Sin renegar la humildad de sus orígenes —llegaron al alti plano mexicano en estado nómada, ignorando las más elementa les normas urbanas— y pese a que celebraban la grandeza de los Grandes Artífices constructores de Tula, a la que si tuaban en los mismos comienzos del universo, los aztecas redu jeron, no obstante, el pasado a dos o tres siglos, tiempo que este «pueblo elegido» necesitaba para explicar su vertiginosa escalada hacia el poder.
Los aztecas, que aparecieron en aquellos lugares alrededor del siglo xiii, que fueron mantenidos aparte largo tiempo y utili zados como mercenarios por los diversos pueblos existentes, establecieron un esquema histórico que presenta tres puntos fundamentales:
1) La existencia de una ciudad llamada Tula, habitada por los toltecas y creadora de todos los conocimientos humanos.
2) La transmisión de la herencia tolteca, hacia el siglo xm, no por Tula sino por Culhuacan, ciudad situada al sur del lago del altiplano, que constituye el hogar cultural nahua.
3) Nomadismo, característico no sólo de los antepasados mí ticos, sino también de los chichimecas, término que servía para designar a todo grupo en estado salvaje, en oposición a tolteca, el civilizado por excelencia.
Los itinerarios seguidos por los chichimecas. confundidos con los que, en otro contexto completamente distinto, fueron reali zados mucho antes de la existencia de Culhuacan, forman labe rintos en los cuales todos los autores se pierden hasta que caen sobre el nombre familiar de Tula. Por un golpe de pres- tidigitación cuyo proceso es difícil de explicar, la Tula tardía se convierte en la ciudad santa y los bárbaros se transforman en los Grandes Artífices. Incluso el incomparable Sahagún se hunde en las arenas movedizas de los nombres de lugares pro nunciados sin ton ni son y no se libera de ellas más que identificando, sin darse cuenta, a los comedores de carne cruda con los toltecas. De ahí viene la fragilidad de su reconstrucción histórica: los habitantes de la Tula del siglo xm, elevados contra toda verosimilitud al rango de ilustres antepasados, ini ciaron en la civilización a los futuros amos de México, y Culhua can desapareció de los escritos del monje.
Los documentos prehispánicos presentan a los aztecas como los legatarios de Culhuacan; no obstante, los toltecas junto a los cuales proclaman los primeros haberse civilizado no pue den ser los de la antigua Tula. Este título jamás ha sido reivin dicado para ella. Además los textos presentan abundantes datos
relativos al papel de transmisor desempeñado por Culhuacan y los lazos que unían a los mexicanos con esta ciudad eran tan fundamentales que en el momento de la conquista española se llamaban a sí mismos culhuas, es decir, habitantes de Culhuacan.
Las transcripciones parciales de antiguos manuscritos abundan, pero sólo se cuentan en número de cinco o seis los intentos sistemáticos para trazar una sucesión histórica sobre la base de esos fragmentos y de la tradición oral viviente todavía. La primera en el tiempo y a la vez más rica en información sobre los aztecas es la de Diego Durán, monje que se supone nacido en México a causa de su perfecto dominio de la lengua náhuatl y del conocimiento que tuvo de documentos que han perma necido secretos. Su parcialidad por los aztecas, hacia los cuales siente una admiración sin límites, convierte su obra en un pre cioso punto de referencia. Era necesario estar movido por una verdadera pasión para uncirse á una tarea cuyas dificultades calcula en buen conocedor: «No ignoro el excesivo trabajo que será relatar crónica y historias tan antiguas, especialmente to mándolas tan de atrás, porque allende de auer los religiosos antiguos quemado los libros y escrituras y auerse perdido to das, faltan ya los viejos ancianos y antiguos que podrían ser autores de esta escriptura, y hablar de la fundación y cimientos desta tierra, de los cuales había yo de tomar el intento de sus antigüedades» 3.
El retroceso cultural que este precursor teme equivale a unos trescientos años, pues su narración comienza con los futu ros constructores de Tenochtitlan. De hecho, la aparición de los aztecas en la escena política es tan oscura que es difícil distinguirlos de entre los demás nómadas que invadieron el país en el siglo x: a su llegada hervía aquél en pequeños señoríos rebelados, en chichimecas que en busca de un refugio llegaban a los lugares de las disputas con la esperanza de conseguir algunas tierras.
