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CAPÍTULO III: EL CASO DE PALESTINA

3.4. LAS CONSECUENCIAS DEL STRESS POST-TRAUMÁTICO

Los estudios desarrollados por Kevorkian demuestran que los menores pueden responder de maneras distintas cuando expuestos a violencia. Algunos aceptan la realidad conflictiva ya que no pueden escapar de ella. Otros buscan alternativas para convivir con una realidad violenta, tanto en nivel psicológico cuanto físico. El acceso al sistema educacional puede ser la llave para la distinción entre eses dos reacciones. (Kervorkian: 2006)

En las escuelas, los menores palestinos consiguen seguir una rutina, que les proporciona un sentimiento de normalidad, de protección y de negación del caos externo. Son esas instituciones, que además de educar, ofrecen el apoyo necesario en tiempos de crisis y que consiguen ofrecer al niño una sensación de que él pertenece a la sociedad. Por consiguiente, esas instituciones buscan restablecer la sensación de normalidad mientras reducen los sentimientos de inseguridad entre los niños. La oportunidad de trabajar la comprensión de los problemas resulta en el establecimiento de un lazo de confianza entre los menores y los adultos, lo que puede contribuir mucho en la rehabilitación de los menores, resultando en mejoras en el comportamiento social, en las reacciones emocionales y psicológicas.

Lastimosamente, las instituciones educacionales son muy perjudicadas durante los conflictos y no consiguen atender las necesidades de todos los menores. Aparte, podemos decir que una gran parte de los niños palestinos es afectada por los conflictos y desarrolla trastornos postraumáticos. Como fue dicho, una pequeña parte de los niños participa directamente de los conflictos en Palestina, todavía, prácticamente todos los menores están expuestos a los conflictos y acaban desarrollando problemas psicológicos y de aprendizaje que en algunos casos se manifiestan en alteraciones físicas, como el desarrollo de diversas enfermedades.

De esta manera, observamos que los menores palestinos se sienten renegados por una sociedad que no los proporciona proyectos de identificación ciudadana. Sus aspiraciones emocionales y sus deseos sociales son imposibilitados cada vez más por la incapacidad del grupo de les ofrecer una estructura básica. Sin apoyo en las instituciones sociales, los niños acaban optando por un individualismo extremado o mismo por su integración en milicias armadas.

Es importante señalar que el síndrome de estrés postraumático no se trata más de una enfermedad sin aval médico. Hoy se trata de una enfermedad diagnosticada por los psiquiatras, que demanda tratamiento clínico. Los estudios en el área presentan resultados alarmantes con relación a la exposición de los menores a la violencia constante. Andel Aziz Mousa Thabet, Yehia Abed y Panos Vostanis presentaron investigaciones sobre los efectos de los conflictos que comprenden el periodo entre la primera Intifada en 1987 hasta el tratado de Oslo de 1993. Los autores constataron que prácticamente mitad de los menores entrevistados sufrían del trastorno postraumático caracterizado como moderado o grave. Aún, muchos tenían miedo de salir de sus hogares y la mayor parte desarrolló un gran temor de las figuras de los soldados. (Thabet, Abed y Vostanis: 2002).

Los mismos autores repitieron el estudio en 2001, para observar los progresos o retrocesos de la situación de los menores que siguieron y siguen testimoniando actos de violencia diariamente. Para tanto, los autores buscaron comparar dos grupos de niños, uno que tuvo sus hogares bombardeados y otro que a pesar de no vivir en zonas que fueron directamente bombardeadas, ya presenciaron alguno tipo de violencia personalmente o a través de la prensa.

Los estudios demostraron que los disturbios post-traumáticos más graves fueron presentados por los niños que tuvieron sus hogares bombardeados. Los síntomas más frecuentes entre los niños que no fueron expuestos a los bombardeos fueron los sentimientos de soledad, mismo cuando los menores no están solos. Las preocupaciones constantes y los miedos frecuentes en la hora de dormir también fueron repetidamente constatados entre eses niños. Ya los menores expuestos a los bombardeos tienen más miedo de lugares altos pues sienten que pueden caer a cualquier momento. También tienen miedo del oscuro, tienen miedo de estar en locales cerrados y tienen miedo de ser heridos por las personas que conocen. Ese último punto es muy interesante, ya que observamos que los menores desconfían de las personas próximas y no apenas de sus enemigos. Ellos aún temen la posibilidad de adquirir alguna enfermedad sin cura. (Thabet, Abed y Vostanis: 2002).

