• No se han encontrado resultados

Craso pierde la cabeza

Mientras el triunvirato se desintegraba, otros, en puestos mucho más bajos de la cadena de poder luchaban sus propias batallas. A principios de abril, Marco Celio fue procesado judicialmente. Su colorido pasado no podía superar un escrutinio escrupuloso. Desde luego, la acusación no tuvo mayor dificultad para imputarle una larga lista de vicios y crímenes, siendo el más horrendo un ataque a una diputación de embajadores y el asesinato de su líder. Lo que hizo que el juicio estuviera envuelto en una atmósfera de escándalo, sin embargo, fue otra de las acusaciones: que Celio intentó envenenar a su amante, Clodia Metelo., Desde luego, la relación entre ambos no iba demasiado bien.

No es que la acusación se refiriera a ello en ningún momento. Puesto que los detalles del asunto prometían ser tan dañinos para Celio como para Clodia, creyeron que la defensa también evitaría el tema. Pero no habían contado con la intervención de Cicerón. Las relaciones del maestro con su viejo pupilo eran malas desde hacía tiempo y la oportunidad de lanzar un ataque frontal contra Clodia resultaba demasiado tentadora. En lugar de correr un tupido velo sobre el asunto, Cicerón hizo de él el centro de toda su estrategia de defensa. «Imaginen que una mujer que ha perdido a su marido abre de par en par las puertas de su casa a cualquier hombre que necesite desahogo sexual y vive públicamente como una prostituta, imaginen que no tiene ningún reparo en ir a fiestas ofrecidas por completos desconocidos, imaginen que se comporta así en Roma, en sus jardines de placer, y entre los habituales de las orgías de Baiae», atronó, «¿Creen entonces que sería de verdad escandaloso y una desgracia para un joven como Celio escogerla?»1 ¡Por supuesto que no!

¡Después de todo, era sólo una ramera y, por tanto, una presa lícita! Los jurados, al oír cómo destripaban a la reina del chic de Roma de esta manera, se sintieron a la vez excitados y conmocionados. De lo que no se dieron cuenta fue de que Cicerón, al atacar a la hermana de su enemigo, había logrado apartar la atención de todos los cargos verdaderamente importantes contra su cliente, que se perdieron en la espuma de sus insinuaciones. Su estrategia se reveló gratificantemente efectiva: Celio fue declarado inocente. Cicerón podía sentirse orgulloso .de un trabajo de demolición bien hecho.

Tan deslumbrante fue su actuación que eclipsó la intervención en el juicio del otro guardián de Celio. Claro que cosas como ésta no preocupaban a Craso. Nunca le había gustado la pirotecnia ni tampoco la necesitaba. Su único propósito al acudir en ayuda de Celio era proteger la inversión que había hecho en el futuro de aquel joven; un objetivo que consiguió a un coste político mínimo. Craso sabía que la defensa atacaría a Clodia, pero incluso Clodio, que no solía escatimar esfuerzos para defender el honor de su familia, sabía que era una imprudencia arremeter contra Craso. Por sutiles y discretos que hubieran sido sus medios, siendo él un hombre más dado a susurrar indirectas que a proferir amenazas

directas, era todavía la persona más temida de Roma. Ahora, por fin, en la primavera del 56, Craso se disponía a probar hasta dónde llegaba ese temor. Incluso mientras prestaba testimonio en el juicio a Celio, sus pensamientos estaban en otra parte. Se preparaba un golpe político magistral.

