Capítulo 4: “Detrás, detrás, más atrás” o el problema
1. La deixis espacial
1.3 Los deícticos a ti debidos
Antes de finalizar el apartado sobre deixis espacial debemos detenernos en el análisis de dos casos particulares: los poemas en los que la amada parece determinar las
coordenadas y aquellos poemas en los que, si bien no aparecen deícticos, sí aparecen objetos que indican un lugar aunque de manera problemática.
En lo que concierne al primer grupo de poemas, basta decir que, en algunos casos, el lugar de la amada no se obtiene mediante un deíctico que depende de las coordenadas locativas del yo y que se contrapone a un espacio distinto al del amante, sino que dependen del propio tú que lo inaugura.
En el poema 13, por ejemplo, leemos:
¡Qué gran víspera el mundo! No había nada hecho. Ni materia, ni números, ni astros, ni siglos, nada. El carbón no era negro ni la rosa era tierna. Nada era nada, aún. (…)
Las ciudades, los puertos flotaban sobre el mundo, sin sitio todavía:
esperaban que tú les dijeses: “Aquí”, (….)
El gran mundo vacío, sin empleo, delante de ti estaba: su impulso se lo darías tú.
Y junto a ti, vacante, por nacer, anheloso, con los ojos cerrados, preparado ya el cuerpo para el dolor y el beso, con la sangre en su sitio, yo, esperando
¡ay, si no me mirabas! a que tú me quisieses
y me dijeras: “Ya”. (133-135)
En este poema, el yo lírico nos narra el nacimiento del mundo y de la relación; no tenemos coordenadas espaciales ni temporales; no tenemos nombresni sitio para las cosas. Lo único existente es el tú quien deberá otorgarle un lugar y un tiempo a las cosas y, en última instancia, al yo. El lugar, en este caso, parece depender de la amada que, al pronunciar como una deidad creadora la palabra “aquí”, otorga vida, espacio y tiempo (“Ya”) a lo que se encuentra en derredor. Vemos, entonces, cómo las
coordenadas son determinadas por el tú y no dependen, en una primera lectura, del yo. No obstante, no debemos olvidar que es el yo el que enuncia y mediante su voz nos llegan sus recuerdos de la amada y de los acontecimientos. Ninguno de los amantes inventó el mundo aunque ambos, como hemos visto, parecen haber inventado un espacio propio. Ahora bien, dicho espacio sigue dependiendo del yo aunque, en este fragmento, no sean exactamente sus coordenadas espacio temporales las que permitan identificar el espacio del encuentro; se trata, por el contrario, de la interpretación que el yo hace del tú, interpretación que, como suele ocurrir en la poesía amorosa, cae en una proyección61. ¿Pronunció el tú esas palabras o se trata de una forma poética del yo para explicar ese lugar propio de los amantes, con su historia y sus vericuetos? Sea como sea, el poema es significativo porque muestra la peculiaridad de este espacio nuevo que parece haber sido inaugurado y que, asimismo, parece reinaugurarse constantemente en el poema, a partir de la enunciación el yo.
En el poema 31 la injerencia de la amada es mayor, puesto que ella ya no se limita a decir “aquí” sino que inventa lugares:
Empújame, lánzame desde ti, de tus mejillas, como de islas de coral, a navegar, a irme lejos para buscarte, a buscar fuera de ti lo que tienes, lo que no me quieres dar.
Para quedarte tú sola, invéntame selvas vírgenes con árboles de metal y azabache: yo iré a ellas y veré que no eran más que collares que pensabas. Invítame a resplandores, y destellos, a lo lejos, negros, blancos, sonriendo de niñez. Los buscaré. Marcharé días y días y al llegar adonde están, descubriré tus sonrisas anchas, tus miradas claras.
61
Preferimos el término proyección por parecernos más a tono con la teoría de Prado Biezma de la referencia prospectiva y, asimismo, porque hablar de idealización puede implicar la anulación del cuerpo en la segunda dimensión de la amada cosa que, como veremos en el último capítulo, no ocurre.
Eso
era lo que allá, distante, estaba viendo brillar.
De tanto y tanto viaje nunca esperes que te traiga más mundos, más primaveras que esas que tú defiendes contra mí. El ir y venir a los siglos, a las minas, a los sueños, es inútil. De ti salgo siempre, siempre tengo que volver a ti. (171- 172)
En este fragmento, el tú construye paisajes para permitirle al yo alcanzar aquello que ella tiene pero fuera de sí, eso que el yo “allá, distante, / estaba viendo brillar” y que ansía alcanzar. Es tan importante su participación que no sorprende la confesión final del yo de que todo sale de la amada pero todo debe, a su vez, regresar a ella. No obstante, y pese al rol protagónico del tú (rol que retoma la contraposición de espacios previamente explicada según la cual el lugar del tú sería un “allá” distante respecto al “acá” del yo), todo parece quedar reducido a un pedido, a un deseo del yo quien pide que se lo empuje para buscarla. De hecho, los verbos, muchos en futuro, expresan deseos o posibilidades, lo cual sugiere que, en última instancia, este rol protagónico del tú es un producto del anhelo del yo quien sigue postulando un espacio de referencia prospectiva alejado de su centro de enunciación pero que necesita del mismo para poder ser comprendido en su complejidad.
Por último, vale releer la estrofa del poema 59 que versa:
Yo sí que sé dónde estoy, mi ciudad, la calle, el nombre por el que todos me llaman. Pero no sé dónde estuve contigo.
Allí me llevaste tú. (221)
En este pasaje podemos apreciar el rol activo de la amada que guía al yo hacia el espacio que añora y que se distingue de aquel de su ciudad y su lugar de pertenencia cotidiano, e incluso de su nombre.