forma de saludo Hay cuatro calidades dé chalinas, y hay
LOS ULTIMOS DIAS EN CASA
En la casa todavía había mucha actividad. Se seguía consumiendo té en enormes cantidades y la comida desa- parecía mientras los viajeros de último momento se forti- ficaban contra la noche. Todos los cuartos estaban ocupa- dos y no había lugar para mí. Desconsolado, ambulé por todas partes, pateando piedras o cuanto se me pusiera al paso, pero ni siquiera eso me inspiró. Nadie me tomaba en cuenta, los invitados estaban cansados y felices, los sirvien- tes, cansados e irritables.
—Los caballos tienen más sentimientos —gruñí—. Iré a dormir con ellos.
Los establos estaban tibios y el forraje blando, pero el sueño no quería venir. Cada vez que me quedaba entre- dormido, un caballo me tocaba ligeramente, o un súbito barullo de la casa me despertaba. Gradualmente los ruidos fueron desapareciendo. Me apoyé en un codo y miré hacia afuera; una a una las luces cedían paso a la oscuridad. Pronto quedó sólo la fría luz de la luna que se reflejaba vívidamente en las montañas nevadas. Los caballos dor- mían, algunos de pie, otros tirados de costado. Yo tam- bién dormí. A la mañana siguiente me despertó un violento sacudón y una voz que decía:
—Ven, Martes Lobsang. Tengo que preparar los caballos y me estás molestando.
De modo que me levanté y fui hasta la casa para procurarme comida. Había mucha actividad. La gente se preparaba para irse, y mamá pasaba de un grupo a otro para una charla de último minuto. Mi padre discutía
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mejoras a introducir en la casa y en los jardines. Le decía a un viejo amigo que tenía la intención de hacer traer vidrio importado de India, para colocar en las ventanas. En Tibet no había vidrio, pues no se fabricaba en el país, y el.costo de acarreo desde India era altísimo. Las ventanas tibetanas tienen marcos en los cuales se extiende papel muy encerado y traslúcido, pero no transparente. En la parte exterior de las ventanas había pesadas persianas de madera, no tanto para impedir la entrada de. ladrones, sino para evitar la arena arrastrada por los fuertes vientos. Esta arena (que a veces tenía el tamaño de piedrecillas) se abría camino por las ventanas si no estaban protegidas. También cortaba manos y rostros, y durante la época de los vientos los viajes resultaban peligrosísimos. Los habitantes de Lhasa siempre observaban el Pico, y cuando de pronto desaparecía eri una niebla oscura, todos. corrían a refugiar- se antes de que el viento los sorprendiera. Pero no sólo los humanos estaban alerta: los animales también vigilaban y no era raro ver perros y caballos a la cabeza de los hombres buscando refugio. A los gatos nunca los sorpren- día una tormenta, y los yacs eran inmunes.
Con la partida del último invitado, mi padre me mandó llamar y me dijo:
—Ve a las tiendas y compra lo que necesites. Tzu sabe qué requieres.
Pensé en las cosas que necesitaría, un cuenco para tsampa hecho de madera, una taza y un rosario. La taza tendría tres partes, un soporte, la taza y la tapa. Sería de plata. El rosario sería de madera, con las ciento ocho cuentas muy pulidas. Ciento ocho, el número sagrado, también indica las cosas que tiene que recordar un monje.
Partimos, Tzu en su caballo, yo en mi pony. Al salir del patio doblamos a la derecha, y a la derecha otra vez cuando salimos del Camino Circular pasando el Potala, para entrar en el centro comercial. Miré a mi alrededor, como si viera a la ciudad por última vez. ¡Sentía un miedo tremendo de estar viéndola por última vez! Las tiendas estaban atestadas de mercaderes regateadores llega- dos recién a Lhasa. Algunos habían traído té de China,
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otros habían traído telas de la India. Nos abrimos camino entre la muchedumbre para llegar a las tiendas que que- ríamos visitar; de vez en cuando Tzu saludaba a algún viejo amigo de otros tiempos.
