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LAS CULTURAS Y LAS CONSTRUCCIONES CULTURALES.

2 ¿COMO CONSTRUIMOS LA REALIDAD?

2.2. LA CONSTRUCCIÓN CULTURAL DE LA REALIDAD

2.2.3. LAS CULTURAS Y LAS CONSTRUCCIONES CULTURALES.

«La cultura no es un fenómeno exclusivamente humano, sino que está bien documentada en muchas especies de animales superiores no humanos. Y el criterio para decidir hasta qué punto cierta pauta de comportamiento es natural o cultural no tiene nada que ver con el nivel de complejidad o de importancia de dicha conducta, sino sólo con el modo como se trasmite la información pertinente a su ejecución”.

Jesús Mosterín, ¡Vivan los animales! 1998

Han existido multitud de interpretaciones, definiciones y empleos en torno al concepto de cultura según la rama científica desde la que se trata el concepto. 58 Las culturas son, desde mi punto de vista, espacios de transmisión y construcción de conocimiento, por eso avalo las tesis que afirman que los demás seres vivos también tienen sus propias culturas, como los chimpancés, las hormigas o los lobos. La Humanidad

construye sus propias culturas según las zonas geográficas y los grupos de poder, entre otros factores. En todas ellas subyace una ideología hegemónica que es transversal a todas las construcciones sociales, políticas, económicas que se dan en esa sociedad. En todas las culturas existen también las subculturas, contra-culturas y culturas alternativas que habitan en los márgenes y las periferias de la Realidad suprema.

Las culturas son, entonces, los espacios sociales donde se dan las producciones de sentido y la creación de los universos simbólicos que legitiman el sistema político y económico hegemónico. En el seno de las culturas humanas se construyen todas las realidades, los símbolos y las representaciones, los mitos y los ritos, las creencias filosóficas, religiosas, y espirituales, la moral y la ética, las normas y sanciones, la organización social y los sistemas políticos, el lenguaje, el arte, la música, la danza, la tecnología y la Ciencia, la tradición, las costumbres y el folklore, las emociones y las estructuras sentimentales humanas.

58 Las definiciones que ofrece la antropología generalmente inciden en la dimensión simbólica del ser humano y entienden que en el seno de la cultura se dan las producciones de sentido humanas. Para Lévi-Strauss, por ejemplo, la cultura es básicamente un sistema de signos producidos por la actividad simbólica de la mente humana, que clasifica las cosas del mundo en grupos, a los que se atribuyen ciertas cargas semánticas. Desde una perspectiva semiótica, Edgar Morin escribió en su libro L’Esprit du Temps (1960), que la cultura “constituye un cuerpo complejo de normas, símbolos e imágenes que penetran dentro de la intimidad del individuo, estructuran sus instintos y orientan sus emociones”. La cultura vista desde esta perspectiva, es, según Miquel De Moragas Spa (1976), “algo” que se instala entre la realidad y las posibilidades de conocimiento del hombre, como un intermediario que posibilita, al mismo tiempo que limita (exactamente como sucede en el lenguaje) nuestra comprensión de las cosas. Abraham Moles (1976), en Sociodinamyque de la culture define la cultura como “el aspecto intelectual del medio artificial que el hombre se ha ido creando a lo largo de su vida social”. La definición de Moles pone de manifiesto que la cultura es un fenómeno de dimensiones colectivas, y por lo tanto está relacionada con los “procesos de comunicación que atraviesan el cuerpo social.”

También, por supuesto, los modos de producción de una sociedad; el sistema cultural es el telón de fondo que engloba, sostiene, crea y modifica el sistema socio-político y el sistema económico. La cultura incluye asimismo las perspectivas críticas y las producciones simbólicas que atacan el statu quo establecido en diversos grados e intensidades de disconformidad.

En este sentido, coincido con Thompson en la idea de que es necesario, para el análisis de la cultura, estudiar la construcción significativa y la estructuración social de las formas

simbólicas. También es preciso tomar en cuenta que estos procesos de significación están atravesados por la lucha por la hegemonía ideológica de ciertos grupos de intereses que financiarán, promoverán e influirán poderosamente en la creación de significados y de sentido que estén de acuerdo con su visión particular de la realidad.

En el espacio cultural es casi imposible distinguir la realidad de la vida cotidiana (término que relaciona la realidad suprema con la realidad social, política y económica de una sociedad) de las realidades que surgen de nuestra capacidad simbólica, como las ficciones, los sueños, la experiencia estética y artística, la praxis religiosa, etc. porque todas ellas surgen y se dan en el seno de una esfera que lo engloba todo: la cultura.

