JESÚS, DOCTOR DE LA CONFIANZA
III. Lecciones de abandono: mirad los lirios del campo — Abandono para la vida material — Y, sobre todo, para la vida espiritual.
40 Ioan. XVII, 11.17. 41 Luc. XXIII, 34. 42 Ioan. XIX, 28. 43 Hebr. VII, 25. 44 Ioan. XVII, 20-21.
Lecciones de abandono: mirad los lirios del campo
Jesús nos enseñó con cuán plena y perseverante confianza debíamos orar a fin de obtener seguramente el objeto de nuestros deseos. Pero la confianza no debe limitarse a las horas de oración formal. Encuentra a cada instante ocasiones de ejercitarse. Extendida así a todas las cosas, a todos los detalles y a todos los sucesos de nuestra vida, florece en el abandono. Ella es la que nos hace vivir como verdaderos hijos de Dios. Escuchemos de nuevo al divino Maestro dándonos sus lecciones incompa- rables. El Evangelio no tiene quizás páginas más bellas ni más sabrosas que aquellas en que Jesús nos enseña la hermosa virtud del confiado abandono.
Quería librar a sus discípulos de toda preocupación excesiva en lo concerniente al aspecto material de la vida, a fin de que tuvieran el alma más abierta del lado del cielo. Todos hemos meditado sin duda esas páginas y jamás podríamos hacerlo bastante. Saboreemos una vez más, lentamente, deliciosamente, las sublimes palabras del Salvador.
Por eso os digo: no os inquietéis por vuestra vida, qué comeréis o qué beberéis; ni por vuestro cuerpo, con qué lo vestiréis. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, no siembran ni siegan; no recogen nada en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Quién de vosotros a fuerza de cuidados podría añadir un codo a su estatura? ¿Y por qué os inquietáis por el vestido? Mirad los lirios del campo cómo crecen; no trabajan ni hilan. Y, sin embargo, os digo que ni Salomón en toda su grandeza se vistió como uno de ellos. Pues si Dios viste así a la yerba del campo que hoy es y mañana será arrojada al horno, ¿cuánto más lo hará con vosotros, hombres de poca fe? No os atormentéis, pues, diciendo: ¿qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos vestiremos? Son los gentiles los que buscan todas estas cosas, y vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de ellas. Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas las demás cosas se os darán por añadidura. No os preocupéis, pues, por el mañana; el mañana tendrá cuidado de sí mismo. Bástale a cada día su propio afán45.
Abandono para la vida material
¡Cuánto nos aprovecha oír estos acentos encantadores del divino Maestro! Se siente uno poco a poco levantado por encima de las agitaciones de este mundo y trasportado a una esfera más serena, cercana al cielo. ¡Cuán persuasivas son estas palabras tan deliciosas en su poesía oriental, plena de imágenes! No se podría imaginar nada más sencillo ni más lógico al mismo tiempo, nada más irresistiblemente convincente.
Ellas nos enseñan a mirar todas las cosas a la luz de la fe más viva, a considerar el mundo entero como el teatro continuo de la sabia y amante solicitud de nuestro Padre celestial. Él es el que se ocupa en todas las cosas, por pequeñas que sean. Cada brizna de yerba, cada florecilla de los campos es el objeto de sus cuidados. El menor insecto, el más pequeño pajarillo recibe de Él su alimento. Piensa en todos los detalles materiales de esos seres inferiores que tienen tan poco valor. ¡Cuánto más cuidado tendrá por consiguiente de lo que nos es tan necesario a nosotros que somos sus verdaderos hijos y que le llamamos nuestro Padre! No nos preocupemos, pues, como paganos... Nuestro Padre celestial sabe que tenemos necesidad de todo esto.
Estas enseñanzas de Jesús, dirigidas hace dos mil años a la multitud de los discípulos, han encontrado ecos infinitos a través de todos los tiempos y en todos los países. Ellas son las que han alimentado y fortificado la confianza de tantos santos, de tantos fundadores de Órdenes, sobre todo, de esas Órdenes mendicantes que aguardan su sostén del Padre celestial. Ellas son las que en nuestros días han suscitado también esos millares de Congregaciones religiosas que lo dan todo a los pobres: su tiempo, sus cuidados, su amor y hasta sus últimos recursos. En medio de la lucha cada vez más áspera por la vida, en contraste conmovedor con las preocupaciones excesivas de nuestro siglo ultracivilizado, millares de almas formadas por las sublimes palabras del Salvador, viven al día, con perfecta serenidad, aguardándolo todo del Padre celestial, que alimenta a las aves y a los lirios del campo.