En este período de inestabilidad social los aztecas empiezan a hacerse notar por la ferocidad de sus intervenciones en los combates. Después de múltiples aventuras fueron sometidos por Culhuacan y, a pesar de las críticas de que fue objeto su sal vajismo, de repente parece que fueron considerados lo bastante importantes como para que un monarca colhua accediera a con fiarles una hija muy querida y a asistir él mismo a una de sus solemnidades religiosas. Los aztecas organizaron entonces un complot que había de provocar su expulsión del reino. Durán Pone tal énfasis en reproducir un suceso tan detestable que nos incita a copiar su versión. Verdadera o falsa, ilustra este mo mento de transición histórica del que Culhuacan constituye el
gozne y a partir del cual el mundo precolombino se inclinó hacia el lado del terror: «...aquella noche habló Vitzilopochtli a sus ayos y sacerdotes, y di joles: ‘Ya os avisé questa muger avia de ser la muger de la discordia y enemistad entre vosotros y los de Culhuacan, y para que lo que yo tengo determinado se cumpla, mata esa mo?a y sacrifícamela a mi nombre, a la qual desde oy la tomo por mi madre; después de muerta desollallaéis toda, y el cuero vestídselo a uno de los principales mancebos, y encima vestirse ha los demás vestidos mugeriles de la mo?a, y convidaréis al rey Achitometl que venga a ado rar a la diosa, su hija, y a ofrecelle sacrificio.’ ...El rey acetó el convite... salieron de Culhuacan el rey, con todos sus prin cipales, y vinieron al lugar de Tizapan... Los mexicanos los salieron a recivir y a dalles el parabién de su venida, a los quales aposentaron lo mejor que pudieron: después de aposen tados y de auer descansado los mexicanos, metieron al indio, questaba vestido con el cuero de la hija del rey, en el aposento junto al ídolo, y dixéronle: ‘Señor, si eres servido, podrás en trar y ver a nuestro dios y a la diosa tu hija, y hacelles reve rencia y ofrecer tus ofrendas.’ El rey, teniéndolo por bien, se levantó y fuese al templo que les tenían edificado, y entrando en la pieza donde estaba el ídolo, empegó a hacer grandes cerimonias y a cortar las caberas a las codornices y a las demás aves... y por estar la pie?a algo oscura, no vía a quien, ni delante de quien hacía aquel sacrificio; y tomando un bra sero con lumbre en la mano... echó enciendo en él y empegó a encentar los bultos, y aclarándose la pieza con el fuego, vido al que estaba junto al ídoJo sentado, vestido con el cuero de su hija, una cosa tan fea y orrenda, que cobrando grandísimo temor y espanto, soltó el enccn^ario que en las manos tenia, salió dando grandes voces y diciendo: ‘Aquí, aquí mis vasallos los de Culhuacan, vení a socorrer una maldad tan grande como estos mexicanos han cometido; que savé que han muerto a mi hija y la han desollado y vestido el cuero a un mancebo y me lo han hecho adorar: mueran y sean destruidos hombres tan malos y de tan malas costumbres y mañas; no quede rastro ni memoria dellos: demos, vasallos míos, fin y cabo dellos.’ Los mexicanos viendo el alboroto y las voces que Achitometl
daba, y que los vasallos, alborotados, achaban mano a las armas, estando ya ellos a punto, retrujéronse con sus mugeres y hijos hacia el agua, tomando por reparo la mesma laguna...»4 En medio de la persecución de que eran objeto, sus dioses les reve
laron el lugar de su futura capital: en medio de la laguna cubierta de juncos.
Al cabo de cincuenta años de luchas para sobrevivir en un
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medio natural y social hostil, aparecen de nuevo los aztecas lo bastante fuertes para establecer un reino, y fue de Culhuacan de donde recibieron su primer soberano. Durán relata con com placencia la alegría del rey de Culhuacan ante esa unión y los escritos posteriores se hicieron eco de esta versión.