Vivimos una gran diversidad de realidades en nuestra vida diaria: solemos ir a rezar, cantamos canciones, vemos partidos de fútbol como si fueran guerras entre naciones, contamos cuentos fantásticos a los niños, vemos series de televisión sobre zombies y vampiresas, leemos una novela de intriga, ojeamos una revista del corazón, montamos el portal de belén en casa, jugamos a matar extraterrestres con los videojuegos, visitamos exposiciones en museos, vamos a un entierro, vamos al cine a ver una película de ciencia ficción, vamos a bailar a una fiesta temática, nos enganchamos a una trama de corrupción política, nos paramos a escuchar absortos a dos payasos en la calle, asistimos a una boda romántica, soñamos que nos toca la lotería…

En el momento en que pasamos de una realidad a otra experimentamos una especie de impacto, como cuando despertamos del sueño, o como cuando cae el telón en un teatro, o aparecen los títulos de crédito en la pantalla del cine. Las luces de la sala se encienden lentamente, para facilitar esa vuelta a la realidad de los espectadores. Este impacto se produce principalmente a través de la magia que experimentamos los humanos asistiendo a rituales, a representaciones como espectadores, o jugando nosotros como principales protagonistas.

Estos “saltos” de la experiencia se experimentan por la función primordial del mito y del rito: traer a la esfera profana una sensación de sacralidad que envuelve a las narraciones, dotándolas de un poder sobrenatural que nos transporta a otras realidades, otras

experiencias, otras épocas históricas. En suma, nos lleva de viaje a otras dimensiones de la experiencia que no podríamos vivir “aquí y ahora”, de forma tan vivida a veces que nos parece “real”.

El impacto se produce cuando esa realidad es tan verdadera que no parece simbólica, sino real en un sentido físico o emocional, es decir, en el instante en el que se olvida que la

narración es una narración o que un sueño es un sueño. La magia radica en esa naturalidad con la que vivimos las ficciones, de modo que parecen reales. Y en cierto modo, lo son, especialmente si logramos sumergirnos en la historia, el relato, la creencia o el sueño, y olvidarnos de que estamos leyendo, o viendo una película, o asistiendo a la ópera.

Gracias a los mecanismos de proyección e identificación descritos por Sigmund Freud, el ser humano es capaz de sentir lo mismo que los personajes y protagonistas de las narraciones, las fábulas, las leyendas, las novelas o los folletines de radio; se ha comprobado que a nivel neurológico y físico el organismo humano siente y se altera como si estuviera viviendo esa escena personalmente en tiempo real59.

Lo curioso de la relación entre la realidad de la vida cotidiana y las otras realidades que se dan en el seno de la cultura es que no es esporádica o excepcional: se produce a diario. Las otras realidades con las que convivimos a diario son principalmente los mitos y la ficción, los sueños, el arte humano, las religiones o cualquier tipo de fe en seres sobrenaturales con poderes mágicos como los demonios y los ángeles, los extraterrestres malignos, las brujas, los duendes, los vampiros, los muertos en forma de espíritus, las hadas, los hombres-lobo, los gnomos, los elfos, los fantasmas, los dragones, Papa Noel y los Reyes Magos, los animales que hablan y piensan, los robots con autoconciencia, los superhéroes, etc. Los personajes y los fenómenos asociados a estas creaciones conviven diariamente con nosotros, y la sociedad de consumo no ha hecho más que materializar esos productos y ponerlos al alcance de las masas. El consumo de ficción en nuestra cultura actual es uno de los rasgos distintivos de la posmodernidad, donde las fronteras entre lo real y la ficción, la información y el entretenimiento, se desdibujan.

Como ejemplo podemos mencionar la galería de personajes de Walt Disney que se

encuentran insertos en nuestras vidas, en multitud de soportes materiales (en las paredes de las habitaciones infantiles, en edredones, pósters, estuches, mochilas, ropa, muñecos, vajilla infantil, cuadernos, películas, vallas publicitarias, marquesinas de autobuses, series

televisivas, etc.) y que además cuentan con encarnaciones “reales” a las que se puede saludar y abrazar en los parques temáticos: el pato Donald, el ratón Mickey, el pajarito Twee, la Bella y la Bestia…

