El siglo XVIII es el de los grandes viajes o exploraciones en sentido mo- derno. Es decir, las expediciones cuyo objetivo era recoger información sis- temática sobre diversos aspectos de carácter físico y social, aplicando una metodología empírica. Exploraciones que tuvieron especial repercusión en el ámbito de la denominada entonces Historia Natural y del conocimiento empírico y representación cartográfica de la superficie terrestre. Su apor- tación a la geografía procede, tanto de la incorporación de nuevas tierras como de su incidencia en la actitud respecto del entorno y en el impulso a una nueva forma de plantear el conocimiento del mismo.
Tales viajes y exploraciones se convierten en un elemento decisivo en el avance del conocimiento. Se debe a dos factores, la notable mejora ins- trumental de que disponen estas expediciones y la renovación metodológi- ca de carácter científico en orden a la realización de las observaciones y a los presupuestos teóricos de las mismas.
1.1. LA ERA INSTRUMENTAL: EL TIEMPO DE LA MEDIDA
El siglo XVIII ve aparecer y desarrollarse una nueva actitud respecto
de la observación del entorno, que contribuyó a dar forma a la concepción moderna de la ciencia y del trabajo científico. Afecta a los instrumentos de observación, al uso de los mismos, al interés por la medida, a la valo- ración de los procesos de cuantificación, a la sistemática de las observa- ciones en orden a asegurar la precisión y rigor de las experiencias. Un pro- ceso iniciado en los siglos XVI y XVII, que tiene sus antecedentes en la ac- titud racionalista de la filosofía natural medieval y culmina a finales del siglo ilustrado.
El recurso a instrumentos de observación constituye una característi- ca asociada a la aparición de la ciencia moderna. Aporta a los investiga- dores los instrumentos que van a permitir consolidar una nueva filosofía de la observación (Corsby, 1997). Desde los aparatos de óptica para la ob-
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medir. Los aparatos de óptica que permitían abordar el mundo de lo leja- no y la dimensión de lo diminuto, incorporados al mundo de la experien- cia humana, definen la primera etapa del desarrollo instrumental, marca- da por el sufijo scopio. Nuevos instrumentos incorporaron a esta experien- cia la posibilidad de la medida; el sufijo metro delimita esta nueva dimen- sión del saber y del pertrecho instrumental (De Lorenzo, 1998). Y con ellos nuevas posibilidades y actitudes ante la naturaleza.
Las mejoras sustanciales en la producción de aparatos de óptica y de relojería de precisión fueron determinantes en orden a establecer con un mayor grado de fiabilidad los cálculos de latitud y longitud. En 1673, Huy- gens ponía a punto el «horologium oscillatorium», es decir, el reloj de pén- dulo, empleando éste para regular la marcha del instrumento, fundamen- to del reloj de precisión moderno.
La disponibilidad de instrumentos para medir la temperatura, a par- tir de los primeros termómetros de agua, ideados por Sanctorius, tiene lu- gar en 1611. Fueron mejorados con el empleo del alcohol, por Otto von Guericke a partir de 1656 y, sobre todo, con el uso del mercurio, que in- troduce Farenheit en 1714. El perfeccionamiento de los instrumentos de medida de la presión, desde el momento en que Torricelli construye su pri- mer barómetro de mercurio, en 1644, se completó con la disponibilidad de instrumentos precisos para medir la humedad y para evaluar las precipita- ciones. Es lo que ponen a punto italianos, con el higrómetro de Fernando de Toscana; e ingleses, con el pluviómetro de Beckley.
La construcción de aparatos de medida sobrepasa la dimensión prác- tica de fabricante. Una preocupación creciente por normalizar las obser- vaciones, por asegurar la comparación entre éstas, lleva a plantearse la ade- cuada puesta a punto de los instrumentos. La actitud de Reaumur, en or- den a calibrar el termómetro de acuerdo con fenómenos constantes de la naturaleza, como la ebullición y congelación del agua, manifiesta esta nue- va actitud intelectual (Ferchaut de Reaumur, 1732). Se percibe un trasfon- do teórico, una preocupación por la seguridad de las observaciones, por el hecho de que puedan ser contrastables los resultados. Una preocupación que afecta a la mera construcción instrumental y que estimula la mejora de ésta.
Contribuyeron a realizar observaciones precisas sobre fenómenos na- turales diversos. La altitud, el gradiente térmico, el volumen de las preci- pitaciones, el valor de la humedad, entre otros, pudieron ser expresados numéricamente. Su significado para el desarrollo de una actitud científica lo resaltaba Alejandro de Humboldt, al destacar la posibilidad de estable- cer «las medidas de altura por medio de los barómetros, y determinar las diferencias en las temperaturas de verano e invierno y el día y la noche» (Bourget y Licoppe, 1997). Hicieron posible «cuantificar» el proceso de co- nocimiento de la naturaleza.