El mes anterior, Craso había viajado hasta Rávena, una ciudad justo en la frontera de la Italia romana pero ya dentro de la Galia de César. Otros dos poderosos le esperaban allí. Uno era el propio César, el otro el altivo hermano mayor de Clodio, Apio Claudio. Tras una conferencia secreta entre los tres hombres, Craso retornó a Roma, mientras que Apio, junto a César, puso rumbo al oeste. A mediados de abril, los dos conspiradores llegaron a la ciudad fronteriza de Lucca. Y allí pronto se reunió con ellos, subiendo al norte desde Roma, Pompeyo. Se celebró una segunda conferencia. De nuevo lo que se dijo en ella quedó en secreto, pero las noticias del encuentro se difundieron tan rápido que a Pompeyo, cuando llegó, le acompañaban doscientos senadores. En las calles de Lucca podían verse más de cien fasces. Aspirantes a senadores, con el olfato tomado por el aroma del poder, se afanaban por conseguir trepar. A sus colegas con más escrúpulos que se habían quedado en Roma, estos pedigüeños aristocráticos los veían como una señal ominosa. Una vez más parecía que el poder se alejaba del Senado. ¿Cabía la posibilidad de que, después de todo, el triunvirato no hubiera muerto?

Y sin embargo parecía increíble que Pompeyo y Craso pudieran haber logrado sellar por segunda vez una alianza. ¿A qué acuerdos podían haber llegado esta vez? ¿Y cuál era el papel de César en este turbio asunto? ¿Qué era lo que perseguía ahora? Uno de los primeros en comprenderlo fue Cicerón. Escarmentado por su exilio, ya no se hacía ninguna ilusión de poder resistir ante el poder combinado del triunvirato. Contra Clodio y Clodia sí, pero no contra aquellos que eran infinitamente superiores a él «en recursos, fuerza armada y puro poder».2 Cuando

Pompeyo ejerció un poco de presión sobre él, se plegó a sus demandas. Vulnerable y nervioso, elocuente y respetado, Cicerón era la herramienta perfecta. Inmediatamente le pusieron manos a la obra. Ese verano tuvo que tomar la palabra en el Senado y proponer que las provincias de la Galia, que tanto anhelaba Domicio Ahenobarbo, siguieran siendo de César y sólo de César. Domicio quedó tan sorprendido por el súbito cambio de postura de Cicerón que por unos momentos no reaccionó, pero pronto estalló airado. ¿Qué pretendía Cicerón? ¿Por qué defendía algo que hasta entonces había considerado un ultraje? ¿Es que no tenía vergüenza? En privado, esas preguntas hacían que Cicerón se sintiera enfermo y miserable. Sabía que lo estaban utilizando, y se odiaba a sí mismo por permitirlo. En público, no obstante, expuso el ingenioso argumento de que al cambiar de bando demostraba que era un estadista. «La rigidez y la inmutabilidad nunca se han considerado una gran virtud en la República», apuntó. No se dejaba arrastrar por la corriente, sino que meramente «se movía con los tiempos».3

No convenció a nadie, y mucho menos a sí mismo. Embriagado por la autocompasión, trató de alegrarse dándose el gusto de continuar con la

2 Cicerón, A los amigos, 1.7. 3 Ibídem, 1.9.

única constante que quedaba en su vida: su enemistad mortal con Clodio. En lo alto del Capitolio seguía expuesta al público la tablilla de bronce que celebraba su exilio. Acompañado por Milón, Cicerón la arrancó, se la llevó y la escondió en su casa.* Clodio no sólo tuvo el valor de denunciarle por

conducta anticonstitucional, una acusación apoyada por un Catón más sentencioso que nunca, sino que colocó carteles en el Palatino en los que aparecía una larga lista de los crímenes de Cicerón. A pesar de las arenas movedizas sobre las que se movía la República, algunas cosas no cambiaban.

