• No se han encontrado resultados

La herejía ha acompañado a la historia del cristianismo casi desde el principio. En efecto, la nueva religión definió poco a poco, y especialm ente a través de concilios, una doctrina oficial de la nueva Iglesia. Frente a esta ortodoxia, se desarrollan algunas «opciones» diferentes •—éste es el sentido de la palabra «he- 1 rejía»— que la Iglesia condenará tarde o temprano. Tales herejías aluden al dogma, y es en particular así en el caso de las opiniones que no colocan en un mismo rango a las tres personas de la Trinidad, o no reconocen en Jesús ya sea su naturaleza divina o su naturaleza humana. Otras herejías conciernen a las cos­ tumbres eclesiásticas y tienen un carácter social muy acusado, como en Africa del norte con el donatismo vehementemente combatido por san Agustín. Existen

La Europa fe u d a l (siglos xi-xu) 75

además herejías trinitarias en la época carolingia; pero, poco después del año 1000, estalla una oleada de herejías entre las cuales se suelen disíinguir algunas eru­ ditas y otras populares. Esta oleada herética se atribuye pi lo general a una aspiración de los fieles a una mayor pureza de costumbres, o bien a un deseo ge­ neral de cambio que prepara la reforma gregoriana de los sisd : x i y xii. Tras un largo período de estabilidad política y social, en la época caí -Ungía se vive un período de inestabilidad y de disturbios animado por un dobl. ovuniento, el de la Iglesia que intenta escapar al control de los poderosos laico - el de los laicos que aspiran a una mayor independencia en relación al clero. 1 a sociedad y la ci­ vilización medievales reposan en la potencia de la Iglesia, potencia que es al mismo tiempo espiritual y temporal. La Iglesia considera herejías inaceptables aquellas que ponen en duda ese poder. Es lo que ya vimos en Orleáns. en Arras, en Milán y en Lombardía a principios del siglo xi. Las regiones donde se manifestaron las corrientes contestatarias más fuertes de carácter reformista o c se convirtieron en heréticas, fueron la Lotaringia, el suroeste y el sureste de la 1 rancia actual, el norte de Italia y la Toscana. Aparece una Europa de la contestación. La Iglesia evoluciona con dificultad entre las reformas necesarias dedos clérigos y la repre­ sión de la herejía. La reforma de los clérigos pasa por condenar l;'¡ venta de los sa­ cramentos, la simonía, y la no observancia del celibato de los sacerdotes, la ma­ yoría de los cuales estaban casados o vivían en estado de concubinato. Pero, por otro lado, aumentaba el número de laicos que se negaban a recibir los sacramen­ tos de manos de sacerdotes de malas costumbres o sencillameni de clérigos.

Algunos heréticos rechazaban la devoción al crucifijo o i: luso a la cruz. Bajo el impulso de los monjes de Cluny la Iglesia concedía una importancia cada vez mayor a las grandes oraciones, a los oficios de difuntos y a la remuneración de los clérigos por esas devociones. También aum entó el número de laicos que rechazaba esos nuevos comportamientos. Las disputas afectaban también a los cementerios que esos mismos laicos se negaban a considerar sagrados si habían sido consagrados por la Iglesia. Del mismo modo, algunos laica a. contestaban el monopolio que la Iglesia se había arrogado sobre el uso del Evangelio en la lec­ tura y la predicación. Por último, el enriquecimiento individual y colectivo en el seno de la Iglesia la hacía diana de virulentas críticas. La Iglesia pronto se sin­ tió una fortaleza asediada. Primero intentó nombrar esas herejías y distinguirlas para combatirlas mejor; pero con frecuencia las bautizó con el nombre de vie­ ja s herejías de la Antigüedad tardía que encontraba en los textos y que no co­ rrespondían a las realidades que la amenazaban. En genera!, se las consideraba como maniqueas que establecían una distinción radical entre el bien y el mal. Integristas.

La lucha contra esas herejías la organizó la gran institución dominante en la cristiandad, la orden de Cluny, incitadora por otra parte de la cruzada. Pedro el Venerable, el gran abad de Cluny de 1122 a 1156, escribió; contra lo que él de­ signaba como las grandes amenazas que se cernían sobre la cristiandad, tres tratados que se convirtieron de algún modo en manuales de la enodoxia cristia­ na. Uno iba dirigido contra el herético Pedro de Bruys, cura de un pueblo de los Altos Alpes que rechazaba los sacramentos y las devociones a los difuntos y pre­

dicaba el honor a la cruz; otro, el primero dentro de la cristiandad, contra Mahoma, al que se presentaba como un brujo, y contra sus discípulos; por último, otro tra­ tado iba conl ra los judíos, condenados por deicidas. Después de 1140, la ofensiva se general!/ y la herejía, conforme a las nuevas concepciones de la naturaleza, pasó a ser considerada como una enfermedad. Era una lepra o una peste. Y la Igle­ sia difundió ja idea del contagio que hizo de la herejía una terrible amenaza.