Otro tanto sucede con los dioses y diosas, santos y vírgenes que conviven a diario con los humanos en forma de imágenes y que poseen espacios propios donde poder venerarlos o simplemente ir a hablar con ellos: iglesias, mezquitas, templos, conventos, monasterios, cementerios, capillas, altares domésticos, lugares de peregrinaje como Santiago o La Meca, etc. Los símbolos religiosos, además, cuelgan también de las paredes, de los colgantes y adornos humanos, y de las paredes de las aulas de las instituciones de enseñanza. También convivimos con ídolos de carne y hueso, vivos o muertos, convertidos en seres míticos e internacionalizados gracias a los medios de comunicación de masas, como Napoleón Bonaparte, el Che Guevara, Marilyn Monroe, David Beckham, la familia

Kennedy, Diana de Gales, Eva Perón, Fidel Castro, Madonna, Gandhi, etc. o con personajes

bíblicos, históricos, o ficcionales como Moisés, Ulises, la Barbie, Tarzán, Cleopatra, Indiana Jones, Scarlett O’Hara, el Zorro, Afrodita, Superman, Eva o Rambo, entre otros.

Los fenómenos de la fe y la idolatría en seres vivos o imaginados forman parte del mundo humano y del imaginario colectivo e individual, de forma que inciden incluso en las personas que se consideran pragmáticas, escépticas o realistas, y tanto a las masas como a la comunidad científica e intelectual. La cuestión fundamental no es si estos personajes existen o no, si son reales o si son un producto simbólico humano, sino que sus vidas son construidas para ser un ejemplo a seguir, forman parte de nuestro imaginario colectivo, y por tanto de nuestra cotidianidad.

Los sueños también forman parte de las representaciones simbólicas y de las construcciones narrativas del ser humano. Nicholas Humphrey cree que la actividad de soñar realiza una función psicológica y evolutiva muy importante porque forma parte de nuestro patrimonio evolutivo, y porque tenemos sueños narrativos extraordinarios que son como cuentos: “Los sueños son historias paradigmáticas que se nutren de las primeras historias que

escuchamos, y la vez, nos acostumbramos a los relatos por medio de las historias que construimos en sueños. Los primeros sueños son muy sencillos: gran parte de los héroes infantiles son animales, porque las personas son más complicadas”. En el mundo de los adultos, en cambio, el papel de los sueños es “lanzarnos a situaciones sociales

extraordinarias (…) Los sueños “son una forma de conciencia muy sofisticada, uno de los mayores logros de la mente humana. Es indiscutible que cuando soñamos la mente está en uno de sus momentos más creativos”60

La aplicación de técnicas modernas de resonancia magnética ha difuminado la supuesta y nítida separación entre el mundo de la vigilia y de los sueños de la que partían las dos corrientes tradicionales de la Psicología. El primer hallazgo intrigante que confería a los sueños cierto perfil de realidad y a la realidad cierto perfil de sueños fue constatar que se activa el mismo grupo de neuronas al percibir una realidad que al imaginarla; el cerebro no parece diferenciar la imagen visual de los sueños de la percepción de la realidad estando despierto. Un fenómeno curioso, en este sentido, es el de los sueños lúcidos, en los que el sujeto que sueña es consciente de que está soñando y puede controlar su sueño y moverse en él a su voluntad.

Desde mi perspectiva, la realidad “real” es una representación de igual modo que la realidad virtual y las realidades ficticias; por eso nos es difícil distinguir entre unas y otras. De hecho, pienso que las representaciones simbólicas conscientes e inconscientes en realidad cumplen una función muy concreta: conforman la realidad de la vida cotidiana, porque la realidad hegemónica se crea y se consolida a través de estas otras realidades, que legitiman y enriquecen la realidad suprema.

Los procesos de institucionalización y socialización están atravesados por estas otras realidades que expresan y construyen metafóricamente la realidad hegemónica en la que vivimos. Por eso, los creadores de ficción y entretenimiento actuales (las industrias

culturales y mediáticas) tienen tanto poder simbólico y económico en la actualidad; porque

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todo el planeta consume sus productos culturales, gracias primero a la industrialización de la cultura, y después al proceso de la globalización.

Desde mi punto de vista es esencial analizar cómo los medios y las modalidades de las representaciones simbólicas construyen la realidad de la vida cotidiana en el seno de cada cultura. Estas representaciones se ven mediadas por nuestra percepción y por los medios de comunicación y los creadores culturales, de modo que seguimos sin tener un modo directo de acceder a esa realidad exterior, porque siempre lo vemos a través de un “medio” que no es objetivo, aunque se trate de una emisión en directo. La elección del ángulo de la toma ya condiciona completamente lo que estamos viendo, y el discurso del periodista también condiciona lo que vemos. Por lo tanto, no podemos percibir esa realidad externa “tal y como es”, solo hacernos una idea aproximada de los hechos.