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Las fórmulas triádicas de la liturgia primitiva

La Trinidad en el Nuevo Testamento

1.3. Las fórmulas triádicas de la liturgia primitiva

El Nuevo Testamento emplea textos catecumenales y bautismales que mencionan en

una misma secuencia a Dios Padre, Hijo y Espíritu, bien los tres juntos, en fórmulas

triádicas como «bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»

(Mt 28,19), o bien dos de ellos, en fórmulas diádicas: «Os convertisteis de los ídolos a

Dios, para servir al Dios vivo y verdadero y esperar a su Hijo Jesús, […] a quien resucitó de entre los muertos y que nos libra de la condena futura» (1 Tes 1,9-10). También encontramos fórmulas monádicas: «Se bautizaron, invocando el nombre del Señor

Jesús» (Hch 19,5).

La evolución histórica de estas fórmulas obedece a las distintas situaciones que

atraviesa la comunidad cristiana (Sitz im Leben). 1) Originariamente se utilizaba la

fórmula monádica, invocando «el nombre del Señor Jesús» y significando con ello que

el recién bautizado pasaba a ser propiedad del Señor Jesús y a llevar su nombre como

sobrenombre, «el del grupo de Jesús», distinguiendo así el rito cristiano de otros ritos de iniciación. 2) Cuando se bautizaba a un gentil, debía convertirse primero de los ídolos al Dios verdadero, como condición previa de su pertenencia al Señor Jesús, y entonces se utilizaba la fórmula diádica: «Una vez convertidos de los ídolos a Dios Padre, eran

bautizados en el nombre del Señor Jesús». Los paganos entraban en la casa del Padre y desde entonces pertenecían al Señor de la casa, su Hijo el Señor Jesús. 3) Cuando, después de un largo catecumenado cuaresmal, se bautizaba a los neófitos en la noche de Pascua con pleno conocimiento del credo y los sacramentos, se empleaba la fórmula

triádica: «Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», y el

bautizado pasaba a ser imagen de la Trinidad.

1.4. Las redacciones

tri-unitarias

del Nuevo Testamento

Las fórmulas de salutación, despedida y doctrina de las cartas de Pablo son

frecuentemente tri-unitarias. Así saluda Pablo a los creyentes de Corinto en 2 Cor

13,13: «La gracia (hē charis) del Señor Jesucristo, y el amor (hē agapē) de Dios y la

comunión (hē koinōnia) del Espíritu Santo estén con todos vosotros». Es una fórmula triádica proveniente de la liturgia primitiva de la Iglesia de Corinto, todavía vigente en la

liturgia de Roma. Tiene paralelos monádicos en 1 Cor 16,23; Gal 6,18; Flp 4, 23; 1 Tes

5,28; 2 Tes 3,18. Su significación teológica parece ser la siguiente: la fórmula contiene

tres elementos. El primero es una explicación del segundo (la gracia del Señor Jesús es manifestación de la benignidad y humanidad del amor de Dios Padre), mientras que el

tercer elemento es fruto de esa gracia del amor del Padre, y consiste en entrar en

koinōnia con el Espíritu del Padre y del Hijo. Koinōnia es lenguaje carismático, que

expresa el júbilo que embarga la conciencia del bautizado cuando experimenta que pertenece al Dios viviente. Sin embargo, tal significado teológico no resiste un análisis riguroso, pues ¿se trata únicamente de fórmulas litúrgicas solemnes, y por tanto retóricas? ¿Su sentido es claramente trinitario? No es del todo claro. Lo que sí parece desprenderse con claridad es que la liturgia cristiana solo es posible en el Espíritu (cf. Jn 4,23).

Teológicamente, es más rica la fórmula parenética de 1 Cor 12,4-6: «Existen diversos carismas, pero un mismo Pneuma. Existen diversos ministerios, pero un mismo Kyrios. Existen diversas actividades, pero un mismo Theos, que obra todo en todos».

Después de Pentecostés y ante la inflación de experiencias carismáticas (profecías y lenguas, curaciones y exorcismos, jerarquías y servicios), Pablo trata de poner orden en el desorden real de Iglesias y sectas dispersas que empezaban a surgir: los de Apolo, los de Cefas, los de Pablo… (cf. 1 Cor 1,10-13), y apela para ello al principio teológico de la unidad de Dios, que, siendo plural, es uno. La intuición de Pablo alcanza a demostrar que en la Iglesia es posible «la unidad en la diversidad».

Los carismas de la Iglesia son dones gratuitos del Espíritu y por tanto son

eclesiales, pero proceden del mismo Espíritu, y a él hay que remitirse siempre, y no «al carismático de turno». Las diaconías son servicios necesarios en la Iglesia del Señor y

por tanto son eclesiales, pero proceden del mismo Señor, y a él hay que remitirse siempre, y no «al diácono de turno». Los energēmata son signo de la Iglesia del Dios

compasivo con el dolor del mundo, y por tanto son eclesiales, pero las curaciones proceden de Dios Padre, el Compasivo, y a él hay que remitirse siempre, y no «al energúmeno de turno», que cura y cobra. Aunque la disposición trimembre de dones y

de donantes tiene cierto carácter literario y retórico (O. Kuss), la intención teológica de fondo es la de asentar la unidad en la diversidad, que no se satisface con la invocación unitaria al Dios Uno, sino con la confesión tri-unitaria del Dios Tres. Todo intento de

hacer un balance de la triple explosión carismática de la Iglesia primitiva aboca al esquema tri-unitario, vivido como efecto de tales gracias y tales carismas, y por tanto

no con elucubraciones mentales, sino con la espontaneidad del primer amor que acaba de estrenar la primera comunidad de vida, de bienes y de corazones (cf. Hch 4,32).