Pero incluso mientras continuaban su particular pelea de gallos, los dos hombres se descubrieron unidos por algo más que un odio común. Apio decidió que había llegado el momento de convertirse en cónsul: de ahí sus viajes a Rávena y Lucca para reunirse con los triunviros. A cambio de que le apoyasen en las elecciones del 54 les había ofrecido su apoyo y el de su hermano pequeño. Para Pompeyo en particular, que se había pasado dos años hostigado y humillado por Clodio, era un premio especialmente atractivo. Los incomparables talentos del más grande agitador de Roma ahora pertenecían al triunvirato, que los podía usar como mejor gustase. Igual que Cicerón se había convertido en una herramienta de los intereses de César, se utilizó a Clodio para servir a los intereses de Pompeyo y Craso. Pronto se dieron instrucciones a su red de tribunos y jefes de bandas. Se inició una campaña de intimidación cuyo objetivo era asegurar que las elecciones consulares se pospusieran hasta el 55. La violencia, como sucedía siempre que Clodio andaba de por medio, se disparó. Un grupo de senadores trataron de impedirle la entrada al Senado; los seguidores de Clodio respondieron intentando quemar el edificio. Mientras tanto las elecciones seguían sin celebrarse y Roma se llenaba con los clientes del triunvirato, entre ellos una verdadera riada de veteranos de César, a los que éste había dado un permiso especial para abandonar la Galia. Los senadores, ultrajados, se vistieron de luto.

Horribles sospechas les venían a la cabeza. Al final, la pregunta que había estado rondando durante meses por toda Roma se formuló abiertamente a Pompeyo y a Craso, quienes habían intentado, a la manera de grandes estadistas, permanecer por encima de las disputas. ¿Es que planeaban presentarse al consulado del 55? Craso, tan escurridizo como siempre, contestó que haría lo que fuera mejor para la República, pero Pompeyo, acosado por las persistentes preguntas, al final soltó toda la verdad. El acuerdo que había hecho que enterraran su vieja rivalidad quedó expuesto ante el mundo.

La oposición fue instantánea e implacable, tanto que sobrecogió a ambos candidatos. A pesar de haber pospuesto las elecciones para que los veteranos de César pudieran llegar en gran número a la ciudad, seguían temiendo la derrota. Se sucedieron las visitas a media noche a las casas de los candidatos rivales. Se hizo uso de los músculos y se quebraron algunos brazos. Sólo Domicio se negaba a abandonar la lucha. Ya había llegado enero y, durante las primeras semanas del 55, Roma seguía sin cónsules y las elecciones no podían retrasarse más. Horas antes de que abrieran los rediles de votación, en lo más cerrado de la

noche, Domicio y Catón trataron de hacerse con lugares estratégicos del Campo de Marte. Les sorprendieron gorilas armados que mataron al hombre que les llevaba la antorcha, hirieron a Catón y los pusieron en fuga. Al día siguiente, Pompeyo y Craso ganaron su segundo consulado conjunto. Pero con eso no habían terminado todavía de amañar las elecciones. Cuando Catón ganó una pretura, Pompeyo hizo que se anularan los resultados. Además, entregaron desvergonzadamente los edilatos a sus partidarios, hasta tal punto que el Campo de Marte se alzó contra ellos violentamente. Esta vez Pompeyo se vio atrapado en lo más turbulento de la refriega, y su toga quedó salpicada de sangre.

La prenda, empapada, fue devuelta a su casa, donde su mujer embarazada aguardaba noticias ansiosa. Cuando Julia vio la toga ensangrentada, se desmayó por la impresión y perdió el bebé. A nadie podía sorprenderle que la visión de Pompeyo Magno salpicado con la sangre de sus conciudadanos hubiera provocado un aborto espontáneo en su mujer. Los dioses hacían saber sus decisiones a través de signos como ésos. La República misma estaba siendo abortada. Cicerón, en una carta confidencial a Ático, bromeaba tristemente diciendo que los cuadernos de los triunviros debían estar, sin duda, llenos con «listas de los resultados de futuras elecciones».4 Para sus pares, la conducta

criminal de Pompeyo y Craso era tan descarada que bordeaba el sacrilegio. Si antes, en el 59, habían utilizado a César como intermediario, ahora eran ellos mismos los que mancillaban el sagrado puesto del consulado. ¿Y para qué? ¿Es que no habían ganado ya suficiente gloria? ¿Por qué, sólo por asegurarse un segundo consulado, tanta violencia y tamañas ilegalidades?