Se introduce la estadística como un instrumento para el conocimien- to y observación. Medir, recoger observaciones cuantificadas, hacerlo de forma sistemática, repetirlas y reproducirlas, contrastarlas y, en la medida de lo posible, hacerlas periódicas. Un nuevo talante que se convierte en una
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regla práctica y ética del trabajo científico, que se instaura desde mediados del siglo. Se desarrolla, a lo largo de esta centuria, una nueva actitud y una nueva concepción del trabajo científico, que ejemplifican, al terminar el si- glo, autores como A. de Humboldt «figura emblemática del viaje científico ilustrado» (Bourget y Licoppe, 1997).
Se trataba de asociar la exigencia de exactitud con la abundancia de observaciones, la multiplicación de medidas. Se conciben campañas repe- tidas para conseguirlas en períodos diferentes. Se busca sistematizar tales observaciones para conseguir evaluar los menores cambios y sus alteracio- nes locales. Se introduce la cartografía como un instrumento de registro preciso, de carácter espacial, de las observaciones. Distinguir, medir, orde- nar, comparar, se convierten en prácticas intelectuales básicas.
La convicción en la regularidad y orden de la naturaleza significa des- terrar cualquier pretensión de que el azar regula los fenómenos naturales; «bajo el azar aparente de las variaciones reina en la naturaleza el orden de las leyes que descubre el laboratorio» (Bourget y Licoppe, 1997). El azar,
la anomalía, empujan a nuevas observaciones más precisas que permitan vincular el fenómeno anómalo a un factor físico determinado, despejando el margen de incertidumbre. Una nueva actitud metodológica marca el de- sarrollo del espíritu científico.
Hay una relación directa entre los presupuestos filosóficos que sus- tentan la actitud de los sabios, filósofos y naturalistas ilustrados, y su dis- posición respecto del uso de instrumentos y en relación con la medida y cuantificación. Ponen en evidencia una «nueva ética de la precisión y de la exactitud» (Bourget y Licoppe, 1997). Un cambio perceptible tiene lu- gar en la sensibilidad científica y en las representaciones de la naturale- za, en la comunidad sabia del siglo ilustrado. La creación de un sistema de medida universal no es sino un producto más de este espíritu nuevo (De Lorenzo, 1998).
La descripción adquiere un valor metódico esencial en el ámbito de la observación, como evidencia el carácter de los textos y la sistemática utiliza- ción de los dibujos. Unos y otros fueron empleados de acuerdo con criterios precisos, según se percibe en el uso del alzado, la sección, el perfil de aque- llos objetos de descripción. La diferenciación facilitó la sistematización de las observaciones. Éstas se separan según criterios de orden, similitud, diferen- cia: desde las astronómicas a las etnográficas. El amplio cuerpo original de
la Historia Natural se desgaja en numerosos campos de conocimiento. La definición de los modernos campos científicos se fragua en ese período, entre ellos los de las ciencias sociales o humanas, que aparecen como un notorio símbolo de las nuevas actitudes. Las ciencias humanas
configuran un nuevo discurso intelectual, en relación con un nuevo obje- to, el Hombre, producto caracterizado de la modernidad. Se convierte en un objeto específico de interés que promueve una atención especial a cuestiones como la estructura doméstica y social, las creencias, los ritos, en sus distintas manifestaciones, las relaciones personales y sociales, la actividad productiva, el intercambio, la vivienda y el poblamiento, entre
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Es indudable que la decantación de esta nueva actitud, que sólo se es- boza en los decenios finales del siglo XVIII , está en relación con el gran cau- dal de nuevas experiencias que aportan los viajes de exploración. Por otra parte, éstos responden en su concepción y orientación a las nuevas exigencias intelectuales. Los siglos XVIII y XIX son los de las exploraciones científicas.
1.2. LA ACUMULACIÓN DE EXPERIENCIAS: VIAJES Y EXPLORACIONES
Estas expediciones aportaron un inmenso fondo de información sobre una gran diversidad de campos de interés, vinculados con el conocimiento del espacio terrestre. Expediciones estrictamente científicas en unos casos, como la de M. de la Condamine al Perú, en 1735, para la medición del me- ridiano, en el marco de un gran proyecto para determinar la figura de la Tierra y sus exactas dimensiones (Condamine, 1751). Viajes exploratorios, como el de I. A. de Bougainville entre 1766 y 1769, alrededor del mundo, o como los que realizan A. Malaspina en el Pacífico, para la corona espa- ñola y F. Galaup de La Perouse, en Francia, entre 1785 y 1789, para el re- conocimiento del Pacífico septentrional. Unos y otros se complementaron como instrumentos de conocimiento geográfico (Bougainville, 1936).
Los viajes de J. Cook forman parte destacada de esta actividad. Su pri- mera expedición, dedicada a observar el paso de Venus en Tahití, se inició en 1768y culmina en 1771, tras dar la vuelta al mundo (Cook, 1936). La se- gunda, destinada a aclarar la existencia del llamado continente austral, se desarrolló entre 1772 y 1775. El tercer viaje, entre 1776 y 1779, se dirigirá a hallar el paso del Noroeste, es decir el camino entre el Atlántico y el Pa- cífico por el Ártico, objetivo perseguido desde el siglo XV (Cook, 1938).
