L legam os así al problem a de la legitim idad de la vio len cia m oral de género. ¿C óm o sería posible en cu ad rar en la ilegalidad un conjunto de co m p o rtam ien tos que son el pan de cada día, la argam asa que sustenta la estructura je rá rq u i ca del m undo? ¿C uán eficaces son o conseguirán ser las leyes que crim inalizan actitudes fuertem ente sustentadas p or la m oral dom inante? ¿C óm o sería p o si ble perseguir legalm ente form as de violencia psicológica que responden y acom pañan el racism o estructural y el sexism o estructural, reproducidos am bos por
un m ecan ism o sólidam ente en trelazado en la econom ía patriarcal y capitalista del sistem a?
Tocam os aquí, ineludiblem ente, la cuestión de la legitim idad de la cos tum bre. R ecientem ente, en una co nsulta que realicé ju n to a un grupo de 41 m ujeres representantes de diferentes sociedades indígenas del B rasil, una de las poquísim as abogadas indias del país y ciertam ente la única entre los C ain- gang, de Rio G rande do Sul, presentó al grupo su idea de que la costum bre es la ley de la sociedad indígena, es decir, que las norm as tradicionales son para el pueblo indígena com o las leyes para la nación. Ésta, que debería ser una propo sición sim ple y bastante trab ajad a por nosotros, los antropólogos, de hecho no lo es.
M í respuesta a las interlocutoras indias en esa ocasión fue negativa: la costum bre n ativa no equivale a la ley m oderna (Segato, 2002c). En todos los co ntextos culturales la ley se encuentra - o debería e n c o n tra rse - en tensión con la costum bre cuando cualquiera de los dom inios del sistem a de estatus se en cu en tra en cuestión. Incluso porque el estatus debería, por definición, ser extraño al idiom a m oderno e igualitario de la ley y considerarse una infiltración de un régim en previo, bastante indeleble por cierto y resistente al cam bio y a la m odernización, pero extraño al fin a los códigos m odernos que rigen el discurso ju ríd ic o (véase, sobre la p ersistencia del género com o sistem a de estatus den tro del régim en contractual m oderno, el sem inal análisis de C arole P atem an, 1993). D e hecho, en el O ccidente m oderno, patria de la legislación estatal, la ley se v uelve tam bién contra la costum bre.
D rucilla Cornell ofrece una solución posible para este problem a de lo que la ley puede o no puede reg lam en tar o, en otras palabras, de la eficacia o ineficacia de la ley para incidir en el ám bito de la m oral. Para esto, introduce la idea de un “ fem inism o ético” :
Demandamos que los daños que eran tradicionalmente entendidos como parte del comportamiento inevitable que hacía que “ los muchachos tienen que ser muchachos”, tales como la violación en una cita amorosa o el acoso sexual, sean reconocidos como serios actos lesivos contra la mujer. Para hacer que estos comportamientos parezcan actos lesivos, las feministas luchan para que “ veamos” el mundo de forma diferente. El debate sobre qué tipo de comportamiento constituye acoso sexual se vuelve sobre cómo el sistema legal “ve ” a las mujeres y a los hombres. Debido a que el feminis mo convoca a que re-imaginemos nuestra form a de vida de manera que podamos “ver" de otra forma, él necesariamente involucra apelar a la ética, incluyendo et llamado para que modij'iquemos nuestra sensibilidad moral (Cornell, 1995, p. 79, traducción y cursivas mías).
En la pro p u esta de esta autora, no es un sistem a legal lo que va a g aran tizar la igualdad y el bienestar de las m ujeres. Lo que g arantiza la reform a m oral y legal es un m ovim iento que se o rig in a en la aspiración ética. La noción de ética se d istancia y se opone, así, al cam po de la m oral. La sensibilidad ética es definida com o sensibilidad al “ o tro ” , a lo ajeno, y transform ada en pivote del m ovim ien to transform ador.