Yo mismo tengo tal vez mucha necesidad de meditar a menudo estas palabras tan bienhechoras. Mi concepto habitual, no teórico sino práctico de este mundo, ¿no está un poco impregnado de materialismo? Cuando me abate la enfermedad, cuando me entristece un fracaso, cuando alguna palabra me hiere, ¿una fe viva me hace ver la mano de Dios en todas las cosas? ¿No olvido acaso que todo lo que forma el tejido de mi vida, todo, hasta el detalle más insignificante, es querido o amorosamente permitido
por mi Padre celestial? Todo le sirve de instrumento para desligarme de la tierra, para desligarme de mí mismo y adherirme a El solo. Una madre no tiene más cuidado del hijo a quien alimenta con su leche, que el que tiene Dios de cada uno de nosotros y de mí mismo en particular. Me protege, me alimenta, me hace vivir natural y sobrenaturalmente, como si estuviera ya solo en el mundo.
A menudo, por falta de confianza y de abandono, sufro penosamente. ¡Ay! Mis sufrimientos no son la cruz que Dios me envía. Son una cruz que yo mismo me fabrico. Rumio inútilmente y sin fin las penas, los disgustos, las pruebas de ayer; suelto la rienda a mi imaginación, y en una solicitud inquieta me atormento previendo males que probablemente no llegarán jamás. Me crucifico a mí mismo con mis tristes recuerdos y mis importunos temores. ¡Cuánto más animoso sería, cuánto más feliz, cuánto más alegre, si dejara todos estos cuidados inútiles y siguiera a la letra el consejo del Salvador: Nolite solliciti esse in crastinum: crastinus enim dies sollicitus erit sibi ipsi. Sufficit diei malitia sua: No os preocupéis por el mañana; el mañana tendrá cuidado de sí mismo46.
Abandono para la vida espiritual
I. Debo abandonar a Dios el cuidado de mi cuerpo y de los detalles materiales que a él se refieren. Debo abandonarle más todavía el cuidado de mi alma. Esto es mucho más evidente. Si Dios se ocupa minuciosamente de todas mis necesidades físicas, ¡cuánto más amorosamente se ocupará a cada instante de esa alma mil veces más preciosa que mi cuerpo! Toda florecilla es objeto de su solicitud amante. ¡Cuánto más cuidará en mi alma esas mil flores de virtudes que su amor hace abrir en ella sin cesar y que encantan su paternal mirada! Cada uno de mis mismos deseos es como una flor en botón, cuyo brote vigila con amor, y se preocupa por llevarla a la plena madurez de un sabroso fruto.
Su acción amante está sin duda muy de ordinario escondida. A veces se hace sentir dulcemente; regocija mi alma con su dulce influencia, me concede quizás, algunas veces, el sentimiento pasivo de su amable presencia. En esos dichosos momentos exclamo con San Bernardo: Ex- pertus potest credere quid sit Iesum diligere: Sólo el que lo ha experimentado puede creer lo que es amar a Jesús47. Pero más
46 Matth. VI, 34.
frecuentemente, se oculta, me deja aparentemente sólo para orar, para combatir, para trabajar por su amor. Su acción enteramente espiritual no es en manera alguna sensible. Quizás hasta me infunde el sentimiento torturante, místico de su alejamiento. Creo haberle desagradado, haber desmerecido de Él. La sequedad, la desolación, se han apoderado de mí.
¡Confianza entonces! No, Jesús no me deja solo trabajando, sufriendo. No se desentiende de mí. No me deja perder inútilmente un tiempo precioso para la santidad. Si se oculta quizás algún tiempo, mucho tiempo, éstos no son para Él más que medios disfrazados de avivar mi amor. ¡Confianza en Él! ¿No se venden dos pajarillos por un as? Y ni uno solo de ellos cae en tierra sin permiso del Padre. Aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados48. No temamos pues. Mi alma
divinizada por la gracia y adornada de celestiales virtudes vale mucho más que muchos pajarillos.
¡Oh Jesús! Repíteme a menudo en el fondo de mi alma tus palabras tan animadoras. Enséñame allí, en el silencio de todas las cosas, el sentido profundo y oculto de tus divinas enseñanzas. Ayúdame a librar mi alma de todas las preocupaciones de mi vida material, de todos los cuidados intempestivos de mi vida espiritual. Son éstos como otros tantos lazos que retienen mi alma cautiva. Que tu confianza, una confianza cada vez más plena y más absoluta, la liberte y le permita emprender su vuelo hacia las regiones de las celestes claridades, para embriagarse allí de luz y de amor, bajo el reflejo de tus divinas perfecciones.