Todos ellos se distinguen de sus numerosos precedentes realizados desde el siglo XVI por españoles, ingleses, franceses, holandeses y daneses. Más allá del descubrimiento y exploración de nuevas tierras, que compar- ten, responden a un impulso sabio, vinculado a las asociaciones científicas,
que surgen en el siglo XVII, a partir de los postulados de la nueva ciencia.
Perfilan una actitud intelectual diferente.
Esbozan un programa cuyo objetivo es la sistemática observación de la Naturaleza, de acuerdo a una nueva concepción del conocimiento, ba- sado en una metodología empírica contrastada. Así lo evidencia el respal- do o patrocinio que le prestan a estos viajes las sociedades científicas, que surgen en esa época, como la Royal Society, de Londres, o la Académie des Sciences, de París. Y así lo comprueba la presencia en ellos de sabios re- putados en diversos campos, como el botánico sueco Solander, el natura- lista inglés Banks y el astrónomo Green, por ejemplo, que acompañaron a Cook. O la posterior presencia de Darwin en el viaje del Beagle. Las cam- pañas de observación y recogida de información son parte esencial de es- tos viajes.
La previsión del trabajo a realizar en orden a regular las observacio- nes, a dirigirlas de acuerdo con los nuevos postulados de la ciencia, forma parte de la organización de tales viajes. La consulta a expertos, previa a las
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expediciones, y la preparación de instrucciones detalladas de observación para las mismas, proporcionan el perfil del espíritu de estas exploraciones. Con anterioridad al viaje de Boungainville se solicitó a Ph. Commer- son una guía que sirviera para orientar las observaciones que sería conve- niente realizar, físicas y meteorológicas, durante la expedición. El presi- dente Jefferson, en 1804, establecía el tipo de observaciones meteorológi- cas a realizar en las expediciones de exploración del suroeste norteameri- cano (Bourget y Licoppe, 1997).
Representan, como se ha dicho, «la nueva era de los viajes, no ya de exploración y descubrimiento, sino de científico conocimiento de la Tie- rra». La culminación simbólica y práctica es el viaje delBeagle, iniciado en
1831, en el que participa el joven C. Darwin. Las numerosas, sistemáticas y brillantes observaciones realizadas en él le servirán para asentar su for- mulación de la teoría de la evolución de las especies, tan decisiva en la mo- derna concepción del mundo natural. Observaciones que no se limitaron al ámbito biológico. Abarcaron también fenómenos geológicos y fisiográficos, así como climáticos; de igual manera atendió a cuestiones de carácter et- nográfico. Cuestiones como la dinámica, erosión y depósitos glaciares, la actividad tectónica y la configuración litoral, entre otras, aparecen entre esas observaciones (Darwin, 1940).
Las nuevas disciplinas de orientación positiva se construían sobre este acervo de conocimientos, sobre estas actitudes éticas y sobre esta nueva fi- losofía de la observación, de la medida, del rigor, que identifica la nueva representación social de la ciencia. La Geología se había consolidado como una ciencia a partir de los trabajos de Buffon y, sobre todo, de Lamarck y Werner. Su reconocimiento podemos asociarlo con la publicación de los Principles o f Geology de Lyell, en 1830. La Biología disponía de un consis- tente fundamento clasificatorio desde los trabajos de Linneo. En la Antro- pología, los trabajos y enfoques renovadores de autores como James Pri- chard presagiaban su configuración como una disciplina consistente.
De la importancia y significación de estos viajes para la geografía cabe resaltar su directa implicación en lo que podemos considerar la fundación de la geografía moderna. De un lado, porque en esos viajes se forma, y de- canta su experiencia y pensamiento, A. de Humboldt, uno de los más no- torios viajeros «científicos» a caballo de los siglos XVIII y XIX. A partir de ellos se perfila su proyecto «geográfico». Éste aparece muy vinculado a la herencia ilustrada y a la tradición milenaria. Tiene el valor, no obstante, de constituir una primera referencia a la posibilidad de fundar un nuevo cam- po de conocimiento de carácter geográfico. De otro, con mucha mayor trascendencia, porque la obra de Darwin será determinante en la definición del campo geográfico moderno. Proporciona el fundamento del discurso geográfico moderno.
El sustrato del darvinismo, de acuerdo con la elaboración que se pro- duce de los postulados de Darwin en la segunda mitad del siglo pasado, aportaba el marco teórico con el que justificar el «nicho» propio de una geografía científica. Es decir, undiscurso geográfico nuevo. Otros factores, éstos de orden social y político, contribuyeron a facilitar la progresiva de-
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121 cantación de un proyecto de geografía «moderna». Permitieron la creación de un estado de opinión social favorable, crearon una red de intereses pro- picios, y le proporcionaron el asiento adecuado para su desarrollo.