Jesús no se pronunció en favor ni en contra de laLey. Reconocía su existencia, simplemente, pero sin adherir a ella. No veía cuál era su propia necesi- dad de tomar posición, en principio, en cuanto al carácter obligatorio no de la Ley. Para él, era un problema sin importancia práctica. Lo que importa- ba era el nuevo estado moral, no la Ley. A sus ojos aquélla era sagrada e inviolable, en tanto señalaba el camino de esa nueva moralidad. Pero la Ley se abrogaría por sí misma, puesto que en el Reino, cu- ya llegada anunciaba a causa misma de esa renova- ción, iba a ser suprimida, desde que el perfeccionamiento trascendía la Ley y la ética. Hasta ahí se justificaba. A Jesús no le inquietaba que la
Ley en el porvenir fuese o no valedera para sus adeptos: sólo la historia planteó el problema a la comunidad primitiva.
Sucedía lo mismo con el Estado. La cuestión que le habían planteado en Jerusalén carecía de ob- jeto para él. Cuando contestó a la pregunta de los Fariseos acerca de si había que pagar impuesto al César, no pensaba definir su posición ni la de sus adeptos con respecto al Estado. ¡Cómo podían preocuparse por semejantes cosas! El Estado era un dominio terrestre, no divino. Su duración no se prolongaba más allá del alba naciente del dominio por Dios. Como éste era inminente, ¿qué necesidad había de decidir si se quería o no pagar tributo al poder temporal? Sólo cabía someterse, pues su fin estaba próximo. "Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios" (Marcos, XII, 17) es una frase pronunciada con soberana ironía y dirigida a los Fariseos, que comprendían tan poco las señales de los tiempos, que aún concedían importancia a semejante tontería. Son tan necios en las cosas del Reino de Dios como los Saduceos con la pregunta insidiosa de saber a qué esposo pertenecería la mu- jer casada siete veces cuando llegase la Resurrec-
ción. Porque olvidaban una cosa: la potencia de Dios (Marcos, XII, 24).
7. EL ELEMENTO MODERNO EN LA ESCATOLOGÍA DE JESÚS
"Que la regla de toda investigación científica sea desarrollada imperturbablemente, con toda la exac- titud y objetividad posibles, sin dejarse detener por aquello que pudiera trabarla fuera de sus dominios, y llegar en sus propias conclusiones, tan lejos como sea posible, leal y totalmente, por sí misma. Una observación frecuente me ha convencido de que, llegado al cabo de esa tarea, advertía que todo aque- llo que a medio camino me había parecido fuerte- mente sujeto a caución en razón de otros datos exteriores (si acallaba mis escrúpulos, entregándome por entero a mi trabajo hasta su finalización) con- cordaba perfectamente, por último, y de modo inesperado, con aquello que, sin el menor mira- miento por esos datos, sin parcialidad ni preferencia
por ninguno de ellos, había resultado por sí mis- mo"5.
Kant pronunció esta sentencia profunda en el momento mismo en que se le reveló la concordan- cia del concepto de la libertad trascendental y prác- tica. Lo mismo sucede con la relación existente entre la ética de Jesús y su escatología. Es un pos- tulado de nuestra convicción cristiana que la ética de Jesús sea moderna en su pensamiento funda- mental. Por eso recomenzamos incesantemente la búsqueda del elemento moderno en su ética, y ale- jamos a otro plano su escatología, que no nos pare- ce moderna. Pero si durante un instante consentimos en no prestar ninguna atención a ese interés tan justificado y profundamente anclado en nuestra naturaleza, y consideramos con preferencia la relación de su escatología y de su ética, sólo por ella misma y como problema puramente histórico, la búsqueda llega al resultado sorprendente de que la ética de Jesús es mucho más moderna de lo que nos hubiésemos atrevido a esperar hasta aquí. ¡La ética de Jesús no es moderna porque la escatología sólo sería su acompañante en el proceso mental, sino precisamente porque depende por completo de
esa escatología! Esa escatología, tal como se pre- senta en el misterio del Reino de Dios, es profun- damente moderna, considerando que es dominada por el pensamiento fundamental de que, a conti- nuación de la renovación religiosa y moral a la cual se sujetan los creyentes, aparecerá el Reino de Dios. Cada acto moral y religioso, por consiguiente, obra apresurando la llegada del Reino de Dios.
Cuando, a lo largo de la historia, la escatología de esa concepción ético-escatológica del mundo se fue desvaneciendo de a poco, sólo quedó una con- cepción ética del mundo en la cual subsistía la es- catología bajo forma de un ardor y una fe inquebrantable en la victoria final del bien. El miste- rio del Reino de Dios contiene el misterio total de la concepción cristiana del mundo. ¡La escatología éti- ca de Jesús es la forma heroica mediante la cual ha entrado en la historia la concepción cristiana mo- derna!
CAPÍTULO V
EL MISTERIO DEL REINO DE DIOS EN