Tenía que comprar una túnica de rojo bermejo. Tenía que ser bastante grande, no sólo porque estaba creciendo, sino igualmente por una razón práctica. En Tibet los hombres usan túnicas voluminosas que se atan fuertemente a la cintura. La parte superior se levanta y forma una bolsa en la que se guardan todas las cosas que el tibetano cree necesario llevar. El monje común, por ejemplo, lleva en la bolsa el cuenco del tsampa, una taza, un cuchillo, varios amuletos, un rosario, una bolsita con cebada tos- tada, y bastante a menudo una reserva de tsampa. Porque, recordad, un monje lleva encima todas sus posesiones mundanas.
Mis patéticas y escasas compras fueron supervisadas se- veramente por Tzu, quien permitió sólo las cosas más esenciales, y de calidad mediocre, como correspondía a un "pobre acólito". Incluían sandalias con suela de cuero de yac, una pequeña bolsita de cuero para la cebada tostada, un cuenco de madera para el tsampa, una taza de madera — ¡no la de plata que yo había esperado! — y un cuchillo para tallar. Estas cosas, junto con un sencillo rosario que yo mismo tuve que pulir, iban a ser mis únicas posesiones. Mi padre era varias veces millonario, con enormes estable- cimientos en todo el país, con joyas, y mucho oro. Pero yo, mientras estuviera estudiando, mientras mi padre vivie- ra, iba a ser solamente un monje muy pobre.
Volví a mirar la calle, pasé la vista por esos edificios de dos pisos, con sus grandes aleros. Volví a mirar las tiendas con las aletas de tiburón y las monturas puestas en casillas junto a las puertas. Escuché una vez más la charla alegre de los mercaderes y sus clientes que regateaban los pre- cios. La calle nunca me había parecido tan atrayente y pensé en la gente afortunada que la veía todos los días y que seguiría viéndola todos los días.
Perros descarriados vagaban por todos lados, oliendo aquí y allá, cambiando gruñidos; los caballos relinchaban
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suavemente mientras aguardaban a sus patrones y los yacs lanzaban gemidos guturales mientras zigzagueaban entre el tropel de gente. ¡Qué misterios se ocultaban detrás de esas ventanas cubiertas de papel! ¡Qué magníficas reservas de mercaderías, de todas partes del mundo, habían pasado por esas fuertes puertas de madera, y qué historias conta- rían aquellas persianas abiertas si pudieran hablar!
Todo esto contemplé, como si fueran viejos amigos. No se me ocurrió pensar que volvería a ver esas calles, aunque
fuera muy pocas veces. Pensé en las cosas que me habría gustado hacer, en las cosas que me hubiera gustado- com- prar. Mi ensueño fue interrumpido violentamente. Una mano inmensa y amenazadora descendió sobre mí, me tomó la oreja y me la torció, mientras la voz de Tzu vociferaba para que todo el mundo la oyera:
—Vamos, Martes Lobsang, ¿te has quedado muerto? No sé qué pasa con los muchachos de esta época. No éramos así en mi juventud.
Aparentemente a Tzu no le importaba si yo quedaba atrás sin la oreja, o si la retenía siguiéndolo. No había más elección que "vamos". Durante todo el regreso Tzu cabal- gó adelante, murmurando y gruñendo contra "la genera- ción actual, montón de inútiles, haraganes que viven atur- didos". Por fin hubo un momento más alegre, pues cuan- do doblamos para tomar el camino de Lingkhor comenzó a soplar viento. El cuerpo enorme de Tzu delante de mí me abría un camino bien protegido.
Cuando llegamos a casa, mi madre revisó las cosas que había comprado; para consternación mía, declaró que eran bastante buenas. Había. alimentado la esperanza de que desautorizaría a Tzu, diciendo que yo merecía artículos de mejor calidad. De modo que otra vez se destrozaron mis esperanzas de tener una taza de plata, y tuve que confor- marme con la de madera torneada a mano en los bazares de Lhasa.