Un episodio tardío muestra la veneración que sintieron siem pre los aztecas por Culhuacan. Después de una victoria que los hizo definitivamente dueños del altiplano, su rey manifestó el deseo de conocer el lugar de origen del pueblo elegido, y el historiador que fue consultado contestó: «...poderoso Señor: lo que yo, tu indigno siervo, sé de lo que me preguntas, es que nuestros padres moraron en aquel felice y dichoso lugar que llamaron Aztlan, que quiere decir blancura: en este lugar ay un gran cerro, en medio del agua, que llamauan Culhuacan, porque tiene la punta algo retuerta hacia abaxo, y a esta causa se llama Culhuacan, que quiere decir, ‘cerro tuerto’. En este cerro auía unas bocas o cuevas y concauidades donde auitaron nuestros padres y agüelos por muchos años...»5
Un descendiente del rey de Texcoco, Fernando de Al va Ixtlil- xochitl, añadió dos siglos al horizonte histórico al integrarle la invasión de los primeros chichimecas. De todos modos, el his toriador fray Juan de Torquemada restituyó, a finales del si glo xvi, una lógica a este «imperio chichimeca» que se formó en el altiplano disputando el poder a Culhuacan, que en aquel momento gozaba de todo su apogeo. Torquemada se muestra tan consciente como Durán de los obstáculos que tendrá que vencer, sobre todo porque tiene la ambición de remontarse más allá del período azteca: «Ya tengo dicho en muchas partes de estos libros, como los que han escrito el origen de estas gentes, no se han curado de más, que dar noticia de cómo estos últimos mexicanos vinieron; y porque los unos autores toman de los otros, por eso dicen todos una misma cosa, y no hacen mención de otras gentes, que antes aía auido; siendo así, que si quando ellos llegaron avía ya gentes, y estaba poblado todo (y por esto les fue forzoso tomar el sitio que pudieron) que aquellas otras gentes, que acá hallaron, fueron primeras; y que siéndolo, se debe comentar la historia de ellos, lo qual hago yo, aviendo buscado su origen, en libros, que los naturales tenían guardados, y escondidos, por el grande miedo, que a los principios de su conversión, cobraron a los ministros evangélicos; porque como eran de figuras (y mal pintadas) entendían que eran idolátricos, y los quemaban todos, y por redimir algo de ellos, no los manifestaban, y en éstos he visto, lo que en el pasado se ha dicho, y lo que en éste que se sigue, se dirá...»*
Torquemada consiguió, efectivamente, estructurar una sólida narración de los sucesos anteriores a los aztecas, lo que no fue obstáculo para que le amputara los siglos de predominio colhua. Pues, si bien la inclusión del imperio chichimeca en la historia de Durán la hizo retroceder en trescientos años, la ignorancia de Torquemada relativa a Culhuacan lo lleva a co meter errores parecidos a los que denuncia: al término de la nueva perspectiva coloca una nada que hoy sabemos que es tan falsa como la de sus predecesores. Esta laguna en un inves tigador de su talla muestra la dificultad con que se tropezaba también entonces para hacer sacar de sus escondites los manus critos indígenas.
El período redescubierto empieza hacia el siglo x con el primer jefe chichimeca cuya carrera es conocida: aquel Xolotl fundador de un imperio. Ixtlilxochitl anuncia su llegada a «tierra tolteca» en 962; ante el abandono en que habría hallado el país, reparte las tierras entre los suyos. Pese a la afirmación reiterada de que el altiplano no presentaba en aquel momento más que grandes extensiones solitarias, cubiertas de malas hier bas, donde los invasores descubrieron con dificultad a sólo dos supervivientes toltecas, la realidad fue otra: vimos que el «gran monarca de las naciones chichimecas» se vio obligado a en frentarse con los culhuas: «...los tultecas que habían escapado de su destrucción y calamidad, y teniendo por su cabeza prin cipal a Nauhyotzin, que residía en Culhuacan... acordó el gran chichimeca Xolotl de pedirles le dieran un cierto tributo y reco nocimiento como a supremo y universal señor que era de esta tierra de Anahuac. Nauhyotzin en nombre de todos los demás de su nación respondió: ‘...que la tierra la habían po seído sus mayores a quienes pertenecía; y que jamás ellos reco nocieron ni pagaron tributo a ningún señor extraño, y que así ellos, aunque eran pocos y estaban acabados, pretendían guardar su libertad y no reconocer a nadie...’ Y vista por Xolotl su determinación y que por medios de paz no había querido allanarse, lo remitió a las armas; y así despachó al príncipe Nopaltzin su hijo con razonable ejército, que fue menester poca gente, porque sus contrarios, aunque juntaron toda la más que pudieron, no eran tan aventajados en la milicia como los chichimecas. Diose la batalla en la laguna y carrizales de Culhuacan; y aunque los culhuas tenían el campo aventajado para pelear en canoas, en pocos lances fueron ven cidos y desbaratados por el príncipe Nopaltzin... Esto acaesció
en el año de 984 de la Encarnación de Cristo N. S...»7 La simpatía del cronista por Xolotl subraya la arrogancia mani festada por unos invasores incultos contra una nación que no
hacía más que tolerarlos; de todos modos, ni Xolotl era tan poderoso ni tan débil Culhuacan, puesto que un biznieto del gran «emperador» habrá de ser iniciado en la cultura náhuatl por una señora culhua; puesto que de esta ciudad habrán de recibir los aztecas tres siglos más tarde a su primer monarca y puesto que, en fin, los dueños del imperio azteca habrán de llevar hasta la llegada de los españoles el título de Culhua- Tecuhtli, Señor Culhua. Sin embargo, durante el período que va desde la llegada de Xolotl hasta la entronización de los príncipes culhuas en Tenochtitlan, Culhuacan no conoce más que desgracias y no hace sino sufrir por la vecindad de esas tribus primitivas.