Luego, podemos decir que los niños del grupo que fue expuesto a los bombardeos tienen mucho miedo de lo que puede acontecer. Tienen miedo de la incertidumbre y temen el futuro.

Después de vivir la tragedia de los bombardeos, los menores no se sienten seguros, ni en sus nuevos hogares o abrigos, ni cerca de las personas próximas. Ya los otros menores también sufren de una ansiedad constante, pero con menores temores de lo que puede acontecer. Eso no significa que esos menores sigan sus vidas normalmente, ya que la violencia está alrededor de ellos todo los momentos.

Samir Qouta, Raija – Leena Punamaki y Eyad El Sharraj también desarrollaron un estudio entre los niños palestinos donde constataron que más de la mitad (cincuenta y cuatro por ciento) de los menores expuestos a los conflictos sufren de disturbios post-traumáticos graves. Entre eses, las niñas presentaron mayor vulnerabilidad. Eses datos son resultantes, entre otros motivadores, de la destrucción de los hogares, tanto por los ataques aéreos cuanto por los ataques en tierra. (Qouta, Punamaki y Sharraj: 2003)

La destrucción de los hogares representa más que la ausencia de un techo. Puede se convertir en una traumática experiencia con consecuencias psicológicas muy graves. Un hogar no es apenas un espacio físico, se trata de un ambiente donde se desarrolla la vida familiar. Es donde se construyen memorias de momentos en familia y donde las personas se apegan a los objetos. Además, un hogar posibilita la sensación de seguridad y de que se pertenece a un lugar. Luego, la pierda del hogar deja de ser apenas una pierda material y se torna una pierda social.

Otro resultado encontrado por los autores, aún concernientes a la pierda del hogar, es la incertidumbre sobre los bombardeos. Como no existen avisos sobre los ataques aéreos, las familias no consiguen proteger a sus hijos y los mantener en locales seguros. Por consiguiente convivir con el sentimiento de la posibilidad de ataques constantes es una experiencia traumática tanto para los adultos cuanto para los menores que no se sienten seguros en ningún local. (Qouta, Punamaki y Sharraj: 2003)

Siguiendo la misma temática de estudio, Eric Dubow, Paul Boxer, Rowell Huesmann, Khalil Shikaki, Simha Landau, Shira Dvir Gvirsman y Jeremy Ginges desarrollaron un trabajo con los niños palestinos partiendo del presupuesto de que los menores palestinos ya nacen expuestos a la violencia cotidiana. El problema de esa continua exposición, como insisten los autores, es que la violencia de los conflictos interfiere en el desarrollo de la identidad de los menores. Las lesiones a los entes queridos bien como la pierda de los familiares más próximos, la necesidad de buscar refugio durante los bombardeos y el testimonio de actos de violencia son factores, que presentes en la vida de los menores, pasan a generar efectos negativos en el desarrollo de sus personalidades. (Dubow, Boxer, Huesmann, Shikaki, Landau, Gvirsman y Ginges: 2010)

Los niños que crecieron en eses contextos de guerra se sienten amenazados e inseguros constantemente. Aparte de eso, sus rutinas son alteradas pues temen por sus propias vidas y la vida de sus familiares y amigos. Salir de casa para el trabajo, por ejemplo deja de ser una tarea normal y se torna un desafío, bien como el camino de vuelta a los hogares. Tanta inseguridad genera distintas respuestas entre los niños. Por consiguiente, observamos que la incidencia de comportamientos violentos crece entre eses menores que sufren de distintos grados de estrés emocional.

Los resultados encontrados por los autores citados ya eran esperados. De los 600 niños consultados, 73 por ciento ya presenciaron casos de violencia personalmente y 99 por ciento del total presenciaron la violencia a través de la prensa. Además, los autores observaron que cuando la agresión es practicada por personas consideradas modelos para los menores, la probabilidad de ellos desarrollaren comportamientos agresivos es mayor. (Dubow, Boxer, Huesmann, Shikaki, Landau, Gvirsman y Ginges: 2010)

Como podemos concluir, cada niño reacciona de una manera a los eventos traumáticos de su cotidiano. Una gran parte desarrolla temores generalizados y perdida de autoestima. Otros pasan a presentar regresiones de su desarrollo físico, psicológico y mental y niegan la realidad a su alrededor. Por fin, algunos además de presentar algunos de los síntomas arriba, aún condensan su rabia y buscan externarla a través de la violencia. De esta manera, un niño que dispara una piedra contra un arma o un niño que se ofrece como un suicida religioso son niños que llevan consigo grandes heridas emocionales.