No me dejaron en paz en mi última semana. Mi madre me arrastró a las otras grandes casas de Lhasa para que pudiera presentar mis respetos. ¡Por lo respetuoso que yo me sentía! Mi madre gozaba de los viajes, del intercambio
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de conversaciones sociales, y de la charla amable que llenaba sus días. Yo me aburría horriblemente; para mí todo esto era una prueba durísima, pues decididamente no había nacido con los atributos que hacen que se sufra con alegría a los tontos. Quería estar al aire libre, gozando de los últimos días que me quedaban. Quería remontar mis cometas, saltar con mi palo, tirar al arco, y en cambio tenían que llevarme a la rastra como un yac premiado, exhibiéndome ante viejas regañonas que no tenían otra cosa que hacer en todo el día más que sentarse en sus almohadones de seda y llamar a un sirviente para ser satisfechos sus menores caprichos.
Pero no era mi madre la única en provocarme tanta animosidad. Mi padre tenía que visitar el Lamasterio de Drebung y me llevó consigo para que conociera el lugar. Drebung es el lamasterio más grande del mundo, con sus diez mil monjes, sus altos templos, las pequeñas casas de piedra y los edificios cuyas terrazas se elevan plano sobre plano. Esta comunidad era como una ciudad cercada, y como una buena ciudad, se mantenía a sí misma. Drebung significa "Montón de Arroz", y desde cierta distancia, en realidad parecía un montón de arroz, con las torres y las cúpulas resplandecientes. En ese momento yo no estaba de humor para apreciar bellezas arquitectónicas: me sentía decididamente malhumorado al desperdiciar tiempo precio- so.
Mi padre estaba ocupado con el abad y sus ayudantes y yo, como un animalito abandonado en la tormenta, vagaba de aquí para allá. Temblaba de terror al ver cómo trataban a algunos de los novicios. El Montón de Arroz en realidad eran siete lamasterios en uno; siete órdenes distintas, siete colegios separados. Era tan grande que no podía estar a cargo de un solo hombre. Catorce abades lo dirigían, e imponían una disciplina severísima. Me alegré cuando esta "agradable excursión por la llanura soleada" —para citar a mi padre-- llegó a su fin, pero más me alegró saber que no me enviarían a Drebung, o a Sera, a tres millas al norte de Lhasa.
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las regalaron; rompieron mis arcos y mis flechas con tan magníficas plumas, para significar que ya no era un niño y que esas cosas no me servían. Sentí que también me rompían el corazón, pero a nadie le pareció importante.
Al atardecer mi padre me mandó llamar y fui a su cuarto, con sus magníficos decorados, y los viejos y valio- sos libros que cubrían las paredes. Estaba sentado a un lado del altar principal, que quedaba en su cuarto, y me hizo arrodillar frente a él. Esa sería la ceremonia de Abrir el Libro. En ese gran volumen, de noventa centímetros de ancho por treinta de largo, estaban registrados todos los detalles de nuestra familia, desde hacía siglos. En él esta- ban los nombres de los iniciadores de nuestra línea, y se referían las hazañas que los habían elevado a la.-realeza. Allí estaban registrados los servicios que habíamos presta- do a nuestra patria y a nuestro Gobernante. En esas páginas viejas, amarillentas, leí historia. En ese momento, por segunda vez, el Libro se abría por mí. Primero se había abierto para registrar mi concepción y mi nacimien- to. Allí estaban los detalles en los cuales los astrólogos basaban sus pronósticos. Allí estaban los mapas preparados en su tiempo. Ahora tenía que firmar yo mismo el Libro, pues mañana se abriría ante mí una nueva vida, al ingresar en el lamasterio.
Lentamente se volvieron a colocar las pesadas tapas de madera tallada. Se ajustaron los cierres de oro que apreta- ban las páginas gruesas, hechas a mano, de papel de enebro. El libro era pesado, hasta mi padre se tambaleó un poco bajo su peso cuando se levantó para volver a colocarlo en el estuche de oro que lo protegía. Reverentemente se volvió para bajar el estuche hasta el profundo nicho de piedra bajo el altar. En un pequeño brasero de plata calentó un poco de cera, la derramó sobre la tapa de piedra del nicho y estampó su sello, para que nadie tocara el Libro.