En el mediodía francés, el término «cátaro» que significaba «puro» en griego y que en aleipán dio la palabra ketzerei, que significa herejía, adquirió una im­ portancia mu y considerable. En 1163 fue descubierta en Colonia y en Flandes. En 1167 se celebró una reunión de herejes en forma de concilio en las tierras del con­ de de Toulouse. en Saint-Felix-de-Caraman. La herejía cátara conquistó en mayor o menor roe Via a una parte de la nobleza e incluso de la alta nobleza languedo- ciana y occitana. debido especialmente a su oposición a la prohibición que insti­ tuía la Iglesia de celebrar matrimonios llamados consanguíneos, una prohibición que entrañaba la parcelación de los patrimonios rurales. El catarismo estrictamen­ te hablando fue un verdadero maniqueísmo, que profesaba el rechazo de lo mate­ rial, de la carne y la sustitución de comportamientos y de ritos muy distintos de los de la Iglesia cristiana. Sobresalía una élite de puros, los Perfectos, que hacia el final de su vida recibían una especie de sacramento, el llamado consolamen-

tum. A mi juicio, el catarismo no fue una herejía cristiana sino otra religión. Su

importancia ha sido, a mi entender, exagerada, ya sea por la Iglesia que pretendía destruirla o bien, en el siglo xx, por militantes regionalistas que la consideraban como una herencia específica. No significa minimizar la crueldad de la represión eclesiástica estimar que si el catarismo hubiese triunfado, algo que una vez más resulta escasamente verosímil, se habría creado una Europa integrista.

En m edf > ¡je la gran efervescencia herética de la segunda mitad del siglo xn, apareció en. I .yon un comerciante, Pierre Valdés, quien sin dejar de ser laico, pre­ dicó en favor de la pobreza, la humildad y la vida evangélica. El valdeísmo no parece que fuera en su origen una herejía, sino un movimiento de reforma en el cual los laicos, sin discutir la autoridad eclesiástica, deseaban una participación mayor. En 1184, el papa Lucio 111, con el apoyo del emperador, lanzó en Verona la decretal tul abolendam que instauraba una violenta represión contra todos los heréticos, a. los que metía en el mismo saco («los cátaros, los patarinos, los que por un falso nombre son llamados los humillados o los pobres de Lyon, los pasa- gianos, los josefinos, y los arnaldistas»). Esta amalgama, en realidad, enmasca­ raba a duras penas la desazón de una Iglesia dominada, según la palabra de Mo­ nique Cerner, por la «opacidad» de la herejía.

El gran instigador de la represión antiherética fue el papa Inocencio III (1198- 1216). Desde 1199 asimiló la herejía al crimen de lesa majestad, lo cual entraña­ ba la cono ! del herético a la confiscación de sus bienes, a ser excluido de las funciones públicas y a ser desheredado. Inocencio III transfirió la idea y la reali­ dad de la cruzada contra los heréticos lanzando contra ellos, en 1208, una guerra en la que ; : hacía un llamamiento a los cruzados laicos. Esta guerra empezó con el saco de 11 /.iers y la matanza de los Biterrois en la iglesia de la ciudad y atrajo a un gran número de pequeños señores de la Francia del norte privados de tierras.

La Europa fe u d a l (siglos X l - x n ) 77

La cruzada llamada «de los albigenses» no terminó hasta 1299 con la sumisión del conde de Toulouse, de los señores y ciudades del mediodía francés.

Entretanto, el cuarto concilio de Letrán (1215) impuso a los príncipes cris­ tianos un juram ento antiherético. Condenó asimismo a los judíos a identificarse mediante un signo que debían llevar cosido sobre sus ropas, la rueda, en general, un pedazo circular de tela roja. Así nace la Europa de la futura estrella amarilla. La mayoría de los gobiernos laicos prescindió de obedecer esta decisión pero, al final de su reinado, en 1269, el mismo san Luis se vio obligado a ello, al parecer contra su voluntad. En 1232, el papa Gregorio IX instituyó, junto a la Inquisición episcopal, una inquisición pontificia que juzgaría en todo el ámbito cristiano a los heréticos en nombre de la Iglesia y del papa.

La Inquisición, siguiendo un nuevo método judicial llamado precisamente método «inquisitorio» y ya no «acusatorio», consistía en interrogar al acusado para obtener la confesión de su culpabilidad. Instituía una Europa de la confe­ sión, aunque muy pronto esa confesión iba a obtenerse a través de la tortura. En la Alta Edad Media no existía demasiada costumbre de utilizar la tortura pues en la Antigüedad lo propio era restringirla a los esclavos. La Inquisición la recu­ peró y la extendió a los hombres y mujeres laicos, en uno de los aspectos más abominables de esta Europa de la persecución denunciada por Robert I. Moore.

La Inquisición condenó a la hoguera a un número importante, aunque impo­ sible de cuantificar, de herejes. De la ejecución de los herejes condenados por los tribunales de la Inquisición se hacía cargo el poder temporal, que actuaba como su brazo secular. Desde el punto de vista social, el catarismo se extendió primero en­ tre la nobleza, en las ciudades, y entre algunos artesanos como los tejedores. La dureza de la represión redujo, en la segunda mitad del siglo xm, la presencia de los cátaros a algunas comunidades montañesas como los habitantes del pueblo de Montaillou, en el Ariége, a los que Emmanuel Le Roy Ladurie ha dedicado un libro ejemplar.