La respuesta no se hizo esperar, e incluso Pompeyo y Craso tuvieron el detalle de sentirse avergonzados por ella. Cuando un tribuno domesticado presentó una propuesta de ley que otorgaba a los cónsules mandos de cinco años en Siria y España, los dos hombres fingieron estar verdaderamente sorprendidos, pero no engañaron a nadie. Cuanto más se estudiaban los detalles de la propuesta de ley, mayor era la consternación que producían. Los dos procónsules tendrían derecho a reclutar tropas y a declarar la guerra y hacer la paz sin ninguna remisión al Senado o al pueblo. Otra propuesta de ley paralela le otorgaba idénticos privilegios a César, lo confirmaba en su mando y, además, lo ampliaba a cinco años más. Entre todos, los tres aliados tendrían el control directo de veinte legiones y de las provincias más importantes de Roma. En la ciudad se habían oído muchas veces gritos de «tiranía», pero nunca, sin duda, con tanta justificación como ahora.

La República vivió atormentada desde sus primeros tiempos por la posibilidad de que sus propios ideales pudieran volverse contra ella. «Es preocupante -reflexionaba Cicerón- que tiendan a ser los hombres más brillantes y con más talento los que más consumidos están por el deseo de encadenar una serie sin fin de magistraturas y mandos militares, y por el ansia de poder y gloria.»5 Era una reflexión que venía de lejos. Los

romanos siempre habían sabido que aquello que más valoraban en un ciudadano podía ser, también, una fuente de peligro. Ello explicaba por

4 Cicerón, A Ático, 4.8a.

qué, a lo largo de los siglos, se habían creado tantas limitaciones al libre juego de la ambición. Las leyes y las costumbres, los precedentes y los mitos, constituían el tejido mismo de la República. Ningún ciudadano podía actuar como si no existieran. Hacerlo era arriesgarse a la catástrofe y a la eterna deshonra. Esta admonición corría por las venas de Pompeyo y Craso, ambos verdaderos romanos. Por ello, aunque Pompeyo hubiera logrado espectaculares conquistas por tierra y mar, seguía anhelando el respeto de un hombre como Catón. También por ello, aunque Craso fuera el hombre más temido de Roma, prefería ejercer su poder desde las sombras. Ahora, sin embargo, sus escrúpulos ya no bastaban para contenerlos. Después de todo, para lograr un segundo consulado, Pompeyo casi había hecho que mataran a Catón. Y Craso, durante el debate sobre su mando proconsular, se había acalorado hasta tal punto que le había dado un puñetazo en la cara a otro senador.

Desde luego, en aquel verano del 55, todo el mundo pudo ver hasta qué punto se había vuelto susceptible aquel hombre que tan discreto se había mostrado hasta entonces. Craso se había vuelto voluble y fanfarrón. Tras ganar el gobierno de Siria casi por subasta, no cesó de hablar de ello. Incluso si no tuviera ya más de sesenta años, ésa hubiera sido una conducta poco apropiada. De repente descubrió que la gente comenzaba a reírse de él a sus espaldas, algo que hasta entonces jamás había sucedido. Cuanto más impopular se hacía, peor funcionaba la siniestra aura mística que lo había protegido hasta entonces. La masa comenzó a acosarle y, en algunas ocasiones, se vio obligado a huir y a pedir protección a Pompeyo. Estas humillaciones eran el modo que el pueblo romano tenía de castigar a Craso por su traición a la República. Cuando al fin llegó la hora de su partida hacia su provincia, no le acompañó ninguna celebración ni se reunió un gentío a despedirle. «¡Qué villano es!»,6 exclamó Cicerón, regodeándose con el deslucimiento de la