[...] ética, tal como la defino, no es un sistema de reglas de comportamien to, ni un sistema de estándares positivos a partir de los cuales es posible justificar la desaprobación de los otros. Es, más que nada, una actitud hacia lo que es ajeno para uno [...] (ibid., pp. 78-79, mi traducción). D e m a n era se m ejan te p ero no id é n tic a a C o rn ell, E n riq u e D ussell tam b ién co lo ca en el O tro - e n su caso, en el otro v ic tim iz a d o - el an c la de una p ersp e c tiv a ética tra n sfo rm a d o ra (D u ssell, 1998). Pero m ien tras C ornell se am para, para d e fin ir ese O tro ca p a z de o rie n ta r la ac titu d ética, en las n o cio n es de
fa lib ilid a d y a so m b ro del filó so fo p rag m a tista n o rte a m e ric a n o C h arles Peir- ce, que im plican u n a a p e rtu ra , u n a ex p o sició n v o lu n ta ria al desafío y a la p erp le jid a d que el m u n d o de los O tros im pone a n u estras certezas, el O tro en D usell no v ie n e a sig n ific a r el lím ite im p u e sto po r los O tro s - l o “ ajen o ” - a n u estro deseo, a n u estro s v alo re s y a las c a te g o ría s que o rg an iz an n u estra rea lid ad , p e ro es un O tro corno n e g a tiv id a d su stan tiv a d a, en su m a teria lid a d c o n tin g e n te tra n sfo rm a d a en tra sc e n d e n te en el arg u m e n to d u sse llia n o . Este O tro p u ed e v erse c o n ten id o en u n a lista de ca te g o ría s c o n stitu id a po r “ el o b rero , el indio, el escla v o a frica n o o el ex p lo tad o asiático del m undo c o lo nial, la m ujer, las razas n o -b lan cas, las generaciones fu tu ra s” (ib id ., p arágrafo 210), e n ten d ié n d o se que d eben p asar a ser ac o g id o s en un “ n o so tro s” ta m b ién su stan tiv o . El arg u m e n to de D ussell se cen tra en este acto de inclusión de la p e rsp e c tiv a de las v íc tim a s en “ n u e s tra ” p ersp e ctiv a, y no en la d isp o n ib ilid a d ex iste n cia l p ara un O tro que cum ple el papel h u m a n iza d o r de re sis tirse a co n firm ar “ n u estro ” m undo, com o en el m odelo de la ética fem in ista de C ornell. El O tro d u sse llia n o es m u y p róxim o al “ o tro ” ju d ío alem án , al otro b erlinés, al otro p alestin o , al otro iraq u í de “ w e are all B erlin c itiz e n s” , “ nous som m es tous ju if s a lle m a n d s” , “ no u s som m es to u s p a le stin ie n s” , de K en n e dy frente al m uro de B erlín en 1962, del ‘68 francés y de las m archas parisinas del 2002.
P or m i parte, si bien creo sin restricciones que un trabajo sobre la sensibi lidad ética es la condición ú n ica para desarticu lar la m oralidad patriarcal y v io len ta en vigor, atribuyo al D erecho un papel fundam ental en ese proceso de transform ación. C oloco m i resp u e sta en el contexto de la crítica a las concep-
c iones prim o rd ia lista s de la nación (cuyo m apa construye, entre otros, B reui- lly, 1996), de las cuales se d esp ren d ería algún tipo de continuidad entre la ley y la costum bre, entre el sistem a legal y el sistem a m oral y, por lo tanto, entre el régim en de contrato y el régim en de estatus. E ndoso la c rítica a este tipo de concepción, y opto por una visión co n tra ctu a lista de la nación, donde la ley debe m ediar y adm inistrar la convivencia de costum bres diferentes, es decir, de m oralidades diferentes. A p esar de originarse en un acto de fuerza por el cual la etnia u surpadora im pone su código a las etnias dom inadas y expropiadas, la ley así im puesta p asa a com portarse, a partir del m om ento m ism o de su pro m u lg a ción, en una arena de contiendas m últiples e interlocuciones tensas. La ley es un cam po de lucha. Su legitim idad depende estrictam ente de que contem ple desde su estrado un paisaje diverso.
C uando la ley adhiere a uno de los códigos m orales particulares que conviven bajo la adm inistración de un E stado nacional y se au torrepresenta com o indiferenciada del m ism o, estam os frente a un caso de localism o n a cio nalizado, aplicando al universo de la nación la m ism a crítica que llevó a B oaven- tu ra de S ouza Santos a form ular la categ o ría localism o glob a liza d o para d e s cribir los valores locales que arbitrariam ente se globalizan (Santos, 2002). E sta m os prisioneros de un colonialism o m oral intranacional, aplicando a la nación la crítica al im perialism o m o ra l de los derechos hum anos form ulada por H er- nández-Truyol (2002).
Por lo tanto, desde esta perspectiva, ley y m oral, lejos de coincidir, se desco n o cen . La C onvención p a r a la E lim in a c ió n de todas las F orm as de D iscrim inación contra la M ujer de las N aciones U nidas (c e d a w) es clara a este resp ecto :
A rtículo 5o.
Los Estados-Parte tom arán todas las m edidas apropiadas para:
a) m odificar los patrones socioculturales de conducta de hombres y m uje res, con vistas a alcanzar la eliminación de los prejuicios y prácticas consue tudinarias, y de cualquier otra índole que estén basadas en la idea de la inferioridad o superioridad de cualquiera de los sexos o en funciones este reotipadas de hom bres y m ujeres; [...] (Protocolo da c e d a w. citado de a g e n-
d e 2002, p. 29).
A un así, aceptando este argum ento en favor del papel reform ador de la ley, la p regunta p erm anece: ¿cuál es el papel específico de la legislación en el control de la inasible v iolencia m oral? ¿C uál es su capacidad de im pacto sobre el arrai go de la v io le n cia m oral en la costum bre? M e parece que aquí es posible co m plem entar la tesis de C ornell, pues no solam ente la ley y la m oral, com o conjun
to de norm as discu rsiv as d ebidam ente elencadas, pueden ser im pulsadas por el sentim iento ético en la dirección de un bien m ayor entendido desde la pers pectiva del otro m inorizado y v ictim izado, sino que la ley tam bién puede im pul sar, inform ar, sen sib ilizar ese sentim iento ético y tran sfo rm ar la m oral que sus te n ta las costum bres y el esquem a je rá rq u ic o de la sociedad.
