políticos sobre la población que está sujeta al señor del castillo, y empiezan a surgir los primeros feudos, jurídicamente entendidos como pactos en que se fusionan, de una parte, el “beneficio” y, de otra, el “vasallaje”, es decir, una especial relación de lazos de fidelidad entre nobles, uno de los cuales concede al otro un beneficio, inicialmente de tierras u otros bienes y, quien lo recibe presta vasallaje, esto es, se compromete bajo juramento a prestarle una serie de servicios, iniciándose, de este modo, la formación de una compleja red de relaciones entre los reyes y los nobles, que se desarrollará plenamente en los siglos posteriores al primer milenio.