Se volvió a mí y se instaló cómodamente en sus al- mohadones. Un golpe al gong que tenía junto al codo, y un sirviente le trajo té mantecado. Se produjo un largo silencio, y después me contó la historia secreta de Tibet;
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historia que se remontaba a miles y miles de arios, una historia que era vieja antes del Diluvio. Me habló de la época en que Tibet tenía sus costas bañadas por in antiguo mar, y me contó que eso había sido probado p r las excavaciones. Hasta en ese momento, me dijo, cual- quiera que cavara cerca de Lhasa, podía extraer animales marinos fosilizados y extrañas caracolas. También había artefactos de un extraño metal, cuya utilidad se descono- cía. A menudo los monjes que visitaban ciertas cavernas del distrito los descubrían y se los traían a mi padre. Me mostró algunos. Después cambió de humor.
—Por la ley, el de alta cuna debe ser criado en la austeridad, mientras que a los de baja casta se les debe tener compasión --dijo—. Tú pasarás por un severo juicio antes de que te permitan ingresar en el lamasterio. Me impuso de la absoluta necesidad de obedecer implícita- mente todas las órdenes que se me impartieran. Sus obser- vaciones finales no eran lo más apropiado para un buen sueño; me dijo:
—Hijo mío, crees que soy duro e indiferente, pero cuido, sólo el nombre de la familia. Esto te digo: si fallas en esta prueba para el ingreso, no regreses aquí. Serás como tm extraño para esta casa.
Con eso, sin añadir una sola palabra, me indicó que me fuera.
Esa misma noche, más temprano, me había despedido de mi hermana Yaso. Se había turbado, porque habíamos jugado juntos tantas veces y ella tenía sólo nueve años mientras que yo cumpliría siete... al día siguiente. No pude encontrar a mi madre. Se había acostado y no pude despedirme de ella. Fui solo hasta mi cuarto por última vez y arreglé los almohadones para formar la cama. Me acosté, pero no para dormir. Me quedé un largo rato pensando en lo que había dicho mi padre esa noche; pensando en el profundo disgusto que a mi padre le causaban los niños y pensando en el temido mañana, cuando por primera vez dormiría lejos de casa. Gradual- mente la luna fue moviéndose por el cielo. Fuera, un pájaro nocturno revoloteó en el alféizar. Del techo de
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abajo llegaba el flap-flap de los pendones de oraciones que golpeaban contra los palos de madera. Quedé dormido, pero cuando los primeros y débiles rayos del sol reempla- zaron la luz de la luna, me despertó un sirviente que me dio un cuenco de tsampa y una taza de té mantecado. Mientras estaba comiendo esa magra comida Tzu irrumpió en el cuarto.
—Bueno, muchacho —dijo—, nuestros caminos se sepa- ran. Gracias al cielo por ello. Ahora puedo volver a mis caballos. Pero pórtate bien; recuerda todo lo" que te he enseñado.
Con eso giró sobre sí mismo y salió del cuarto.
Aunque no lo aprecié en el momento, ése era el método más suave. Las despedidas emotivas me hubieran hecho mucho más difícil abandonar la casa... por primera vez, para siempre, como pensaba. Si mi madre hubiera estado levantada para verme partir, sin duda habría tratado de persuadirla para que me permitiera quedar. Muchos chiqui- llos tibetanos tienen una vida blanda, la mía fue dura de acuerdo con todas las normas, y la falta de despedidas, como descubrí más tarde, había sido ordenada por mi padre, para que yo aprendiera la disciplina y firmeza desde el principio.
Terminé el desayuno, metí el cuenco del tsampa y la taza en la bolsa de la túnica, me arrollé una túnica de repuesto y un par de botas de fieltro, con lo que hice un atado. Cuando crucé el cuarto un sirviente me rogó que caminara suavemente para no despertar a la familia. Des- cendí por el pasillo. Mientras bajaba los escalones y llega- ba al camino, el falso amanecer había sido reemplazado por la oscuridad que llega antes del verdadero amanecer. Así abandoné mi casa. Solo, asustado, con el corazón oprimido.
CAPITULO CUATRO