Si no fuera porque quiso el azar que un noble, descendiente de los señores de la región meridional del lago, se interesara lo suficiente por su país para consagrarse —a fines del si glo xvi— a exponer la sucesión de sus antepasados, la historia de México no hubiera traspasado el límite alcanzado por Ixtlil- xochitl y Torquemada, y Culhuacan habría permanecido para siempre como un fantasma histórico. Para narrar los sucesos que convirtieron al altiplano en el conjunto político que cono cieron los españoles, el noble Francisco de San Antón Muñón Chimalpain se creyó en el deber de empezar su relato por la fundación de Culhuacan en 670, aclarando de esta manera otros tres siglos. Esta recuperación que permite que los Anales se eslabonen con Teotihuacan, restablece una serie cronológica de dos mil años y restituye al pasado sus gigantescas dimen siones humanas, pues, al poner en evidencia el proceso de transmisión cultural, cuyo carácter ininterrumpido resulta evi dente debido a la similitud entre las obras teotihuacanas y las aztecas, Culhuacan da crédito a los escritos que se remontan a ocho siglos antes de la conquista europea.
El primer y más importante problema que esta prolongación esclarece es el relativo a los orígenes de los aztecas. En efecto, el misterioso Aztlan, aquel lugar de blancura que los cronistas menores sitúan lejos, al norte, pero que el viejo sabio citado por Durán ya declaraba cercano a Culhuacan, se identifica ahora con esta última ciudad: «...cuando [los mexicas] salieron y partieron de su patria, llamada ‘La Gran Ciudad Aztlan’ del Colhuacan antiguo»8. Esta identificación es tan completa que a menudo Aztlan ni siquiera es mencionado: «... [los mexicanos] habían venido de un pueblo que se dice Teoculhuacan9 que los españoles nombran Culiacan... después déstos vinieron otros indios de lejos tierra que se llamaron de Culhua, éstos truxeron maíz i otras semillas i aves domésticas; éstos comenzaron a edi ficar casas y cultivar la tierra...»10
La aparición de un tercer lugar de origen, Chicomostoc (Las Siete Cuevas), no hace más que enredar la trama ya bastante confusa debido a que los historiadores luchan con la oscuridad de los textos sin la ayuda de la arqueología. Si bien Aztlan- Culhuacan es la patria de los aztecas, Chicomostoc aparece como la de todos los chichimecas, los mexicanos comprendidos. Di versos rasgos identifican también al lugar de origen, Las Siete Cuevas, con Culhuacan. Este nombre significa en náhuatl «mon taña torcida» y en ciertos anales, entre otros en la Historia tolteca-chichimeca, unas cuevas figuran en el interior de la mon taña retorcida que es el jeroglífico de Culhuacan.
Chimalpain insiste en la descripción física y las actividades concretas de Chicomostoc, como si quisiera arrancarlo de las brumas que ya entonces lo envolvían: se trata de unas cavernas abiertas en una montaña rodeada de agua, a donde iban los chichimecas en barca para ofrecer ramos de pino a su dios11. En un manuscrito la «montaña torcida» está representada con el dios de los aztecas en su interior, y Chimalpain especifica que: «...de allí, de Chicomostoc, salieron primero los culhuas, además de los toltecas, y así finalmente todos los hombres de nuestro mundo, nosotros los súbditos que nos llamamos: nos otros los hombres de la Nueva España...»” Incluso sin tener en cuenta que las excavaciones muestran la notable precisión de estos decires, se desprende de las descripciones y de los jeroglíficos que Aztlan-Culhuacan-Chicomostoc fue para los nó madas una patria espiritual, no física; el lugar donde declaran haber nacido a la civilización. El solo hecho de que los aztecas situaran en Culhuacan la primera aparición de su dios indica la naturaleza del lazo que los unía a esa ciudad; además, todos los centros posclásicos del altiplano dan testimonio de haber recibido de ella los primeros elementos de la cultura náhuatl,J. Como no podemos extendernos sobre ese tema, indicaremos solamente que la montaña al pié de la cual se encuentra el actual Culhuacan muestra todavía su cima torcida y unas enor mes cuevas que horadan su masa basáltica, y también que la designación de «lugar de blancura» podría derivarse de la sal que impregnaba las orillas del lago que lo rodeaba. Además, en el momento de la conquista el centro comercial de la s?l de Tenochtitlan era Ixtapalapa, gran aglomeración que se halla situada a su lado oriental.
Hay que tener en cuenta también que Sahagún y Torque- mada, que ignoraban los documentos a los que Chimalpain tuvo acceso, habían logrado, no obstante, descubrir el carácter cul tural de ese mítico Chicomostoc que algunos arqueólogos siguen buscando todavía lejos del altiplano: «...cada una familia...
que se partiese hizo sus sacrificios en aquellas siete cuevas, por lo cual todas las naciones de esta tierra, gloriándose, suelen