E ncontrarnos una co ntribución im portante para un proyecto de este tipo en la obra L a efica cia sim b ó lica d el D erecho, de M auricio G arcía Villegas (1995), siem pre y cuando introduzcam os una torsión en la tesis del autor. A partir de un análisis exhaustivo de los aspectos perform áticos, ilocucionarios y p ro d u cto res de realidad de todo discurso, y luego de hacer notar el carácter discursivo de to d a legislación, G arcía V illegas concluye que, com o todo discur so, la ley tiene el p oder sim bólico de dar form a a la realidad social, un poder que reside en su legitim idad para dar nom bres: “ eficacia sim bólica en sentido g en e ral [...] es propia de to d a no rm a ju ríd ic a en cuanto discurso institucional d epo sitario del p o d er de nom inación [...]” (op. cit., p. 91). E xam ina, entonces, m inu ciosam ente, lo que p ropone com o “ la eficacia sim bólica” del D erecho, en opo sición a su “eficacia instrum ental” . En otras palabras, la verdadera eficacia de la ley residiría en su p o d er de rep resen tar la sociedad y del carácter p ersuasivo de las rep resentaciones que ella em ite.
La fuerza social del Derecho, entonces, no se lim ita a la im posición de un com portam iento o a la creación instrum ental de 1111 cierto eslado de cosas.
La fuerza del D erecho tam bién se encuentra en su carácter de discurso legal y de discurso legítimo; en su capacidad para crear representaciones de las cuales se derive un respaldo político; en su aptitud para m ovilizar a los individuos en beneficio de una idea o de una im agen [...] (ibid., p. 87). Sin em bargo, es n ec esario o b se rv a r que en la te sis de G arcía V illegas el én fa sis está co lo cad o en la p ersp e c tiv a de los secto res m e jo r rep rese n tad o s en un E stado n ac io n a l y que d eten ta n , en tre sus c a p ac id a d es, la p o sib ilid a d de u tiliz a r la ley p ed a g ó g ic a m e n te o com o e s tra te g ia p ara c o n seg u ir o refo rz ar d eterm in a d as p rác tica s y una co m p re n sió n p artic u la r de la nación. E sta co m p rensión de la nación será afín con la p ersp e ctiv a de la clase y de los secto res que o cupan m a y o ritaria m en te las p o sicio n es estra té g ica s en las in stitu c io nes; en este caso, en especial, el P oder L egislativo y el P oder Judicial. A sí, en el tex to de V illegas la e fic a c ia sim b ó lic a del D erech o es an a liz ad a d esd e la p e rsp e c tiv a de los intereses de los le g isla d o re s, p ro m u lg a d o re s y ejec u to re s de la ju s tic ia m ás que d esde u n a p ersp e ctiv a de “ los o tro s” , en el se n tid o de C ornell y de D ussell.
argum ento p ara en fa tiza r el papel de su e fic ac ia sim b ó lic a com o instrum ento de agitación: el p o d er y la leg itim id ad inh eren tes al sistem a de nom bres que ella in stau ra p ara h acer p ú b lic as las p o sib ilid a d es de a sp ira r a d erech o s, g a rantías, protecciones. P odría sim p lem en te d ec irse que se trata de los nom bres de un m undo m ejor, y de la e fic a c ia sim b ó lic a de esos nom bres. Las d e n u n cias y las a sp ira cio n es que el d isc u rso legal p u b lic a h ac en p o sib le que las personas iden tifiq u en sus p ro b lem as y sus asp ira cio n es. A l reflejarse en el espejo en el d iscu rso del D erecho, pueden re c o n o cerse y, rec o n o cié n d o se, a c ce d er a la co m p re n sió n p re c isa de sus in sa tisfa ccio n es y de sus pleitos. D esde la p ersp e ctiv a de los m in o riz ad o s, el d isc u rso del D erecho, siem pre e n ten d id o com o un efic az sistem a de no m b res en p e rm a n e n te e x p a n sió n, tie n e el p o d er de agitación, el ca rácter de p ro p ag a n d a, aun ap u n tan d o en la d irec ció n de lo que to d a v ía no ex iste, que no es aún p o sib le adquirir, en la v id a social.
Con esto tam bién se d errum ba la visión burocrática y conform ista según la cual la ley sólo puede p oner lím ite a las prácticas d iscrim inadoras pero no a las convicciones profundas o a los prejuicios. Si p ercibim os el p oder de p ro p a g an d a y el potencial persuasivo de la dim ensión sim bólica de la ley, com pren dem os que ella incide, de m anera lenta y por m om entos indirecta, en la moral, en las costum bres y en el sustrato p rejuicioso del que em anan las violencias. Es p o r eso que la reform a de la ley y la expansión p erm anente de su sistem a de nom bres es un proceso im prescindible y fundam ental.
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