partida de Craso. Pero lo peor no fue la ausencia de una despedida entusiasta. Cuando el procónsul cabalgaba hacia las puertas de la ciudad por la vía Apia, vio que un tribuno le aguardaba a un lado de la calle. Antes ese mismo hombre había tratado de arrestarle, una atrevida maniobra que Craso había ignorado con desdén. Ahora el tribuno estaba en pie junto a un brasero del que se elevaban nubes de incienso que flotaban sobre las tumbas de antiguos héroes, perfumando la brisa invernal. Mirando intensamente a Craso, el tribuno comenzó a cantar. Las palabras eran arcaicas, casi incomprensibles, pero el portento que transmitían estaba perfectamente claro: estaba maldiciendo a Craso.

Tal fue el ambiente que le acompañó en su despedida de Roma y su partida hacia su mando en Oriente. Difícilmente algo le podía haber recordado mejor el alto precio que había pagado por conseguirlo. Su prestigio, que hasta entonces había sido para Craso su posesión más valiosa, estaba hecho trizas. Por ello, no es de extrañar que perdiera los nervios alguna vez durante su consulado. No era, como decían sus enemigos, senilidad o pérdida de control. En su libro de cuentas mental, Craso seguía evaluando los costos y los beneficios con tanto cinismo como siempre. Sólo un premio fuera de toda medida le podía haber incitado a sacrificar su crédito en la República. Siria por sí sola no hubiera

sido recompensa suficiente. A cambio de su reputación, Craso quería las riquezas del mundo entero.

En el pasado se había burlado de los que albergaban fantasías similares. Su más enconado rival, durante su tercer y más grandilocuente desfile triunfal, se había hecho seguir por una carroza que representaba el mundo. Pero Pompeyo Magno en aquellos momentos estaba demasiado nervioso y respetaba, además, demasiado las tradiciones de su ciudad como para representar a fondo el papel de Alejandro Magno. Craso comprendió lo que sucedía y por ello despreció todavía más a Pompeyo y sus bravuconadas. Al principio no sintió deseos de jugar él mismo a ser el conquistador del mundo, pero luego vio cómo César se hacía con el papel. En apenas dos años había amasado en la Galia una fortuna que podía rivalizar con la de Pompeyo. Craso, frío y calculador, supo ver las implicaciones de la nueva situación. Su viaje a Rávena, su pacto con Pompeyo y César, la brutal campaña electoral que había orquestado, todo ello era consecuencia de una mezcla de avaricia y miedo, de codicia desbocada y temor a quedarse atrás. Quizá más claramente que sus compañeros de crimen, había comprendido que se avecinaba un inquietante nuevo orden mundial. En él, unos pocos ambiciosos -quizá dos, pero Craso esperaba que tres- ostentarían un poder tan desproporcionado respecto al de sus conciudadanos que la propia Roma quedaría eclipsada ante ellos. Después de todo, si la República era la dueña del mundo, ¿qué límites podían existir para los hombres que se atreviesen a hacerse con su control y organizaran sus recursos como gustasen? Quizá el límite fuera el cielo, pero desde luego, nada menos.

Craso llegó a su nueva provincia en la primavera del 54 a. J.C. y avanzó hasta la frontera oriental. Más allá del río Éufrates, una gran carretera avanzaba por el llano desierto hasta que se perdía de vista en la neblina del horizonte. Pero Craso sabía a dónde llevaba esa carretera. Al mirar hacia el sol naciente, podía imaginarse la bruma de las especies y el resplandor del ónice, el ágata y las perlas. Muchos habían hablado de las fabulosas riquezas de Oriente. Se decía que en Persia había una montaña hecha de oro; que en la India, el país entero estaba cercado por «una muralla hecha de marfil»;7 y que en China, la tierra de los seres, criaturas

que apenas medían dos veces más que un escarabajo, tejían la seda. Ningún hombre medianamente inteligente podía creerse esas historias ridículas, por supuesto, pero el mero hecho de que circulasen servía para