CAPÍTULO II. BENITO ESPINOSA Y SU PENSAMIENTO ÉTICO
2.8 Logro de la libertad bajo la guía de la razón (Parte V)
2.8.1 Método psicofísico para vencer a los afectos (P1 a P10)
Hay un paralelismo o mutuo ajuste dinámico entre las acciones del cuerpo y las del alma: “Según están ordenados y concatenados en el alma los pensamientos y las ideas de las cosas, así [lo] están…, correlativamente, las afecciones o imágenes de las cosas en el cuerpo” (V: 1). A él podemos añadir una propiedad maravillosa de la mente que está a la base de lo que contemporáneamente se llama programación neurolingüística: “Si separamos una emoción del ánimo, o… afecto, del pensamiento de una causa exterior, y la unimos a otros pensamientos, resultan destruidos el amor y el odio hacia la causa exterior, así como las fluctuaciones del ánimo que brotan de esos afectos” (V: 2).
Pero no se trata de destruir o anular los afectos primarios o espontáneos, lo cual es humanamente imposible, sino de convertirlos en aliados de la razón. Pues si esta descubre la esencia de un afecto dado mediante una reflexión que descubra su causa en el contexto de las leyes de la realidad relacional, compone su propia potencia con la de dicho afecto, de manera que pasa a ser una obra suya, deja de ser una pasión y, en esa forma, puede convertirse en
impulsor o motivador de conductas racionales: “Un afecto que es una pasión deja de ser pasión tan pronto como nos formamos de él una idea clara y dis- tinta” (V: 3); puesto que “… entre tal idea y el afecto mismo, en cuanto referido al alma sola, no habrá más que una distinción de razón” (Ibíd., Dem.). De aquí se sigue que, dado un afecto, “el alma padece tanto menos por su causa, cuanto más conocido nos es” (Ibíd., Cor.). Y el poder de la mente humana en principio es absoluto, pues no hay afección ni “ningún afecto del que no podamos formar un concepto claro y distinto” (V: 4 y Cor.). De todo ello se sigue el aserto nuclear de la Ética espinosiana: “cada cual tiene el poder…, al menos parcial- de conocerse a sí mismo y conocer sus afectos clara y distintamente, y, por consiguiente, de… padecer menos por causa de ellos…” (Ibíd., Esc.). Por ej.,... cada cual apetece que los demás vivan según la índole propia de él… ese apetito, en el hombre no guiado por la razón, es una pasión… ambición, y… en el hombre que vive conforme a… la razón, es una acción o virtud, que se llama moralidad” (Ibíd.). En esta última frase queda prefigurado el imperativo categórico de Kant.
Sin duda “… es máximo el afecto que experimentamos hacia una cosa que… imaginamos” como libre, “en tanto que ignoramos las causas por las que ha sido determinada a obrar” (V: 5 y Dem.). Mientras que “en la medida en que el alma entiende todas las cosas como necesarias, tiene un mayor poder sobre los afectos, o sea, padece menos por causa de ellos” (V: 6); de donde se sigue que “Cuanto más versa este conocimiento… -de que las cosas son necesarias- sobre cosas singulares que nos imaginamos con mayor… vivacidad, tanto mayor es esa potencia del alma sobre los afectos… Así… nadie siente conmiseración hacia un niño porque no sepa hablar, andar” (Ibíd., Esc.).
Los afectos que nacen de la reflexión sobre las leyes de la realidad de manera que se patentice su causa son activos, por eso poseen el valor eterno y necesario de la universalidad, ya no dependen del tiempo y contienen más ser que los afectos-pasión, más aún cuando el alma ha podido descubrir su conexión con un mayor número de causas. Este es el tema que se desarrolla en las siguientes cuatro proposiciones.
“Los afectos que brotan de la razón o que son suscitados por ella… son más potentes que los que se refieren a cosas singulares consideradas como ausentes” (V: 7), pues se refieren “a las propiedades comunes de las cosas, las cuales consideramos siempre como presentes, y a las que imaginamos siempre del mismo modo. Tal afecto, por ello, permanece siempre el mismo” (Ibíd., Dem.). Por este motivo, “se requiere mayor fuerza [mental] para reprimir los afectos ordenados y concatenados según el orden propio del entendimiento [lógicamente] que para reprimir los afectos inciertos y vagos” (V: 10 Esc. [a]).
“Cuantas más causas simultáneamente concurrentes suscitan un afecto, tanto mayor es este” (V: 8). Hoy diríamos, en el marco de la ciencia actual, que a mayor apoyo teórico-práctico de una idea-afecto, más rico y más fundamentado está en el espíritu individual (genera seguridad auténtica y paz interna) y comunitario (su probabilidad de ser verdadero es mucho más fuerte). “Un afecto que se remite a muchas causas distintas, consideradas por el alma a la vez que ese afecto, es menos nocivo… y… sus causas nos afectan menos, que otro… referido a una sola causa, o a un número menor de ellas” (V: 9), puesto que “Un afecto es… nocivo solo en cuanto que impide que el alma pueda pensar…” (Ibíd., Dem.). “Mientras no nos dominen afectos contrarios a nuestra naturaleza, tenemos la potestad de ordenar y concatenar las afecciones del cuerpo según el orden propio del entendimiento” (V: 10). Y, así, unir nuestra potencia con la de la naturaleza.
Mas en aras del realismo y con la misma intención inicial del Discurso del método cartesiano, “… lo mejor… mientras no tengamos un perfecto conocimiento de nuestros afectos, es concebir una norma recta de vida: o sea, unos principios [o criterios] seguros… y aplicarlos… en la vida, a fin de que… nuestra imaginación sea… afectada por ellos, y estén siempre a nuestro alcance” (Ibíd., Esc. [a]). Y Espinosa mismo ofrece algunos ejemplos. “hemos establecido, entre los principios de la vida, que el odio debe ser vencido por el amor o la generosidad… las ofensas corrientes de los hombres,... parare chazarlas… mediante la generosidad,... uniremos la imagen de la ofensa a la imaginación de ese principio…”. En general (Ibíd., [b]),
… si tuviésemos también presentes la norma de nuestra verdadera utilidad,... la del bien que deriva de la amistad mutua y la sociedad común,... que el supremo
contento… brota de la norma recta de vida, y de que los hombres obran… en virtud de la necesidad de la naturaleza, entonces la ofensa, o el odio que de ella suele nacer, ocuparía una mínima parte de nuestra imaginación, y sería fácilmente superada…
He aquí otro ejemplo: “… para dominar el miedo se ha de pensar en la firmeza: esto es… recorrer a menudo con la imaginación la lista de los peligros corrientes de la vida, pensando en el mejor modo de evitarlos y vencerlos mediante la presencia de ánimo” (Ibíd.). Por fin, “al ordenar nuestros pen- samientos e imágenes, debemos siempre fijarnos en lo que cada cosa tiene de bueno, para… determinarnos siempre a obrar en virtud del afecto de la alegría” (Ibíd., [c]). Como se ve, todas estas técnicas mentales constituyen una especie de programación neurolingüística, que está emparentada con la que Ignacio de Loyola utilizaba un siglo antes en sus Ejercicios espirituales.
Espinoza termina la sección indicando, “el que… ponga en práctica con diligencia todo esto (lo que no es difícil), podrá sin tardanza dirigir en la mayoría de los casos sus acciones según el imperio de la razón” (Ibíd.).