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CAPÍTULO II: BASES TEÓRICAS

2.5.4. La teoría de la cortesía

Cuando un traductor recibe un encargo de traducción, no solo adquiere una responsabilidad a nivel textual, sino también a nivel comunicativo y sociocultural con los destinatarios de la lengua meta, especialmente cuando uno de los elementos fundamentales de comunicación pasa hacer la cortesía. De acuerdo a Haverkate (1994) en Giraldo

(2013:431) “la cortesía está presente o está ausente, no hay término medio”. Por tal razón,

el traductor tiene la obligación de identificar de manera consciente los elementos que tengan relación con la cortesía, tanto en la cultura de la lengua de partida como en la

cultura de la lengua meta. De esta manera la cortesía pasa a ser ese puente que une al emisor del TO con el destinatario del TM.

Existen varias teorías sobre la cortesía, pero para el propósito de nuestro estudio, nos enfocaremos en la teoría propuesta por Leech. Leech (1983) en Escandell (1993:169-174) plantea un principio de cortesía basado en un conjunto de máximas similar al de Grice, y considera que la relación que existe entre los interlocutores determina la forma del enunciado y diversifica su significación. La comunicación entre los interlocutores llega a darse en dos direcciones: 1) se mantiene el equilibrio existente, o 2) se lo modifica con el propósito de mejorar la relación o aumentar la distancia. Es en este punto donde la cortesía pasa a ser un principio regulador, es decir que gracias a ella mantenemos o disminuimos la distancia social que existe entre los interlocutores. En base a estas características, Leech establece que existen dos tipos de cortesía: la cortesía relativa y la cortesía absoluta.

La cortesía relativa es aquella que nos permite medir la adecuación que existe entre el enunciado y el grado de distancia social para lograr mediar entre los interlocutores. Ésta

depende totalmente de las “posiciones sociales de los interlocutores”. Por otro lado, la

cortesía absoluta es una peculiaridad propia de algunos actos. Por ejemplo, como Leech menciona, las órdenes son relativamente descorteses, mientras que los ofrecimientos son corteses. Este tipo de cortesía se evalúa a través del coste o del beneficio que tiene que asumir el emisor o el destinatario para cumplir determinada acción. Por lo tanto, el coste para el destinatario es mayor, y por ende, el beneficio es menor cuando la acción es básicamente descortés; en cambio, la acción pasa a ser cortés cuando el coste es mayor para el emisor y el beneficio para el destinatario es mayor.

En base a este principio, Leech decide clasificar a las acciones en cuatro categorías principales:

1. Acciones que apoyan la cortesía, a través de las cuales se determina que existe un beneficio para el destinatario y un coste para el emisor, y por ende, mejoran o mantienen la relación social. Ejemplos de este tipo de acciones son el agradecer, invitar, saludar, etc.

2. Acciones indiferentes a la cortesía, en las cuales no existe un desequilibrio claro entre el beneficio y coste para los interlocutores, por ejemplo, el informar, anunciar. 3. Acciones que entran en conflicto con la cortesía, es decir que comprenden algún

tipo de coste para el destinatario. Si se desea mantener o mejorar la relación, se

necesita compensar la “descortesía intrínseca” de las acciones a través de otras

formas de cortesía relativa para disminuirla. Por ejemplo, cuando se pide o se ordena algo sin la cortesía adecuada, la relación entre los interlocutores puede estar en peligro de desmejorar.

4. Acciones dirigidas frontalmente contra el mantenimiento de la relación entre los interlocutores, tales como el acusar, maldecir hacen que la cortesía relativa esté fuera de lugar y la distancia entre los interlocutores aumente o se desintegre.

En base a esta clasificación, Leech (1983:84) propone dos tipos diferentes de cortesía: positiva y negativa. “La cortesía negativa consiste en minimizar la descortesía de las

ilocuciones descorteses, y la cortesía positiva, en maximizar la cortesía de las corteses”.

La cortesía negativa por lo general es imprescindible para mantener las buenas relaciones, mientras que la positiva pasa a un plano secundario. Por otro lado, podemos mencionar que la cortesía pasa a convertirse en aquel principio que permite que utilicemos formas indirectas de expresión, por cuanto son más corteses y a través de ellas no estamos imponiendo una obligación. De esta manera se da la posibilidad al oyente de realizar o no la acción solicitada.

Como habíamos mencionado al inicio de este numeral, Leech propone que el principio de cortesía se divida en una serie de máximas:

1. Máxima de tacto: suponer que uno es el autorizado y el interlocutor es quien debe autorizar.

2. Máxima de generosidad: minimizar el beneficio propio y maximizar el beneficio del interlocutor.

3. Máxima de aprobación: minimizar el desprecio hacia el otro y maximizar el aprecio hacia el otro.

4. Máxima de modestia: minimizar el aprecio hacia uno mismo y maximizar el aprecio hacia el otro.

5. Máxima de acuerdo: minimizar el desacuerdo con el otro y maximizar el acuerdo. 6. Máxima de simpatía: minimizar la antipatía y maximizar la simpatía.

Una vez que hemos descrito las máximas propuestas por Leech, es importante mencionar que no todas las máximas se pueden aplicar por igual a todos los tipos de actos. Por ejemplo, la máxima de tacto se aplica en las peticiones, mientras que las máximas de acuerdo y simpatía se aplican en los actos de tipo aseverativo.

Para concluir con la teoría de la cortesía, creemos prudente el presentar el siguiente pensamiento de Leech:

“La cortesía es, pues, un principio regulador de la conducta que se sitúa a medio

camino entre la distancia social y la intención del emisor, haciendo posible el mantenimiento del equilibrio social entre los interlocutores a pesar de que la intención del

emisor esté dentro de las calificadas como inherentemente descorteses” (Escandell,

CAPÍTULO III: ANÁLISIS DESCRIPTIVO DEL TEXTO ORIGINAL (TO)